Nostalgias infantiles

Andrés se levantó de la cama, no podía dormir. Miró el reloj que su mamá le había comprado con el personaje de caricatura favorito y trato de adivinar la hora. Aún era pequeño pero sus padres se habían empeñado en darle enseñanzas básicas para su futuro; una de ellas había sido aprender la hora que el aparato digital dictaba.

Se colocó al borde de la cama buscando las pantunflas de oso llegadas el diciembre pasado; las encontró y sintió la calidez del material que le recordaba las veces en que mamá lo abrazaba. Se puso de pie y salió del cuarto para ir a la sala.

Dio unos pasos cuando recordó que en la cama se había quedado el changuito de peluche que sus padres le heredaron cuando cumplió un año de nacido; desde aquel pastel de octubre, de hace cuatro otoños, el peluche lo acompañaba a todos los lados que él exploraba.

En la sala de su casa, sentados en el sillón principal, sus padres platicaban con las manos unidas. El televisor rompía la monotonía del ambiente con un sonido que parecía cuchicheo de oficina. Notaron la presencia de su hijo cuando éste se enfiló a ellos con el peluche colgando de su mano. Lo recibieron con la sonrisa más sincera que tenían y lo abrazaron al unísono como queriendo que ese momento se perpetuara en las paredes y en la memoria de la casa.

El teléfono sonó y la madre se levantó a contestar. Andrés se sentó junto a su padre y le enseñó al changuito que para ese entonces ya tenía el overol colgándole del cuerpo.

Mientras la mujer hablaba, Mario recordaba la tarde en que junto a su ahora esposa habían descubierto su fascinación por las máquinas de peluches. Aquel sábado de un julio ya pasado, caminaban tomados de la mano con la alegría del noviazgo jovial. Entre risas se detuvieron al ver un peluche que pareció hablarles con la mirada.

Se acercaron. El objeto en cuestión era un pequeño cerdo rosado con ojos redondos, enormes, y un rostro cargado de la ternura digna de un bebé. Encantados, pegaron el rostro al cristal de la máquina y escudriñaron el aparato en busca de las instrucciones.

En un costado del aparatejo de color amarillo y cristales en cuatro lados, encontraron las indicaciones, el precio y el tiempo que tenían para lograr la hazaña. Los ojos del peluche parecían decir: los espero, y eso los ánimo al grado de sumergir las manos en los bolsillos del pantalón y la cartera del conejo rosado que ella cargaba en busca de una moneda de cinco pesos.

Justo en ese momento, advirtieron la presencia de un changuito de peluche que tenía la mirada cargada hacia la izquierda y una risa enigmática que parecía tierna y maliciosa a la vez, los encantó, aunque la debilidad de ella por los cerditos los convenció.

La moneda se convirtió en un auténtico tesoro que ambos admiraron como si fuera de oro. Él le pidió a ella que fuera quien moviera la palanca que dirigía la garra para rescatar al peluche. Julia entendió el mensaje del novio que se consideraba un vetado por el azar.

Introdujo la moneda y un estruendo fue seguido de música; después vino el conteo de 15 segundos para situar la garra y soltarla. Sin estrategia clara y guiados más por diversión que por convicción, miraban cómo las manos de ella situaron el espolón sobre el peluche. Apretó el botón justo cuando escuchó la voz del novio que veía como el tiempo se consumía.

El aire fue lo único rescatado por aquella garra que regresó a su sitio de descanso ante la incredulidad de la pareja. Sucumbieron ante la descarga de frustración que sólo halló fin cuando decidieron volver a intentarlo.

Antes de introducir la moneda pensaron el lugar hacia donde dirigirían la garra para reducir el margen de error. Un zarpazo de claridad llegó a sus ojos cuando fijaron las pupilas en el changuito que parecía decirles: soy el indicado. Los sedujo su mirada y esa mezcla de ternura que desbordaba por la sonrisa.

Decididos definieron el camino a seguir. Mario introdujo la moneda y Julia se disponía a mover la palanca.

El estruendo se repitió y la música volvió a llenar el espacio, mientras Mario veía su rostro reflejado en el cristal del aparato. Julia movió con destreza la palanca y la colocó debajo del peluche que parecía expectante.

Un “se acaba el tiempo” se apoderó del ambiente, mientras la mujer apretó el botón rojo que soltaba la garra. Ésta descendió y coqueteó con el brazo del peluche que parecía cooperar con esa extensión de mano mecánica.

Mario no paró de reír ante lo que parecía imposible, pero que el azar o el destino hacían visible. El peluche llegó a la orilla y cayó por la rampa que lo sacaba al exterior del mundo que fue su máquina.

Julia lo tomó y lo abrazó como si de un hijo se tratará. Contagiada por la risa de Mario, se dejó llevar por la carga de felicidad mientras admiraba el peluche que ahora tenía en las manos.

Ambos se abrazaron para contemplarse en el cristal del fondo y por sus mentes se imaginaron la escena con un niño entre sus brazos.

Andrés jaló el brazo de su padre como recordándole que de ese momento ya habían pasado 10 años. Mario miró a su hijo y lo cargó entre sus piernas, mientras la madre se acercaba a ellos.

Sentados y con el hijo en medio de ellos, ella recordó la tarde en que compró el overol para que el changuito no anduviera desnudo por la vida. Andrés no entendía qué les sucedía a sus padres que parecían dormidos sin cerrar los ojos. Sólo ellos sabían que desde el momento en que tuvieron el peluche entre sus manos y lo bautizaron con el nombre de “changuito”, éste habría de ser el primer regalo que le harían a su hijo. El niño que hoy lo abrazaba como si nunca quisiera separarse de él.


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