Cuando las canciones se convierten en tu crush

Son las 7:48 de la mañana y suena la alarma; estiro el brazo para alcanzarla y posponerla 10 minutos más mientras imagino que, con ese mínimo tiempo podré recuperar parte del sueño que el insomnio me robo en la noche, como si fuera mi fiel amante.

Me dispongo a levantarme de mi cama y comenzar el ritual de todos los días: elegir la canción adecuada para iniciar el día o al menos para meterme a bañar, y recuerdo que, a pesar de mi pésima noche, los días se tornan buenos o malos dependiendo de nuestra actitud.


Me pierdo contigo.


Por ello, me dispongo a escuchar una canción de soul llamada “Feelings” de Vigon Bamy Jay, un trío que es realmente poco conocido pero que tiene un estilo único y, sobre todo, una deliciosa combinación del soul de antes, con tintes rítmicos similares al pop; generando una composición exquisita para los oídos.

Transcurre el día y asisto a mis actividades correspondientes. Repito la canción una y otra vez, como cuando un tema te flecha y la terminas reproduciendo todo el día, sin importar la hora, porque es adecuada para los trayectos, para escribir, leer, caminar o simplemente para hacer compañía, como si se transformara en un amigo con quien estar.

Continúo leyendo, escribiendo y llega un punto en el que siento fatiga; el insomnio de la noche anterior está haciendo estragos en mí.


Revive: Dandrómeda, la chica galáctica.


Comienzo por distraerme, mirando a un punto fijo; prosigo levantándome de mi asiento y me dispongo a caminar por el área, luchando conmigo misma para no dejarme vencer por la fatiga, mientras no deja de sonar la canción que me ha acompañado desde el comienzo del día.

Al final, derrotada por el cansancio, me pongo los audífonos y me arrojo al sillón para descansar mis ojos, y hago memoria de todas las veces en que he sentido una obsesión o, como ahora lo llamamos, un “crush” con alguna canción, la que puede ser el reflejo de cómo nos sentimos, pero que logra hipnotizarnos a través de sus letras o ritmos.

Dejo mis audífonos en mi escritorio, le doy un fuerte abrazo a Dorota, mi gata, y decido tenderme en mi cama, esperando tener un encuentro con Morfeo en lugar de con insomnio, para volver a comenzar un día con una nueva canción o playlist preparada para cada situación o sentimiento que se me presente en el momento.

Dandrómeda, la chica galáctica

Tengo 23 años y definitivamente no crecí con la música de Zoe como probablemente sus hermanos mayores lo hicieron, si es que llegaron a ser fans del rock alternativo en español, pero de algo estoy muy segura: casi todos hemos escuchado alguna canción de ellos.

Recuerdo que los había escuchado, por primera vez, cuando iba a la secundaria con una canción poco conocida para los que no eran sus seguidores, pero para los que los seguían se había convertido en un hit.

Mi tía era una ferviente fan. Recuerdo cuando llegué a casa y la escuché cantando “Dead”, una canción que combina perfectamente los amplificadores de la guitarra con la batería, además de una letra que hablaba del desamor, como generalmente ocurre, pero que lo hacía de manera diferente porque ocupaba frases como “lágrimas de láser”, “se me escurre el diablo”, “membrana azul”, entre otras cosas galácticas.

Posteriormente, en el Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH), me convertí en una chica que usaba collares con figuras de hongos, estrellas, lunas y esas ondas del universo. Mis estados de Messenger eran estrofas de canciones de Zoe y tenía un crush más allá de “Te soñé”, canción típica de los enamorados adolescentes y que me dedicaron más de una vez.

Para la universidad era una mezcla de “Corazón atómico”, “Últimos días”, “Miel” y todas las canciones que, conforme iba creciendo, lograban que me identificara con ellas, volviéndose un soundtrack que ocupo todos los días.

Pero lo más increíble que me pasó al crecer con la música de Zoe, fue cuando un hombre leyó, en una red social, dos frases escritas por mí: “ya no me destruyas, mejor desaparece” y “pensamiento alienígena”; la primera fungió como desahogo y la segunda como esperanza por parte de una de las canciones más simbólicas para mí. Rápidamente me escribió un mensaje en el cual me llamaba Dandrómeda en referencia a la canción titulada “Andrómeda”.

Él era una persona que me saludaba de vez en cuando por los amigos en común que teníamos, pero a partir de ese mensaje tuvimos extensas pláticas. Me convertí en la chica galáctica, a la que recordaba con alguna de canción o incluso con frases.

Sin embargo, lo mejor que ese hombre hizo por mí fue jamás dedicarme una canción de una agrupación que me fascinaba, ninguna canción que me recordara a él o a nuestras conversaciones -bastante simples-, pero que me hacían compañía cuando atravesaba por momentos difíciles; logrando que lo recuerde con júbilo, pero sin ningún sentimiento más que de gratitud, pues, me dijo sin decir:

“Déjame verte caer, déjame entrar en tus sueños”.

Tetos in love

Probablemente han escuchado que ahora la gente comparte sus playlist con sus amigos para que puedan sentir que tienen a la otra persona cerca de ustedes; por supuesto que esto también sucede cuando tienes una relación y deciden crear una playlist con todos los temas de amor que tienen para dedicarse.

Generalmente, en estas dos situaciones,  – no digo que siempre – suceden estas dos cosas. Si generan un contenido colaborativo, como el que yo hice con mi mejor amigo y mi mejor amiga, la primera semana están emocionados por poner lo que les gusta en ese playlist y posterior a eso, la vamos olvidando.

Ahora, muy de vez en cuando, aparece que alguien ha agregado una canción, y siendo muy franca ya no acostumbro escuchar música que no genera una emoción en mí porque cada uno tiene gustos distintos; uno escuchaba música clásica, otro pop, y en mi caso, rock e indie; por lo que esa recopilación resultaba poco atractiva.

Sin embargo, la otra situación es completamente distinta y hasta significativa: la playlist que creas con tu pareja. Yo tenía una con la persona que salía, se titulaba de una forma muy peculiar: tetos in love; cada uno ponía empeño en mandar las canciones adecuadas para que pudiéramos transmitir, de la forma más tangible, nuestro amor o atracción, y nos sirvió para poder esclarecer lo que queríamos ser o no…

Canciones como “Bonita” de Cabas; “Roma” de Torreblanca; “I follow rivers” de Lykke Li; “Contigo” de Los Panchos, entre otras hermosas letras con increíbles historias, componían nuestro repertorio; no importaba el género, lo importante era tener la mejor recopilación para poder hacernos compañía cuando no estuviéramos juntos. Y me pongo a pensar, ¿cuántos de ustedes no han hecho lo mismo con sus parejas? Creo que desde la época de nuestros padres, con los famosos cassettes o nuestros abuelos con las serenatas.

Lo difícil es cuando termina la relación, no como la recopilación de nuestros amigos que dejamos de escuchar, tal y como cuando silenciamos las conversaciones de nuestros chats, es aún más significativo. Sucede lo mismo como con cualquier red social, bloqueamos a la persona, dejamos de seguirlos en la plataforma en la que estemos conectados y deseamos no volver a escuchar la playlist que nos transportó, en su momento, con el ser amado.

Incluso las canciones favoritas se llegan a tornar una pesadilla; por ejemplo, “Sabes una cosa”, de Luis Miguel, se había convertido en un calvario para mí, junto con otras 38 temas aproximadamente. Pero, ¿saben cuál es la fortuna de la música como en la vida? Que jamás se van a terminar las buenas canciones, ni los buenos momentos, y al final puedes empezar de nuevo, con una nueva recopilación más parecida a nosotros y sobre todo dedicada a uno mismo.

Me pierdo contigo

Cuando inicié mi Servicio Social era diciembre de 2014; ahí conocí a bastantes personas, sobre todo a una que, para mí, ha significado mucho hasta el momento. Y es que encontrarme con aquel hombre implicaba muchas cosas, al principio compañerismo, después amistad y al final, amor.

Cuando platicábamos, encontrábamos cientos de temas en común, desde películas hasta cuestiones de gustos como formas de ser, perspectivas de vida, trabajo, pero, sobre todo, música.

He de admitir que ese hombre me cautivó, no era “mi tipo”, como generalmente solemos expresarnos de una persona que nos gusta, pero, para mí, era único; con él podía platicar de todo y nada a la vez; cada día me atraía más, aunque una cosa era segura: él no estaba interesado en mí de la forma en la que a mí me interesaba, o al menos no en ese momento.

Conforme transcurrió el tiempo, comenzamos a tener algo muy particular: cuando estábamos juntos cantábamos todo el tiempo, en su auto, en la calle, hasta en conversaciones nos enviábamos canciones para hacernos el día más ameno.

Un día, en las pocas veces que nos vimos, me dijo que escuchara una canción de Alex Ferreira, la cual, buscó en su dispositivo móvil para sincronizarla en su auto. Comenzó a cantar:

“Pero el día que te encuentre en el camino,

lo dejo todo, recojo mis cosas,

me pierdo contigo”.

Posteriormente, me contó que compraría un ukelele para aprender la canción y poder cantarme. Probablemente para muchos no suene significativo, pero para mí representó el inicio de algo.

Así que decidí comprarle un ukelele, no precisamente para que me cantara, sino porque sabía que eso lo haría feliz y deseaba su felicidad -como cuando ves a un ser querido y deseas entregarle toda la felicidad que uno pueda-.

Jamás olvidaré sus palabras de emoción; de hecho, mientras escucho “Me pierdo contigo”, es imposible no revivir ese momento, como si fuera la primera vez, nuestra primera vez.

Y es ahí, en los primeros párrafos de la canción donde encuentro un sentimiento que me estremece el cuerpo: felicidad.

El soundtrack de Bridget Jones en mi vida

Era un día cualquiera, había iniciado como otros: tenía mil y un sentimientos encontrados como considero alguno de nosotros se siente en ciertas ocasiones, aunque en mi caso, esa situación comenzaba a ser una costumbre.  

Frustraciones por procesos administrativos de mi Universidad, como el de encontrar un método titulación con el cual me sienta cómoda o que, en su defecto, me permita concluir un ciclo que, se supone, debería ser muy significativo para todos. O, incluso, el paso de “el joven” a “el adulto con responsabilidades”.

Sin embargo, lo más interesante viene a continuación. No sé si ustedes se sientan como yo: frustrados porque por más que hacen, sienten que no avanzan o que no es suficiente y eso termina en la idea de un break para volver a retomar algo que, por el momento, en lugar de acercarme a mi felicidad me aproxima a la locura y al pánico de fallar.


Revive: 40 minutos en cualquier lugar.


Pensaba en ello cuando estaba escuchando “Woman trouble” de Ameritz, que es una canción que generalmente acostumbro poner cuando intento tener un día con muchísima actitud y que también me hace sentir como Bridget Jones cuando cree que puede a pesar de sus pésimas decisiones como cambiar de trabajo, e ir tras algo que le apasione, o experimentar una decepción amorosa. Y aunque irónicamente su vida es un desastre, consigue una gran entrevista y al  hombre perfecto para ella.

Así me sentía yo, como el soundtrack de una película que lejos estaba de parecerse a  mi vida real, pues teníamos temas y situaciones completamente distintas, por ejemplo, sufriendo por mi titulación y Bridget por no ser una solterona. Sin embargo había algo en común: ambas teníamos un objetivo, fuera el que fuera, el de ella conseguir novio y trabajo, el mío, ser licenciada y un trabajo que me llenara.

Fue así que un gran amigo me invitó a colaborar en El Tecolote en la sección “Una rola al día” y tras meditarlo por un día, mientras escuchaba el soundtrack de una película cómica pero que tenía algo interesante para mí: eran canciones que tenían toda la actitud -como “Jump around” de House of pain y canciones de esa cómica película, pensé que lo mejor era tomar un ligero cambio, nuevos aires que me permitieran escribir sobre algo que me apasione: la música, y compartir con ustedes sensaciones que tal vez muchos hemos sentido. Porque, acaso, ¿no todos creemos que hay soundtracks que se ajustan a nuestras vidas o que  nosotros nos ajustamos a ellos?