Turista en mi ciudad

Hace un par de semanas viajé a un Pueblo Mágico y en la terminal de dicho pueblo vi publicidad anunciando viajes y recorridos por la Ciudad de México. “¿A qué querría alguien de provincia ir a la ciudad?”, me cuestioné. “Si yo no viviera aquí, seguramente no sentiría ninguna curiosidad por venir”, también me dije, pensando en el smog, el tráfico, la delincuencia y el ambiente godín que impera en la CDMX.

Al siguiente domingo tuve la suerte de tener que ir a trabajar al Centro Cultural España y se me hizo un poco temprano, así que ya estando cerca de la Catedral, e inmersa en una masa de turistas requemados, me pregunté por qué no entusiasmarme, como ellos, con las danzas prehispánicas, que, por cierto, nunca había visto con detenimiento, o las limpias con copal que tampoco había experimentado.

Usando un poco la imaginación, mi atuendo veraniego me hacía pasar por turista, así que me sumé a los espectadores y comencé a observar las danzas, tomar fotos y caminar con cara de sorpresa. Me posicioné tanto en mi papel de viajera que cooperé las dos veces que pasaron con el caracolito recolector y cuando uno de los danzantes me ofreció una limpia a cambio de una cooperación voluntaria, acepté, sin más.

Siendo chilanga y hasta mis veintisiempre, viví por primera vez una de las principales actividades turísticas de la ciudad. Luego de mi experimento, me fui al trabajo pues ya tenía el tiempo justo. Sólo me faltó subir la selfie en Catedral y hacer el chek in, pues el olor a copal y las buenas vibras ya las traía.

No, no es obra de Bretón, fueron mis vacaciones en la azotea, pero disfrazadas de turismo en la ciudad.

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