Soy una persona que escucha música todo el tiempo. Cuando me detengo a pensar en las horas del día que me acompañan melodías en mis oídos, contaría de cuatro a cinco. Al caminar, mientras tomo un baño, al manejar, leer o trabajar, necesito de la compañía de mis canciones favoritas.

Con orgullo, en más de una ocasión, me he llamado a mí mismo un melómano. Y la música que escucho explica a menudo mi vida y hace eco de las emociones y situaciones que estoy atravesando. Desde hace ya varios meses integré un playlist en mi celular y las canciones incluidas en él fueron por casi medio año el soundtrack de mi vida.

He perdido el número de ocasiones en que las escuché, y aun hoy, cuando las pongo, siguen diciéndome muchas cosas sobre mí, sólo que ahora en retrospectiva. En esas canciones hay mucha ansiedad e incertidumbre. Emociones que se materializaban en mí y que me dejaban a la deriva a razón de muchos retos que tenía que encarar. También había fe, ilusión y unas terribles ganas de vivir y amar.

Siempre que el tiempo y la intimidad me lo permite, me doy el gusto de gritar las letras que compusieron Jarvis Cocker, David Bowie, Keith Richards o los temas de Arcade Fire. Y siempre, no dejo de maravillarme de esa magia que posee la música, de ese vigor que encontramos en las guitarras y voces de nuestros cantantes favoritos, de esa fuerza que tienen sus composiciones y que nos llenan de energía.

Desde que inicié el año me había propuesta una meta, ésta se presentó como un reto que se prolongó en el tiempo más de lo que yo mismo esperaba, sin embargo, ha llegado. Está ahora frente a mí y el momento de tomar decisiones llegó.

Nuevos miedos me invaden, nuevos retos, para los que necesitaré valor. Las canciones de mi playlist ya no son la música que necesito en esta etapa. Y esto no significa que dejarán de gustarme, sino que ahora deberé encontrar la música para este nuevo momento.

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