Un evento a lo que está expuesto todo viajero durante su travesía es a sufrir un robo. En la estación de Lille, Francia, salté del susto al escuchar los gritos de una chica a quien le habían quitado su bolso con todos sus objetos personales. En Mendoza, Argentina, conocía a una chica portuguesa que le habían robado su mochila en Bolivia, y me platicó cómo tuvo que viajar hasta Santiago de Chile para que le expidieran un nuevo pasaporte y poder continuar su viaje. Durante un tiempo trabajé en la Cancillería mexicana y era común atender casos de connacionales en el extranjero que habían padecido un algún tipo de ilícito, el más común era el robo de pasaporte que los ponía en el entredicho de no poder moverse o salir del extranjero sin él y los dejaba en un limbo que amenazaba con truncar su viaje.

 

Pero, ¿por qué un viajero es presa fácil de los ladrones? La cuestión es simple, en un país extranjero uno brilla por su aspecto, por su forma de caminar y observar los lugares que no conocemos. Para los nativos de Londres, Paris, Lisboa, Buenos Aires o Montevideo es fácil identificar a un viajero. Se ve su caminar, se nota inmediatamente cómo observa con fascinación lo que para los demás forma parte ya de lo cotidiano. Y quienes son los primeros en detectar esa condición son los ladrones.

 

En el peor de los casos, al sufrir un robo, las personas se ven limitadas por la barrera del idioma. Recuerdo a una chica asustada que estaba de paso por Bucarest y me pidió que auxiliará, por teléfono, desde la Cancillería. Con su voz nerviosa me dijo “ya necesitaba a alguien que hablara español”.

 

También, a veces el mal trago del robo puede minar los nervios de la gente. En otra ocasión, un señor mayor sufrió un robo en el metro de Paris y le dio un ataque nervios por lo que tuve que contactar a alguien del Consulado de México en esa ciudad para que fuera a ayudarlo. Tiempo después, cuando hablamos con la persona que atendió el caso, externó cómo nuestro connacional agradeció que fueran a verlo personalmente al hospital.

 

Ante la posibilidad de un robo, el viajero debe ser astuto. Mi primer guía de viaje, uno de mis maestros de alemán de nombre Lars, me indicó que comprara una cangurera pequeña que se atara al torso del cuerpo y no es visible en caso de un asalto. Al iniciar nuestro viaje de mochileros me dijo “mete ahí tu pasaporte y 50 euros, si algo malo pasa, con eso será suficiente”.

 

En Barcelona, la única ciudad en la que me han asaltado al viajar, platiqué con el suegro de una amiga sobre el robo que acababa de sufrir el día anterior y me dijo lo siguiente: “la ciudades siempre se conocen por cómo operan sus ladrones, algunos son sutiles, cuando menos te das cuenta ya no tienes tu cartera o maleta. A otros les gusta la emoción, buscan que el robo sea aparatoso y todos los vean. Si quieres conocer cómo son los ladrones de una ciudad siéntate por un par de horas en el casco antiguo de ella y observa a la gente, pronto identificarás quién está ahí para robar”.

 

Su idea la materialicé tiempo después en tres lugares y ciudades: la Plaza de Armas de Lisboa, Trafalgar Square en Londrés y la Plaza de Mayo de Buenos Aires. Si uno se da el tiempo necesario, la sentencia del suegro de mi amiga se hace real. Pronto se ven sujetos que sólo observan lo que la gente hace, y si regresas días después, terminas por notar a ese mismo individuo ahí, listo para buscar una víctima.

 

De todos los ladrones que he visto en mis viajes el que más me asombró fue uno muy ingenioso en Londres, su forma de robar operaba de la siguiente manera: caminaba por Trafalgar Square con una enorme mochila de ruedas – en ese sentido, muchos le daban el beneficio de la duda de ser un turista más- por lo que se acercaba a las personas a consultar direcciones. Cuando la gente le respondía, de forma hábil él alzaba la mochila (¡la cual tenía un hoyo debajo!) y la ponía encima de las pertenencias del inocente con el que hablaba. Con un mecanismo no visible su maleta agarraba la bolsa, cámara o petaca de la persona elegida para que luego el ladrón se alejará, no sin antes, dar las gracias (¡era educado! Hecho que me sorprendió más).

 

No obstante, toda esta reflexión sobre viajes y ladrones me lleva inevitablemente a contar el robo que sufrí en Barcelona. La historia empieza por la tarde, cuando desde el municipio catalán de Blanes me dirigía de nuevo a la ciudad para reunirme con una amiga que me daría asilo en su piso esa noche. Nuestro punto de encuentro era la Sagrada Familia, ahí nada podía salir mal, un lugar fácil de encontrar y siempre lleno de gente. Ella me pidió que llegará ahí a las 8 de la noche, a esa hora le daría el tiempo suficiente de salir de su trabajo y me alcanzaría con su esposo.

 

Llegué a la hora en punto, era un día entre semana, un miércoles o jueves. Me sorprendió ver poca gente. Después de quince minutos de espera, decidí pararme en una plazuela frente a la Sagrada Familia para esperar, dado que ahí había mucha luz y personas caminando.

 

Pronto me que ensimisme viendo la obra arquitectónica de Gaudi, aquella hermosa edificación del modernismo catalán. En este punto del relato, debo decir que ese día llevaba una mochila en la espalda – llena de libros de literatura de ediciones españolas difíciles de conseguir en México y que contenía también mi diario personal- y una mochila de ruedas donde iba todo mi equipaje. De repente, mis ojos dejaron de ver la iglesia de Gaudi y sentí como mi cuerpo se iba contra el piso para ver el cielo nocturno de Barcelona.

 

Me levanté enseguida y por fin fui consciente de lo que había pasado. Un ciclista había pasado atrás de mí y con su brazo había jalado mi mochila; ahora mis ojos lo veían pedalear y alejarse a toda a velocidad.

 

Con todas mis fuerzas tomé mi maleta y empecé a correr tras él, debí perseguirlo por unas dos calles gritándole maldiciones pero pronto entendí que no podría alcanzarlo. Me detuve para agacharme mientras jadeaba por el cansancio. Cuando alcé la vista, varias personas estaban a mi alrededor, eran varios barceloneses que me empezaron a preguntar si estaba bien, si necesitaba dinero o un poco de ayuda. Les contesté que no y al final un señor de unos cincuenta años me puso el brazo en el hombro y me dijo “ten cuidado chaval, en esta ciudad a mí me han robado hasta un árbol de navidad”.

 

Una vez que todos se fueron, regresé a la Sagrada Familia muy molesto. Estaba enojado porque los libros que había comprado eran obras que deseaba leer desde hace ya bastante tiempo; sin embargo, lo que más me abrumaba era la pérdida de mi diario. Era el año 2013 y ese cuaderno lo había comenzado más o menos en el 2000. Con él se perdía una cantidad tremenda de momentos e ideas que había escrito. Mientras pensaba eso, vi mi reloj y noté que ya eran más de las nueve de la noche. La calle se vaciaba y la noche era cada vez más profunda en Barcelona.

 

En un momento, noté que estaba solo en la plaza frente a la Sagrada Familia una vez más, cuando de repente, vi salir a otro ciclista que se acercaba a donde me encontraba. Mientras avanzaba, pude notar que era el ladrón de hace unos minutos, que venía hacía mi con mi mochila. Se detuvo frente a mí.

 

En ese momento me quedé petrificado. Ni siquiera se me ocurrió moverme para correr cuando lo vi. Con su brazo me extendió mi mochila y me dijo “Ten”. Aterrado la tomé con mi dos manos y me dijo “soy un inmigrante marroquí, hace dos semanas perdí mi trabajo y no tenía dinero para comer, disculpa”. Inmediatamente abrí la mochila y vi mi diario y los libros y la cerré, estaba muy asustado para hacer algo más. “¿Cómo te llamas?” me dijo una vez más el ladrón marroquí. “Manuel” le respondí asustado. “Yo soy Malik” y me extendió su mano, que estreche. Luego se fue.

 

Después de tantas emociones y sentir mi corazón latiendo a golpe, decidí meterme a un bar cercano para esperar a mi amiga. Ella llegó unos quince minutos después. Al contarle todo lo que había sucedido de forma insólita se empezó a reír a carcajadas. Me dijo “¡Ay, Juanito! ¡Qué ladrón más raro! Yo si me robo tu mochila y me doy cuenta que está llena de libros, la agarró y la tiro en un bote de basura, no te la regreso.”

 

Al verla reírse, me sentí molesto. Mas al oír su comentario le dije “tienes razón”. Le sonreí y también empecé a carcajearme.

 

Epilogo

Muchos se preguntarán que obligó al ladrón Malik a regresarme mi mochila. Tiempo después, al leer mi diario y leer la anotación referente a ese día, empecé a teorizar sobre el porqué de su acción. Si bien, quizá él no podía o le interesaba leer los libros, podía tratar de venderlos para obtener un poco de dinero. Otra opción era quedarse con la mochila, a nadie nunca le viene mal tener una mochila de más.

 

Durante mucho tiempo pensé y traté de idear la razón por la cual regresó. Con el tiempo recordé que en la mochila iba mi itinerario de vuelo, tal vez lo vio y pensó que me había metido en un lío para regresar a México. Esa idea era incorrecta, yo podía reimprimir el itinerario de vuelo en el aeropuerto el día de mi viaje, pero existe la posibilidad que él no sabía eso. Otra teoría fue que quizá se sorprendió al ver la mochila llena de libros y una libreta con anotaciones de temas personales. Ante eso, pensó que lo mejor era regresarme ese cuaderno que aún está conmigo.

 

La razón por la que decidió regresarme mis cosas siempre será un misterio. No obstante, el ladrón Malik no era un santo y eso lo descubrí hasta el día siguiente que organizaba mis cosas para viajar hacía la Rioja. En mi mochila también estaba una camisa del Barça miniatura que había comprado para mi primo. Era la camisa del odioso y aclamado Leonel Messi, muy en boga en esos años que el Barça había ganado todos los campeonatos en los que había participado. La camisa la había comprado en la tienda oficial del equipo, en el Camp Nou, hacía dos días en la exorbitante cantidad de 88 euros, pero al ser un regalo para mi primo, el gasto me había parecido anodino.

 

¡Malik me regresó todo menos la camisa de Messi! Mi amiga me dijo “de seguro la venderá, al ser la nueva del Barça le darán a lo mucho unos 60 euros, si lo que dijo es cierto, con eso tendrá para comer dos semanas”.

 

A pesar de la existencia de un crimen, Malik me sigue pareciendo un ladrón peculiar. Me agrado el hecho de que me regresará la mochila y mi diario, objetos que aún tengo conmigo. Y me agrada pensar que pudo vender esa camisa para comprar comida, o que quizá, se la regalo a su hijo, a un niño aficionado del Barça.

Participa

Comenta y únete al vuelo