Para Siempre (Parte III)

Durante los siguientes días todo empeoró. Las cosas cambiaban de lugar y en el techo de mi cuarto se escuchaba el sonido de canicas y martillos cayendo. A veces, entre los cuartos se escuchaban pisadas como si hubiera un ejército de niños corriendo por toda la casa y en ocasiones algunas siluetas blacas cruzaban entre los cuartos a plena luz del día. Llegué a confundirla con mi mamá pero cuando iba a la recámara de mis padres donde se metía, no había nada, sólo una atmósfera fría.

Procuraba pasar la menor cantidad de tiempo en casa, le inventaba cualquier pretexto a mi mamá para llegar tarde, incluso le decía que tenía que hacer tarea pese a estar ya de vacaciones, sobre todo porque cada vez era más perturbador el hecho de que nadie lo notara. Mi mamá incluso negó haberse parado en aquella noche y lo atribuyó a mi pesadilla, por lo que me recomendó que me portara bien sino quería seguir soñando con eso.


Para siempre Parte I

Tanto a mi papá como a mi hermano les preguntaba seguido si escuchaban lo mismo que yo, pero no, me tachaban de loca y decían que inventaba cosas sólo para asustarlos. Tanto me lo dijeron que hasta les creí.

Llegó el 24 de diciembre y con ello la visita de mi abuelita. Estuve esperándola desde que supe que su camión salía a las 7:00 horas. Ella me creería, no me tildaría de loca y trataría de ayudarme a entender lo que estaba pasando con los ruidos, la sensación de miradas que me perseguían por toda la casa, así como la extraña cosquilla que sentía en mi cabeza y mis hombros cada vez que estaba en la mancha de la sala.

Cuando vi a mi abuelita bajar del taxi corrí para saludarla, sin embargo, en cuanto abrí la puerta ella se quedó parada, petrificada, como si algo le impidiera pasar. Ni siquiera volteó a verme para abrazarme, sus ojos recorrían el marco de la puerta y después los cuartos de la primer planta hasta que se detuvo en la sala, en la mancha.

–Tenemos que irnos de aquí cuanto antes– dijo sin bajar sus cosas.

–¿Qué dices, abue?– respondí sin entender nada.

–Vámonos, ahorita que todavía no está tan fuerte– replicó con susto.

Una mano tocó mi hombro y con sorpresa me di cuenta de que era mi mamá. Ella convenció a mi abuelita de pasar. La tranquilizó un poco, a final de cuentas, sabía cómo tratar a su propia madre a pesar de ser tan diferentes. Mi abuelita, por ejemplo, era fiel creyente de los santos, la religión y el más allá; en cambio mi madre era escéptica por completo y se había reforzado más, según mi propia abuela, cuando estudió piscología en la Universidad de Guanajuato, aunque nunca ejerció debido a que se casó con mi papá en el último semestre.

Nunca había visto a mi abuelita tan nerviosa. La pierna derecha le temblaba tanto que hacía saltar su bolsa de mano. Trataba de tranquilizarse con el té que mi mamá le sirvió, pero era inútil.

–¿Por qué Eduardo te trajo a esta casa, Dulce?– cuestionó mi abuelita.

–Porque no le queda muy lejos del trabajo. Es céntrica esta zona y me da tiempo para tomar natación en la delegación Cuauhtémoc, además estuvo más barata que otras casas, incluso que varios departamentos de por aquí– dijo mi mamá sin ninguna preocupación.

–No debieron venirse para la Ciudad, mucho menos a esta casa. Hay algo que no me gusta de este lugar. Tiene una vibra muy pesada.

–¡Ya vas a empezar, mamá! Tú y tus cosas. Ya te he dicho que no existe eso y ahora hasta Victoria lo cree. Anda inventando historias de que se mueven las cosas, que cambian de lugar y que hasta se pasean personas adentro– replicó mi mamá.


Para siempre II

Mi abuelita sabía quién era su hija. No quiso discutir más y le dijo a mi mamá que quería ir a comprar fruta. Ella se ofreció a acompañarla al Mercado de San Cosme pero mi abuelita prefirió que fuera yo y así lo hicimos. En el camino, me preguntó sobre lo que veía y escuchaba. Puso atención a cada palabra que le conté sin interrumpirme ni una sola vez. Le hablé de cómo se prendían las televisiones a distintas horas y cómo se cerraban las puertas, sobre todo en la noche.

Ya en el mercado, mi abuela fue con una hierbera. Le pidió una botellita de un líquido rosa y unas plantas secas que escondió entre la fruta para que no se diera cuenta mi mamá. De regreso me dijo que fuera fuerte porque yo era más susceptible de ver ese tipo de cosas. Me contó de que, como a mí, a ella nadie le creía cuando hablaba de las sombras que se asomaban entre las criptas del Templo Expiatorio, ni de las personas que veía en los nichos del panteón, muchas veces con los ojos en blanco y la boca seca.

–Me tenía que voltear y sólo así desaparecían. Aunque a veces eso no funcionaba y aunque ya no estuvieran ahí, se ponían justo a mi lado o en frente. Era algo que nunca pude controlar y que a veces todavía veo.

–¿Y cómo le hago para ya no ver?– respondí.

–Ahorita llegando vamos echar esta agüita que sirve para sacar a los malos espíritus, y estas ramitas son para tu cama, las pones abajo y te van a dejar de molestar esos ruidos.

Sus consejos me calmaron y en un momento que mi mamá salió a comprar unas viandas, mi abuelita aprovechó para echar el agua rosa y rezar un “Padre Nuestro” y un “Ave María”.

Esa noche la pasamos muy bien, disfrutamos de la cena y los juegos que hacíamos como cuando estábamos en León. Los siguientes tres días que ella estuvo en la casa también estuvieron normales, como al principio. Mi abuelita dormía conmigo y no sentí más miradas hasta la última noche que ella estuvo.

Eran poco después de la 1 de la mañana cuando me desperté. Vi mi reloj del buró y me alarmó el sentir una presión en el pecho. Voltée a ver a mi abuela y ella seguía dormida. A lo lejos, unos rechinidos se escuchaban, venían de la sala. Lo que hice fue acostarme y taparme con las cobijas, me abracé fuerte a mi abuelita pero cuando la tomé, me di cuenta de que estaba muerta, más que muerta, estaba momificada. Me levanté gritando de inmediato pero just  detrás de mí estaba esa criatura, la misma de mi sueño. El tremendo animal producía unos gemidos extraños y sentía su saliva en mi hombro. Apreté muy fuerte mis ojos pero sentía unas pequeñas hormigas entre mis parpados que me obligaban a verlo, ahí estaba, justo delante de mí.

Sus horribles brazos me acechaban y perfecto vi que en las astas de su cabeza estaban los cráneos de mi familia. Grité desesperadamente y traté de ponerme de pie para salir cuanto antes del cuarto y de la casa, sin embargo, en cuanto crucé la puerta me di cuenta que todo el lugar estaba cubierto de sangre, con los cuerpos de todos mis seres queridos tirados en el suelo. La bestía me tomó de la pierna y volví a ver sus ojos rojos, brillantes, puestos al costado de su hocico como de caballo que lo dislocaba cada vez que lo abría.

–Hija, despierta. Tranquila, aquí estoy– me dijo mi abuelita con la cara angustiada –fue un sueño, Vicky, no pasa nada, aquí estoy.

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