Rius… alfa y omega de la caricatura mexicana

Transcurría mi infancia. Yo tenía unos 12 años cuando me sentaba a leer el periódico con mi papá. Nunca tuvo uno favorito, aún así, yo siempre me iba a la sección de caricaturas; los monos me encantaban, en especial los que parecían más dibujados por mí que por grandes maestros autodidactas que durante su vida crearon mundos, biblias enteras capaces de retratar a México, su política y su vida cotidiana, tal y como lo hizo Rius.

Debo confesar que fue durante mi etapa universitaria cuando empecé a consumir más del trabajo realizado por Eduardo Humberto del Río García y otros imprescindibles de la caricatura nacional, herederos de la venerable tradición construida por José Guadalupe Posada desde el siglo XIX.

Mi época de coincidir ideológicamente con El Chamuco y La Jornada llegó y se volvieron lecturas obligadas sus intervenciones que, con ironía, sarcasmo, e incluso, cierta petulancia, hacía referencia a la clase política y las coyunturas sociales a través de sus Supermachos, Los Agachados y muchos otros personajes como Caltzontzin, a quienes conocí por mis visitas al Museo del Estanquillo.

Distintas exposiciones de sus dibujos (que probablemente en un futuro reciban un reconocimiento diferente) me hicieron ver el sencillo pero contundente lenguaje construido por Rius y que influyó, no sólo en la formación de moneros como José Hernández o Rafael Barajas, sino en el entendimiento de la “polaca” mexicana para la raza que no muchas veces se informa con letras, sino con imágenes, o en este caso, con trazos deformes, que exaltan lo peor de la clase política.

No por nada fue visto por Carlos Monsiváis como otro modelo educativo: “En México existen tres sistemas educativos nacionales: la Secretaría de Educación Pública, Televisa y Rius”, dice la frase del cronista a quien seguro le dará gusto ver en el otro allá, en el principio caótico, aquel que cuando Rius llegó lo puso peor, según El Evangelio de San Garabato, escrito por el Fisgón.

Por ello, la huella del michoacano nacido el 20 de junio de 1934, es imposible de rellenar, no sólo por tener incontables obras publicadas en diferentes editoriales entre las que destacan Marx para principiantes (Debolsillo, 1977), Santo PRI, líbranos del PAN (Grijalbo, 2011), La Biblia, esa linda tontería (Grijalbo, 1996), Rius en pedacitos: una antología personal de dibujos (Almadía 2014), sin dejar de mencionar los periódicos en los que colaboró y las revistas que vieron la luz por su imparable trabajo.

Hoy la luz se apagó para “el ateo más cristiano” en Tepoztlán, Morelos, sin embargo, a diferencia de otros nombres, su leyenda empezó desde hace más de 60 años entre dibujos, frases y libros de referencia obligada. Su trayectoria fue reconocida por múltiples premios de periodismo, por muchas personalidades del ámbito público y privado, y especialmente, por la gente que, con su pluma, recibimos clases de civismo sin querer.

Descanse en paz Eduardo Humberto del Río García “Rius”.

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