Morirse de hambre en Bruselas

A los diecinueve años realicé mi primer viaje de mochilero. Fue una incursión que me llevó por seis países de Europa en un total de veinte días. De aquel viaje se desprenderían muchos descubrimientos prácticos para realizar una travesía por el viejo continente, como el aprender a viajar en tren, dormir en hostales y entender el funcionamiento del transporte colectivo de las urbes europeas.

 

Además, de que experimente emociones y me conecté con ideas de otras latitudes, con la forma en que los extranjeros veían mi país, así como la visión que yo tenía de otras sociedades, su comportamiento, costumbres y formas de entender el mundo que pude adquirir a través de la conversación con los habitantes de cada lugar que visité.

 

No obstante, una de las cosas que más recuerdo -con diversión y cariño- es una de las particularidades que sufre un viajero joven dadas las limitantes de su bajo presupuesto -y las delicias culinarias con la cuales nos podemos atravesar en nuestro peregrinaje- que no es otra cosa que el hambre.

 

La historia comienza una noche antes de que yo y el grupo de mochileros saliéramos rumbo a Bruselas, capital de Bélgica. En el que yo y otros dos miembros del grupo, emocionados por la vida nocturna que se presentaba en Luxemburgo, yo y otros dos miembros del grupo decidimos salir a tomar unos tragos por la ciudad. La idea era tomar a lo máximo un par de cervezas, pero después de algunas Guinnes, Erdinger y Leffe, los tres noctámbulos estábamos demasiado enardecidos como para volver al hostal, dormir como simples mortales y descansar lo suficiente para emprender una nueva caminata al día siguiente. Por lo que el recorrido por los bares se prolongó hasta las seis de la mañana, hora en la que volvimos arrastrándonos al hostal sólo para bañarnos y encontrarnos con el grupo para el desayuno.

 

Con un semblante digno de Drácula, y unas ojeras semejantes a las de un panda, los tres nos presentamos al comedor alrededor de las nueve de la mañana. Nuestro tren saldría a las once de la mañana a Bruselas y todos estaban por terminar de comer para evitar cualquier inconveniente que afectará el itinerario del viaje. Para ese entonces, los efectos de la cerveza ya había pasado por mi organismo hacía la fase de la resaca en mi organismo y sentía unas tremendas nauseas, dado el sabor fuerte de que tiene la bebida europea a diferencia de las cervezas de México.

 

Así, sólo al postrarme frente a los embutidos, cereales y frutas que dan siempre de desayunar en los hostales, me di cuenta que no podría comer nada a razón de las ganas de volver el estómago.

 

Sin embargo, encontré consuelo en tomarme varias tazas de café que me hacían sentir menos el dolor de cabeza y me ayudaban a estar más consiente; a razón del desvelo de la noche anterior, terminé por tomarme unas seis o siete tazas.

 

Gracias a los efectos de la cafeína, logré sentirme lucido, activo, genial, como si hubiera dormido toda la noche, por un lapso de unos cuarenta minutos. Tiempo durante el cual nos trasladamos a la estación de tren y tomamos nuestros asientos rumbo a nuestro siguiente destino. Pero sólo diez minutos en el tren, y empezado el recorrido en el tren, volvió a mí la sensación de cansancio y resaca. Por lo que caí dormido profundamente, a tal grado que el trayecto Luxemburgo-Bruselas pasó en un simple parpadeó.

 

Al llegar a Bruselas uno de los miembros del grupo me despertó y descubrí que mi cansancio se había exacerbado, además del que un hambre terrible que hacía sonar mi estómago, dada la gran cantidad de café que había ingerido como desayuno. Mis ojos parpadeaban y sentía cómo mis piernas franqueaban mientras cabeceaba de sueño a cada paso que daba.

 

De la estación de tren caminamos a nuestro nuevo hostal, el trayecto no debió de ser muy largo, unos treinta y cinco o cuarenta minutos, más a mí me parecieron una eternidad. Al llegar al hostal tardaron media hora más en darnos nuestras habitaciones;, y cada segundo que pasaba, mi hambre se acrecentaba. Sólo hasta que pude dejar la mochila en mi cuarto supe que debía salir a comer.

 

Quizá era la resaca, el cansancio, el hambre, pero mientras deambulaba por las calles de la ciudad como un famélico vagabundo no quedé pasmado por la “belleza” de la ciudad, como lo expresaron otras personas que me acompañaron durante el viaje. Lo único que yo deseaba era comer mientras todos admiraban los edificios, las galerías, la ropa de los transeúntes. Y es que Bruselas es de una belleza tan particular, una belleza tan pomposa, tan exagerada.… No por nada la Unión Europea la ha escogido como su capital, dado el carácter y grandeza imperial que detenta cada uno de sus rincones y que hacía que mis acompañantes se quedaran a contemplar por bastante tiempo cada uno de sus detalles, monumentos, arquitectura, mientras yo empezaba a ponerme de mal genio y asociaba cada uno de esos grandilocuentes artificios con la explotación y venta de esclavos de Leopoldo II en el Congo, uno de los genocidas más famosos de todos los tiempos.

 

Pero…, siempre es más fuerte la necesidad de comer que la de pensar. Y antes de empezar mis cavilaciones sobre la belleza imperial de Bruselas, mi olfato reaccionó a los olores de la ciudad. Sentía de cerca el aroma de los cientos de carritos de papas fritas, el olor a canela y especies de los waffles que comían cientos de personas que caminaban por las calles. Incluso, sentía profundamente el olor de los chocolates, lo que me puso a babear y a rugir con mayor potencia a mi estómago. Necesitaba comer algo pronto…, no obstante, mi hambre estaba a punto de llegar a su cúspide. Mientras avanzaba percibí un olor a carne y mariscos con mantequilla, una combinación de sabores que jamás había notado y los seguí como un sabueso.

 

Caminé por un par de calles hasta encontrar el lugar de donde provenía aquel tan singular aroma, era de una estrecha calle peatonal llena de restaurantes. Al avanzar sobre ella lo primero que noté fue una enorme olla llena de ostras con queso, la cual era devorada con decoro por una pareja. Aquel olor era delicioso, pero no era aún la cúspide de mi hambre, tendría que voltear la vista para encontrarla.

 

Frente a mí observe a una familia sentada con una olla aún más grande de paella. El arroz, la carne, las ostras, el cerdo, las salchichas, los camarones, todo se conjuntaba de manera perfecta para dar un olor delicioso que me tenía por completo seducido. Al encontrarme con tal platillo de tan increíble aroma, me quedé pasmado. No sé si fue por unos segundos o por varios minutos, pero con toda mi atención, devoción y una ansiedad terrible, observé cómo cada miembro de esa familia disfrutaba la paella mientras mi estómago crujía cada vez más.

 

“Tengo que probarla”, fue lo que pensé. No obstante, la decepción vendría pronto. Al acércame a la entrada del restaurante un enorme cártel anunciaba el precio del platillo. ¡400 EUROS! Me quedé atónito. Esa cantidad, era un poco más del dinero que llevaba en mi bolsillo para cubrir mi alimentación de todo el viaje. Jamás comería esa paella. Resignado y, movido más por el hambre que por la decepción, caminé para encontrar algo acordé a mi presupuesto. Un kebab, más bien dos, que le dieron paz a mi estómago.

 

 

Epilogo

Otra de las emociones que experimenté en ese primer viaje, es una de las más inocentes que se puede tener cuando se es joven:, que es el hecho de creer que aquello que estamos haciendo, aquel lugar que visitamos, o lo que vivimos, no volverá a repetirse nunca más en el futuro. A cada paso que di por los seis países que recorrí durante ese viaje, inevitablemente, pensé que esa vez sería, quizá, la única ocasión que podría experimentar lo que vivía en esos momentos. Con el paso del tiempo, la vida me ha hecho reconocer que las cosas no son así. En los últimos años he tenido la oportunidad de volver a varios de los lugares en los que más he sido feliz viajando.

 

Lo anterior lo relacionó con la famosa estatua de Charles Everad que está en el centro de Bruselas. Al estar frente a ella mi guía de viaje me dijo “cuenta la leyenda que toda persona que toca esta estatua volverá algún día a esta ciudad”. Las posibilidades de la vida, de los viajes, son infinitas y comer esa paella, algún día, es una ocasión pendiente para mí.

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