Una rola al día: manual de uso

Uno de los eventos más sobrenaturales para mí, es encontrar personas que piensan que la música no es importante. Esta extrañeza se remonta a mis años como adolescente, cuando cursaba el bachillerato, y la música se presentó como uno de los elementos más vitales, de los que me dieron identidad.

Charles Baudelaire decía que la música excava el cielo, aunque yo también considero que se adentra al interior de nuestras vidas, nuestra memoria, deseos, emociones y anhelos. Después de todo, ¿acaso no en más de una canción, letra o melodía, hemos encontrado lo que sentíamos la primera vez que viajamos o pasamos un buen rato con nuestros amigos? ¿Las ocasiones que descubrimos nuestra capacidad de amar y nuestro deseo de unirnos a otra persona?

Lo que recuerdo de la adolescencia son años de confusión y otredad autoimpuesta. Todos los jóvenes nos rebelamos ante nosotros mismos como un mar de dudas y preguntas sobre quiénes somos, qué nos gusta y cómo deseamos manifestar nuestras primeras experiencias. En esos años están los primeros enamoramientos, las consecuencias de nuestras decisiones, el sabor desconocido de la victoria y el sentir inédito de la derrota.

En esa retrospectiva de mi pasado, están cientos de canciones que escuché, una vez tras otra, que describieron mi vida. Música que va desde el jazz, rock, blues, salsa, metal o música mexicana. Por lo que para mí, la vida, además de tener color y sabor, también tiene ritmo, letra y melodía.  

Y hasta estos días, cuando una de esas canciones vuelve alcanzar mis oídos, a la forma del té de Marcel Proust, mi memoria presenta ante mí una vez los momentos que acompañaron esos sonidos.

Al oír a Lou Reed me veo caminar por primera vez a solas con mis amigos por la Ciudad de México. Led Zeppelin me recuerda los años de una banda de rock en la que toqué durante la preparatoria. Javiera Mena trae a mí mente la imagen de una chica de la que estuve enamorado por muchos años y con la que tuve uno de los mejores bailes de mi vida. Dave Brubeck me suena a las calles de Praga y algunos rincones de Londres. Sergio Mendez a una plática que tuve con una dama en Panamá. El General a películas que veía los domingos con mi familia cuando era un niño.

La música termina por ser memoria, recuerdo y posibilidad. Su ritmo, es el ritmo de nuestras vidas. ¿Por qué no rescatar las experiencias vividas, nuestros momentos, con esas canciones que nos han marcado, que hoy nos gustan y nos hacen mover la cabeza y sentir un suspiro de felicidad, melancolía y tristeza?

Esa es la misión de esta nueva sección de El Tecolote. Unir la música a las letras, al contar historia, rescatar memorias y revivir recuerdos.

Así que tenga aquí, querida lectora y estimado lector, una canción (a los tecolotes nos gusta la palabra rola) cada día. Conozca qué significa para quien escribe cada entrada y comparta con nosotros nuestras historias. Lo único que deseamos, es ponerle ritmo y sonido, a este evento extraño que es el vivir. Que una  a sus experiencias sus propias canciones, mientras le compartimos las nuestras.

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