“Triste está el palomar” un adiós a Juan Gabriel

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“Jefa, vamos a ver a ‘Juanga’ ahora que regresa a cantar” le dije a mi mamá a principios de 2015 cuando me enteré de que iba a estar en el Auditorio Nacional para presentar su más reciente material. Y más por mi madre, lo hacía por mí, moría de ganas de ver al “Divo de Juárez” en vivo. Sin embargo, y como todo millenial (bendito término) no quise ir solo por el ‘qué dirán’.

 

Me daba pena andar gritando en un concierto de Juan Gabriel. Estúpidamente me negué a pagarme mi boleto, sólo por pensar que era un gusto culposo y que tenía que ir con mi mamá para cantar “Sólo sé que fue en marzo”, “Te lo pido por favor”, y las más famosas como “El Noa-Noa” o “Amor eterno”, por mencionar sólo algunas de sus mil 800 canciones escritas.

 

Para mi fortuna (o desfortuna a estas alturas, si ustedes quieren) reflexioné mucho sobre su música. Me di cuenta de que haber crecido con sus canciones, producto de la herencia de mi mamá y mi abuelita Lidia, no era algo ‘cool’; se trataba de algo padrísimo y quería ver a quien me permitió conocer la música popular mexicana a través de discos como “El Alma Joven”, “Siempre en Mi Mente”, “Cosas de Enamorados”, “Pensamientos”, “El México Que Se Nos Fue” y muchas recopilaciones más que todavía tenemos en casa.

 

En una de ellas encontré un librito donde se narraba la historia de un tal Alberto Aguilera Valadez. Un hombre cuya vida fue azarosa desde que nació el 7 de enero de 1950, pues no sólo por ser el menor de 10 hermanos sufrió la crueldad de la vida; la pobreza y permanecer internado en escuelas durante su infancia a causa del rechazo de su mamá, lo marcaron para escribir canciones que ahora se consideran clásicos de la música contemporánea. A pesar de todo eso, se convirtió en ídolo de masas al componer y cantar para distintos géneros musicales como la balada, la ranchera, el bolero, la banda y el pop.

 

Supe por qué vendió más de 100 millones de copias en todo el mundo (la serie “Hasta que te conocí” dice que son más de 250 millones) por qué se tradujeron sus canciones en distintos idiomas, por qué era el ídolo de muchas generaciones que ahora le echaremos de menos, y por qué, pese a los escándalos de impuestos, su preferencia sexual que le generó críticas y demandas, su reclusión en el Lecumberri y sus posturas políticas vinculadas al PRI, no dejaremos de admirarlo.

 

A él, al que vino de la nada y nos lo dejó todo, le escribo estas humildes líneas como su origen, como su persona, pues no sólo es inspiración de músicos, es el ejemplo de que si un sueño es legítimo se puede alcanzar, sin importar los tropiezos. Alberto Aguilera Valadez, Adán Luna, Juan Gabriel, ahora descansan para siempre a consecuencia de un infarto que les cerró los ojos, pero que no apagó su espíritu. Ese nada lo apagará.

 

Hasta siempre, querido JuanGa. Gracias por enseñarnos que no se necesita dinero para amar, para entender que lo pasado ya no interesa, y que pese a la muerte de un palomo, podemos agradecer que todas las mañanas entre por nuestras ventanas el señor sol para que seamos mejores y hagamos las cosas siempre con amor.

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