Él se quedó en 2014

Por: Daniela Esquivel

 

ManosAgarradas2 (1)

Llegas a casa de tu abuela después de las 9 de la noche. Es víspera de Navidad, pero no hay gente sentada en la sala, no se escucha la música que hace vibrar los ventanales, ni se ve comida en la estufa.

 

Es otro 24 de diciembre donde brilla la ausencia de los familiares que años atrás acompañaban a tu abuela. Otro año más que se han olvidado de ella… y tienes coraje.

 

Dejas caer con fuerza el pan y después la cacerola con la ensalada de manzana, “¿para qué se hizo tanta? Se va a quedar…”, te preguntas. En ese momento entra tu hermano y tu mamá por la puerta de cocina. Tu padre no vino. Es otro que se dio al abandono por rencores.

 

-¿Ya saludaste a tu abuelita y a tu tío?- te dice tu madre mientras va por la bolsita de medicamentos.

 

Sin pensarlo dos veces te asomas al cuarto de tu abuela. Huele a sudor y a medicina. Ella está sentada en el borde de la cama, con la andadera frente a ella. Tu tía te saluda en voz baja, mientras sostiene un vaso de agua en las manos.

 

Tu tío está acostado, respira con dificultad. Te sorprende verlo… así… tan pálido, tan flaco… Su mirada, siempre ha estado perdida, pero nunca como hoy así. Es un hombre de 68 años, pero con un severo retraso mental desde que nació… posiblemente tenga 3 o 4 años mentales.

 

Nunca lo sabrás.

 

Es la última vez que te va a responder con lo poco que su lenguaje corporal y vocal le permiten. Gruñe y sonríe un poco. Sobas su estómago y le dices “¡ya ponte bien tío!” con voz animada. Después subes las escaleras rumbo a uno de los cuartos de la casa.

 

Pasan… cinco, seis minutos y de pronto oyes a tu madre gritando, pidiendo ayuda: “¡No respira!…”

 

Se escuchan pasos por toda la casa. Y vuelves a entrar a ese cuarto…

 

“¡Agarra a tu abuelita!”, te dicen, te gritan.

 

Tu tío está completamente recostado, quieto. Nunca antes lo habías visto así, sin ser víctima de los movimientos de sus manos. Su mirada está fija en el techo y tiene la boca abierta. Tu hermano le da respiración de boca a boca, oprime su pecho; grita… Lloran. Todos lloran…

 

Tú tío sólo es un cuerpo. No hay sonrisas. No hay gruñidos. No hay miradas perdidas. No estira sus dedos para alcanzar la mano de tu abuela.

 

No hay cena de 24… ni comida de 25. Hay un funeral el 26.

 

Y hay gente en la casa. Todos los familiares que estaban hace 10 años, 12 años, se encuentran ahí, sentados, en la sala, alrededor del cuerpo de tu tío. “Fíjate, él nos logró juntar de nuevo…”, dice tu prima, la que aparece cada vez que necesita algo. “Sí, hay que estar juntos por mi abuelita…” dice su hermano, al que sólo has visto dos veces en los últimos ocho años.

 

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No sabes que te deparará el 2015. Ni siquiera que sucederá en cinco minutos. Hay aumento del gas, aumento del desempleo, aumento de violencia…, pero no hay nada que te recuerde el valor de un par de segundos con una persona querida…

 

Tomas un vaso de agua y miras a las personas saliendo de la sala, “¡qué vacía se siente la casa sin mi tío…!”, piensas…, y por un momento crees escuchar su vocecita quebrada, riendo. Y sonríes.

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