#NuestrosMuertos: Dormir y soñar, abandonar la muerte

“Y, en verdad, que nunca se retorna, porque nunca partimos”
Luis Cardoza y Aragón

Hasta hace poco las festividades de Día de Muertos, las ofrendas y diversos rituales que se llevan a cabo en estas fechas, no tenían mayor significado para mí más que comer pan exclusivo de la temporada y otras delicias que, por tradición familiar, sólo se preparan en esta época del año.

 

No tenía difuntos a quienes esperar el 2 de noviembre. Todo cambió hace tres años, cuando falleció el abuelo, el papá de mi mamá. Fue un hecho desconcertante, sobre todo por ser mi primera pérdida de tal naturaleza.

 

Al siguiente año sucedió algo inesperado —además de indeseado e inverosímil para mí—, falleció el otro abuelo, el que era como mi padre, con el que crecí, el que me daba premios por obtener buenas calificaciones, incluso en la universidad, el que año con año, sin falta, tenía un enorme pastel de cumpleaños para mí, con el que platicaba horas y veía películas a blanco y negro.

 

La sensación de irrealidad que acarrea la muerte es un sedante que, en el momento, bloquea el pensamiento y el dolor, por ello conforme pasan los días y la consciencia se imbrica, el pesar se acrecienta.

 

A propósito, ¿duele la muerte de aquellos a quienes amamos? Creo que, literalmente, sí. Algo duele en el pecho, algo que era parte de ti se desprende al saber que no volverás hablar con esa persona, a escuchar su risa o a beber café a su lado. Pero —y aunque esta idea sea la más trillada del mundo— ¿no es cierto que las personas existen porque pensamos en ellas? Creo que lo mismo sucede con ellos, los que no-nos abandonaron. Y es que yo pienso en el abuelo en cada momento de mi vida y en lo feliz que estaría de ver que hice lo mejor que pude con lo que él me enseñó.

 

Hacían meses que no soñaba con él, y aún más que no hablábamos ni en sueños, pero la semana pasada sucedió. Estábamos en el patio de la casa donde viví hasta los quince años, al lado de la jaula del perico, y por alguna extraña razón, la escena adoptó el verde del plumaje del loro.

 

—Extraño la casa —le dije mientras caminábamos con los perros custodiándonos, como siempre.

—Esta sigue siendo tu casa —respondió así porque era imposible que lo hiciera de otra manera.

—Te extraño mucho.

—Yo también te extraño —dijo un poco serio, como era él; eso sí, sin asomo de tristeza.

 

Y es molesto cómo el sueño puede ser interrumpido de las maneras más impropias e impertinentes y la memoria ser su cómplice, porque quizás esa conversación se extendió más, simplemente no lo recuerdo. Porque cosas qué decirle, tengo muchas y sé que él a mí también.

 

“Dormir sin soñar ¿qué otra cosa es sino morir?”, escribió Villaurrutia, y sé que hay momentos en que mi abuelo abandona por ratos esa muerte sin sueños para soñar en los míos, sé que se toma esas breves licencias, aunque sabe que tampoco son necesarias porque ese pedazo de mí que perdí cuando él se fue, en realidad no está extraviado, lo tiene él, en donde quiera que esté.

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