El fin del TLCAN

El TLCAN marcó el aumentó la dependecia de México a Estados Unidos y el aumento de la pobreza y migración del lado mexicano. Especial.

El 1 de enero de 1994 parecía que la historia de México se sellaba en un destino sin retorno. A las 00:00 horas del primer sábado de ese año, las mercancías entre los tres países que integran América del Norte (Canadá, Estados Unidos y México) empezaban a circular libres de aranceles y sin restricciones aduaneras. Ese sería el inicio de los años dramáticos de la historia actual de México y del sexenio de Carlos Salinas de Gortari, presidente que había llegado al poder ejecutivo hacía cinco años en uno de los procesos electorales más escandalosos de la historia nacional.

 

Más allá de rememorar el levantamiento armado del EZLN, la muerte de Luis Donado Colosio y el error de diciembre, que fueron eventos que sacudieron al país en esos 365 días, debemos preguntarnos: ¿qué significó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en su momento? ¿Qué implicaciones comerciales y diplomáticas tuvo para nuestro país? ¿Qué resultados económicos, sociales y políticos generó en la nación mexicana?

 

El primer cuestionamiento se responde como una hazaña. En 1988, Canadá y Estados Unidos habían creado un Tratado de Libre Comercio para potencializar su comercio bilateral; en ese punto, a manera de epopeya, Carlos Salinas de Gortari iniciaría un dialogo diplomático con las dos naciones para incluir a México en su acuerdo comercial.

 

Aquello causó una fuerte controversia en el ideario diplomático de nuestro país, porque si bien siempre se había tenido como prioridad la relación con Estados Unidos, nuestra tradición diplomática, valores y doctrinas de política exterior, se habían estructurado para salvaguardar la soberanía de México como nación ante las potencias extranjeras, con un especial énfasis para el vecino del Norte, al que siempre se había visto como un socio, pero un socio con recelo derivado de la difícil historia que compartimos.

Carlos Salinas hizo un quiebre completo a esa idea. ¿Por qué desconfiar de Washington si es el mercado más grande a nivel internacional y compartimos con ellos una frontera física- estratégica que ningún otro país del mundo posee? El ahora ex presidente reorientó el interés nacional de nuestro país a la relación comercial con ese actor. De manera hábil convenció al Presidente George Bush y el Premier Brian Mulroney, quienes vieron con beneplácito la idea del mexicano. En poco tiempo, Salinas logró sellar el pacto que, en su momento, generaría la zona de libre comercio más grande del mundo, al agrupar a más de 300 millones de personas y una superficie de 21 millones de kilómetros cuadrados. Ésta sólo sería superada por la ampliación de la Unión Europea a las naciones ex soviéticas de ese continente, diez años después.

 

En un segundo, Salinas se convirtió en uno de los más grandes paladines del neoliberalismo y el libre comercio a nivel global. Sería alabado como negociador en todos los rincones del mundo, se promovería la idea de la viabilidad de que un líder como él -del mundo en desarrollo- presidiera un organismo económico internacional como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional o la Organización Mundial de Comercio -que se crearía un año después-. Incluso, todos los mandatarios de Latinoamérica lo observaron con admiración y envidia al lograr ese acuerdo comercial en un contexto internacional que se veía completamente permeado por la lógica del libre mercado.

 

Sin embargo, esa efigie de estadista le duraría poco. Los hechos y las terribles asimetrías económicas que existían entre México y Estados Unidos tendrían graves consecuencias en su contexto nacional e internacional. A nivel local, los productores mexicanos, pequeños y arcaicos, de la noche a la mañana, se verían obligados a competir con una de las economías más competitivas e innovadoras del mundo. En un abrir y cerrar de ojos, cientos de industrias nacionales, que van desde el calzado, ropa, agricultura, ganadería quebraron y fueron absorbidas por consorcios extranjeros.

 

Ese escenario implicaría una inestabilidad laboral y social que encontró su punto máximo en la crisis de diciembre de 1994, cuando se presentó la crisis económica más grave que ha vivido el país. El desempleo subiría a cifras nunca antes alcanzadas y los nexos de México y Estados Unidos se estrecharían en una esfera no contemplada en el TLCAN: la migración.

El error de diciembre…. Desataría una de las mayores crisis económicas del país. Especial.

Las cifras oficiales dicen que durante el periodo 1995-2000, en promedio 300 mil mexicanos migraron a EE.UU. Algunos autores expresan que las cifras pudieron llegar a ser más de 500 mil personas por año y ese fenómeno laboral potencializaría las remesas como ingreso nacional de nuestro país -hasta estos días, las remesas es una de nuestras principales fuentes de ingreso-.

 

Asimismo, en el plano económico, la industria nacional dejaría de existir con ligeras excepciones. El modelo de desarrollo se centraría netamente en la inversión extranjera como motor del crecimiento. La lógica de Salinas era simple, las empresas internacionales podrían instalar sus plantas de producción en México, maquilar su producto con una mano de obra barata y competitiva, y pasar su mercancía libre de impuestos al mayor consumidor a nivel global. Sólo por esa vía, nuestro país logró ser una economía industrializada, a través de la instalación y producción de marcas de naciones extranjeras.

 

Esa visión de “desarrollo”, promovería la pobreza y consolidaría en el poder a una clase política afín al neoliberalismo, la cual ha gobernado los últimos 23 años, ha perdido mucho de su sentido social y que se ha atado al dogma sin considerar otra opción para el crecimiento de México, más allá de su comercio con EE.UU.

 

Ese hecho dañaría la efigie de México como actor internacional, ya que pronto los costos sociales del TLCAN dejarían de mostrar al país como un negociador que se postraba de frente a la máxima potencia militar y económica del mundo para ser su simple subordinado. En ese punto, la región latinoamericana vería a México como la nación que renunció a ser el líder diplomático del sur, para convertirse en un Estado de segunda en el norte de América.

 

Serían los sexenios panistas de Vicente Fox y Felipe Calderón, quienes más dañarían nuestra relación con una zona del continente que siempre nos había visto con respeto, igualdad, y en múltiples ocasiones, admiración.

 

¿Cuál es el balance entonces del TLCAN en nuestros días? Hasta inicios del 2017 podemos decir que el TLCAN era el tratado internacional más decisivo de nuestra historia. Aquel que había delimitado nuestro modelo de crecimiento en las últimas décadas y lo seguiría promoviendo en el futuro. Era el dogma neoliberal que la tecnocracia gobernante había abrazado, que ha venido en detrimento en todas sus facultades con el tiempo y que se ha negado a contemplar otra vía ajena a este acuerdo. También, era el promotor de las principales debilidades de México, su obscena dependencia a su vecino del norte, la raíz del incremento acelerado de la pobreza -que ha alcanzado a casi la mitad de la población-. Era el acuerdo político que más familias mexicanas ha divido en la historia. El responsable de la inexistencia de una industria nacional. En pocas palabras, es el demiurgo del México actual, en el que se identifica a Carlos Salinas de Gortari como el artífice del país en el que hoy vivimos.

Sin embargo, el arribo de Donald Trump ha puesto ese modelo en jaque. Aquel instrumento en el que se ha sostenido el desarrollo de México, por casi veinticinco años, está destinado a desmoronarse, al menos como lo conocemos, a razón de un mandatario de ideas nacionalistas y un contexto internacional que empieza a dejar de lado el paradigma neoliberal como se adoptó en la década de los noventas.

 

El México de Salinas, del TLCAN, y de la actual clase política, está a punto de venirse abajo. Todo por factores ajenos a ellos y que los superan. Y lo más severo es que en estos veinticinco años ninguno de nuestros representantes políticos tuvo la convicción, decisión, sangre fría o al menos sentido común, de notar que apostar el destino de toda la nación a la relación bilateral, con un solo país, era casi un suicidio, una torpeza que implica y avecina una reestructuración económica que será severa y que padecerá toda la población, incluida por primera vez en mucho tiempo, la clase dirigente nacional, quien por años se negó a buscar otra vía de desarrollo para el país y que ahora ha sido alcanzada por la historia.

 

Lo único que queda pensar ahora es ver las posibilidades y visiones que nos obligará a ver el fin del TLCAN.

¿Es posible un México más allá del TLCAN?

Si lo es, será adverso, difícil y, como nunca, se necesitará de un hábil líder político para promover el desarrollo y sobrevivencia del país. El destino nos ha alcanzado. Y ahora más que nunca, se nos revela la necesidad de reinventar nuestra visión como país y actor global.

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