Destruir el sol

El a está hecho ceniza y brotan cuerpos de un suelo desgastado.

Las manos sangran de vacío,

el tiempo sufre sus propios pasos.

 

Palpé mi vida en la herida abierta al espesor del mundo.

 

Dejé a la deriva los recuerdos:

volvieron con las plumas de pájaros famélicos

bañados de una luz que ciega.

 

Conocí un fuego que ya no abrasa,

me quedé en pausa con los brazos abiertos

y la mirada atenta a la maquinaria del caos.

 

El futuro se desliza entre las fauces de la nada.

 

¿Cómo no encaminarme a mi muerte y no regar lamentos por esta tierra egoísta?

¿Qué hago para que la memoria ilumine más que restos dolientes?

 

Ni las larvas del olvido saben de fallecimiento.

Crecen.

Brillan a través de un halo de sangre disecada.

Domestican la muerte.

 

Destruir el sol no es suficiente.

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    Por: Adriana Dorantes

    Es maestra en Literatura Hispanoamericana. Primer lugar del Certamen Relámpago Internacional de Poesía Bernardo Ruiz, 2009. Ha colaborado en algunas revistas impresas y digitales y suplementos culturales con poesía y artículos sobre literatura, como: Destiempos, Dos Disparos, Valenciana, Mexicanísimo, Casa del Tiempo, Moria, Revarena, entre otras. Autora de los libros de poemas Quién Vive (UAM, México, 2012) y Entre mares alados (Ediciones y punto, México 2014) y del libro de cuentos Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (Sediento, México, 2014). Segundo lugar del Torneo de Poesía Adversario en el Cuadrilátero 2015.

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