Te lo cambio por una foto

Concluyó el recorrido turístico que el primero de noviembre se realiza en el Panteón de San Nicolás, en León. El grupo de prensa caminó hasta el punto de reunión, cerca de la entrada, y se dispuso a hacer el recorrido de las ánimas que deriva en la Plaza central.

—Viri, ¿me prestarías tu angular, por favor?
—Por supuesto.

Viri lo buscó en su maletín, pero no lo encontró. Rememoró e intentó recordar el itinerario que siguió. ¡Ahí debía haberlo olvidado! Encima de aquella tumba alta y a punto de caerse, aquella que estaba al lado de la más vieja de todo el panteón. Sin pensarlo, echó a correr para recuperar su costoso lente que, si nadie había tomado, debía encontrarse casi hasta el fondo del lugar.

La gente ya salía del sitio, así que Viri caminaba a contracorriente, pero aun así se abría paso entre las personas, además debía apresurarse porque en cinco minutos cerraban el panteón y quedaría desalojado.

Llegó a la tumba en cuestión y el lente ya no estaba ahí. Echó maldiciones contra sí misma por ser tan descuidada con su equipo de trabajo, pero ya no había nada qué hacer, miles de personas habían estado ahí. Era caso perdido intentar recuperarlo, así que caminó de vuelta al punto de reunión. La puesta del sol era hermosa, el cielo rojo cubría las lápidas y cada uno de los nichos; Viri, como buena periodista, tomó su cámara y realizó algunas fotos como si el tiempo no apremiara. Luego la noche cayó y aprovechó el cambio de luz para hacer unas cuantas más, así lograría tomas únicas que ninguno de sus colegas habrían captado.

Tras más de un centenar de fotografías caminó hacia la salida y al llegar notó que ya no había nadie, pero además ya estaba cerrado. Buscó su teléfono y vio la hora, 7:23 y 1% de pila. Casi en automático, se apagó.

—¡No puede ser que haya perdido así la noción del tiempo!

Volvió a maldecirse, tenía que salir de ahí y llegar a la caminata, era el evento más importante del Festival de la Muerte y no podía perder la cobertura. Recordó que había visto otras salidas, así que decidió buscarlas. Otra posibilidad era que en el camino encontrara al panteonero y éste la dejara salir. Intentó mantener la calma y hallar una solución.

Rodeó el panteón y todas sus entradas estaban no sólo cerradas sino desiertas, toda la gente debía estar ya, al menos, a medio camino entre ella y la Plaza central, punto de arribo de las ánimas.

—¡Shhh! ¡Cállate! —susurraba alguien conteniendo la risa a otra persona que también lo hacía.
—Eso intento, pero no puedo —apenas si pudo entender Viri.
—¡Cállate o alguien nos va oír!

Viri intentó escuchar de dónde provenían las voces y una vez que localizó a las personas caminó hacia ellos. Se trataba de una pareja sentada en una banca de madera, una chica de piel muy blanca y cabellos muy negros, bella y espigada; él era de belleza no muy pronunciada, también de piel blanca y complexión media, barbón y sonriente. Conforme se acercaba se dio cuenta de que la mujer tenía entre las manos su angular.

—Qué tal, chicos, buenas noches… —un breve silencio— saben, ese lente es mío, hace unos momentos lo olvidé encima de una tumba, donde supongo lo encontraron. Es parte de mi equipo de trabajo, así que quiero pedirles que me lo devuelvan.

El hombre se adelantó y no dejó que la mujer contestara.

—¿Tu equipo de trabajo? ¿Qué haces con él? ¿A qué te dedicas?
—Lo ocupo para tomar fotografías, soy periodista y vengo del Distrito Federal a cubrir el Festival de la Muerte. Por cierto, ¿ustedes saben cómo puedo salir de aquí? No he encontrado al panteonero y todas las salidas están cerradas.
—Ya veo. ¿Y qué dirás de León? —omitió su consulta.

Viri no esperaba tal pregunta, no supo qué contestar. En realidad aún no sabía qué enfoque le daría a su nota, así que inventó algo para salir del paso.

—Hablaré de la manera en la que los leoneses construyen su propia tradición. Me parece que…
—Oye, oye, entonces dime, ¿para qué sirve esta cosa? —dijo señalando el lente que a Viri le hubiera gustado arrebatarle.
—Sirve para hacer fotos panorámicas y captar mayor porción del paisaje en la imagen, así que como te imaginarás, lo necesito mucho para las fotos que debo hacer. ¿Sí me lo podrían devolver, por favor?
—No lo sé, esta cosita me gustó mucho. Había pensado darle otros usos diferentes a los que tú me dices…
—¡No! Es que no tiene otros usos, ese lente es para lo que te digo y ya, además es muy caro…

La pareja se miró y ella se mostró piadosa ante la petición de Viri. Ladeó su cabeza y le sonrió al hombre. Viri no supo si esa sonrisa era de bondad o de ironía.

—Está bien, te lo devuelvo. Bueno, no sería devolver, te lo cambio por una foto.IMG_9391-1024x682
—¡Por supuesto que sí! Ustedes elijan el lugar donde la quieren y yo la tomo.
—Aquí. Aquí la queremos.

Siguieron abrazados y sonrieron a la cámara. El flash ahogó esa parte del panteón con su luminiscencia.

—¿Podrían levantarse ahora?

Y ellos se levantaron. Tras una pequeña sesión de fotos donde aparecían no sólo los enamorados sino el lente, ellos se lo devolvieron. Viri quedó muy agradecida y les tendió la mano con una tarjeta donde venían sus datos y el nombre del medio en el que publicaría las imágenes.

—Aquí pueden encontrar las fotos y con suerte quizá también en su versión impresa pueda colocarlas.
—Hombre, pues gracias. Te acompañamos a la salida, si gustas.
—¿Creen que ya esté abierta?
—Seguro que sí. Vamos.

Al llegar, los candados del panteón San Nicolás ya no impedían la salida.

—¡No lo puedo creer! Es una fortuna que esté abierto, ¿también ustedes se dirigen a la caminata?
—Gracias, no; nosotros nos quedamos, ¿verdad, amor?
—Como gusten, yo debo irme. Gracias de nuevo por la devolución y por acompañarme.
—Esta es tu casa, vuelve cuando así lo desees.

Viri, sin notar que el hombre hablaba como si se tratara de su casa y no de un panteón, pidió una última fotografía bajo los arcos del San Nicolás. Al disparar el flash, la pareja se disipó en el aire que se llenó de partículas grisáceas, recordándole a Viri que polvo somos y en polvo hemos de convertirnos.

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