Trescientos sesenta y cinco días

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Todos los días, sin falta, ella le escribió un verso, un poema, un cuento. Cualquier cosa, con tal de que él supiera lo importante que era su vida. Todos los días, sin falta, durante un año.

Hacía tres copias en papel, una para enviársela, otra que guardaría para ella y otra que aún no sabía para que usaría, pero que al fin cosió en forma de un libro.

Él mostró interés únicamente por la primera, segunda y tercera nota que ella envió, de las demás, si es que las leyó, hizo caso omiso y sencillamente las ignoró. Lo importante es que yo sí las leí.

Tras once meses, recibió la notificación de que él había cambiado su residencia, así que no tendría adónde enviarle las demás notas. Esa fue la más grande de mis fortunas. Yo fui el siguiente inquilino en esa casita pequeña, con puertas de madera que rechinan por todo y ventanas por las que entran chiflones de aire con la ventisca.

Fue una lástima encontrar cada una de las notas abandonadas, todas dentro de una caja de zapatos, sin que faltara ninguna, pero al final, abandonadas. Lo que encontré no fue una caja llena de papeles, sino el conjunto de las palabras de amor más hermosas que una mujer puede decir a un hombre.

Trescientas treinta y cuatro notas hubieran bastado para que yo la amara como ella a él, incluso sin conocerla y sin saber nada de ella ni de sus gustos ni de su cara, sin saber si era gorda o flaca. Seguro sería hermosa, porque una chica que puede enamorarse así y entregarse sin medida, no puede sino ser bella por fuera, también.

Pero hacían falta las últimas 31 notas, las del mes de marzo. Yo estaba seguro de que existían, no tenía la menor duda, sin embargo, ninguna de las notas tenía ya el sobre donde viene el remitente. Con una sola nota más que enviara, con una sola… podría buscarla, pero era evidente que de alguna manera ya se había enterado del cambio de domicilio de su amado.

Esperé a que transcurriera el mes de marzo con la esperanza de que ella, tan obstinada como parecía en sus notas, diera muestra de ello y un día apareciera en el quicio de la puerta en busca de su amado y al que seguramente aquí encontraría.

Todos los días, antes de ir al trabajo, esperaba al cartero en la ventana y le preguntaba si hoy no había mejor suerte.

-Qué curioso, el joven Carlos recibía correspondencia diario y la ponía en cualquier lugar. A veces, me daba la impresión de que ni siquiera la leía.

-¿Carlos?

-Sí, así se llamaba el inquilino que habitaba esta casa antes de usted.

-Claro… Carlos. Por supuesto… es mi primo. ¿Sabe usted? Él tiene planeado volver dentro de unas cuantas semanas. Sería bueno que la persona que le escribía tanto lo supiera, tal vez tenga algo qué decirle.

-¡Qué buena noticia! Daré aviso en la oficina de correos, tal vez ellos puedan ponerse en contacto con la chica. Le escribía diario, sin falta, pero no debía ser muy importante para él, pues nunca contestó una sola de sus cartas. En fin, gracias por el aviso.

El plan surtió efecto. En dos semanas llegó un paquete con las 31 notas que faltaban, pero era evidente que ella no iba a aparecer por mi casa nunca. La última de las notas decía:

Sin título

Lo cual era aún mejor. Ella estaba molesta con el tal Carlos y la nota tenía remitente, así que me puse mi gabardina, salí, encendí el motor del auto y en media hora ya había llegado a la dirección. La casa era mediana, más grande que la mía, eso sí. Había un portón de madera, las luces de una de las recámaras estaba encendida porque ya casi caía la noche y el cielo se hallaba en ese punto morado que hace dudar hasta de la existencia del tiempo. La calle se encontraba en calma, limpia y olorosa a humedad por una ligera brisa que había cubierto a la ciudad.

Toqué el timbre, que era un cordoncito. Entonces sonó una campana adentro y al poco tiempo salió una mujer con el cabello largo, castaño y casi hasta la cintura que hacía contraste con el color de su piel y con el negro de sus ojos; de sonrisa inexistente. Pero como lo imaginé, bellísima. Era más baja que yo y no pude ver las formas de su cuerpo porque usaba pijamas holgadas.

-Hola.

-¿Sí? ¿A quién buscas?

-A ti, supongo.

-¿Cómo que supones?

-Debes ser la única escritora en esta casa, ¿o hay alguien más?

-¿Cómo sabes que escribo?

-Dame un segundo- corrí torpemente al auto y saqué la caja de zapatos con todas las notas que yo ya había puesto en orden.

-Creo que esto te pertenece. Sé que no me pediste consejo, pero creo que no debes andar por ahí entregando una parte tan valiosa de ti, como lo son tus letras, a cualquier sujeto. Y por lo visto, ese Carlos no merece lo que sientes ni hiciste por él. Mira, ni siquiera sabes dónde está.

-¿De dónde sacaste esto?- dijo ella con los ojos nublados, con la boca apretada y con un gesto de nostalgia densa y pesada.

-Soy el nuevo inquilino de la casa donde él vivía… y creo que se le olvidó esto.

-Me dijeron que había vuelto, por eso envié el último paquete, lo lamento. Pero gracias por rescatarlos.

-Esto sólo es un poco de papel. Lo que en verdad quiero rescatar está enfrente de mí.

 

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4 thoughts on “Trescientos sesenta y cinco días”

  1. Efectivamente, necesitamos quién nos rescate o a quién rescatar. Si like 😉

    1. Gracias por tu comentario, Benjamín. Te invitamos a visitar los demás contenidos del sitio.

      Buena semana.

      Saludos.

  2. Es una bella historia. Y me pregunto, cuántas mujeres y hombre no han sido rescatados. Yo conozco a una chica que se llama Mar, y le escribió una pequeña novela al hombre que ella más ha amado. Pero él no le hiso caso, se la regreso y ella al sentir el rechazo y dolor decidió quemar las páginas. Sólo rescato algunas que me dio a leer para que las revisara. Ahora las tengo en mis manos, son unas páginas muy bellas, escritas con una pasión desbordante, con mucho amor. Pero que ocurrirá con la historia de amor de Mar, (una historia real, encantadora, pasional, dolorosa), si no es rescatada por ella, o por mí.

  3. Está increíble <3

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