La hiperrealidad política: el 1-O y la independencia de Cataluña

Diez de octubre de 2017. La luz del sol empieza a ocultarse en la ciudad de Barcelona y toda la población catalana está atenta a un anuncio que dará la Generalitat (gobierno) de la provincia española. En el estrado se visualiza a Carles Puigdemont, máxima autoridad política de Cataluña, quien empieza a dar un discurso. Los nervios de todos están desbordándose en la provincia mediterránea –no, no sólo en la provincia, en todo el Reino de España-.

Se escucha a Puigdemont decir lo siguiente:

“Asumo el mandato del pueblo de que Cataluña se convierta en un Estado independiente en forma de república”.

Su frase es interrumpida por más de treinta segundos de aplausos, “¡ocurrió!”, piensan todos, el Estado español ha sufrido una desintegración y ha perdido una de sus territorialidades más icónicas. “¿Cómo responder a este evento? ¿Qué hacer?” A pesar de que ambas preguntas plantean una encrucijada terrible, no es necesario encontrar una respuesta, ni siquiera empezar a plantearla. Una vez terminados los aplausos, Puigdemont suelta la siguiente frase:

“Propongo que el Parlament suspenda los efectos de la declaración de independencia para que en las próximas semanas emprendamos el diálogo.”

La frase genera la confusión: ¡¿qué demonios ha pasado?!

Esa es la interrogante en la cabeza de todos.

II

Desde el siglo X, Cataluña ha sido una provincia con un ethos social consolidado. Si bien tenía un pasado hispánico, herencia del Imperio Carolingio al que alguna vez perteneció, la provincia desarrolló una lengua, hábitos y rasgos culturales que siempre los han dotado de una identidad. A pesar de esta autonomía e identidad cultural, desde hace más de ocho siglos, su historia ha estado ligada al desarrollo de España como nación. Desde los acuerdos de Ramiro II de Aragón y Ramón Bernguer IV de Barcelona, la ciudad ha formado parte de España. De la Paz de Westfalia, a las Guerras Napoleónicas y el Congreso de Viena. De dos guerras mundiales a la Guerra Civil y el Franquismo, Cataluña es parte de la historia de esa nación.

III

La confrontación hacia lo español en el corazón de los catalanes nace de grandes períodos en los que el gobierno central de Madrid se ha comportado como un cretino con la provincia. El siglo XX representa un período en el que Madrid negó la identidad catalana, hecatombe que alcanza su máxima deslatad en los años del Franquismo, período en que el ataque a esta cultura alcanzó los límites de lo soez.

Durante el franquismo se prohibió la lengua catalana y su uso público. La dictadura presentó una política gubernamental para negar una sociedad y su cultura. El sentimiento de resentimiento acrecentó una emoción y capital que aún en nuestros días es un susceptible de ser manipulado por intereses políticos.

A la par de las groserías de Madrid, Cataluña siempre se ha reconocido a sí misma como una provincia rica y estratégica. Los catalanes sienten un gran orgullo por sus hábitos sociales, por su visión empresarial que ha construido una de las regiones más ricas a orillas del Mar Mediterráneo. Se reconocen a sí mismos como trabajadores, visionarios y ahorradores. En ocasiones, ese auge y riqueza económica los ha hecho tener la idea de que estarían mejor solos que formando parte del Reino de España. He ahí un área de oportunidad para manipular intereses políticos. Para catalizar una crisis política.

IV

“Me parece que el tipo se ha ahogado en un charco del que ya no sabe cómo salir”. Es la opinión que se ve y escucha el día de hoy en boca de un catalán, en un vídeo de un reconocido diario español. Cataluña se proclamó ayer como República independiente. Sin embargo, en menos de un minuto la Generalitat indicó que pedirían suspender esa acción a su parlamento para hacer: ¿un cesionismo más organizado?

El 11 de octubre Cataluña no tiene la más mínima idea de su estatus político como territorio. El gobierno de Madrid ha pedido a Cataluña que aclaré lo que ha pasado el 10 de octubre. La Generalitat no ha externado nada.

El silencio de la Generalitat se debe a lo cruento y dudoso del proceso. El referéndum se ha dado de una forma oscura y ajena a la idea de la democracia occidental y europea. Desde la petición turbia, en marzo de este año, de material electoral al gobierno central, hasta la aprobación inconstitucional de la Ley del Referéndum por el parlamento catalán el 6 de septiembre, la Generalitat y las instituciones catalanas han demostrado un comportamiento anti transparente para una nación democrática. Han manipulado las instituciones del gobierno y su poder político, violando o ignorando la Constitución Española, en aras de consolidar el mecanismo vinculante que les den la independencia que desean.

El gobierno de Madrid ha reprobado estas acciones, y a pesar del uso de fuerza policiaca el pasado 4 de octubre – que fue muy cuestionado-, algo es tangible para todos respecto al referéndum: se dio en condiciones dudosas, antidemocráticas e inconstitucionales para una república. Los catalanes lo saben. El resto de España también. La Unión Europea y el Consejo de Europa han reprobado este proceso. Las empresas han iniciado una fuga de capitales y el futuro de una Cataluña independiente es ahora oscuro y dudoso, quizás, ahora pinta más negativo que positivo.

El gobierno central de Madrid ha pedido a Puigdemont que aclaré si ha proclamado la independencia o no. De ser así, tendría que operacionalizarse el artículo 155 de la Constitución Española. Si Puigdemont acepta que la independencia se ha proclamado, el gobierno español iniciaría la suspensión de la autoridad de distintas instituciones de la Generalitat por incumplir sus obligaciones con el gobierno central, en pocas palabras, la Generalitat y Parlament estarían a expensas de perder su autoridad política y el gobierno central podría intervenir en Cataluña.

De ahí la lógica del silencio del Puigdemont. De ahí que ahora cada palabra o acción pueda tener una reacción en cadena capaz de destruir en segundos una nación entera, España, de forma semejante a que lo haría un arma nuclear.

El referedum del 1-O nos ha mostrado una nueva posibilidad de la política, el rostro de la hiperrealidad.

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