Ritual incompleto (1/2)

Se necesita encontrar el paradero de Óscar Mérida. Es de estatura media y complexión delgada. La última vez que se le vio, vestía camisa azul, pantalón caqui y llevaba lentes de armazón. Si lo ve, repórtelo al 060 o acuda al policía más cercano.

 

Ya ni la chingan estos periódicos. Cada vez traen más anuncios que notas. Por eso estamos tantos reporteros desempleados o mal pagados. Y todo por culpa de los pinches chamacos que se bajan los calzones a la primera oportunidad que les ofrecen.

 

—¡Ya papá! No me amargues el desayuno en sábado. Eso de escuchar las quejas de mi mamá todos los días, sobre cómo se porta con ella Uriel y que ya no la trata como antes, resulta cansado, para que los días que me toca verte también tenga que escuchar tus broncas.
—Perdóname mija. Pero es que ahora sí ando bien apretado. Todavía no me terminan de liquidar los últimos dos meses que trabajé en Excélsior, y ya nadie quiere darle chamba a un periodista de 45 años. Por eso ando escribiendo un reportaje que mínimo me va a dar lana de aquí a lo que termina el año.
—¿Y cómo vas con eso?
—Ya casi lo termino. De hecho hoy tengo una entrevista con un doctor para que me explique con detalle una variación del síndrome catatónico. Un nuevo tipo de esquizofrenia que se ha manifestado de manera distinta en varios pacientes.
—Entonces ¡¿Me voy a quedar sola?!
—No, si quieres vamos. No me voy a tardar.
—No papá, mejor te espero. Siempre me aburro cuando trabajas.
—Pero si te quedas es para terminar la tarea. Nada de computadora, celular o esas porquerías en internet. Por favor.

 

El desayuno continuó durante 10 minutos hasta que terminaron el cereal y los huevos revueltos hechos la noche anterior. Andrés fue a su cuarto mientras que Emilia se quedó sentada en el sillón viendo la televisión.

 

—Emilia, ¿dónde pusiste los libros que estaban en mi escritorio?
—Yo no tomé nada.
—¡Carajo! Se me va hacer tarde, siempre es lo mismo. Todos los días se pierden las cosas pero esto es el colmo. ¡Emilia, ayúdame chingao!

 

La adolescente se levantó y entre los dos buscaron las notas perdidas. Andrés buscó debajo de su colchón, mientras Emilia revisaba entre el desorden de su padre. Finalmente encontraron los libros y sus recortes dentro de una caja húmeda, casi deshecha, que estaba enterrada entre las herramientas de Andrés. En las cosas se encontraba un crucifijo quebrado de la punta y un rosario manchado con aceite fresco. Parecía de coche.

 

—¿Es tuyo?— preguntó Emilia desconcertada. Sabía que su padre se consideraba laico en extremo y no era común ver imágenes religiosas en su departamento. Ni siquiera cuando vivían juntos.
—No, y francamente no tengo idea de cómo llegaron mis notas ahí. Han pasado cosas muy raras últimamente. Da igual, voy tarde y todavía tengo que venir a escribir el final del reportaje— tomó los libros, las notas y dejó con cierto desdén los menesteres religiosos, justo a lado de su cama. Salió del cuarto aprisa mientras su hija volvió al sillón sin hacer más preguntas.

 

Mientras viajaba en el metro hacia la colonia Roma, Andrés repasaba los testimonios recabados. Párrafo por párrafo, leía a quienes habían tenido contacto con esta enfermedad: pacientes, familiares y doctores.

 

“Parecía que sus manos tenían artritis. De repente su piel era igual a la de un anciano de 70 años. Manchas y arrugas empezaron a cubrir sus dedos, luego sus nudillos y por último sus brazos por completo. Mi hijo de 17 años había envejecido en segundos y sus articulaciones eran como ramas secas. Sus ojos mantenían la mirada fija sobre el rincón de la pared y sus piernas parecían estar separadas de su cuerpo y completamente al revés. Yo le daba los medicamentos pero nada más no pasaba nada. Mi marido y yo estábamos muy desesperados por no poder ayudar a nuestro hijo”.

 

Narraba una entrevistada. Otro testimonio, el de un médico, decía:

 

“El paciente Saúl González, presentaba síntomas muy poco ordinarios. Constantemente tronaban y se fracturaban sus huesos y a los pocos minutos se volvían acomodar. Moretones y sangre molida salía de sus poros cada vez que eso ocurría. De no haberlo escuchado y visto, tal vez nunca le habría creído a las enfermeras lo que pasaba con Saúl.

 

En principio pensé diagnosticarlo con el síndrome del hueso de vidrio, pero en instantes todas las laceraciones, fracturas y contusiones desaparecían. Cuando eso ocurría, Saúl volvía a la normalidad. Muchas veces me pidió que lo diera de alta, pero yo no podía, su condición era realmente frágil”.

 

El único paciente vivo que encontró y logró entrevistar, con voz agonizante, le dijo a Andrés:

 

“Es bien chistoso que la gente no crea en fantasmas, nahuales o la misma brujería. Se lo digo porque yo los he visto. No son como los cuentan en los mitos de las abuelas; a veces hasta parecen personas normales. Rondan en mi cuarto. No respetan si es día o de noche. Si hay gente o estoy solo. Ellos llegan. Se meten entre mis uñas o mis párpados y cuando llegan a mis oídos, parece como si rompieran vidrios adentro, y con las uñas arañaran un pizarrón o algún tubo. Me muero de hambre pero cuando algún nahual no anda de buenas, me aprieta la barriga y clarito siento cómo entra hasta provocarme diarrea y vómito. Por eso ya no como, ya sólo quiero que la patrona me lleve, se lo he pedido pero ellos no la dejan, la amenazan y ella le saca. No la culpo, su olor a perro muerto y su cara repleta de costras abiertas, con sangre negra aguada saliendo de ellas, debe ser la razón por la que no se acerca a ellos. Antes le pedía a la morenita que me perdonara y me dejara descansar, pero ya ni fuerzas tengo para hablarle, total, ni caso me hace”.

 

Andrés recordó que cuando le preguntó más sobre la apariencia de sus alucinaciones, una silueta se dibujó entre las cortinas de su ventana, un vendaval furioso azotó la pared y el paciente, de nombre Jair, desvaneció sus ojos y comenzó a abrir y cerrar la mandíbula con tal fuerza, que después de unos segundos, escupió su lengua como si fuera chicle. Días después se enteró de que Jair había muerto a consecuencia de un paro, aunque una de las enfermeras le dijo a Andrés que cuando lo encontraron en su cama, sus ojos quedaron completamente negros, su mandíbula estaba pegada a su cuello, además, la piel quedó agrietada, seca y con las venas reventadas.

 

Pronto llegó con el doctor Suárez, un médico retirado pero que se especializó en enfermedades mentales durante mucho tiempo. Su convivencia con trastornados mentales desde sus primeros semestres de la carrera, le hicieron fascinarse por tratar a dichas personas. Sin embargo, la verdadera razón por la que el doctor Javier Suárez mantenía tal pasión por encontrar alguna cura, se debía a que su madre había sufrido distintos colapsos nerviosos, que derivaban en flagelaciones a sus genitales y su cara, principalmente. El último episodio ya no sólo contempló un ataque a sí misma, sino que degolló a una de sus trabajadoras domésticas y a otra le arrancó la oreja con sus propias uñas, para después devorarla con tal desenfreno, que hasta se comió las yemas de sus propios dedos. El doctor no tuvo otra salida que internar a su madre en la Clínica San Rafael hasta que murió de inanición.

 

Andrés conocía a la perfección los detalles de la historia, así como los prolíficos estudios que el doctor Suárez emprendió durante 15 años, posteriores al fallecimiento de su mamá.

 

Ya en la casa de Suárez, ubicada en Jalapa 75, Andrés comparaba sus entrevistas con los libros y documentos del doctor, ahora casi inmóvil a causa de la gota y la vejez.

 

—Doctor, ¿Cómo se puede hablar de una nueva enfermedad, si en ninguno de los casos hay patrones de conducta similares?
—Ahí es donde está la lógica de esta patología, en su falta de continuidad. A lo largo de mis investigaciones, noté que este tipo de síndrome mostraba comportamientos distintos entre pacientes. Sin un rango de edad específico y con síntomas que iban desde la contracción de sus articulaciones, cambios de voz, hasta deformaciones en el cuerpo.
—¿Qué tipo de deformaciones?
—Ondulaciones sobre su estómago, piernas y cara; cicatrices largas que aparecían y se desvanecían sin razón aparente. Cambios de pigmentación, similar al vitiligo, pero con manchas negras muy marcadas. Algunos de ellos eran capaces de romper las paredes con la frente, aun con cuadros de importante deshidratación, anemia y debilidad. Lograban partirse el cráneo, exponer su corteza cerebral y seguir golpeándose. En unos casos me percaté de fracturas constantes en vértebras, pero que nunca los dejaron paralíticos. Algo fascinante, pues en esos casos podían patalear, manotear y hasta saltar.
—Doctor, y todo eso ¿lo presentó su mamá?— dijo Andrés.

 

El doctor cambió de expresión de manera radical. Sus ojeras se pronunciaron como si no hubiese dormido en semanas y la mirada quedó estática, sin parpadear, en la repisa de su estudio, justo en una vieja fotografía de su madre.

 

—Mi madre era una santa, grandísimo pendejo— contestó con un agresivo tono de voz. Andrés cerró los ojos por unos momentos al notar la delicadeza de su pregunta y quiso replantear su cuestionamiento, no obstante, el doctor Suárez ya estaba de pie frente a él, pese a su inválida condición.
—Dime, estúpido. Crees que la golfa de tu mujer no piensa que eres un fracasado. Por eso te abandonó y se fue con ese don nadie, pero que la tiene más grande que tú— decía el doctor mientras su boca se desviaba hacia la izquierda.

 

Andrés quedó paralizado ante la situación. Nunca había visto a Suárez de pie, mucho menos lo había visto ser tan agresivo. Por supuesto, jamás le había contado de su situación marital.

 

—De mí no se libra nadie. Ni siquiera la perra en celo que tienes por hija. Iré a tu pocilga, a esa cloaca repleta de mierda a la que llamas casa. Entraré y la violaré hasta matarla y luego…— Andrés asestó un puñetazo en la quijada de Suárez, lo que provocó que cayera en una mesa de centro y la rompiera. Mucha sangre empezó a salir del cuerpo decrépito, mientras Andrés tomó sus cosas y salió de la casa a toda velocidad.
—Ritual— pronunciaba apenas Suárez.
—¿Qué hice?— se preguntaba Andrés una y otra vez mientras corría hacia la estación de Insurgentes.

 

A la espera del tren, Andrés seguía incrédulo ante todo lo ocurrido. El que Suárez estuviera de pie, hablará sobre Emilia y su esposa.

 

—Coincidencia. Delirios de un viejo loco expulsado de la comunidad científica por hacer experimentos con sus pacientes— se decía a sí mismo para justificar su ataque.
El tren llegó y frente a él, un limosnero sin piernas y sin brazo derecho bajaba. Su mirada, andrajosa como todo lo que habitaba en él, recorrió a Andrés de manera rápida, pero detallada. El hedor de sus harapos hicieron que Andrés volteara la mirada y entrara rápidamente al vagón.
—Vas muy tarde. Te esperan desde hace bastante tiempo— dijo el pedigüeño.

 

Andrés reaccionó al escuchar la espeluznante voz, pero antes de que pudiera cruzar palabra con el sujeto, las puertas se cerraron y el mutilado hombre desapareció en el andén.

 

Comenzó a sugestionarse, Emilia estaba sola en casa y su urgencia por llegar se hizo incontenible. Bajó del metro y tomó un taxi para llegar a su casa que se encontraba a unas cuadras.

 

Entró, pero fingiendo serenidad, pues a su hija siempre la había obligado a creer únicamente en lo tangible, gritó:

 

—¡Emilia! Ya volví. ¿Dónde estás?— Al no recibir respuesta la poca tranquilidad que le quedaba desapareció y entró en pánico. Corrió rápido gritando el nombre de su hija, siempre sin recibir respuesta. Volteó su mirada hacia el sillón frente a la televisión y ahí yacía un cuerpo. La palidez en su rostro denotaba que su imaginación lo traicionaba al crear las peores escenas de lo que podría haberle pasado a su hija. Se acercó sigiloso.
—Emilia, mija…— tocó su hombro y la volteó a ver.
—¿Qué pasa, papá?— respondió la adolescente, modorra y con un ojo semi abierto.
Andrés se sentía aliviado. Los peores segundos de su vida se esfumaban.
—Nada, ya llegué. ¿Comiste?
—Tardaste mucho. Dijiste que ibas rápido.
—Perdona, estuve mucho tiempo con el doctor Suárez— a su memoria volvía la manera en la que había terminado.—Te voy a preparar algo de cenar.
—No te preocupes, pa’, no tengo hambre. Mejor acaba tu reportaje para que ya nos vayamos a descansar. Ya no quiero estar aquí, me duele mucho la cabeza— contestaba con los párpados cerrados.
—Bueno, me apuro y nos vamos a dormir— respondió extrañado. Su hija era de buen comer y nunca había sido muy considerada con su trabajo, sin embargo, no discutió la petición. Era un hombre obsesivo y no dejaba las cosas a medias tratándose de trabajo.
Andrés se dirigió a su cuarto y antes de cerrar la puerta, fue interrumpido por Emilia.
—Por cierto, papá. Unas personas vinieron, creo que te estaban buscando.
—¿Y qué querían?— contestó pasando saliva. Sospechaba que por lo ocurrido en casa del doctor Suárez.
—No sé. No les abrí porque ni siquiera tocaron, sólo escuchaba murmullos. Entre sueños escuchaba a una mujer llorando, eso me hizo despertar. Iba a preguntarles sobre qué querían pero se fueron y cuando abrí la puerta ya no había nadie— Decía mientras permanecía acurrucada en el sillón.

 

El nerviosismo de Andrés regresó a su frente, que poco a poco era cubierta por el sudor de lo ocurrido en casa de Suárez. No quiso pensar más en ello y se metió a terminar de escribir su reportaje.

 

A golpe de máquina, Andrés redactaba una cuartilla tras otra. Las ideas llegaban como pequeñas imágenes que sus dedos aprovechaban para dar forma a lo que a su juicio, era una bomba periodística que le devolvería un poco del potencial que nunca terminó de explotar, y cuyo talento, se perdió entre las páginas de periódicos populacheros, amarillistas y tendenciosos.

 

“Pocos casos han capturado tanto la atención de la ciencia y la medicina. El Síndrome Catatónico, se ha encargado de desafiar los patrones de otros tipos de esquizofrenia, demostrando que el sistema de salud público está indefenso ante un problema que va en aumento, y cuyo número de pacientes se mantiene desconocido, ocultos, entre los huecos de la moral y la vergüenza de este siglo. Es quizá la razón por la que se sigue viendo a la religión, como la única forma de robar unos segundos de aliento a la única personificación de la democracia: la muerte”.

 

Al rematar esa oración, un ruido de pequeños pasos se escuchaban bajo la cama. Desde que se había sentado a escribir, los había notado, pero en esta ocasión eran más fuertes. Como si un perro caminara debajo de la cama. Andrés detuvo su labor un segundo y se agachó para encontrar el latoso sonido, no obstante, el pequeño radio que su abuelo le regaló cuando niño, se encendió:

 

“Una noticia espeluznante la que acaba de ocurrir. Se trata del homicidio de una muchacha de aproximadamente 16 años y de un posible doctor de la tercera edad. Las primeras averiguaciones de la procuraduría señalan que se trató de un ataque vinculado a los rituales satánicos que ocurren desde hace semanas en el Distrito Federal y el área conurbada. Hasta el momento no se conoce la identidad de la joven, del doctor, ni de los criminales que terminaron con sus vidas de esa manera”.

 

—¡Diah!— Un grito agudo, recorrió con tal estruendo todos los rincones del departamento, que rompió un par de vidrios del baño. Andrés iba a pararse, pero antes de hacerlo, una pezuña lo sujetó muy fuerte. Andrés trataba de liberarse, pero mientras más jalaba, más ensordecedor se hacía el sonido; de pronto, un brazo comenzaba a asomarse, estaba descarnado. Una segunda pezuña salía de la cama. Andrés seguía luchando para zafarse pero entre el forcejeo, unos ojos color amarillo lo veían profundamente.
—Ritual— decía la voz que del ente emanaba.
—¿Quién eres?— respondía Andrés.
—¡Ritual!— gritaba el monstruo que poco a poco mostraba sus ojos de venado y trompa de tapir. Su cabeza, pequeña como la de un bebé, escurría su cerebro por sus orejas, parecidas a las de un murciélago. Su hedor era igual a la de un animal en descomposición. La criatura sacaba sus piernas, acomodadas con la habilidad de un cangrejo y sus patas eran dedos con garras dispares y chuecas.
—¡Ritual!— seguía gritando el monstruo mientras sus omóplatos se desprendían para formar una especie de alas repletas de sangre. Sus intestinos estaban expuestos y asemejaban pequeñas cabezas humanas.

 

Andrés seguía forcejeando para poder ir con su hija y salir del departamento. Las luces se apagaban y pequeños destellos simulaban rostros con expresión de sufrimiento.

 

—¡Emilia!— gritaba Andrés hasta que logró liberarse.

 

Corrió hasta su hija para revisarla, pero cuando llegó hasta ella, notó que sólo había sangre sobre el sillón. Estaba muy confundido, no sabía qué hacer ni dónde encontrarla. Las luces se encendieron nuevamente y un susurro le dijo al oído:

 

—Revisa lo que escribiste.

 

(2a parte, aquí)

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