El espectáculo del trompo en el Metro de la Ciudad de México

Su grito atrajo la mirada de las personas que viajaban en el metro: ¡Bienvenidos al espectáculo del trompo!, dijo, mientras aventaba el juguete de plástico al suelo. La mayoría de los ojos se posaron en él, como preguntándose, cuál sería el espectáculo prometido.

Entonces, el señor, de unos 45 años, comenzó a realizar suertes con la cuerda del trompo. Aquel juguetillo rosa abandonó el suelo y no lo volvió a tocar de Allende a Pino Suárez. Trucos como el carrusel, el ascensor, la vuelta al mundo, el columpio, el trapecio o la cobra aparecieron para deleite de los usuarios.

Algunos sonreían, como recordando su infancia; otros se tapaban la boca, sorprendidos; y un par más que decidieron obviar el momento, pues parecía que el juego en el celular estaba más entretenido.

El cuasi-mago del trompo lidiaba no sólo con la cuerda y su utensilio, también lo hacía con la mochila que traía sobre la espalda y la gorra, que le servía como sombrero de gala.

Cuando el metro comenzó su ingreso a la estación Pino Suárez, el encanto llegó a su fin. El mago tuvo que dar por finalizado su espectáculo, sino carecería del tiempo necesario para desfilar sobre el vagón y recibir “una moneda que no afecte su economía”.

Mientras el dueño del espectáculo caminaba rumbo al otro vagón, las caras de asombro y los recuerdos estacionados en las épocas de la niñez, se convirtieron en rostros adustos que sabían que el hechizo se había acabado y el camino a casa aún era largo.

 

 

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