Mejores amigas

diana relato

 

Había sido un mal día. De los peores.

 

Discutí con papá porque olvidó que tenía clase –quizá incluso olvidó que ese día me tenía en casa- y se fue a una cita de negocios sin el menor apuro; cuando volvió, ya era tarde para ir a la Facultad, así que me regresaría a casa. No tenía tiempo de llevarme y tuve que viajar en metro, donde hacía un calor equivalente al concentrado de todos los círculos del infierno de Dante. El metro hizo un recorrido estimado para 50 minutos en hora y media y, al salir, vi atisbos de que el cielo, como yo, quería llorar.

 

Decidí que no tomaría taxi, caminaría hasta casa. No, tampoco iría a casa, iría al Miguel Alemán a caminar y tomar un poco de aire. Sonó mi móvil, era Óscar. La noche anterior habíamos discutido por el rumbo que estaba tomando la relación: él me lo dijo claro, no quería una relación seria y si eso era lo que yo buscaba, él no era el hombre correcto. Apagué el teléfono.

 

Mientras caminaba hasta el parque me vinieron a la mente diversas situaciones por las cuales estaba atravesando. El innombrable tema de la tesis, mi recién perdido empleo debido a la quiebra de la editorial, el servicio social que aún no comenzaba, el libro de relatos cuya publicación estaba en el limbo, mi informal relación con Óscar a quién yo ya no sabía si quería u odiaba por llenarme de mimos y caricias, pero siempre sin certezas de ningún tipo, y por Rodrigo, quien tras haber desaparecido sin motivos de mi vida durante medio año, había vuelto con un speech de redención. Además de la situación de mi padre, que a ratos, parecía olvidar que yo existía, aun cuando tuviéramos tan establecidos nuestros horarios para vernos. Jan, una de mis mejores amigas y la que vivía más cerca de mi casa, había dejado el gimnasio y ahora casi no nos veíamos, salvo extrañas casualidades, así que no tenía con quién conversar; la extrañaba mucho.

 

En menos de lo que pensé, ya había llegado al deportivo. Me paré frente a él y vacilé en entrar, pero al final, lo hice. Me senté en una banca y observé a los jugadores de americano, a las chicas del equipo de atletismo, a las parejas que caminaban de la mano. Todos felices. Salí de ahí, no estaba ayudando demasiado el escenario.

 

Comenzaba a oscurecer y en menos de media hora, seguramente, caería la noche, así que opté por sentarme en una banca afuera del deportivo. Miré hacia la avenida, me quedé absorta en nada. Prendí un cigarro.

 

Sentí una mano en la espalda, me espanté. Di un pequeño brinco y giré la cabeza.

 

-¡Vaya! Tengo toda la tarde llamándote, pero me manda a buzón. Supuse que estarías aquí.

-Apagué el teléfono, no quería que me molestaran.

-¿Quién te molesta?

-Bueno, en realidad nadie. Sólo Óscar. Y eso, sin mucho ahínco.

-En ese caso, los demás no tendríamos por qué pagar las consecuencias de lo que hace ese pelele.

-Ya sé. Lo siento.

-Vamos, dame ese cigarro. Mejor te invito un helado, ¿qué dices?

-Digo que está comenzando a llover y no tengo ganas de nada.

-Ay, no seas dramática. Es más, qué te pregunto, vamos.

 

Me tomó de la mano y me arrastró hasta el interior de mi heladería favorita que se encontraba cruzando la calle, sin preguntarme, ordenó un helado doble de triple chocolate. Yo hablaba en serio, no tenía ganas de nada, pero al verlo ahí, frente a mí, no tuve opción. Como siempre, les tentaciones tienen la virtud de arrasar con mi voluntad y esta no fue la excepción.

 

Durante el tiempo que estuvimos sentadas dentro de la heladería, ella no dijo nada, se limitó a sonreírme de vez en cuando y a escuchar con paciencia mi silencio, porque sabía que en cualquier momento se quebraría y sólo entonces ella hablaría.

 

En efecto, comencé a hablar y ella me escuchó atenta.

 

-¿No dices nada?

-Nada, no. Digo lo que ya sabes, pero si quieres que te lo repita, lo hago. En primer lugar, digo que ya conoces a tu padre y no debes tomar las cosas tan a pecho con él, es distraído y un poco desatento, pero eso no quiere decir que no te quiera. Digo que no estás para soportar ninguna situación con la que no estés plenamente feliz y que tú eres capaz de lograr lo que quieras, como lo has demostrado siempre; una tesis no tiene por qué causarte tantos conflictos. Digo que ya hallarás un trabajo mucho mejor y que no te pasará nada que no deba pasarte, pero debes tener paciencia, tesón y orgullo, pero sobre todo, ser consciente de que tú mereces eso que deseas y más.

-¿Tú crees?

-No. Estoy segura. ¿Sabes cuál es tu problema?

-¿Que tengo un periodo de mala suerte?

-¡Claro que no, baby! Que eres demasiado perfecta y hasta a ti misma te cuesta trabajo creerlo. ¿Cómo no quieres que a los demás también les cueste y les horrorice echarse el paquete de una profesionista independiente que se dedica a lo que le apasiona, joven, bonita y además se dedica al deporte?
Entonces me reí. Ella también.

-¿Nos vamos?

 

Salimos de la heladería y las gotas de la breve, pero intensa lluvia ya comenzaban a evaporarse. Miramos hacia el horizonte y vimos un cielo estrellado con una luna roja e inmensa. Al llegar a casa, ambas sacamos nuestras llaves. Antes de introducirla en la cerradura, la abracé con todas mis fuerzas.

 

-Gracias, mamá. Por eso te amo.

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