Por: Jorge Jaramillo Villarruel

 

Yo voy detrás del ardiente sol
(Santa Sabina, “El cielo”)

 

La primera vez que pensó en construirse unas alas fue a los seis años, al contemplar a los bomberos apagar un fuego y rescatar a los niños de la escuela en llamas. Era un espectáculo admirable: esos hombres valientes y sus alas mecánicas que batían el aire como polillas atraídas por el fuego, salvando vidas mientras arriesgaban las suyas propias. Pero Altair no quería ser bombero. Él se creía capaz de hazañas mucho más heroicas. Yo lo sé, porque fui su mejor amigo.

 

Nos conocimos en las clases de astronomía. Teníamos siete años, él un par de meses mayor, y éramos como dos opuestos: yo estaba enamorado del cielo y el telescopio, y Altair prefería matar el tiempo con sus novelas de aventuras y hacer trampa en los exámenes. No era flojo o tonto, simplemente se aburría. Era evidente para todos que Altair era más inteligente que el resto de los estudiantes, y también más sensible e imaginativo.

 

Nuestras diferencias de carácter no impidieron que nos volviéramos los mejores amigos al instante. Al salir de la escuela, íbamos a jugar al parque. Montados en los columpios, yo le hablaba de las constelaciones y los planetas, y él me contaba las aventuras del perro Buck, el cazador Quartermain, el doctor Ferguson, el pirata John Silver, y todos sus personajes favoritos.

 

Con el transcurso del tiempo había creado muchos juegos de alas distintas, la mayoría de ellas inútiles. Pero también había obtenido algunos buenos resultados. A los trece, él mismo armó el uniforme completo para el equipo de wingball. Ese año, la escuela «Jack London» se coronó campeona estatal, y Altair se convirtió en el héroe de la localidad. También ganó un par de trofeos en torneos de ingeniería y mecánica estudiantil, que le valieron una beca para estudios de bachillerato tecnológico en la Academia Leonardo da Vinci, una de las más prestigiosas de su ramo.

 

Poco a poco, iba perfeccionando sus creaciones, pero también aumentaba el riesgo con cada avance. Con motivo de su cumpleaños número quince, y haciendo uso de los recursos que le facilitaba la Academia, se interesó en probar un nuevo juego de alas que, él pensaba, le servirían para elevarse hasta las nubes. El equipo consistía en lona blanca y alambre de cobre para darle soporte y ligereza al mismo tiempo, arneses de cuero para la flexibilidad, un juego de pedales, engranes y poleas de cadena, una hélice para el vuelo vertical que giraba con una manivela a gran velocidad gracias al tamaño distinto de los dos engranes, una aleta de lona controlada con palancas de mano y cuerdas para la dirección, y un propulsor de vapor para el impulso inicial.

 

Le ayudé a colocarse el equipo, qué otra opción tenía, para eso son los amigos, para ayudarte a que te mates. Se puso el gorro de aviador y las gafas, y sonreía feliz, más feliz que nunca, y un minuto después se arrojó por el risco, a poco más de veinte metros de altura. Por un instante parecía que lo iba a lograr. Incluso grité emocionado. Pedaleaba con vigor y planeaba a gran velocidad, el vapor del propulsor escapaba emitiendo un sonido de tetera, pero a cada momento perdía altitud. Miré aterrado por el borde, la hélice comenzó a girar y a elevarse velozmente, pero sólo ella; el resto del armatoste bajaba en caída libre y pensé que mi amigo estaba muerto.

 

Cuando llegaron los rescatistas, Altair aún respiraba. Lo visité en el hospital y me saludó con una sonrisa desdentada. Se hallaba sujeto a la cama como si fuera la víctima de un inquisidor loco, lo cual era irónico, considerando que él mismo estaba un poco deschavetado. Unos hilos de metal sujetaban sus miembros en posiciones singulares. Era el único arnés que usaría durante los siguientes meses.

 

—Es para que las astillas de los huesos rotos no perforen ninguna arteria y me muera de una hemorragia interna —dijo Altair con la misma expresión con que te invitaría a tomar un café—. Todo esto mantiene mis huesos relajados y los músculos tensos e inmóviles.

 

Pensamos que era el fin de las aventuras voladoras de Altair, todos excepto él mismo, pues en cuanto se recuperó después de siete meses en cama y cuatro más en silla de ruedas, comenzó a preparar una versión mejorada del equipo blanco, como le llamaba ahora a ese conjunto de chatarra que casi le cuesta la vida.

 

La mayor parte de ese tiempo lo dediqué a mis exploraciones con telescopio, pero ahora en vez de mirar al cielo, lo hacía a las ventanas de mis vecinas. La belleza de los astros es bien conocida, pero nada se compara a una estudiante de ciencias naturales recién salida de la ducha. Su nombre era Elizabeth y me sentí muy afortunado cuando ella aceptó salir conmigo.

 

No dejé de contemplar el cielo por completo, sin embargo. Me habitué a mirar las estrellas durante la noche mientras pensaba en Elizabeth. También pensaba en Altair. Después de todo, éramos amigos y no podía negar que tenía preocupación por él. A veces venía en su silla y hablábamos un poco, yo en la ventana y él, en la calle. Se veía un poco triste, obligado a guardar ese reposo durante tanto tiempo, y yo me compadecía un poco de él, pero en secreto, aunque no demasiado; mientras duró su recuperación, se dedicó a leer aún más de lo habitual. Los libros lo mantenían vivo y de buen ánimo.

 

En el fondo, el telescopio y los libros no eran tan diferentes. Ambos lo hacíamos como una forma de salirnos de la realidad, sobre todo cuando ésta era difícil. Pero lo de sus alas… eso no lo comprendía. Yo no tenía nada que pudiera parecerse a eso.

 

Finalmente, mi amigo se recuperó y volvió a las andadas.

 

Durante los años siguientes, la obsesión de Altair no disminuyó ni un poco. Ya no le extrañaba a nadie verlo revoloteando por ahí, aunque él se encontraba insatisfecho, lo que era comprensible, pues no había logrado su propósito de llegar a la altura de las nubes. Pero pensábamos que lo conseguiría pronto, pues desde su recuperación, y quizá motivado por el encierro y la inmovilidad del hospital, sus aparatos habían mejorado considerablemente. No había tenido ningún accidente de gravedad y lograba mantenerse en el aire durante todo el tiempo que las piernas se lo permitían. Pensaba que solucionaría el problema cuando resolviera la cuestión de la automatización; de momento, ésta sólo era posible mediante un motor de vapor, pero su peso, sumado al de un hombre, hacía imposible no sólo la suspensión, sino el mismo despegue. Era viable construir unas alas tan grandes que el peso de un motor y una persona no significarían nada, pero no tenía los recursos suficientes para una empresa de tal magnitud.

 

Al concluir los estudios de bachillerato, consiguió un trabajo en una planta de ensamblaje de aeróstatos. Yo trabajaba en el negocio de telas de la familia y pasaba cada vez más tiempo con Elizabeth, ya no estaba tan cerca de Altair como en otros tiempos, pero todavía me mantenía informado de sus avances. Por esa época, comencé a leer con relativa frecuencia, tratando de entender el significado que él le daba a su sueño de vuelo.

 

A nadie parecía interesarle lo que Altair hacía, tan habituada estaba la comunidad a sus excentricidades que ya no las veían con malos ojos. Pero para él seguía siendo todo tan nuevo, tan atractivo, como ese día en que la escuela primaria se incendió y el cuerpo de bomberos hizo su faena frente a los ojos admirados de un niño de seis años.

 

Quienes no eran tan benévolos con él eran sus supervisores en la planta de ensamblaje. Cuando lo descubrieron usando las herramientas para su propio fin, lo castigaron cambiándolo de sección y asignándole tareas aburridas y laboriosas, como inventarios y acomodo de cajas. El único tiempo libre que le quedaba durante el trabajo, era la comida, y al terminar la jornada estaba tan cansado que sólo quería dormir. Renunció menos de dos meses después, llevándose consigo todos sus planos y proyectos. La compañía le ofreció reinstalarlo en su puesto original, pero Altair rechazó la oferta, no por orgullo sino porque realmente necesitaba ese tiempo para él mismo. Para ganarse la vida, siempre podía dedicarse a trabajos mecánicos para el pueblo. Aunque todos somos dependientes de la tecnología en mayor o menor medida, sólo unos pocos entienden cómo funciona.

 

Al terminar unos trabajos para mi padre, Altair me presentó el proyecto más ambicioso de su vida hasta entonces: un manto con una envergadura de veinte metros, completamente articulado y fácilmente manipulado con las manos y los pies mediante el mismo principio que una bicicleta, aunque mucho más complejo con todas las cadenas y engranes para cada articulación. Pedalear hacía que los apéndices se batieran a distintas velocidades, el manubrio se encargaba de la dirección, y el tamaño de las alas no sólo permitía una mayor elevación que cualquiera de las creaciones anteriores, también servía para el descenso, al extenderse por completo permitían planear y perder altura lenta y suavemente. Lo más difícil era el despegue, como siempre, pero Altair pensaba que si se arrojaba de una altura de unos cien metros aproximadamente, lo conseguiría sin problemas. El equipo se complementaba, me explicó, con un casco conectado a unos tanques de oxígeno, y un traje térmico para soportar las temperaturas bajas del cielo.

 

—¡Con esto podría llegar al sol! —exclamó entusiasmado.

 

Mis intentos para disuadirlo de semejante locura resultaron inútiles. Lo sabía, pero mi responsabilidad como amigo desde la infancia me obligaba a hacer la prueba.

 

—No me pasará nada, Boris —me dijo. Nunca me había llamado por mi nombre cuando hablaba conmigo. La gente normal no se llama por su nombre.

 

—Como quieras —respondí seriamente—. Pero esta vez no voy a ayudarte a que te mates.

 

Altair me miró con tristeza. Pensé que diría algo, pero guardó silencio. Para romper la tensión, le confesé algo:

 

—Me voy a casar con Elizabeth.

 

Se sorprendió. Después de las felicitaciones y palmadas en la espalda, le insistí en que no olvidara acudir a la fiesta. Sería algo sencillo, íntimo, para unas cuantas personas, amigos y familia.

 

—Me siento feliz por ti —dijo. Le creí, aunque sabía que él no era de esas personas que le encuentran sentido a una realidad indiferente mediante las cosas sencillas de la vida (el amor, el trabajo, la fiesta). Él buscaba otra clase de trascendencia y suponía que podía alcanzarla mediante esos saltos de loco.

 

Esa noche, mientras bebía un vaso de leche, sentado en mi sillón favorito, mirando por la ventana de mi departamento, vi una extraña ave sobrevolando la ciudad. Parecía un buitre, uno bien grande, pero cuando alcancé el telescopio ya se había ido. Al contemplar las espirales de bruma, pensé en mi vida, en la gente que había conocido, y me sentí afortunado.

 

Altair desapareció. Esa primera noche, fui a su casa, pero no había nada que me hiciera adivinar su paradero y todos nos preocupamos. Había multitud de notas, esbozos de planos, recortes, daguerrotipos, libros, herramienta, pero ni una sola pista. Temí pasar por alto algún detalle, pero no me atreví a llevarme sus cosas. Si hiciera falta, los investigadores ya revisarían todo con calma sin desordenarlo como lo haría yo. No podía dormir, intenté leer pero mi mente divagaba.

 

La noche del segundo día, se organizó un grupo de búsqueda. No nos habíamos percatado de que Altair era un miembro querido e importante en la comunidad hasta que lo habíamos perdido, algunos recordaban sus hazañas en el wingball.

 

En la plaza del pueblo estábamos reunidas unas cuarenta y cinco personas, discutiendo el plan de buscar a Altair. Aún no se formaban los equipos cuando Altair apareció. Bajó del cielo en vuelo rampante, tan alegre como siempre, ignorante de la conmoción que había causado. Aunque recibió una buena reprimenda de mi parte, la verdad es que todos nos sentimos aliviados de verlo, sonriente, arrastrando sus alas enormes y con el rostro sucio. Prometió que no desaparecería así de nuevo y todo quedó en un jugoso chisme.

 

Al aproximarse la fecha de mi boda, Altair y Arkady, mi hermana, se conocieron. Ella era especialista en aves, tenía un título en ornitología de la Academia Universitaria Galileo Galilei y había regresado a casa para la boda. Yo pensaba que si conocía a una mujer agradable, eso le haría bien y abandonaría sus locos proyectos. No era lo que tenía en mente, pero aunque fuera celoso con mi hermana mayor, me dio gusto por ambos.

 

Durante unos meses las tentativas de mi amigo disminuyeron bastante. Todo marchaba muy bien, aunque debo confesar que se sentía un dejo de melancolía al ver el cielo despejado, sin la presencia del hombre volador que ya era un distintivo de este pueblo. No es que lamentara que Altair ya no anduviera por ahí agitando un nuevo par de alas, era sólo la nostalgia que acompaña a un cambio de hábito.

 

Poco tiempo después, Arkady me dio la noticia: “me iré a vivir con Altair”. No se casaron, se fueron a vivir en concubinato, lo cual escandalizó a mis padres, pero ella siempre había sido independiente para que le preocupara, y mis padres sabían que si la presionaban o calificaban duramente, lo único que iban a lograr es que ella se alejara de ellos de forma indefinida.

 

Por mi parte, siempre he sido más tradicionalista, para mí una vida en conjunto debe ser mediante el vínculo matrimonial, de otro modo no se puede considerar seriamente. Pero no iba a comenzar a juzgarlos ahora, ya tenía bastante con mis propios planes.

 

Llegó el día de la boda. Se realizó en mi departamento, y pensé que Altair no vendría. Me equivoqué. Llegó algo tarde, trajo un regalo hecho por él, incluso hizo el esfuerzo de arreglarse para una ocasión formal y nos burlamos un poco. En realidad, fue una buena fiesta. Música, comida, cerveza, baile, plática agradable, buenos amigos.

 

Mi padre nos regaló un tándem y, ni tardos ni perezosos, fuimos a estrenarlo al jardín. Por supuesto que nos caímos y en nuestra caída derribamos a varios de nuestros amigos. Después, bebimos, bailamos y jugamos a esos juegos que sólo se practican en las bodas y otras celebraciones similares.

 

Cuando fui en busca de una botella de vino, descubrí a Altair besando a mi hermana, sentí un poco de celos, no estaba seguro de si porque mi amigo me había quitado a mi hermana o ella a mi amigo. Un poco de ambas, supongo.

 

Me contaron que estaban trabajando en un nuevo juego de alas. Arkady le estaba ayudando a mejorarlas, me dijo él. “Con su ayuda, pude construir un juego de cuarenta metros”. No quería saberlo. Ni siquiera cuando me comentaron que podrían hacer una versión para dos personas. Mi hermana no podía arriesgarse así. No lo iba a permitir. Pero esa noche no, era mi boda y me lo tomaría todo a la ligera. Pensé que ya tendría tiempo de hablar con ella. Fui un tonto, debí llevarla a parte de inmediato y alejarla de ese loco.

 

Antes de la medianoche, Elizabeth y yo nos retiramos.

 

—Amigos, están en su casa. Disfruten la fiesta y nos vemos dentro de una semana.

 

Mi padre se ofreció a cuidar el departamento mientras Elizabeth y yo nos íbamos de luna de miel. Altair nos alcanzó y nos abrazó a ambos, deseándonos un feliz viaje. Nos subimos al coche tirado por caballos, no rentamos un coche de motor porque el ruido nos resultaba insoportable a ambos, y el golpeteo de los caballos sobre los caminos de adoquín nos parecía de lo más romántico.

 

El viaje consistió principalmente en recorrer pequeños pueblos turísticos, lugares de costumbres pintorescas donde las personas y la vida son más sencillas. Recorrimos valles y ríos, escalamos una pequeña montaña y nos hospedamos en una posada cerca del mar. Viajamos en bote de velas a una pequeña isla donde tuvimos una cena excelente. Fueron cinco días perfectos, pero no podían durar para siempre. Yo tenía que regresar al trabajo y Elizabeth no podía perder más clases.

 

Mi padre me recibió en la puerta. Supe de inmediato que algo andaba mal. Me dijo que Altair se había esfumado. Arkady estaba bien, es decir, teniendo en cuenta la desaparición de su novio, claro está.

 

—…nuevas alas que había estado trabajando en secreto con ayuda de tu hermana —fue lo único que entendí. Me alarmé y mi primera intención fue correr a buscarlo a los hospitales, pero mi padre me detuvo.

 

»Se arrojó de lo alto de la torre de la planta de ensamblaje —me explicó.

 

—¿Está muerto?

 

—¡Te digo que no lo sabemos!

 

Altair había llevado todo su equipo a la planta de aeróstatos, la conocía bien y eso explicaba que no tuviera problemas para entrar y llegar a la azotea, aunque era de noche, la misma noche de mi boda. Una vez ahí, según afirman los pocos testigos, incluyendo al guardia de la planta, extendió las alas y se arrojó al vacío. La oscuridad no permitió verlo por mucho tiempo, pero cuentan que voló sobre la ciudad durante un rato, antes de perderse de vista.

 

Me sentí molesto con él. Estaba preocupado pero eso no evitaba mi enojo. En la noche de mi boda, ¡Dios mío!, ¿en qué diablos pensabas? En mi mente se repetía impasible una pregunta: ¿por qué me has hecho esto? En ese momento no me parecía absurdo considerar su desaparición como un acto dedicado a mí. ¿Tal vez porque al casarme tendría nuevas responsabilidades y dejaríamos de vernos durante temporadas más y más largas? Era injusto de su parte, él también tenía a Arkady, ¿por qué no me dejaba vivir mi propia vida a mi manera? No logré contenerme más y me encerré a llorar.

 

Elizabeth me despertó. Mi hermana había venido a verme. Era una noche helada y llevaba el gorro de piloto de Altair, el mismo con el que casi se mata una vez. Me dijo que en cuanto Elizabeth y yo nos retiramos de la fiesta, Altair hizo lo propio sólo unos minutos más tarde. Eso parecía confirmar que se trataba de un mensaje para mí.

 

—Me prometió que nos veríamos de nuevo —dijo ella, tratando inútilmente por contener el llanto.

 

Durante un tiempo traté de ocupar mi mente en otras cosas. Era probable que Altair volviera a buscar a Arkady y todo regresara a la normalidad, ya había sucedido algo parecido anteriormente. El mismo pueblo se sentía extraño. La comunidad en general se sentía preocupada, pero a la vez confiada en el regreso de su miembro más singular.

 

Yo también lo pensaba, eso y en el reclamo que le haría por abandonar así a Arkady. Cada vez que escuchaba ruidos de lonas rasgarse o el golpeteo de alambres, mi corazón saltaba y la decepción me inundaba cuando, al asomarme por la ventana, lo único que había ahí eran las máquinas para cortar la tela.

 

Elizabeth me daba alegría, es cierto, pero la sombra de melancolía desde la desaparición de Altair no se disipaba. ¿Por qué lo extrañaba tanto? Ya no éramos tan unidos como antes.

 

—Supongo que tenemos que acostumbrarnos a esta clase de cosas —le dije sin mucha convicción.

 

A la mía se sumaba la tristeza de Arkady. La veía casi todas las noches. A veces se quedaba a cenar en nuestro hogar, una casa que habíamos adquirido entre Elizabeth y yo. Era amplio y acogedor, incluso tenía una chimenea, algo que cada vez se ve menos. El mundo se olvida de estas cosas y se enfoca en el pragmatismo.

 

—Si quieres —le ofrecí—, puedes vivir con nosotros. Cuando Altair regrese, podrás volver con él.

 

Arkady rechazó mi proposición. Pensaba que debía permanecer en su casa, esperando, decía que eso era lo único leal que podía hacer. No me había dado cuenta de cuánto amaba mi hermana a mi amigo ni de lo mucho que sufría por ese abandono, porque fuera lo que fuese, ella lo vivía de esa manera, como un abandono. No quise martirizarla con mis propias reflexiones al respecto.

 

Me aficioné a mirar las estrellas otra vez. Esa soledad, ese silencio allá arriba, lejos, me daba un poco de paz. Mientras contemplaba el universo tan lejano, tan cercano, me olvidaba del dolor de Arkady y, sobre todo, del mío. Allá arriba viajaban los cometas y todos los astros, sin prestar atención a nuestras pequeñas desgracias. A veces quisiera ser tan indiferente.

 

Con el paso del tiempo, Elizabeth y yo decidimos tener un hijo. Eso alegraría nuestras vidas. Lo planeamos bien y unos meses más tarde, pudimos confirmarles a nuestras familias y amigos que estábamos esperando un bebé.

 

El tiempo pasó plácidamente y nuestro bebé nació sin complicaciones. Fue una niña. Le pusimos Estrella pues su presencia nos daba calor y esperanza.

 

El avance del tiempo es veloz, un día miras tu reflejo sobre una lámina de cromo y ves tu cabello escaso y gris, y te das cuenta de que todas las personas que conoces han cambiado. Ahora no había muchas máquinas de vapor, el petróleo se había convertido en el principal de los combustibles y ya no había coches tirados a caballo. Las chimeneas habían sido proscritas y la calefacción era eléctrica. Muchos decían que era magia; a mí me parecía brujería. Todo pasó sin darnos cuenta. La gente podía volar en grandes máquinas de motor llamadas aeroplanos, ya nadie usaba globos o dirigibles, y menos aún arneses con alas sujetas de la espalda.

 

Ya nadie se acordaba de Altair y, si lo hacían, nadie hablaba de él. Yo tampoco. Excepto Arkady, quien aunque se había marchado a otro pueblo hacía unos años, se llevó consigo todas las cosas de Altair.

 

Estrella se aficionó a la astronomía, como era natural. Hicimos el esfuerzo para comprar un mejor telescopio y casi todas las noches, dedicábamos un rato a contemplar el espacio en silencio. Elizabeth trabajaba para una gaceta científica, y junto a los ingresos proveniente del negocio de telas heredado de mi padre, vivíamos cómodamente. Una noche, Estrella me indicó que había descubierto algo raro en el cielo, me asomé al telescopio y no podía creer lo que veía: era Altair.

 

—Debe ser basura espacial —mentí. No quería que mi hija tuviera pesadillas ni pensamientos perturbadores o tristes.

 

La idea de mi amigo muerto, girando en órbita alrededor del mundo, congelado, con sus alas destrozadas, era desconcertante. Opté por no decírselo a nadie.

 

De vez en cuando volvía la mirada hacia el punto donde sabía que lo encontraría. Me sorprendió mucho cuando, unos años después, algo había cambiado: Altair seguía girando como un satélite a nuestro alrededor pero ahora había un segundo par de alas junto a él y, aunque la luz era escasa pude contemplar otro cuerpo, unido al suyo en un abrazo que duraría para siempre.

 

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