¿¡Y nosotros por qué!?

Y sí, volvió el tema de la polución en la capital. Otra vez dobles hoy no circula, otra vez saturación en los transportes, otra vez quejas. Todo eso que trae consigo la prohibición del tránsito de, al menos, dos millones de coches.

 

Pero mientras escuchaba y leía un sinfín de comentarios llenos de bilis sobre las medidas adoptadas por el impopular Miguel Ángel Mancera, me llegó a la cabeza una pregunta relacionada con el tema y con una declaración desafortunada (por no decir pendeja) de la Secretaria de Desarrollo Agrario Territorial y Urbano, Rosario Robles, con respecto a la movilidad de los mexicanos y que gracias a sus programas, el 80 por ciento de la gente puede llegar a sus trabajos y escuelas en bicicleta.

 

Más allá de la sandez de esta señora y de su absoluto desconocimiento por la vida cotidiana de la perrada, donde todos estamos incluidos, me puse a pensar y contestar sobre por qué tenemos que pagar nosotros ambas situaciones y todo lo que se deriva de ello.

 

Retrocedamos el reloj a unos 15 años atrás. Ustedes y yo ya teníamos uso de consciencia, seguramente no desarrollado del todo, en la mayoría de nuestros casos, pero de mínimo ya contábamos con pleno control de nuestros recuerdos.

 

Apelando a la memoria, me gustaría que se detuvieran un segundo y recordaran cómo era su vida en la primaria. Y no estoy hablando de que hagan un análisis sesudo de la situación política y económica del país en ese entonces. Hablo de que recuerden los trayectos en coche que hacían, la gente que veían en las calles cuando caminaban con sus papás, la “saturación” de las vialidades.

 

Probablemente sus imágenes sean parecidas a las mías, donde en efecto, había tráfico, muchísima gente y hasta me atrevo a decir que hubo veces en una lejana época noventera en la que mis compañeros y yo no salíamos a hacer educación física. Definitivamente el caos es el nombre de pila, sino que hasta el apellido de nuestra ciudad. Pero si nos remitimos a cifras concretas, de acuerdo con el INEGI, de 1900 a 2015 pasó de 700 mil habitantes a 8.9 millones. Y falta lo mejor, en las últimas dos décadas, se incrementó en un millón de nuevos pobladores. Y eso sólo en la capital. No estamos contando a los que vienen todos los días del Estado de México.

 

¿Qué significa eso? Más problemas en la seguridad pública, saturación de vías y transportes, escasez de agua en zonas como Iztapalapa, inestabilidad en los mantos acuíferos por falta de recarga, inundaciones, hundimientos, y bueno, un mil y largo etcétera.

 

Todo esto es consecuencia de una sola cosa: la falta de planificación por parte de autoridades. La responsabilidad, enteramente compartida entre ex presidentes, regentes (ahora jefes de gobierno), delegados y la gente inconsciente de que la situación es insostenible y que pese a ello siguen viniendo a vivir a nuestra ciudad. Así que no importa la cantidad de dobles hoy no circula, ni las veces que uno se queje, si el problema se ataca con soluciones simplistas y no de raíz.

 

Así de noble es el ex Distrito Federal, que pese a estar más cerca de China que de Tenochtitlan, sigue recibiendo a los hijos del éxodo provocado por el narcotráfico, la desigualdad y la pobreza. Mientras tanto, nos toca seguir respirando la contaminación, pues alguien tiene que pagar y quien más que los verdaderos capitalinos.

 

De a tuit:

 

México en su eterna búsqueda de héroes, le da la estafeta a las ladys, sin importar sus valores ni sus pecados.

 

Por: Aldo Rafael Gutiérrez.

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