¿Despertó la generación dormida (millennials)?

El escritor y guionista Bret Easton Ellis escribió en su artículo Generation Wuss (2015) que la generación de los Millennials –milénicos, generación del milenio o como mejor les guste– tiende a sobrereaccionar, a creer que siempre tiene razón, pero sobre todo, que los nacidos en este período (incierto y acomodado al gusto de analistas y especialistas que no definen de manera clara el rango que abarca) son cobardes.

 

Hay cierta razón en esta polémica clasificación para los que nacimos entre la década de 1980 y los 2000, pues en buena medida, podemos entendernos como personas que nos gusta ganar siempre, que hacemos muy poco para profundizar en nuestra argumentación y que, incluso, podemos ser caprichosos en nuestra manera de vivir.

 

En ese tenor, yo mismo he sido muy crítico de nuestra generación. Las pláticas de café entre mis amigos y colegas han servido para desahogar nuestro vómito verbal en contra de lo poco que hacemos para cambiar nuestro entorno, deleznable y podrido gracias a la corrupción, la impunidad y la falta de confianza en las instituciones, pero de ahí no pasamos. Seguimos sin hacer nada.

 

La decepción ha sido una de las banderas de esta generación de mexicanos, acentuada, quizá, desde el fallido #YoSoy132, pues a raíz de la evaporación del movimiento muchos de nosotros quedamos con un mal sabor de boca.

 

Sin embargo, he notado que esa generación que señalé como “apática y somnolienta” no necesariamente tiene esos atributos. Lo comprobé con la reciente movilización de muchos de mis contactos a raíz del escándalo que salió a la luz donde uno mis ex profesores de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales fue acusado de acoso sexual por varias alumnas. Algunas de ellas amigas mías.

 

Más allá del hecho que resulta polémico y muy cuestionable, por decir lo menos, me demostró la fuerza que tiene esta generación que por momentos se ve apacible y, por otros, activista de sillón. Entiendo por completo que la mejor arma/defensa que tenemos son las redes sociales, mismas que no sólo son usadas por una “legión de imbéciles” como calificó Umberto Eco, sino por todas aquellas voces inconformes que no tienen la posibilidad de una mayor resonancia y que por otros medios pasarían desapercibidas y, seguramente, olvidadas al corto plazo

 

Las denuncias (aunque también muchas calumnias y sofismas) abundan en Facebook y Twitter, cuyo éxito se ha reflejado al propiciar la renuncia o destitución de funcionarios de alto nivel –el más reciente ejemplo fue el ex director de TV UNAM, Nicolás Alvarado– pero no es suficiente.

 

Necesitamos virar el timón para dejar de ser “cobardes” o “bravos de la red”, pues, en efecto, tenemos que salir del activimos virtual y pasar a la acción. Es necesario salir del anonimato y dar la cara a nuestros atacantes y a los que sin piedad cometen tropelías sin que nadie los detenga. Las víctimas tienen que dejar el miedo atrás (en el caso de la denuncia contra un profesor de la FCPyS, enfrentar al académico y denunciarlo ante las autoridades, ese será el verdadero testimonio que servirá como ejemplos para aquellas que podrían estar en una situación similar).

 

Basta ya de los simples comentarios en sus perfiles, que si bien son un primer paso, no es suficiente con etiquetar al responsable de los daños. Hay que demostrarles que todas las afectadas tienen nombres, apellidos y rostros, pues si lo que realmente queremos es transformar nuestra realidad y labrarnos un futuro prometedor, tenemos la obligación de ser valientes, de perder el miedo y dejar de señalar al amparo del anonimato que brinda la masa virtual. A final de cuentas, tenemos la responsabilidad de ser mejores de lo que nuestros detractores piensan de nosotros.

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