Siempre que escucho Arcade Fire recuerdo a Jessica. La conocí una tarde, en la Facultad de Filosofía y Letras, después de presentar una ponencia literaria.

Durante la lectura de mi texto pude observar cómo ella me miraba con atención y admiración. Sus ojos sobre mí, me hicieron sentir feliz, incluso, galante. Cuando el evento terminó, se acercó a mí y me pareció natural invitarla a tomar un café.

Para mi sorpresa, ella aceptó sin dudar. Platicamos por un par de horas y después me dio su teléfono. Con el tiempo, empecé a escribirle y entre ella y yo inició un sinfín de coqueteos. Unos meses después la invité a desayunar al Centro Histórico y hablamos por horas. En ese tiempo, ella me habló de un libro genial de un conocido autor español, era un texto literario que rendía honor a los perros como amigos del hombre. Y en menos de un segundo nos encontrábamos en una librería donde ella lo compró y me lo regaló. Quedé atónito.

Hasta ese momento nada había pasado entre nosotros, pero mientras caminábamos al metro para despedirnos, me había nacido el deseo de besarla. No obstante, decidí esperar hasta nuestro siguiente encuentro, cuando me invitó a una exposición que montó en una estación del Metro con ayuda del INAH.

Esa tarde, mientras me mostraba y explicaba cada anaquel de la expo, me dijo, con un tono incomodo, que otro de los guías era su novio. El comentario no me molestó, y creo que mi expresión fue muy serena, al grado que sin que se lo pidiera, ella trató de darme una explicación: “pero, bueno, tenemos muchos problemas, creo que pronto vamos a terminar…” Esas palabras las dijo con una expresión de justificación y disculpa, como para evitar que yo me enojara. Ante eso sólo le sonreí y seguimos con el resto de las piezas.

Una semana después le marqué y la invite a comer. Ella aceptó y ese día salimos por el centro. Sin desearlo bebimos de más y pronto nos encontramos bajo la tensión que se tejía entre nosotros. Nos deseábamos. Deseábamos mutuamente nuestros besos y nuestros cuerpos. No resistimos mucho y como teníamos un poco de dinero en el bolsillo, terminamos en un hotel para hacer el amor. Después, caminamos de nuevo a una estación del metro y nos despedimos con un beso largo.

No volví a verla hasta dentro de dos meses. Sin embargo, en todo ese tiempo la imagen de su cuerpo me seducía, deseaba volver a sentir su calor. Decidido, le marqué y le dije que nos viéramos. Ella aceptó.

A pesar de que nos recibimos con un beso igual de profundo que el de nuestro último encuentro, ella me dijo que no haríamos el amor esa tarde. Su comentario lo dijo con mucha convicción, al grado que no toqué más el tema. Después de caminar unas manzanas por la ciudad, decidimos entrar a un bar que parecía amigable, la música era buena y nos sentamos para tomar una cerveza.

Por debajo de la mesa, ella subió su pierna sobre mi rodilla, la cual estaba cubierta en su totalidad por la falda larga que vestía esa noche. Con serenidad, metí mi mano entre sus piernas hasta sentir su sexo, estaba húmedo, caliente. Ante una sonrisa mía, me dijo “Me encanta el calor de tu manos”. Después, noté que en mis oídos sonaba la canción Wake Up, de Arcade Fire. Lo que hizo espectacular al momento.

Una vez que terminamos nuestra cerveza, dejamos el bar. La acompañe de nuevo al metro y nos despedimos. No he vuelto a verla, pero, para mí, su recuerdo se liga a la música de la banda de Montreal. A su voz, a su calidez y la delicia que era pasar el tiempo con ella.

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