Es puro ardor

Por: Salvador Mecalco Valle

 

¿Qué me calme? Por qué, porque tengo que tranquilizarme; quiero explotar, sólo puedo sentir ira. Tengo mucho coraje –mucho-. Así es amorcito, soy un amargado, un maldito amargado. Estas dos últimas semanas ha pasado estupidez tras estupidez, pendejadas, mías, tuyas, de mi familia y en todos lados debo clamarme; nadie me sabe decir otra cosa. ¡Pues escúchenme bien, hijos de la chingada! No me voy a calmar, quiero explotar, quiero enojarme cada vez más. Quiero enojarme como nunca y manotear, gritar, escupir, llorar, lo que sea.

 

¡Al demonio todos! ¿Y por qué? Pues porque sí ¡Chingada madre! Porque intento cambiar mi carácter, intento comportarme de manera que no haga daño a nadie pero no me sale; de algún modo se sienten mal a mi lado o se quejan de algo: -que si dije, que si no dije, que si hice o no hice- de todos modos siempre hay algún problema.

 

Así es amorcito mío, no voy a serenarme, soy un amargado, no me gusta nada, a todo le veo lo malo, el error y lo malvado pero esto ya no me interesa. El corazón se me hace como hoja de papel arrugada, quisiera sacármelo y escupirlo, doblarlo y apretarlo, hacerlo pedazos pero como moriría inmediatamente y no podría cubrir esa necesidad.

 

¡Quiero matar a alguien! Sí, a un maldito, a un maldito que veo diario en los espejos o en cualquier cosa que se refleje. Quiero golpearme, darme la putiza de mi vida, no por placer al dolor, ¡no soy masoquista!, porque hasta cuando me clavo una astilla me duele hasta la madre. No, no es por placer al dolor, es porque tengo tanta ira que quiero desquitarme sea como sea, pero soy muy cobarde para matar a alguien, no me queda más remedio que desquitarme conmigo mismo.

 

Por qué te quedas callada, por qué no dices nada, por qué siempre haces eso… No me respondes, no peleas conmigo, ¡ahora te vas! Claro, es lo único que sabes hacer, eso y tu respuesta de siempre “no sé”; nunca sabes nada. ¿Qué comprenda? ¿Qué tenga criterio?

 

¿Sabes qué?, ¡al demonio!, vete, vete y duerme en paz, déjame solo… ja, ja, ja, hasta que te enojas, ¡que gusto!

 

¿Que deje de estar chingando? ¿Que si tanto sufrimiento y molestia por qué no me mato y ya? Ja, ja, ja, qué bien linda, tienes buenas garras. Pues te contesto: porque soy un maldito cobarde, aún no tengo el motivo suficiente para dejar de estar chingando –como bien dices- y pensándolo bien: ¿por qué no me lo das tú? Dame ese motivo, dime que te vas, dime que conociste a otro, a otra, que no entiendes nada y que por eso te largas…

 

Dime lo que sea, no importa que sea mentira, pero dímelo ya. Dame esa estocada final –pues, amorcito mío, lo haces- poco a poco, porque hasta para matarme eres prudente, lenta, poquitera.

 

Éntrale al ruedo, mata al toro y sé aplaudida…, pero no lo vas a hacer ¿Y así pides que me calme? ¡Otra vez! Mejor, ya lárgate.

 

¿Para qué quieren que me calme? Yo sé que me hace daño, sé que estoy mal, que el único que va a perder soy yo, lo sé, maldita sea; pero al demonio, los odio a todos y odio a los que dicen quererme –como tú o mi madre- las odio más porque me piden que no me lastime, porque me piden que deje de ser yo. Y yo soy un neurótico: quiero molestarme, a ver hasta cuándo aguanto, morirme de coraje; quiero tensarme tanto hasta quedar completamente rígido y no sentir nada más, sólo mi propio enojo. No importa que no deje huella para el hombre, ¡al diablo el hombre! Y si dejara algo o pudiera decir algo, me gustaría concentrar, en mí, todo el odio, la desesperación, la angustia y el coraje del mundo entero para que cuando fallezca, ustedes, el mundo, se la vivan locos y cagados de la risa.

 

Sí, qué bueno que ya te fuiste; estoy bien así: yo y mi conmiseración, pues es cómodo tirarme para ya no hacer nada; así es, qué comodidad tan barata, al demonio con todos, me tiro y ya no me levantaré, y si se escribiera sobre ésta rabieta terminaría con: “puto el que lo lea”, aunque se escuche cómico y le reste seriedad ¡me vale madres! Porque a mí me gustaría reírme con las rabietas de un mediocre amargado.

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