El sopla nucas

Por: Ilse Becerril Bobadilla

 

Esta historia comienza por el final. Cuando ya nada restaba por añadir ni por quitar. Se llamaba Eulalio. Fue el novio de mi prima Lupe, digamos un hombre ocasional, de esos que pasan por la vida de modo fugaz. Hoy sí, mañana no. Se notaba a leguas que se las sabía de todas, todas, vamos, desde su forma de caminar hasta la de subirse a la micro.

 

-Ganarías más siendo mi chalán en la obra que de repartidor de refrescos, me decía siempre que venía a la casa para ver a la Lupe.

 

Pero él no sabía que mi máxima ambición era ser chofer de un camión de refrescos por dos ventajas: la primera, podría usar el camión para pasear el fin de semana a mi vieja y la segunda porque tendría todo el poder de autoprestarme cuanta bebida quisiera.

 

Así que me apresuré a buscar trabajo de chofer. Salí a la calle, arrastrando el ánimo como un teporocho arrastra su cobija hecha jirones. Me dispuse a recorrer todas las líneas del metro y apuntar los teléfonos de los anuncios que se encontraban pegados en los vagones. Pero Lupe, mi prima, siempre andaba de chile frito y en todos lados aparecía. Ese día no fue la excepción.

 

A ella siempre le gustaba presumirme sus galanes. Era como una vieja costumbre. Se sentaba y me traía fotos de ellos en cueros. La Lupe era feita pero siempre tuvo buen gusto por los hombres. Total, en la foto, al Eulalio se le veía como un macho al que las mujeres calificarían como “bien chulo”. Lo único que yo le miré fue el pitote que se cargaba, y no por morbo, sino por envidia.

 

-Ya te dijo el Eulalio, vete a trabajar con él, además estamos en familia. Cuatro horas al día no son nada, te conviene. Márcale a su celular y dile que te animas.

 

Le llamé muy temprano, diciéndole que aceptaba su gran propuesta, sin ni siquiera acordarme la chinga que sería aguantar un saco de cemento o las carretillas de arena.

 

Me dijo que me presentara luego, luego, porque mañana tendrían su primer colado.

 

Al día siguiente iba hecho la madre que ni tiempo me dio de despedirme de Rosita, mi vieja. La relación con ella no era formal, la veía muy poco por su dichosa vendimia de Avon y Tupperware, pero cada vez que le comunicaba que tenía trabajo se comportaba más cariñosa de lo habitual, me mandaba mensajes y me checaba todo el tiempo. La Lupe me decía que era porque tenía miedo que me gastara la quincena con otras viejas.

 

Cuando menos, recorrí veinte cuadras de mi casa a la obra. Un lugar en el que ni Dios se atrevería a pisar. Entonces vi al Eulalio con una pantalón apretadísimo y una camisa que dejaba ver sus tantísimos pelos que tenía en el pecho.

 

-¿Ves esas varillas de allá?, ponte a córtalas, cabrón, y cuando termines se las pasas a La picha para que arme los castillos.

 

Los albañiles tenían sus palabras consentidas cuando pasaba una mujer delante de ellos: pedorrón, chichis, chula y, la más preferida, cola. El Eulalio, a pesar de que yo era su primo porque andaba con la Lupe, no se abstenía de gritarles a las mujeres que pasaban frente a su vista, hasta un día se atrevió a decirme que le gustaba la Magdita, que era la hija de los dueños de la casa y la que siempre contoneaba sus caderas.

 

-Na’ más no le digas a la Lupe, pero yo sí le andaba dando pa’ sus tunas a la Magdita.

 

A estas alturas yo no estaba para ser el vocero de todo lo que hacía el novio de mi prima, así que nada mas reía con él.

 

En la chamba había días en los que no podía ni respirar de todo lo que mandaban a hacer; era el “ibm” para todos: y veme a traer una segueta, y veme a traer un chesco y veme a traer un cincel. Los momentos que más disfrutaba era cuando entraba al baño, sólo se podía si llegabas temprano o te ibas después de todos. Ahí me la vivía casi siempre. Me quedaba hasta que sentía hormiguitas en el culo por todo el tiempo que duraba aplastado.

 

Cierto día, como charro en pleno jaripeo, mi estomago comenzó a rechinar, así que sin más penumbra decidí, sacrificadamente, pasar al baño. Desde las cuatro paredes de mi oficina preferida, oí acercarse al bisonte que mi prima llamaba novio. No me asusté, ni sentí remordimiento por saber que escucharía mis pronunciadas flatulencias y seguí observando el poster que traen las revistas TVyNovelas.

 

-Tienes el camino A y el camino B-, me dijo Eulalio con la bragueta abierta y azotando la puerta.

 

Francamente, me torné espantado, pero sólo pude mencionar:

 

-Ya wey, cierra la puerta y deja de chingar.

 

-Es enserio lo que te digo, tienes dos caminos-, contestó.

 

Alguna vez sospeché de su sexualidad; incluso en el trabajo se decía que el Eulalio tragaba más riata que un pozo, pero yo, en ese momento, dejé que mi cerebro se entretuviera en tonterías, así que pensé en Rosita.

 

Luego sentí cómo me la dejaron ir por atrás. Lo único que alcancé a ver, en ese instante, fueron sus ojos con un brillo homicida. Me abría cada vez más para abrazarlo con todas mis extremidades, haciendo más fuerte su gesto de arrebato. Estábamos tan cerca que ya nada podía parar. Terminó dentro de mi culo, pero yo aún tenía la pistola bien parada, así que decidí no salir hasta después de un buen rato.

 

Naturalmente, Eulalio enmudeció. Y yo también. Me empecé a preguntar si era correcto lo que habíamos hecho. Había veces que llegué a pensar que hasta estaba dormido, soñando, porque para soñar hasta despierto lo haces, pensando pendejadas o lo que te preocupa, pero si fue sueño, éste merecía la pena, como aquellos que se confunden con la realidad y de los que son necesarios dormir a piernas suelta.

 

¿Que si pienso en él? Nunca había pensado en nadie, por eso no conozco la sensación, pero como es justamente algo nuevo puede ser que así se sienta, la verdad me da igual.

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