Nosotros

Quizá era la emoción del reencuentro, las cenizas que con el viento avivan el fuego o el despertar de un amor que dormía su siesta. Pero estábamos ahí, frente a frente, como tantas tarde de otoños pasados. Te miré hermosa, algo había cambiado y no era el tamaño de tu cabello ni el brazalete que adornaba tu mano. Tenías un brillo distinto, como si el invierno no pasara por ti, como si formara parte de esa corona que rodeaba tu cuerpo.

 

Me seguiste, aunque sospechabas que, otra vez, estaba perdido. Anduvimos en busca de una calle extraviada en mi memoria. Hay cosas que no cambian y tu distracción es una de ellas, pensaste. Sin embargo, sabíamos que el destino nos tendría una buena sorpresa.

 

Extendió una carta bastante cuidada. El lugar llamó nuestra atención, tal vez porque somos asiduos a la nostalgia y nos recordó las historias de los abuelos. Entramos. La vieja casona nos recibió con ese halo tan especial del invierno de la capital. Escogimos el patio, tal vez porque los árboles nos conquistaron. Primera mesa a la derecha, debajo de una lluvia de hojas que no cesó en toda esa mañana.

 

Te sentaste frente a mí. No te lo dije, pero era todo lo que deseaba: mirarte. Recorrí palmo a palmo tu rostro, me detuve en tus ojos, los escudriñé buscando una esperanza. Pasé a tu boca y el desfile de recuerdos pobló mis labios. Quería abrazarte, dejar que la tristeza se evaporara y fueras nosotros.

 

El mesero me sacó de las ensoñaciones. Con la carta extendida, pasamos los ojos por aquel documento que describía manjar. Pedimos. Esperamos. Platicamos. El árbol soltaba su lluvia de hojas y tú la brizna de tu sonrisa.

 

Comimos con la alegría del reencuentro. Nos contamos el presente de nuestras vidas, procurando el bienestar del otro. Te conté mis dudas y me platicaste las tuyas y volvimos a ser nosotros. Tal vez por eso la pasamos muy bien. Tal vez por eso, sentí que el presente era una pausa y no el fin. Y todo se explica porque: volvimos a ser nosotros.

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