Memorias de Tlateyork

Por: Emiliano Ruiz Villalba

 

Tlatelolco

 

David es un niño de 6 años que gusta ir a visitar a su abuela que vive en el edificio Miguel Hidalgo de Tlatelolco. A él le gusta ver, desde que sale de la estación, los puestos que lo reciben con dulces, chicles y papitas. También le divierte observar que en las jardineras cercanas al metro juegan niños a las escondidas, perros que son paseados por sus amos y jóvenes que juegan futbol.

 

Teresa, su mamá, usa pantalones de mezclilla, botas y una camisa de flores, un paliacate en la cabeza adorna su revoltosa y rizada cabellera. A David le agrada usar la chamarra azul cielo que le regalaron, pantalones como los de su madre y unos zapatitos también de charol que brillan con la luz del Sol. Él piensa que son mágicos y que lo transporta a distintos lugares.

 

Ir con su abuela se convierte en una aventura de la cual David es partícipe. Cuando camina de la mano de su mamá se percata que el olor a tierra, arbustos verdes y cemento, se vuelven fuertes al pasar por las jardineras y los grandes pasillos que constituyen Tlatelolco. El pequeño le ha dicho a su madre que donde vive su abuela es un laberinto lleno de hojas y techos anaranjados.

 

Si caminan un poco más, encontrarán un puente de piedra que conduce a David a una gran montaña azul, la cual, con ayuda de sus zapatos mágicos, podrá subir fácilmente. Le divierte ascender por la parte donde no hay escalones, así su imaginación vuela. Mientras sube mira hacia arriba e imagina la vida de las personas que habitan los departamentos que se logran ver a lo lejos. En la punta de la montaña, David le pide a Teresa que lo cargue para ver los coches pasar en la Avenida Manuel González.

 

Aún no había Metrobús. La avenida grandísima se llena de bochitos de todos los colores: azul, verde, rojo, amarillo, negro. Algunos autos son modelos más modernos, aunque David no conozca las marcas de ellos. Las personas se ven más chiquitas, como pulgas.

 

El momento esperado llega con emoción. Es hora de bajar corriendo el puente de piedra, una montaña imaginada por el niño con zapatos de charol. David suelta a Teresa con entusiasmo. Teresa le advierte que pise con cuidado. David no escucha, se le ve feliz por correr de bajada y sentir el frenesí del aire en el cabello largo y chino.
David espera a su madre. Se asoma al puesto de revistas de un costado. Las caras de los famosos son casi desconocidas para él. Finge conocer a todos y ríe al tratar de imitar los rostros de las modelos de una revista de moda.

 

Teresa le toma la mano para cruzar hacía el Miguel Hidalgo. En la jardinera, frente el local del servicio telegráfico, está un anciano que vende dulces típicos. Sus manos son venosas y llena de arrugas. La joroba le pesa, como si de los años se tratara. El suéter café y la barba blanca hacen juego con una cara morena, serpenteada por la edad. Unos ojos tristes provocan el mismo sentimiento a David.

 

En la barra de concreto, el señor de los dulces expone cocadas anaranjadas con un tono negro en la superficie; gomitas de rompope amarillas y llenas de azúcar; tamarindos envueltos en papel celofán; habas cubiertas de chile piquín, semillas en bolsitas que apenas pueden verse; dulces de leche; jamoncillo…

 

A David siempre le ha dado mucha tristeza el señor. Imagina que llega la tarde y el frío hace que éste se quede congelado en medio de la jardinera. También piensa que nadie le compra y que espera mucho tiempo para conseguir dinero. Siente angustia al ver esos ojos tristes que imploran unos pesos para su camión de regreso.

 

Siempre que David va a casa de su abuela, el señor está ahí. Por eso, desde que vio esos ojos apagados, decidió que pasaría con los ojos hacia el suelo; así no vería la cara sucia y arrugada, y se concentraría en sus zapatitos de charol.

 

Teresa le dice buenas tardes al señor de los dulces mexicanos. El señor hace una reverencia con su cabeza. David pasa sin ver, con la mirada baja. Teresa y David siguen caminando hacia la entrada del edificio. El niño voltea para corroborar que el anciano no llore por no haberle comprado nada, pero lo que logra ver es a un hombre que le sonríe y le dice adiós con esas manos pesadas…

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