El sitio de Alepo: la defenestración de lo humano por el poder político

Estamos a merced de una clase política que no nos conoce, que no entiende nuestras necesidades y nuestras aspiraciones y para los cuales podemos ser eliminados. Especial.

Dos acontecimientos recientes muestran el horror político y humano que se vive en la segunda década del siglo XXI.
El primero corresponde a los vídeos que circulan en red respecto al sitio de Alepo. Al genocidio que se vive en estos momentos en el Levante y al fin de la revolución siria que no llegó a ningún sitio.

 

La cuestión de la revolución siria es una lucha social que surge con la primavera árabe en 2011, motivada por los derrocamientos de Ben Ali en Túnez, Hosni Mubarak en Egipto y Muammar Gadafi en Libia. Para el caso de los dos primeros casos, los rebeldes se enfrentaron a dos dictadores viejos y cansados, a dos anacronismos de nuestro tiempo que franqueaban en el poder y fueron derrotados por la contestación ciudadana. Para el caso de Gadafi, la intervención de occidente fue vital, con el apoyo de potencias como Francia, y marcó la diferencia.

 

¿Qué es diferente en el caso sirio? La complejidad geopolítica, derivada de un estado creado al azar por Reino Unido en el tratado Sykes Picot, en el siglo XX. El problema kurdo, que dejó a un pueblo entero sin un territorio y nación, los aliados de Bashar Al-Asad, quien supo tejer una red de acuerdos internacionales que posiblemente lo hagan retomar el poder al frente de Damasco. El factor Estado Islámico que en un escenario brumoso viene a complicar y hacer más difícil la resolución del conflicto. La noción de las potencias políticas y militares internacionales, de organismos internacionales como Naciones Unidas, es cruda y tajante. En Siria no valía la pena una intervención humanitaria porque no se obtendría un botín y porque las posibilidades de éxito son nulas.

 

En el discurso frío de la política existe una solución viable frente a las catástrofes y a las crisis sociales que muchas veces toman las personas frente al poder: no hacer nada ni intervenir. Dejar que las cosas sigan su flujo y alcancen un estado de paz por sí mismas dado que los recursos a perder involucran un golpe mayor que el beneficio político a obtener. Esa ha sido la solución que han tomado todos los grandes poderes políticos internacionales ante este hecho.

 

Ante esto, la población masacrada manda mensajes de auxilio por las redes sociales. Gritos desesperados que muestran a una sociedad entera que ha sido abandonada por todas las instituciones y autoridades capaces de intervenir por ellos. Piden clemencia y compasión. En otros casos, sólo se muestran ante las cámaras con dignidad, como seres humanos que murieron por una lucha de libertad, es decir, que mueren de pie. ¿Qué hacemos todos nosotros? Vemos aterrados esto desde el otro lado del computador o smartphone. ¿Qué representa este hecho?

 

 

El segundo hecho es el asesinato del Embajador ruso Andrei Karlov a manos de un joven policía turco. El nombre del atacante: Mevlut Altintas, joven de veintidós años que gritó la consigna “¡No olvidéis Alepo! ¡No olvidéis Siria! ¡Esto es una venganza!”. Para segundos después, morir acribillado. ¿Quién es ese joven? Una visión conspiracionista dictaría que es un agente de un gobierno extranjero, un enviado de Estados Unidos o alguna otra nación, que pretende causar una crisis diplomática entre Turquía y Rusia. Pero ¿si vamos más allá y aceptamos que en verdad ese joven es un ciudadano harto de la negligencia de las autoridades, del egoísmo de los poderes políticos internacionales y su falta de humanidad al ver morir a una nación entera, qué respuesta encontraríamos ante su acto?

 

La hazaña de Altintas parece nimia, asesinar a un burócrata para compensar un genocidio. Un acto de terrorismo que toma la vida de un peón de los causantes de la tragedia de una nación vecina. ¿Cómo juzgar su acto? ¿Un hecho de valentía? ¿Un grito desesperado? ¿Un caso de terrorismo idiota? ¿Qué ha pasado después de que las imágenes del asesinato atravesaran el mundo entero? A lo mucho, los espectadores, los lectores de política internacional, hemos sentido un sobresalto. Nada ha cambiado.

 

Después de la revisión de ambos casos ¿qué conclusión obtenemos? La más cercana a mi vista es la siguiente. Somos espectadores de un juego de política internacional. El caso del genocidio del pueblo sirio representa el hecho que la contestación ciudadana y la lucha por el poder están al margen de otros poderes que están por encima de cualquier pueblo o nación. Una rebelión que buscó la libertad política fue desecha y derrotada. Situación que refleja también la acción desesperada del joven Altintas, quien quiso enfrentar desde otro ángulo a los poderes hegemónicos y murió sin más. En dos semanas, es probable que se haya olvidado su muerte, como la del niño Aylan Kurdi en las costas de Turquía que indignó al mundo entero para después ser enterrada por otros hechos en la red.

 

¿Qué es esto que vivimos? ¿Qué representa? Para mí un mundo donde la vida es un hecho desechable, una cifra que no importa a las élites políticas y gobernantes del mundo. Y esa noción se extiende a todo el orbe, con la excepción que en otras naciones la catástrofe no ha sido tan grande. Unas vez más me pregunto ¿qué representa? El hecho que la gente común, el ciudadano de a pie, hemos perdido la posibilidad de acceder a la política como medio de cambio para mejorar nuestra vida y condición humana. Estamos a merced de una clase política que no nos conoce, que no entiende nuestras necesidades y nuestras aspiraciones y para los cuales podemos ser eliminados. Debemos buscar nuevas vías de consolidar un poder social que confronte esta situación.

 

Por desgracia, poca gente parece interesada en esto, y más aún, ignora este contexto.

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