Recuerdos

Caminábamos por Reforma e Insurgentes, del circuito interior a la calzada Tacuba y, por último, terminábamos en el Monumento a la Revolución. Con nuestras palmas acallábamos el barullo citadino. Nuestros gritos, brincos y risas, cerraban calles y avenidas enteras. En la espalda cargábamos con el sueño de décadas pasadas, ahora éramos responsables de ese sueño: una visión; era un peso enorme con el que orgullosos cargábamos. Nuestra voz era juiciosa, nos creíamos dueños del bien y del mal, nuestra ética no fallaba. Marchábamos agarrados de las manos, encadenados el uno al otro, nos amábamos y nos cuidábamos pero también peleábamos. Sentimos ser dueños del pasado, presente y del futuro, aunque sólo pudimos apropiarnos del pasado, esa lámina nunca se nos quitaría de encima. Honrábamos e idolatramos a aquellos caídos, queríamos ser como ellos ¡era nuestra responsabilidad! ¡No debía olvidarse!

Recuerdo aquellas discusiones: todos éramos como lobos hambrientos sobre la misma presa. Reñíamos sobre esto, sobre lo otro; cosas así. Pero al terminar, al volver a marchar, seguíamos siendo hermanos.

Una vez más las calles fueron corrientes de pensamiento, una vez más la ciudad se colapsaba y se dividía. Nos apoyaban o nos odiaban, pero de eso nos alimentábamos.

Hubo un día en el que salimos a marchar; los ánimos eran candentes, pisamos Reforma, Circuito, Insurgentes y Revolución, hicimos un círculo sobre la ciudad… como nuestro movimiento, circular, a ningún lado y siempre regresando, siempre a lo mismo. Gritamos sin quedarnos afónicos, ensordecimos a los demás pero no nos escuchaban, y al llegar, una gran tormenta nos recibió. Bailamos en ella. La voz corría diciendo el grandioso presagio que representaba aquella tormenta… pero sólo fue eso, lluvia y nada más.

El pasado, si, el pasado, esa era nuestra preocupación, veíamos nuestra historia con vergüenza. Había partículas de insurrección, las cuales nos llenaban de júbilo y esperanza. El pasado era nuestro tema, no el futuro ni el presente, sólo pensábamos en aquellos fantasmas que una vez más asomaban las narices. Ésa era nuestra verdadera preocupación, esos fantasmas que regresaban o que quizás nunca se marcharon. De tal modo que el movimiento surgió por esos fantasmas, se volvió también un fantasma.

Nos llenamos la cabeza de documentales sobre otras protestas ya ocurridas, de hombres y mujeres que al igual que nosotros cantaron en las calles. De pronto nos sentimos ellos y al verlos ya de viejos, envejecimos con ellos, y la esperanza, de igual forma que sucede con el amoroso, significaba un caminar, una búsqueda sin encontrar ¡bien dicho! Una esperanza. De alguna forma nos volvimos pasado, nos convertimos en tinta para los libros, nos hicimos orgullosos ocupantes de un lugar en el archivo nacional.

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