México: la distopía política perfecta

En 1990, Mario Vargas Llosa, definió a México como la “dictadura perfecta”. Después de una breve descripción del sistema político mexicano, el escritor peruano fue reprimido por Octavio Paz a razón de su comentario, dado que el poeta de Mixcoac había condenado las dictaduras militares en Latinoamérica, y exoneró a nuestro país como una nación ajena al totalitarismo.

Veinte siete años después, y en plena decepción de lo acontecido en las elecciones del 4 de junio, podemos decir que hoy, más que nunca, México es una distopía política en la que la hegemonía del Partido Revolucionario Institucional (PRI) nos tiene atrapados y sin opciones.


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Pero, ¿qué ha hecho tan bien el PRI? ¿Cómo funciona su maquinaria política? ¿La disciplina de sus militantes, digna de un análisis de Michel Focault? ¿Qué trampas existen al interior del sistema político? ¿Qué tan diferentes es el México del 2017 al de 1990, que describió Vargas Llosa?

I

Para empezar, debemos decir que el PRI detenta una hegemonía política en el sistema electoral. Es el partido que recibe más recursos públicos y ha establecido un régimen fiscal aceptado por el Congreso que promueve siempre una gran dádiva de dinero para el tricolor. Ninguna fuerza política puede competir contra él, en temas de dinero para campañas políticas o juegos sucios, lo que deja a la oposición en clara desventaja.

Segundo, la militancia del PRI es un ejército perfectamente ideologizado y que practica una mezcla de disciplina y complicidad con la maquinaria política, cuyo único fin es ganar. El militante promedio del PRI no tiene el más mínimo sentido de autocrítica para el partido, y si lo tiene, lo guarda para sí, en aras de que el tricolor gane. No condena los errores de Peña Nieto, los robos de Duarte, Yarrington, Moeira o Borge. No les interesa que en México existan más de 50 millones de pobres y que las políticas clientelares de su partido sean responsables de ese escenario.

No piensan que existan injusticias sobre hechos históricos como Ayotzinapa o Tlataya. Están convencidos de que la política es corrupta, de que hay que lucrar con la pobreza y la ignorancia para ganar, para obtener posiciones políticas y acceder a un pequeño cargo político o posición que les dé poder y les permita tener una fuente mínima de ingresos. Como dicen ellos “tener un pedazo del pastel”. En pocas palabras, no creen en la democracia, ni en el bien común.


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Tercero, el PRI ha promovido la creación de un sistema de partidos en el que los actores inmersos en él pelean para dividir el voto, pero nunca atacar al tricolor. Desde los pequeños partidos satélites, como Nueva Alianza, el Partido del Trabajo, o el Verde Ecologista, hasta el PRD y el PAN, y la nueva dinámica de los candidatos independientes, todos dividen al electorado pero nunca tocan al dinosaurio. Todos, inevitablemente, terminan por servirle en su posicionamiento electoral.

Cuarto, ochenta y ocho años de priismo en México han creado una sociedad apática y despolitizada. El mexicano promedio no merece ser denominado con la etiqueta de “ciudadano”, a razón de que no le interesa en lo más mínimo la política. Su postura se debe a las decepciones que se han vivido el país ante la participación ciudadana, desde 1968, a los halcones de 1971, el fraude de 1988, la decepción de la transición en el 2000, y un sin número de casos más. Sin ciudadanía, sin un electorado crítico, en cada elección, el PRI sólo manda a llamar a su viejo ejército para votar y hacerse con el poder.

II

Las elecciones, en el Estado de México, muestran, de forma clara, la maquinaria distópica del PRI en pleno funcionamiento. La campaña de Alfredo del Mazo fue la que más dinero recibió, a la par de apoyos incondicionales del gobierno federal, que lo posicionaron a pesar de la mala reputación del tricolor. El ejército priista, desde primeras horas del 4 de junio, se encontraban en la calles para votar, o vigilar las casillas, y defender a diestra siniestra a su partido. También, estaban las prácticas sucias, la compra de votos que el tricolor ha perfeccionado por 88 años.

A eso se suman otros dos factores: la división del voto y la apatía política. De un electorado de 11 millones de personas, sólo 5.5 salieron a votar, el 52 por ciento, 4 por ciento más que en 2011. Es decir, 4.5 millones de mexiquenses le dieron la victoria al partido PRI porque mandaron al demonio la elección.

También, el voto se dividió entre varios actores que no tenían la más mínima oportunidad de ganar: 11 por ciento de votos para el PAN; 17 para el PRD; 2 para una candidata independiente -con un discurso vacío-. ¡Incluso, el PT, cuyo candidato había declinado, obtuvo 1 por ciento de los votos! ¡100 mil sufragios que se fueron a la basura, porque la gente que los utilizó desconocía que no servirían para nada! Y para terminar, 2 por ciento de votos nulos.

Quizás, sería exagerado pedir a todos los votantes que supieran de ciencia política y comprendieran los mecanismos electorales de México. No obstante, es deplorable que una gran parte los ignore, y que esa ignorancia, sirva para que el PRI se siga alzando con la victoria.

III

La novela “Conversación en la Catedral”, de Vargas Llosa, empieza con una de las frases más famosas de la literatura latinoamericana: “¿En qué momento se había jodidó el Perú?”

Los mexicanos deberíamos hacernos la misma pregunta. “¿En qué momento se jodió México?” Para el escritor Antonio Ortuño, las nuevas opciones políticas pueden ser un peligro para México, sin embargo, el PRI es la garantía de la destrucción porque ese partido nos ha demostrado su incapacidad para gobernar, para atender los retos en todas las esferas de nuestro país. Y a pesar de todo, sigue obteniendo la victoria. Nos tiene atrapados y a su merced.

IV

Desde el Partido Socialista Unido de Venezuela, al Partido de los Trabajadores en Brasil; del Partido Justicialista de Argentina, hasta al Movimiento al Socialismo de Bolivia; incluso, hasta el Partido Rusia Unida, han expresado, en más de una ocasión, su admiración al PRI. ¿Por qué? ¿Cómo es posible que un partido político pueda mantener por tanto tiempo el poder, a pesar de sus errores, de su ineptitud, de su corrupción y desvergüenza? ¿Cómo hacen para conservar el poder a capa y espada?

El PRI ha sido objeto de análisis de cientos de politólogos desde su creación. Los analistas han dicho: ¡qué partido más singular, qué coopta intelectuales, qué toma elementos de la izquierda o derecha según su conveniencia, qué se alza con el poder contra todo viento y marea!

Ahora, en pleno 2017, más que estudiar al PRI, los sociólogos y politólogos deberían analizar a México como un todo. Su sistema de partidos, su oposición divida, su población apática, el ejército de militantes del tricolor sin sentido de crítica.

Porque México ya no es una dictadura, es una distopía política perfecta.

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