Estatua

Me niego a ver tu rostro, es eso. Paso de largo con la sangre agolpada en el estómago y el frío en la cara. De arriba abajo me recorre el escalofrío de naúsea y sólo se escucha tu silencio de pátina, como un halo de nube helada.

 

Pero debo posarme un momento al lado tuyo, y es un mal que atrapa, no es costumbre ni norma pero llego a ti y me pasmo, aunque huyendo.

 

Es de día y no me parece que el terror pueda revelárseme en el vacío de tus ojos de pátina y en tu gris estampa, no me parece que, como anoche, el mundo se agigante a cada paso que doy para hundirme en la tierra, convertido en un gusano, arrastrándose para huir de tu gesto ahogado.

 

Cruzo la calle y me atrevo a mirarte, poco a poco, hasta que me acostumbro a cada una de tus grotescas formas, pensadas para admirar, para respetar tu recuerdo, pero que la torpeza de unas manos esclavizadas conviertieron en aparición desgraciada.

 

No sé quién eres y cada día te asomas como la sombra que queda de nuestros recuerdos de asco, del camino decadente y desdeñado, del amor que se da por lástima y se quiere olvidar.

No quiero ver tu rostro, me niego a ver tu rostro que es el mío. ¡Mentira! No soy yo quien te mira desde arriba con tus ojos muertos, quien te ve como un gusano que se arrastra ante mi gris estampa. No me temas… no me temas.

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