Los otros ninis, ¿a quién le importan?

Es bien sabido que una de las grandes deficiencias del modelo educativo público en México es la cultura del emprendimiento. No nos preparan, jamás, para buscar la manera de generar nuestros propios proyectos; nos preparan para ser empleados, simples “objetos” parecidos al unicel o botellas de pet cuya utilidad se mantiene hasta que llegan los nuevos desechables.

 

Así, bajo una inercia impuesta por la economía de mercado, donde cada vez se consume con mayor velocidad, los nuevos cuadros de profesionistas (quizá más capacitados que los de mi generación pero menos interesados por lo que ocurre a su alrdedor) van ocupando espacios con tal fuerza que desplaza no sólo a quienes tienen 30 años en servicio, sino a los que llegan a ser considerados como “obsoletos”, a pesar de estar en plena edad productiva, por algunas empresas mezquinas y que prefieren desecharlos para traer a nuevos trabajadores de menor costo.

 

Este tema ya lo he abordado de manera superficial en el artículo “Becarios… la nueva figura de la esclavitud de los millenials”, sin embargo, lo que importa ahora es entender qué pasa con aquellos que sencillamente no encuentran trabajo y tampoco estudian. Me refiero a los “ninis”, pero no precisamente a los más 7.5 millones de jóvenes que viven en el desamparo y cuyo refugio muchas veces lo encuentran en el crimen organizado, sino a los que terminaron una carrera y trabajaron y ahora no tienen empleo.

 

Si bien, el término se le atribuye de manera generalizada a estos grupos de chavos que abandonaron los estudios o que simplemente no encuentran un trabajo que les permita subsistir de manera suficiente (identificados de manera jocosa en algunos portales de facebook con los nombres de “Brayan” y “Britany”); este problema va más allá de lo que podemos imaginar, dado que no sólo encapsula a esta población, sino a aquella que está en una edad económicamente activa y que se encuentra actualmente desocupada sin obtener ingresos económicos.

 

Es de alarmarse que varios de estos centenares de miles hayan tenido algún tipo de experiencia laboral, pues según cifras del Inegi reportadas en sus Indicadores de ocupación y empleo al segundo trimestre de 2016, al menos un millón 903 mil 013 de los más de 2 millones de desocupados, cuentan con antecedentes laborales. Estamos hablando que más del 90 por ciento de los desempleados ha trabajado al menos una vez en su vida.

 

La cosa se torna más complicada cuando vemos que de los 51 millones de personas que laboran en México, poco más de 185 mil son empleadores, el resto son empleados, trabajan por su cuenta o no son remunerados (cosa que todavía complica más el panorama para al menos 223 mil personas que se ubican en esta categoría).

 

Es claro que nuestra educación viene empaquetada bajo un esquema de contratación, mismo que es inculcado desde antes de pisar un aula de clases, pues muchas veces, en vez de orientar a los hijos para que ellos sean quienes desarrollen sus propios proyectos e ingresos, se les dirige de manera inconsciente que deben ser contratados, en buena medida, porque los padres tampoco tuvieron el conocimiento necesario para crear una empresa.

 

Claro que los candados burocráticos del Estado mexicano son sumamente engorrosos y se vuelven un martirio para aquellos que se arriesgan, sin mencionar que la competencia no es del todo leal en algunos sectores, sin embargo, me parece que muchos universitarios egresados deberían optar por esta vía y no estar a la espera de una vacante que muchas veces no es precisamente justa con su actividad.

 

No descalifico a quienes han logrado encontrar un empleo, por el contrario, celebro a quienes son felices con lo que hacen y que además les alcanza no sólo para sobrevivir, sino para vivir. No obstante, analizo a todos aquellos que viven bajo los enunciados “es que no hay trabajo” o “no estudio porque me rechazaron de la UNAM”, pues más allá del lugar común de sus frases, deberían preguntarse sobre lo que hacen (hacemos) para aplicar los conocimientos obtenidos en su experiencia y en la academia.

 

Para eso, será necesario quitarnos del tímido cuasi genético que traemos muchos mexicanos y arriesgarnos con nuestras ideas, nuestros proyectos. Tal vez eso nos quite de la lista peyorativa que clasifica a quienes no “producen” pero sí “consumen”, y con ello, reduzcamos esa brecha gigante trazada por la desigualdad y la falta de oportunidades.

 

De a tuit:

El cinismo del PRI es olímpico tras suspender los derechos de priistas que no lo eran. Es claro que su idea es la justicia es mediática, no moral, pues hasta ahora ¿alguien sabe dónde está Roberto Borge y por qué no se le aplicó el mismo procedimiento?

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