Llegada. Foto: Denise Hernández

Misión RM2015

Arbolito de Reyes. Foto: Denise Hernández
Por: Denise Hernández

 

Todo el año he esperado este día para retomar la misión, una tarea bastante arriesgada, sin embargo, estoy decidido a emprenderla. No soy el primero que lo intenta, lo sé, Lía y Braulio, mis hermanos mayores, lo hicieron antes y, hay que decirlo, fracasaron vilmente. Pero yo no lo haré.

 

Bruno desistió cuando cumplió trece años, de manera abrupta y sin aparentes razones; los dos años siguientes se tornó sombrío en estas fechas y perdió la emoción de las cosas. Lía desistió cuando tuvo novio, a los quince; ella simplemente comenzó a tener otros intereses y se olvidó de la misión, luego se casó con mi cuñado, un tipo agradable que me lleva a pasear en su Civic cuando vienen a visitarnos.

 

Yo soy diferente a ellos, incluso nuestros papás saben que lo único que tenemos en común es el cuerpo escuálido, como de espagueti. “Eres demasiado obstinado” me dijo una vez papá, y como yo no sabía qué significaba eso, lo busqué en el diccionario. Es algo así como necio, así que estuve de acuerdo con él, lo soy.

 

Por eso toda la noche he estado en vela, detrás de la puerta, escuchando con detenimiento hasta el más mínimo ruido. Puse uno de mis walkie tokies en la sala con un poco de cinta en el botón para escuchar lo que ocurre ahí y dejé por distintos lugares de la casa unos patitos de hule, esa será una alarma. También dejé el iPad de Bruno en una de las sillas del comedor grabando. No durará mucho, pero de algo puede servir.

 

Son casi las cuatro y todo se escucha silencio , comienzo a decepcionarme un poco. Creí que completar la misión RM2015 sería más divertido y únicamente me la he pasado sentado en el piso, a oscuras, con frío y sueño.

 

Por fin escucho algo. Es la perilla del cuarto de mis papás y unos pasos. Tengo mi teléfono aquí conmigo para documentar todo, por eso hablo tan bajito y con el aparato casi dentro de mi boca. Quizás en unos minutos sea la hora de actuar, así que tomo mi espada (la regla de T que mi hermana utilizaba para sus clases de dibujo técnico), una linterna y me pongo una pistola (de agua) en el cinturón.

 

Primero me aseguro de que todo esté oscuro. La ranura debajo de la puerta indica que todo sigue en orden, así que la abro lentamente y salgo. Sólo traigo puestos unos calcetines con gomitas antiderrapantes, por si necesito correr. Adopto posición “pechotierra” y avanzo hasta la escalera, me asomo para ver si son de papá o mamá los pasos que escuché hace un rato, pero no veo nada, todo está muy oscuro. El azulejo está muy frío.

 

No pasa nada, así que regreso a mi habitación. Estoy cansado, los párpados me pesan, creo que dormiré, no falta mucho para que amanezca y he perdido casi todas las esperanzas de que alguien aparezca. Mi walkie tolkie comienza a sonar, es el sonido de bolsitas de celofán. Después, se escucha el golpeteo de cajas de cartón, como si estuvieran descargando algo, pasos y unos cuantos murmullos. Estoy paralizado, no lo puedo creer, ¡lo logré! ¡Están aquí! No sé qué hacer, no sé. Estuve todo el año planeando este momento y ahora no sé qué debo hacer.

 

Trato de repasar el plan, así que me levanto, tomo mis armas y salgo. Bajo las escaleras con mucho sigilo, la emoción ha hecho que ya no sienta el frío tan intenso del azulejo en las plantas. No enciendo la linterna porque me podrían descubrir, sólo bajo despacio y pegado a la pared, para no caer.

 

Al llegar al pie de la escalera me hago bolita detrás de un muro y observo cómo se mueven las sombras. Esperaba encontrar tres, pero sólo son dos; quizás el otro esté en el baño o en algún otro lugar. Actúan con tanta naturalidad, que me hacen pensar en lo cotidiano que debe ser esto para ellos: se dedican a llevar regalos, dejarlos e ir a la casa siguiente, como de forma maquinal.

 

Siempre pensé en un montón de cosas que querría preguntarles, pero ahora que estoy aquí, creo que prefiero verlos actuar. Me parece que uno de ellos es mujer, lo digo por sus pies, son demasiado finos y pequeños para ser de hombre. Y el otro se ve más delgado de lo que imaginaba; en realidad, los creía gordos. Hacen todo con exactitud, como si supieran dónde va cada cosa, en qué zapato esto o aquello, se mueven como si conocieran la casa a la perfección.

 

Empieza a clarear y eso me da gusto porque podré ver sus caras. Veré si son barbones, como los imaginaba o si de verdad se trata de una reina y no de un rey y quizás me dé valor para preguntarles dónde está su otro compañero. Pero no me da tiempo, afuera se escucha un automóvil estacionándose en la puerta de la casa y ellos salen de prisa, se suben y el auto arranca. Sólo atino a acercarme corriendo a la ventana y ver cómo se alejan. ¡Ahí está el otro rey, es el que vino por ellos! Era tan obvio, ¿cómo no se me ocurrió?

 

Subo las escaleras y abro la puerta del cuarto de mis papás. Están profundamente dormidos, adoptaron la costumbre de dormir hasta tarde desde que mis hermanos se fueron de la casa. Entro a mi habitación y me meto en la cama, me siento satisfecho, logré lo que ninguno de mis hermanos pudo en años, y en unas horas se los diré. Les platicaré a detalle cada uno de mis descubrimientos: no son tres reyes magos, sino dos y una reina; no son gordos, al contrario; no tienen barba, son lampiños, como Bruno; y ellos, como el mundo entero, se han modernizado, ya no andan en camello, caballo y burro, sino en un Civic rojo.

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