Y volver, volver

No es la primera ocasión en la que escribo acerca de volver. Se puede volver a ser el de antes, a tropezar con las mismas piedras, a los lugares donde uno fue feliz, a donde amó, a donde odió y a donde sufrió, pero quizá mejor que nada sea volver a donde uno aprendió y creció.

Y es que creo que para mí no hay ejemplo más emblemático que el de la UNAM, pues es donde me formé como profesionista y como persona, y sí, también donde experimenté las más intensas sensaciones.

Hace un par de semanas volví, tras más de un año de haber dejado por completo las aulas, tanto como alumna como profesora adjunta, y sentí la nostalgia universitaria quemándome la piel. Fue al mismo tiempo una herida abierta y el ungüento.

Y es que volver a subir la rampa de la facultad es recordar las cálidas tardes en las que obligaba a mis piernas a ir más rápido para llegar a tiempo.

Foto: Diana Ramírez.

Pasar por el kiosco es volver a sentir el despertar del apetito cuando llegaba a la facultad después de una sesión de entrenamiento.

Recorrer el jardín digital es sentir la emoción de ver las mejoras de la facultad y sentarme a organizar trabajos en equipo o a comer con alguna amiga, a platicarnos nuestros planes que aún parecían tan lejanos.

Mirar las bancas de piedra es recordar viejos amores que se han ido y que pensé, durarían para siempre.

Caminar por los pasillos es evocar a aquella adolescente de nuevo ingreso cuyo temor más grande era elegir un camino errado.

Foto: Diana Ramírez.

Ir a la Ciudad Universitaria en viernes, por su parte, fue un resueno de la importancia del tiempo, una advertencia de que no vuelve y de lo veloz que corre.

Volver a las islas es quizá el recordatorio más grande de lo que se siente no traer dinero en la bolsa y tener mucha, mucha hambre de mundo, de vida, de todo.

Mi visita a la universidad fue corta, sin embargo, no hubo segundo en el que dejará de reflexionar acerca de lo que soy y lo que fui, de lo que quiero ser y de lo inmensa que es mi UNAM en todos los sentidos. Me sentí abrumada en más de una ocasión, pero al final del día llegué a la única conclusión a la que se puede llegar después de un día pletórico de nostalgia y recuerdos: es preciso volver, volver, volver.

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