Ayotzinapa, sus tristes lecciones III

III.- Los límites de la indignación

Toda sociedad del mundo, sin importar su credo, continente o ideología, puede vivir por largo tiempo en la resignación y el estoicismo. Puede negarse a ver la realidad que impera en su comunidad y ensimismarse en su espacio privado, al intentar pensar que su bien individual es suficiente mientras tenga algo a lo que aferrarse. No obstante, a pesar de las infamias, el autoritarismo y el hambre, llega un punto en que todo explota como un cataclismo.

Casi siempre, aquella chispa que inicia el incendio es algo tan simple y anodino en comparación a todo lo resistido en el pasado; hecho que no deja de sorprender a los estudiosos y analistas de la sociedad y saber por qué ese evento se transformó en el comienzo de un cambio.


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Los ejemplos son amplios y variados. La negación de la aristocracia y el clero por permitir al Tercer Estado participar en una sesión de la Asamblea General de Francia en 1789, que desencadenó la revolución francesa y la declaración de los derechos del hombre. El asesinato de un joven por los militares del gobierno persa en 1979, lo cual significó el fin del régimen del Sha en Irán. La inmolación de un estudiante tunecino, a razón de una golpiza y humillación que le propinó la policía en 2010, cuando lo único que él deseaba era vender frutas para obtener dinero para sobrevivir.

Aquel punto en que la gente dice “basta”, podemos señalarlo como los límites de la indignación. Y es que es precisamente cuando el gobierno usa un poder desmedido y abusa de su gente aun en las acciones más simples, es donde se comprende todas las penurias y desgraciadas que esa sociedad ha aceptado.


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México ha vivido el 2 de octubre de 1968, la matanza de Corpus de 1971, Acteal y Tlataya, violaciones de derechos humanos en Atenco, crisis económicas en 1976, 1982, 1987 y 1994, atentados contra la democracia con Salinas de Gortari y Vicente Fox, hasta que Ayotzinapa fue la gota que derramó el vaso.

Como nunca, la tragedia conmovió a la gente, debido a que nos develó que la muerte violenta e impune es una posibilidad cercana para todos nosotros y que, incluso, el más diminuto de los políticos puede asesinarnos.

Cuando la gente expresa que la máxima culpa de este suceso recae en el Estado, no se refieren a que Enrique Peña Nieto haya ordenado y orquestado la matanza. Lo que se señala es que es precisamente ese juego de corrupción, negación del dialogo y evasión de los problemas de la sociedad, que ejercen tanto el PRI, el PAN y PRD, es lo que ha causado este evento. En ese sentido, la convocatoria de protesta como la que tuvo éste suceso sorprendió a todos. Y a pesar de que las calles se llenaron de ríos de hombres y mujeres, el gobierno parece no reaccionar y muestra que desea volver actuar como lo hizo en el pasado.

A tres años del suceso, no se debe ser un genio para asimilar que nuestros gobernantes y la clase política del país no están con nosotros, además de entender que depende de los ciudadanos mexicanos superar lo cíclico de la historia y nuestras tragedias, o ¿es que Ayotzinapa no ha sido nuestro límite?

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