La delgada línea amarilla o la naturaleza empática del cliché

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El cliché es generalidad sustraída de la vida diaria. Como una suerte de estigma, hemos denigrado los trabajos artísticos que reducen su línea conceptual a estos malditos (o benditos cuando se saben hacer) recursos creativos. Creo no estar loco al pensar que los clichés son una de las formas más democráticas de expresar el pensamiento.

 

Existe una clara diferencia entre los clichés que son marcados por una sociedad en donde la exposición peyorativa se encuentra a la orden del día (cómo se debe comportar un naco, un albañil, un putito, la gente fresa), y los comportamientos rozan el plano superficial dentro de la construcción del ser humano.

 

La delgada línea amarilla es una película plagada de clichés. El amor, las relaciones filiales, el compañerismo, la empatía, la hermandad. Ya saben, esos clichés tan humanos que inminente tocan las fibras del espectador. Sin embargo, y muy dentro del pesar de quienes se encargan de realizar críticas cinematográficas destructivas, no les quedará más que aceptar su necesidad, al otorgar una naturaleza empática con la audiencia. Lo anterior me lleva a reflexionar: no todos los clichés son malignos para la creatividad.

 

Es reconfortante ver cómo las películas mexicanas adquieren más espacios dentro de las carteleras del duopolio de complejos cinematográficos. En general, La delgada línea Amarilla es una película entrañable y, con la mano en la cintura, de lo mejor que se ha visto últimamente dentro del cine mexicano; sería justo mencionar un inconveniente de doble filo: las actuaciones.

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Me explico. Un personaje protagónico interpretado por el aún verde Américo Hollander, aunado a ver a Damián Alcázar hacer lo que Damían Alcázar mejor sabe hacer: ser Damián Alcázar. Este último un actor maravilloso, innegable, pero que se ha (y lo han) encasillado dentro la misma tipología de personajes. ¿Error de casting o ese deseo de seguir realizando una fórmula sin riesgos? Queda a consideración del espectador.

 

La fotografía es afortunada; la historia, a pesar de poder ser contada en no más de dos párrafos, es contundente; el argumento es plasmado genialmente a partir de una obvia pero compleja construcción de personajes y una honestidad que verdaderamente agradezco. Ahora que si nos queremos poner exquisitos, sí encontraremos errores dentro del tratamiento del guión. Una revisada extra no habría hecho mal, recordemos que recurrentemente dentro del arte, menos es más.

 

Esta película es uno de esos raros casos donde uno, como espectador, agradece saber, desde inicios de la película, hacia dónde se perfilará el final; eso sí, unos últimos diez minutos maravillosos y repletos de alegorías audiovisualmente bien planteadas y conmovedoras.

 

Si aún no han visto La delgada línea Amarilla, háganlo. Recuerden que las primeras semanas son fundamentales para cualquier largometraje y éste, en particular, merece varias semanas en cartelera.

Da gusto ver cómo una película mexicana se convierte en un digno rival para El demonio Neón, un filme del que pronto les esteremos hablando.

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