La isla de los lagartos verdesmeralda

Era la primera mujer a cargo de la capitanía de un barco y estaba orgullosa de eso. Nos dirigíamos vía terrestre a la costa para zarpar y comenzar la aventura de nuestras vidas: la búsqueda de la isla de los lagartos verdesmeralda. Únicamente en las costas de Tuxpan, Veracruz, se les había visto y, aquellos que habían logrado probar su carne aseguraban que además de ser deliciosa, con sabor agridulce y de una suavidad increíble, tenía efectos alucinógenos, más que cualquier hongo o hierba hasta entonces conocida.

Contaban los nativos que al ponerse en sol, la marea comenzaba a subir y el agua del río, como magnetizada por el mar, descendía para unírsele por un momento. Entonces los lagartos verdesmeralda pasaban corriendo sobre el agua para, segundos después, desaparecer como tragados por el aire. A la sazón se formaban pequeñas islas dentro del inmenso río, y ese era el momento justo para desembarcar y cazar a los lagartos, pero había que ser hábil y ducho, porque el evento no duraba más de quince o veinte minutos, tiempo aleatorio, de tal suerte que el río volvía a llenarse con gran velocidad y presión, como si se tratara de una alberca gigante.

Al llegar a tierra y convidar a la gente de su descubrimiento, el primer hombre que logró atrapar a un lagarto, no se hicieron tardar las expediciones en busca de la codiciada fauna alucinógena. No obstante, ningún marino había podido atrapar más de uno de esos seres, por lo que nuestra expedición era la primera en lanzarse al mar con el equipo necesario para hacer ese viaje de varias leguas hacia el Golfo.

-¿Me pasas la bolsa de papas?

-Aquí la tienes. ¿Quieres refresco?

-Sí, mamá. Por favor.

-Toma. No lo vayas a tirar que hay muchas curvas. Y no comas de más, que la carretera siempre te marea, no queremos que vomites, ¿verdad?

-No, ma…

-Come con cuidado, vienes escribiendo y te puedes marear más fácilmente.

-Y tampoco te duermas, ya falta poco para llegar.

 -¿Cuánto falta, papá?

 –Estamos a media hora de Tuxpan.

Decidimos hacer la expedición con tan sólo diez hombres y once mujeres, además de mí. Mientras viajábamos por tierra en un coche arrastrado por dos caballos color canela, planeábamos qué tipo de provisiones era pertinente llevar, cantidades, la ruta a seguir, el tiempo estimado y todo lo que hace falta saber antes de levar anclas.

Éramos veintidós personas dispuestas a conquistar las islas de los lagartos y nada nos detendría. En la costa ya había hombres esperándonos con un pequeño barco construido por ellos mismos, listo para recibirnos y hacernos a la mar al día siguiente.

Cerca de la media noche llegamos a La Mata, lugar donde hombres y mujeres, amigos del abuelo, nos recibieron con algarabía, nos proporcionaron camas para dormir, comida y baños para despejarnos del viaje de horas que habíamos hecho. Esa noche, la última en tierra, nos pareció eterna. Me atrevo a decir que no fui la única que no durmió, porque en el ambiente se respiraba la densidad de la tensión, de lo desconocido e inesperado, de la aventura y el miedo.

-Ya casi llegamos. ¿Quieres pasar por un helado antes de llegar con tus padrinos?

-¡Sí!

-¿De qué sabor lo vas a querer?

 -De pay de limón, papi.

 -¿Con cubierta de chocolate?

 -Sí, y en una canasta.

 -Perfecto, muñequita. Bájate a ordenar junto con tu mamá y tus tíos mientras yo encuentro un estacionamiento.

En vista del tamaño del barco, tuvimos que disminuir las provisiones que teníamos planeadas para el viaje, así que sólo cargamos con la mitad de lo previsto. Comenzamos con los trabajos a las cuatro de la madrugada y zarpamos a las siete de la mañana, con una brisa estival golpeándonos el rostro, pero no los ánimos. Íbamos en busca de uno de los mayores tesoros jamás imaginados, así que lo que en realidad soltó amarras ese 14 de mayo de 2000, fueron veintidós personas convencidas de que no regresarían si no traían entre sus pertenencias fardos de lagartos verdesmeralda.

-Ya llevamos los refrescos, la botana, los condimentos, el asador y todo lo desechable. ¿Falta algo más, compadre?

-No creo, compadre. Con eso está bien, el paseo no durará más de seis horas, estaremos de vuelta antes del anochecer. Ya nada más faltan mis hijos, siempre sí nos van a acompañar.

-Pues entonces nos vamos en cuanto ustedes digan.

Tardamos media hora más de lo estimado en salir del puerto, esperábamos a tres elementos más que a última hora decidieron incorporarse a la expedición. Era un día de carnaval y la gente nos despidió en el muelle agitando las manos, nos deseó suerte y nos gritaban “¡verdesmeralda, verdesmeralda!”, como bautizaron la nave, mientras nosotros, observándolos, cada vez escuchábamos voces más tenues y más nítido el murmullo del mar.

Nos internamos y navegamos dos días, hasta llegar a la zona donde supuestamente encontraríamos las islas cuando llegara la puesta del sol. Detuvimos el barco y esperamos a que la intersección entre el día y la noche nos alcanzara. Faltaban cerca de dos horas, así que decidimos que era buen momento para comer.

-Niños, ¿les sirvo filetes?

-Sí, por favor, padrino.

-Sí, papá. A nosotros también.

-Aquí tienen, en la hielera pequeña traemos limones para que los preparen y en la grande refrescos.

-Niños, ¿ya se pusieron bloqueador?

-Yaaaa…

-En cuando suba la marea el río quedará vacío, coman para que cuando eso suceda puedan bajar sin problemas.

Con la puesta del sol se avivaron nuestras expectativas. La tripulación entera posó sus miradas sobre esas aguas diáfanas que no tenían principio ni fin, autárquicas y caprichosas. En cuanto el azul del cielo se tornó en ese morado que da paso a la resistencia de la noche, donde pugna por posarse sobre las estrellas, el nivel del río comenzó a descender hasta quedarse casi vacío. Entonces aparecieron las pequeñas islas, como si sólo se tratara de cúmulos de arena en medio de una inmensa playa, cubiertas de conchas y galletas marinas.

La tripulación se quedó estupefacta frente al espectáculo, pero ante mi reacción, como capitana, todos despabilaron y abandonaron el barco para bajar a explorar la zona. Finalmente, teníamos escaso cuarto de hora para cumplir nuestro cometido. Yo fui la primera en pisar tierra, tomé un puño de esa arena tibia y la derramé sobre mis pies sin poder dejar de mirar cómo refulgían las pequeñas partículas de ese polvo casi líquido.

Los demás elementos estaban igual de deslumbrados que yo. Aunque tratara de disimularlo, el brillo de mis ojos me delataba ante los de ellos y eso, a su vez, los hacía sentirse libres de tomar las enormes conchas de quince centímetros de radio y, dentro de ellas, guardar las frágiles y quebradizas galletas de mar.

No transcurrieron más de tres minutos cuando los lagartos verdesmeralda se hicieron presentes y pasaron corriendo sobre el agua. Eran del tamaño de la palma de mi mano, veloces, tornasolados y daban el aspecto de ser elásticos.

Dos de mis hombres los persiguieron en vano, así que corrí por las redes que habíamos preparado y entre varias mujeres la lanzamos cuando vimos un grupo de lagartos corriendo hacia el agua y, acto seguido, los demás elementos de la tripulación imitaron nuestros actos. Atrapamos a cincuenta, quizás, pero entonces comprobamos su elasticidad, pues se estiraron como ligas para escabullirse por los orificios de la red.

Entonces comenzamos a escuchar que el murmullo del agua nos daba un consejo o una orden; era preciso regresar al barco. Hubo unos segundos de quietud y silencio, nos miramos unos a otros y, como esperando que yo respondiera a sus interrogantes, me observaron inquisidores.

-¡Al barco, tripulación!- grité.

-Suban todos a la lancha ya, niños. Está por entrar la noche.

-Padrino, otro ratito.

-No, pequeñuela, ya no se puede.

-Papá, déjanos otro ratito…

-Por hoy no se puede, el río va a regresar a su nivel en unos minutos, pero si se portan bien, mañana podemos volver a la isla de los lagartos verdesmeralda.

 

 

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