De Bond a Santana ¿cuántas marchas hay de distancia?

Por: Aldo Rafael Gutiérrez
@aldorafaello

Antes de iniciar el comentario, me presento. Me llamo Aldo Rafael Gutiérrez Salinas; no soy ningún boot, ni estoy a favor de nada ni de nadie en particular (estrictamente hablando de política). Soy reportero con enormes aspiraciones de ser un periodista y al igual que mucha gente, tengo algo que decir. Dependerá de ustedes, seguidores de este portal, si vale la pena o no lo que se muestre aquí cada martes.

Dicho lo anterior, arranquemos:

Desde hace un par de semanas (desde el 19 de marzo para ser exactos), arrancó la filmación de la ya esperada, por muchos, nueva película del 007. Spectre se ve que será un éxito en taquilla (debo reconocer mi gusto por las últimas tres entregas de esta saga protagonizadas por Daniel CraIg), sin embargo, la queja no son las películas o que nuestro país sea elegido para las piruetas de James Bond.

Y es que el rodaje ha estado envuelto en polémica desde antes del cierre del Centro Histórico. Por ahí salió una filtración de un pago hecho por autoridades mexicanas con un monto de 14 millones de pesos, para modificar el guión (a mí se me hace poco) y así mostrar el lado “bonito y moderno” de la ciudad.

Pero bueno, la estocada no va por ahí, porque ya sabemos que las cámaras, gobierno e instituciones están llenas de moralinos a quienes les da cosa que alguien de fuera les restriegue la podredumbre cotidiana que, según ellos, están transformando.

Mi comentario y enojo va por la siguiente senda: la gente no hizo rabietas porque cerraron su Zócalo. Para nada. Es más, hasta le sacaban fotos a las enormes calaveras que estuvieron en la calle de Tacuba. Algunos con más suerte recibieron mil pesos por ser extras, así que todo estuvo de pelos.

¡Ah! Pero no se diga una marcha porque despotrican hasta por los codos (los electrónicos y los de hueso), y se vuelven indiferentes ante ‘N’ cantidad de situaciones que no voy a mencionar porque ya las conocen. Y si no, de verdad díganme en dónde viven para pedirles asilo y ya no enterarme de nada.

Mi coraje no acaba ahí. Resulta que por el concierto de Carlos Santana en el Ángel de la Independencia (por quien también confieso mi gusto), las autoridades del gobierno del Distrito Federal optaron, de nueva cuenta, por cerrar parte de la avenida Reforma. Río Rhin y Florencia para evitar controversias.

No me molestan los conciertos (y menos gratis pues he asistido a muchos), lo que vuelve a ser una piedra en mi gastado teni es la incongruencia mexicana. Esa que se combina con un Alzheimer social y los mantiene en un estado de letargo cíclico, del cual son incapaces de despertar y, por el contrario, exigen no ser sacados.

Otra vez, la indiferencia cancerígena hace de las suyas. Para colmo, las personas que aguantaron lluvia, pisotones, toqueteos y apretujones de todo tipo, no sabían siquiera porqué sufrían ese calvario (palabra tan ad hoc en estas fechas). Lo digo porque de 15 personas a quienes les pregunté si Santana había tocado “Jingo”, sólo cuatro me supieron decir que sí. Algunos “sólo llegaron”.

Y bueno, ¿para qué toda esta letanía?, sencillo: porque ya me cansó el mal del “Candil de la calle”. Ese donde el mexicano es bien cuate y solidario con causas externas pero sordo, mudo y tonto cuando se trata de barrer la casa.

Estos datos seguro ya los vieron entre comentarios, o los más exquisitos, se echaron un clavado a las columnas de renombradas plumas en diferentes diarios. Lo que no sé si se ha entendido es que como ciudadanos hemos perdido la capacidad de mostrar nuestro disgusto ante lo que pasa, que no es poca cosa, y, efectivamente, afecta a todos.

Y sí, coincido en que un comentario en Facebook o Twitter no trasciende más allá del timeline de su propietario y sus contactos. También concuerdo en que una marcha sólo hace eco entre automovilistas, quienes de “amable” manera, mientan madres a los inconformes.

¿Qué hacer entonces?, dirán ustedes. No lo sé, es mi respuesta. Lo digo con toda consciencia porque dar una contestación universal ante lo que ocurre en estos tiempos, en todos los frentes, es caer en el absurdo y el ridículo, por usar los términos más diplomáticos.

Lo que sí sé que hace falta entre la gente, es la congruencia. Basta de mal mirar la suciedad de alguien más, si no se tienen los zapatos y el baño limpios. Dejemos esa actitud mediocre de bajar a los que suben con dichos como “envidia de la buena” o “crítica constructiva”.

Me parece que así y sólo así, tendremos la sensibilidad suficiente para unirnos a loables causas, y sobre todo, señalar con los 20 dedos al gobierno y sus cínicos despilfarros, que si nos tiene en la situación actual con precariedades infames mientras ellos viven como jeques árabes, es sencillamente porque desde abajo se ha permitido pisar al de lado.

Así las cosas y ya nos estaremos leyendo el próximo martes, si el internet lo permite.

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