Futbol y violencia: su vacuna no funciona

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En el duelo entre Santos y Tigres de la temporada regular, algunos aficionados se enfrentaron en la tribuna y pasillos del campo lagunero. Foto: Cortesía.

El discurso futbolístico, como cualquier otro, circula y se inscribe dentro de otros discursos que, entrelazados, constituyen paradigmas dominantes, fortalecen prácticas, valores, posturas y miradas. En el marco de las violencias que con recurrencia aparecen en distintas canchas del futbol mexicano, la reflexión nos permite revelar nuevamente la realidad no sólo de un deporte popularizado sino de todo un comportamiento social. Con lo anterior no trato de acudir a los lugares comunes que miran en la violencia de los estadios un simple reflejo de la falta de educación o de la barbarie; pues al final, son esos los discursos que posteriormente permiten que con facilidad la opinión pública se convierta en depositaria y replicadora de la criminalización burda, de la producción de guetos y del hostigamiento de clase a través de calificativos comunes como “vándalos”, “delincuentes” o “inadaptados”; palabras, que, se esté de acuerdo o no, suelen ser dedicadas casi con exclusividad a los grupos en cuya mesa no departen nuestras élites.

 

En una sociedad donde los supuestamente adaptados delinquen con velada hipocresía y reproducen prácticas corruptas a todas escalas (una mirada de reojo a la FIFA) considero que arrojarnos nuevamente a la división arbitraria de quienes son los buenos y los malos, resulta peligroso en un contexto donde lo sucedido en Torreón o en Celaya se enlaza con cualquier otro hecho de un país en cuyo territorio se asesina, se desaparece y se violenta diariamente.

 

Pese a los costos innegables de una política de seguridad cuya lógica de guerra arrasa, indistingue y despliega dispositivos violentos, la opinión pública (cualquier cosa que eso signifique) y en particular la emitida en medios de comunicación deportiva (incluyendo las que frecuentamos quienes buscamos un nivel más alto dentro de la comprensión deportiva como ESPN) reproducen una mirada criminalizante y deseosa de castigos, medidas punitivas exacerbadas y un delirio enorme por reventar los aforos penitenciarios más que los aforos futbolísticos. Esto me parece un error que es más delicado de lo que se piensa.

 

Con lo anterior no pretendo ni menospreciar los hechos violentos acontecidos la semana pasada, ni dejar el mensaje que estos deben ser pasados por alto (algo que de por sí ya hicieron quienes se tuvieron que encargar de prevenirlos); sin embargo, considero que tampoco podemos seguirlos volviendo abono para las miradas que siguen pensando que con mano dura, escalando la presencia policial o con penas altas de cárcel, se resolverán todos los males que acontecen en los estadios y en las periferias de éstos cada semana.

 

Acontecimientos y ejemplos hay muchos, los procesos de legalidad no sirven si no se acompañan de procesos de justicia. Si la violencia es un problema de salud, atender sus consecuencias únicamente y hacerlo a través de lo punitivo, no terminará más que por dejarnos en el lugar donde iniciamos a nivel social y que hoy nos tiene como país con heridas mucho más profundas que las de un raspón por una caída.

 

El mundo del futbol, como parte del mundo social, requiere de procesos de prevención, de encuentro, de educación desde la justicia y desde la mirada de las y los otros. Experiencias existen y ya se ha experimentado en pequeña escala en México y en otros lugares del mundo: trabajar con las barras (a las que con ingenuidad se quiere erradicar de un día para otro), no sólo para el uso faccioso de éstas por parte de grupos políticos y empresariales, sino para lograr la promoción de la no violencia y la comprensión de que el ritual de la pelota si bien proyecta nuestra humanidad en su sentido potente, también es capaz de proyectarla en su sentido destructivo. Para muchas personas esto es un sin sentido, pero igual en sin sentidos hemos venido deambulando dentro de una liga que se empeña en simular categoría mundial.

 

Si miramos un poco más allá de la postura cómoda donde sólo es necesario analizar lo “meramente deportivo” (muchos comentaristas huyen de tocar otros pisos), entenderemos que la solución no pasa sólo por escalar un sistema de justicia que no ha dado frutos y cuya incapacidad por resocializar a las personas es evidente. Entre el discurso carcelario y el discurso de muerte, la línea es frágil; la violencia en México no se ha resuelto a través de la lógica inmunitaria que suministra vacunas violentas; los valores universales capaces de ser transmitidos por el futbol deberían ser también trasladados a los entornos que lo dañan y lo lastiman: la asociación, principal concepto del juego, deriva del principio comunitario y social del ser humano; los gritos desesperados donde exigimos separar del mundo a quienes han cometido en algún tramo de su vida, el error de dañarlo, no terminará más que por hacernos encontrar un día frente al espejo, el rostro de lo que tanto temimos y de lo que tantas veces preferimos escondernos.

 

Si no queremos volver a mirar un rostro como el de la aficionada de Santos, habremos entonces también de no volver a pedir con ansiosa brusquedad, más violencia velada. Ante un penal mal juzgado, mejor tirar la pelota fuera…

 

@MiguelAgustín_

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