A Ro, que ya me prometió un por siempre

¿Quién no ha prometido amar por siempre a alguien? ¿O quién no ha jurado estar al lado de aquel que alguna vez fue su mejor amigo? ¿Acaso es tan detestable aquel que no cumple esos por siempre? ¿No se trata de dos palabras demasiado violentas?

Todos en alguna ocasión hemos hecho promesas, en el mejor de los casos, con la convicción que habremos de cumplirlas, mismas que, ya sean de amor, de amistad, de compromiso o de lealtad, a terceros e incluso a nosotros mismos, en buena parte de las veces no logramos cumplir. Y no, no se trata (únicamente) que la persona o la situación carezca de importancia para nosotros, y aunque un poco dolorosa, acaso la respuesta sea sencilla: todo cambia.

Las circunstancias, las personas, las necesidades, nosotros mismos, cambiamos y nos reconfiguramos constantemente, proceso en el que corremos el riesgo de no calificar para la siguiente etapa en la vida de los demás, incluso de aquellos para quienes parecíamos imprescindibles.

Y claro, es complicado pensarse lejos de quien solía ser tu mejor amigo, imaginar que no tendrás más sus consejos y esas visitas a su casa, o que el amor de tu vida quizá no era el amor de tu vida y cada uno deberá seguir sin volver a mencionar alguno de los ridículos apodos a los que ya se habían acostumbrado.

El peligro de una promesa sin cumplir siempre estará latente, sin embargo, aquellas personas que cruzan en nuestras vidas y nos hacen sentir que incluso el riesgo de un adiós vale la pena con tal de atesorar las experiencias vividas a su lado, son las que dan sentido a eso que somos y, como decía el zorro del Principito, quienes nos domestican, para así dejar de ser uno más en el mundo y convertirnos en únicos para alguien.

Es difícil pensar que el valor de esos por siempre que alguna vez se mencionaron con vehemencia se evapore, pues en algún momento fueron dichos con la genuina convicción de ser cumplidos, pero finalmente aquellas presencias constantes en la vida, las escenas que se repiten una y otra vez sin volverse monótonas, las conversaciones que pueden ser las mismas o distintas y aún así no pierden ese halo de amistad ni nos dejan de reconfortar, aquellas cervezas, cafés o malteadas compartidas que con el paso del tiempo cobran un sabor distinto, son los verdaderos por siempres, aquellos que ni siquiera hace falta pronunciar porque ya están sucediendo.

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