Amistad Erótica

Por: Sor Filotea

 

Tendida sobre la cama, con la mira perdida en la ventana, el desencuentro de la noche anterior consumía su alma.

 

El desasosiego la invadió, entendió sin preámbulos que su corazón se coló al banquete del placer, ¡impensable! La rabia la dominó, no entendió que el erotismo fugaz sólo confluye al descanso de los cuerpos, intolerable para aquel incipiente amor que le profesaba a Julio.

 

-Encontré la definición perfecta para este dulce cinismo- exclamó Isabela, cierta de que lo que la ataba a esa piel morena era la batalla de dos cuerpos abstractos en el éxtasis que les proporcionaba su encuentro semanal.

 

-¿Cuál? -Sonrió Julio desde la cocina.

 

-Tenemos una amistad erótica, como describe Milán Kundera en La insoportable levedad del ser, cuando se encuentra con su preferida-, le guiñó desde el sofá.

 

-Excelente -jadeó Julio en su oído, insinuación que bastó a Isabela para replegar su cuerpo hacía él, lo que los llevó a la lucha continúa por el placer.

 

El ritual era casi siempre el mismo: saciar el dominio por el otro a través de la implacable lujuria que los cegaba en cualquier rincón del apartamento, charlas, risas, café y un “nos hablamos”.

 

Aquella noche no. Isabela quería más. Se sintió con el derecho de pedirlo.

 

-Mañana a las 8:00, después de que…

 

Julio no la dejó terminar y advirtió: mañana es viernes, día vetado para nuestra amistad erótica, -le soltó con sarcasmo-. El lunes por supuesto que eres más que bien recibida, sentenció.

 

-¿Por qué? -Exclamó con un dejo de reclamo- Quiero estar contigo.

 

-No, Isabela, por favor, los fines de semana no.

 

Isabela no quería o no podía entender lo que escuchaba. Necesitaba estar con él, afianzarse a su carne, a su cuerpo, a su sexo, a su sudor, a sus fluidos; se lo exigía su libido, pero también su intimidad emocional que se había enganchado aquel hombre de ojos tristes y alma nómada.

 

-Julio, por favor -suplicó Isabela; abrazándolo por la espalda.

 

-No. No es que me dé lo mismo no verte, pero esta vez no; añadió en tono sereno.

 

Isabela lo soltó, sintió una profunda vergüenza. Disfrazó su desacuerdo y tristeza, sin embargo, continuó con el rito: el abrazo cálido de aquel hombre, el café, la charla; un taxi a las 22 más 45…que cumplían a cabalidad con los canones de esa amistad erótica.

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