¿Por qué amamos tanto a Hemingway?

Me atrevo a decir que Ernest Hemingway es el escritor más querido y reconocido de la literatura de Estados Unidos. Con esto me refiero a que tengo la certeza que el alumno promedio de esa nación, que cursó la educación básica, debió toparse con algún libro suyo como lectura obligada en sus clases de inglés y es capaz de reconocer al anciano fuerte de barba blanca que siempre se utiliza para representar al escritor de la generación perdida. También, siento que muchos estadounidenses dirían que Hemingway es aquel escritor que más ejemplifica el espíritu y temple del estadounidense promedio, aquella efigie romántica que trata de presentar a la gente de ese país como amantes de la libertad.

 

Mi primer acercamiento con Hemingway se dio en la adolescencia. En un punto que supe que si en algún momento aspiraba a escribir relatos debía leer a los mejores. ¿Cómo empezar? Fue la pegunta inmediata. Simple, entré a Wikipedia y descargué la lista de todos los premios nobel de literatura. Esa lista me acompañó en mis visitas a librerías y tiendas de segunda mano por años y me permitió acércame a los escritores de la generación perdida de Estados Unidos. El ya citado Hemingway y después otros autores de trascendencia como William Faulkner y John Steinbeck. Más tarde, por añaduría, vinieron a mí lecturas de Scott Fitzgerald y John Dos Passos, al final, un poco de la poesía de Ezra Pound. Y de todos esos autores el que menos me gustó en mi juventud fue el viejo Ernest.

 

Con la excepción del Viejo y el mar, su libro más reconocido, que es breve y de muy fácil lectura, sus novelas se me hacían planas. Había un abuso extremo de las conversaciones, la prosa era llama, simple, además que su estructura novelística era la de la novela clásica del siglo XVIII. Para mí, Hemingway se parecía mucho a los autores planos como Stendhal, Dumas o Víctor Hugo, no se arriesgaba en nada y sólo contaba una historia. Sus obras no tenían nada que ver con el compromiso social de otras como Las Uvas de la Ira de Steinbeck, que me dejó prendado. Con la innovación novelística de Mientras Agonizo o el Ruido y la Furia, de William Faulkner, obras que reinventaron la novela del siglo XX. No sé acercaba ni un centímetro a la precisión y genialidad de los cuentos Fitzgerald, incluso, el hoy olvidado John Dos Pasos creaba tramas más interesantes.

 

Y a pesar de todo eso, me aferraba mucho a la lectura de sus obras. Primero fue Adiós a las Armas, obra que se sitúa en la Primera Guerra Mundial, y más que una reflexión sobre la guerra, es una historia de amor. Luego leí ¿Por quién doblan las campanas? Novela que tiene como trasfondo la Guerra Civil Española. De ahí pasé a Las Nieves del Kilimanjaro y su novela The Sun also Rises -horriblemente traducida al español con el título de Fiesta-. Finalmente, me adentré en sus cuentos. Y en ninguno encontré esa fuerza y admiración que todos profesaban por él.

 

Chuck Palaniuk, autor del Club de la Pelea adora a Hemingway, es trascendente para mí cuando Tyler Durden, personaje central de esa obra, dice en un dialogo del libro que le encantaría pelear con él, que no conoce a nadie más rudo que el viejo Ernest. Bukowski también lo consideraba un maestro, a pesar que las obras del viejo Hank sólo hablen de ebriedad y mujeres. Incluso autores como Jonathan Frazen, el escritor vivo más reconocido de Estados Unidos en nuestros días, profesaban su admiración. Algo escapaba a mi lente y no alcanzaba a verlo.

 

¿Qué tenían en común el viejo marinero Santiago, el soldado Frederick Henry, el profesor republicano Roberto Jordan, el agonizante escritor herido Harry Street y el joven y prometedor torero Pedro Romero? ¿Qué tenían los personajes de Hemingway que, a pesar que sus novelas me dejaban insatisfecho, no podía evitar sentir una gran simpatía por ellos?

 

La respuesta llegó hasta que leí el que para mí es su más grande libro París no se acaba nunca, escrito autobiográfico y que trata de la primera juventud de Hemingway en París, cuando era corresponsal de guerra y que tiene como trasfondo anécdotas con Scott Fitzgerald, James Joyce, Picasso, Gertrude Stein y Ezra Pound, durante los años veinte, época donde todos eran jóvenes, locos y soñadores.

 

Acercarme a esa obra me permitió ver que varios rasgos de los libros y protagonistas de Hemingway tenían origen en las experiencias de su vida. Noté que todos sus protagonistas eran unos grandes bebedores, amantes de la ebriedad y un fiel reflejo del mismo Hemingway y su grupo de secuaces de la generación perdida. Otro fue la inevitable presencia de una mujer en sus novelas, una dama de la cual caen prendados los protagonistas y que aman con pasión y locura. Me encantó leer la burla que describe en París era una fiesta, donde Fitzgerald le dice que él siempre necesitaba enamorarse de una nueva mujer para poder escribir su siguiente novela. Por lo que descubrí que esas protagonistas de todas sus obras habían sido mujeres reales, esposas y amantes que él había tenido durante su vida, a quienes plasmó para la eternidad y para que trascendieran en sus novelas.

 

En ese punto empecé a notar que yo tenía muchos vicios de Hemingway. En un primer instante no encontraba respuesta al hecho de por qué no me agradaba leer esos elementos en sus obras si en mis años universitarios yo me comportaba de esa forma. En ese tiempo yo abusaba mucho del alcohol, hacía tonterías con mis amigos, me pasaba horas en la edificación de sueños, tenía conversaciones sin sentido que podían prologarse por horas y me enamoraba a la menor provocación de cualquier chica y trataba de plasmarla en mis letras. ¿Qué no me gustaba de leer eso si era un fiel reflejo de mi comportamiento cotidiano?

 

Pero…, ¿qué fue lo que más me gustó del joven Hemingway en sus años parisinos? Encontré aquellos dos elementos que me hicieron entender qué es lo valioso de su obra: su pasión por la vida y su valentía. Estos elementos los representa el soldado Frederick Henry, quien escapa de una ciudad tomada por los enemigos a través de un río con su amada Catherine Barkley, con la que tendrá un hijo y que, lamentablemente, ambos morirán durante el parto, una vez que han enfrentado todos los peligros de la guerra. Eso es el reflejo de profesor Robert Jordan, que cumple su misión de volar el puente donde pasarán los fascistas franquistas para llevar provisiones a sus tropas, pero que es emboscado por ellos una vez terminada la misión, para enfrentar la muerte con los ojos en alto. Eso hace el joven torero Pedro Romero, quien se enfrenta a una bestia que ama (a pesar de mi total desaprobación hacia la tauromaquia, no puedo negar que Hemingway describe ese infame arte con una fuerte belleza).

 

Lo mismo representa el esqueleto de ese leopardo muerto en la cima del Kilimanjaro, en África, ¿qué hacía ahí ese pobre animal, a miles de metros sobre la tierra? Es lo que se pregunta en su viaje Harry Street para ser atendido medicamente mientras reflexiona sobre todo lo que ha perdido en su vida ante la cercanía de la muerte. Eso simboliza la lucha del viejo marinero Santiago en el golfo de México, a quien se le aparece el pez espada más hermoso que jamás ha visto en su vida y sabe, inmediatamente, que ese encuentro es un regalo del mar, ente al que ha dedicado su vida. Por lo que comprende que esa será su última pesca, con una bestia noble y joven, que sólo puede ser atrapada por una tripulación de al menos tres pescadores, pero que es concretada por un anciano que está solo.

 

Las novelas de Hemingway son un reflejo de la vida, que no es otra cosa que una sucesión interminable de batallas que emprendemos día a día, y en las cuales, casi siempre, somos apaleados. Hecho ante el cual tenemos dos alternativas: rendirnos y entregarnos a la desilusión y el abandono, o negarnos a aceptar la derrota, ponernos de pie y caminar con el rostro en alto. Para mí, una frase del El Viejo y el mar resume toda la obra de Hemingway: “el hombre no está hecho para la derrota, un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”.

 

Y en esa frase he encontrado uno de los elementos más poderosos y hermosos de la literatura, que es el hecho que las palabras y la ficción son dos instrumentos que nos dan fe. Fe que nos da fuerza para vivir. La vida se mide en relación a la pasión con la que se realizan las cosas y el valor con el que se enfrentan las batallas, desde la más cotidiana, hasta la más épica. He ahí mi respuesta a la pregunta ¿Por qué amamos tanto a Hemingway?

Algunas de las obras más significativas de Ernest Hemingway. Imagen Especial.

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