Carta para una hermana de concreto

Por: Javier Gallardo Peralta

 

Cortesía: Cultura Colectiva.
Cortesía: Cultura Colectiva.

 

Crecimos sobre ti. El viento te ha desgastado poco a poco; las piedras de tu cuerpo lucen viejas y sucias. De aquellas letras que alguna vez pintamos en tu superficie, ya sólo quedan trazos difíciles de ver. Hace tiempo que te abandonamos, pero la alegría de nuestra infancia se encuentra intacta en el corazón.

Todavía recuerdo cuando nos sentamos por primera vez en el frío de tu concreto. Nos diste calor. Te acababan de pintar y sólo quedaba rotularte el número y nombre de la calle. Tu construcción duró varios días, ya que te reforzaron con varillas y tabiques gruesos… Pero nosotros tardamos nada más 12 horas para rayarte con plumones permanentes. Escribimos el apodo de cada integrante del grupo, formado por una decena de traviesos niños.

Desde ahí, te convertiste en nuestro refugio. Cuando el cansancio nos ganaba la batalla, íbamos ante ti, nos poníamos de espalda al suelo y alguien más aventaba agua para refrescarnos. “Ay, niños, todo el día se la pasan aplastados ahí; ¿no tienen nada mejor qué hacer?”, preguntaban con frecuencia los vecinos. Y, en realidad, no teníamos mucho qué hacer, además de ir a la escuela.

Un día decidiste que eras nuestra hermana. No había niñas en el grupo, porque sus mamás decían que éramos mala influencia y que jamás debían juntarse con nosotros. A una mujer se le debe tratar con respeto y cuidar que nadie se le acerque con agresividad: lo mismo hacíamos con nuestro territorio. Entonces prometimos vigilarte y defenderte de los intrusos que quisieran sentarse sobre ti sin nuestro consentimiento.

La primera pelea contra otros muchachos ocurrió porque intentaron ponerse en tu dura superficie. Eso jamás. Apenas comprendíamos el valor del honor. La sangre de nuestro amigo quedó regada en tu cuerpo y las lágrimas se secaron en el concreto, pero comenzaron a respetarnos. Era lo que importaba. Pero dicen que el tiempo lo daña todo… y, tal vez, en nosotros se volvió ley.

 

De a poco, las inocentes travesuras se convirtieron en acciones que terminaban ante un juzgado. O bajo una tumba. Sobre tu cuerpo frío quedó el cuerpo frío de “Gio”. Aquella noche de octubre todo terminó. La alegría de dos días de fiesta concluyó en una dolorosa llaga atravesada en el corazón de nuestro hermano. Estuviste presente. Cuando se desvaneció, tú lo atrapaste y cobijaste hasta que dio el último suspiro.

 

También nos has visto ser felices. ¿Recuerdas cuando pusimos mantas en ti y decidimos que ahí dormiríamos? Teníamos 10 años. Corrieron a nuestro hermano de su casa, y como muestra de solidaridad decidimos irnos todos a la calle. Nos refugiamos en tu concreto. Al siguiente día, nos arrepentimos y regresamos a nuestros hogares.

 

A veces te convertías en carretera para nuestros autos de juguete o en ring de lucha libre. Eres angosta, pero te adaptabas a cualquier juego que se nos ocurría. Fuiste testigo de la primera botella de alcohol que bebimos. Era de madrugada. La luna alumbraba un poco. Esperamos a que los vecinos apagaran sus luces y levantamos el primer vaso.

 

Hemos vivido al revés. Jugábamos como niños, pero hablábamos como adultos. Nunca veíamos las caricaturas. Tampoco forrábamos nuestros cuadernos con el personaje de moda. Preferíamos correr tras un balón, brincar a las azoteas de las casas ajenas… Preferíamos todo, menos estar en casa. Después, cuando fuimos más grandes y tuvimos que conocer el mundo, muchos decidieron que era hora de retirarse y hoy viven enclaustrados frente a un televisor.

 

Estás triste. Las noches son frías como tu cuerpo de concreto. Los más grandes del grupo se han casado; otros, tenemos una vida un tanto desequilibrada pero feliz; algunos más se encuentran tras las rejas de algún penal o en camino para salir de las adicciones. ¿Es triste? No lo sabemos. Lo indudable es que los mejores años los pasamos sobre ti.

 

Hace 15 largos años que pintamos nuestros nombres en tu superficie. El viento los quiere borrar. Sólo quedan recuerdos. Las piedras, sucias y viejas, nos extrañan. Algún día, quizá, nuestros murmullos regresen y los niños que viste crecer sean ya unos viejos Mientras tanto, cuida nuestro honor, banqueta querida, hermana de concreto.

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