Wannabeat

Me levanto rayando el medio día, el sol se cuela por la ventana golpeando mi maltrecho rostro, restos de anís y caña en sus respectivos envases son mi única compañía. ¡Toc! ¡Toc!, El ruido viene de la puerta, el miedo invade mi espíritu al pensar que se trate de la policía o de algún rufián que viene a cobrarme alguna osadía.

¿Quién llama, ah? Pregunto con voz trémula, el alma me vuelve al cuerpo al oír la voz de mi madre que me pregunta si deseo almorzar. Le digo que sí, pero con la condición de que me sirva la comida fría, un poeta maldito debe mantenerse alejado de ciertas comodidades que puedan inhibir su potencial creativo, siempre me esmero por mantenerme inmerso en la tragedia.

Devoré el almuerzo y después de recibir mi domingo, salí a caminar por las calles del centro, sin rumbo fijo, mientras repensaba algunos pasajes de mi novela En la vereda, una obra posmoderna sobre mis recorridos a través de las doce líneas del metro en las que viajé, siempre pasando debajo de los torniquetes, jamás compré un boleto ni hice una recarga en aquellos dos días que duró el trayecto; esta novela me lanzaría a la fama intelectual, junto con Los vagos del karma.

Sin notarlo, tropecé con un puesto de periódicos, eché un vistazo y cuando vi al dependiente distraído, procedí a robar un ejemplar de Kalimán y otro de Cosmopolitan, al mismísimo estilo de un “investigador incivilizado”. Me repetí durante cuatro cuadras lo sensacional que era y lo afortunados que eran mis amigos de tener a un tipo como yo por coetáneo. Después de algunos minutos de andar sobre Madero, me detuve sin motivo aparente, como si el universo quisiera mostrarme algo.

Miré a mi alrededor y me encontré con puros idiotas, sentía asco y lástima por todas esas personas que se encontraban conmigo y no veían mi genialidad, pobres insectos incapaces de reconocer a un artista, ni siquiera por el sombrero, la chaqueta, el aliento etílico y toda la combinación extravagante.

Pero tranquilo, poeta, algún día, algún día estos bastardos te adorarán, las mujeres se vendrán a chorros sólo con oír tu nombre, y tú, (o sea yo) el último de los poetas malditos, estarás brindando con ajenjo en el más profundo de los infiernos, junto a Baudelaire, Bukowski, y por supuesto, Kerouac… La amargura es mi sombra, la lluvia son mis lágrimas y la noche es mi alma… porque soy el último, el último de los poetas malditos… When a woman, loves a men… la la la la…

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    Por: Juan Razo

    Es Malabarista, equilibrista, sociólogo en formación, aprendiz de todo y oficial de nada. Ha presentado ponencias sobre el malabarista como sujeto social en la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL) y en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH). Recientemente ha incursionado en la sociología de la religión con una ponencia en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM

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