Pieza única

Tras casi un año sin salir de la ciudad, Isaac y yo decidimos visitar algún pueblo cercano para despejarnos del diario ajetreo. No habíamos planeado nada, pero ambos teníamos puente en nuestros respectivos trabajos con motivo de los festejos de Día de Muertos, así que improvisamos.

Después de buscar reservaciones disponibles en prácticamente todos los hoteles de Chignahuapan, lugar que ya muchos de nuestros conocidos y amigos nos habían recomendado, encontramos sólo unas cabañas a la orilla de la carretera donde, además de excelentes precios, ofrecían facilidades en cambios de fechas e incluso el desayuno. Eso sí, debíamos hacer la transferencia bancaria completa y no había devolución del dinero. Era nuestra única y cómoda opción, así que no lo dudamos e hicimos el pago.

Gracias a la tecnología llegamos sin imprevistos a nuestro destino y sin perder tiempo, apenas pisamos tierra poblana, nos cambiamos de ropa para ir a las aguas termales. Al volver al auto y encender la marcha, nos dimos cuenta de que éste no arrancaba. Nos irritó un poco toparnos con tal incidente, pues se nos figuró capaz de arruinar nuestras pequeñas vacaciones.

La mujer de la recepción, de unos cincuenta años, bella y con cabello corto, se acercó hasta nuestra ventanilla mientras intentábamos una vez más dar marcha al auto:

—¿Todo bien, pequeños…? No me digan que… —tuvo un gesto de preocupación que me pareció por demás falso—.

Isaac y yo nos quedamos mirando uno al otro al escuchar la palabra “pequeños”. A simple vista, aquella mujer nos pareció una persona común, pero al verla hablar, notamos que sus dientes estaban plagados de sarro y picados, eran amarillos y pequeños, como si no correspondieran a su rostro pálido y terso, con apenas unas cuantas arrugas o con su voz que, a pesar de todo, era dulce y melodiosa.

—No se apuren, ¿iban a bañarse, no? Llegan incluso caminando, no tardarán más que quince minutos y aprovechan para conocer un poco del pueblo. Quizá más tarde haya quien los pueda ayudar con su… problema.

Luego puso sus manos sobre el volante del auto y nos invitó a salir. Sus uñas eran largas y negras, como invadidas por un hongo, lo cual tampoco correspondía con su vivaz mirada verde, como mimetizada con aquel anillo dorado cuya esmeralda incrustada resplandecía con los rayos del sol.

—Gracias —nos limitamos a responder.

Enseguida nos dio la espalda para retirarse, pero apenas se había alejado un par de pasos cuando regresó para dirigirse a mí.

—¿Te gusta?
—¿Perdón?
—El anillo. Mi anillo.
—Ah, sí… —no comprendí cómo lo notó si evité mirar la pieza—; es una pieza increíble.
—Lo es, es una pieza única. Ha pertenecido a mi familia desde el inicio de los tiempos y cuenta la leyenda que esta esmeralda se desprendió de la corona de Satanás cuando fue exiliado del cielo, por eso es tan hermosa. Gracias a ella todo lo veo, nada olvido —y sonrió.

Nos inundó un silencio incómodo, no tenía idea de qué responder ante tanta imaginación. Enseguida bajamos del auto y caminamos hacia la carretera. Era medio día y el calor era ardiente, así que nos pareció que la mujer tenía razón, debíamos caminar después de haber estado sentados durante todo el camino. Con el afán de no cargar demasiado, tomamos únicamente unas chanclas y un par de toallas. Unos metros adelante compramos artesanía, dulces típicos y recuerdos para la familia. Pronto olvidamos a la mujer.

La arquitectura del lugar, donde se hallaban las aguas termales era impactante, desde donde estábamos todo se veía del tamaño de las hormigas, por lo que bajamos quizá mil escalones antes de llegar hasta las albercas. La caminata y la comida fueron deliciosas, así que se nos fue la tarde y olvidamos el incidente del auto.

Al salir del spa, la tarde había caído y nuestros cuerpos resentían más el frío poblano debido a lo tibios que estábamos dentro del vapor. Subimos con dificultad los mil escalones de regreso y al llegar a la carretera, nos resignamos a caminar entre la neblina.

A menos de medio camino, comencé a temblar de frío, mi ropa se había humedecido por el traje de baño, mi cabello estaba empapado y yo respiraba con dificultad. Le pedí a Isaac que nos detuviéramos un momento.

La noche comenzaba a chorrear como tinta sobre el cielo y la luz a extinguirse; la luna menguante alumbraba poco o
nada. No había ni un alma ahí, lo cual nos pareció ilógico; por la tarde éramos miles de personas nadando, comiendo, jugando, ¿y ahora nadie? La mayoría de la gente se subía a sus autos y partía, por lo que ni siquiera había transporte público.

Me senté en un tronco y respiré lo más tranquila que pude antes de subir la pendiente que nos esperaba.

—Tranquila, no hay prisa. Seguimos hasta que estés repuesta, ¿si?
—Gracias, amor —respondí y le di un beso.

Me volví a incorporar para seguir caminando, la niebla apenas nos dejaba mirar dónde pisábamos. Los puestos de madera húmeda que por la tarde llenaban la orilla de la carretera de vida, ahora sólo generaban un ambiente sombrío y desprendían olor a moho. Me sentí absurda caminando en medio del frío con sandalias y ropa veraniega.

La noche cayó por completo y en medio de la bruma escuchamos como un eco y, sin saber de dónde provenía, el grito desesperado de una mujer seguido de una carcajada.

—¿Escuchaste? —le dije a Isaac.

Él titubeó un instante, como si no quisiera reconocerlo.

—Sí… anda, vamos, sigamos caminando. Ya falta poco.

El grito y las carcajadas se volvieron a escuchar con mayor nitidez, así que quise subir más rápido la pendiente y resbalé. Para mi mala suerte, caí en un charco de algo más viscoso que el agua, pero más ligero que el aceite. Me levanté de prisa, luego me limpié las manos y el sudor en la ropa para continuar el trayecto. Sin notarlo, nuestro paso adquirió velocidad y llegamos prácticamente corriendo a las cabañas donde nos alojábamos.

—¿Pero qué paso aquí? —preguntó con asombro un hombre calvo y de baja estatura que estaba detrás de la recepción.
—Sabe, veníamos caminando sobre la carretera y escuchamos… —dijo Isaac con palabras atropelladas. El hombre interrumpió.
—No, no, no. ¿Ya vio a su novia, joven?

Nunca olvidaré la cara de horror de Isaac al mirarme. Enseguida busqué un espejo y me observé las ropas, las manos, la cara llena de sangre todavía fresca. Grité.

—Calma, calma —me dijo Isaac y luego hablándole al recepcionista—; ella cayó en un charco de algo al venir hacia acá, quizás…

Volvió a interrumpir el hombre.

—Oh, ¡ya entiendo! —exclamó despreocupado—. Debió ser eso. Últimamente han aparecido cadáveres de animales cerca de la carretera. Al parecer algún depredador los caza y lo primero que hace es desangrarlos, por lo que se ha vuelto común encontrar charcos de… ustedes saben —agregó, aclarándose la garganta y señalándome—. Pero no se preocupen, todo estará bien. Qué lamentable que hayan pasado por esto, pero ahora verán, dense un baño, les encenderemos la chimenea para terminar con esta desagradable experiencia.

—¿Animales? ¿Está seguro? Cuando ocurrió eso escuchamos los gritos de una mujer.
—Querido… huésped, siempre habrá cosas que no está a nuestro alcance saber —respondió sombrío y se hizo un silencio perturbador—. Y bien, ¿querrán que encienda la chimenea o no?
—Queremos, sí —contesté temblando no sé si de frío o de ansiedad.

Caminamos tras el hombre que, de entre un inmenso juego de llaves, eligió una que abrió la puerta de nuestra habitación.

—Como cortesía, el hotel les ofrece una botella de vino que ya pusimos a enfriar. Que la disfruten. En un momento vuelvo.

Pasaron unos minutos y el hombre regresó con leña. La fogata no tardó en encender y el calor que emanaba de ella me devolvió la estabilidad. Al asegurarnos de que se había ido, Isaac y yo por fin nos dimos un baño. Al salir, nos secamos y casi al instante nos quedamos dormidos.

Horas después despertamos con hambre feroz. El agua, la adrenalina, correr, el frío y el asombro no eran para menos. Miramos nuestros teléfonos, pero ya no tenían batería; el reloj de Isaac marcaba las once.

—No es tan tarde, salgamos a buscar algo de comer. Con suerte encontramos un bar o algún lugar donde tomar una cerveza —lo animé.
—Ya es algo tarde…
—Pero es Día de Muertos, seguro hallamos algo.
—Amor, recuerda que el carro no arranca. Mejor mañana.
—Isaac, tengo hambre, en verdad, mucha hambre.
—Está bien, salgamos a buscar algo cerca, pero si no lo encontramos pronto, volvemos. ¿De acuerdo?
—De acuerdo. Voy por mi chamarra al carro y nos vamos.

Salí y momentos después Isaac me escuchó gritar su nombre, así que salió corriendo.

—¿Qué pasa? ¿Dónde estás?
—¡En el auto! ¡Ven, encendió!

En ese momento apareció de nuevo la recepcionista vespertina, pero ahora enfundada en una bata color marrón y con un gato en el regazo.

—¡Magnifique, su auto encendió! ¿De salida a estas horas?
—Vamos a buscar algo para cenar, tenemos mucha hambre —respondí— ¿usted sabe de algún lugar cerca?
—Ma petite fille! Cerca de aquí no hay nada, todo está hasta el centro… Es una fortuna que su auto ya esté bien, de otra manera, les sería imposible llegar. Es media hora en auto, pero caminando, quizá dos horas por las pendientes, además con esta neblina no sería recomendable… —dijo mientras acariciaba la piedra verde de su anillo.
—Está bien. Nos vamos antes de que se haga más tarde. Gracias.

Algo de esa mujer me provocó escalofríos, no quise seguir hablando con ella. Llegamos al centro sin ningún contratiempo, cenamos, visitamos las ofrendas, incluso asistimos a un concierto al aire libre, tomamos algunas fotografías y finalmente nos decidimos a volver al hotel pasadas las doce de la noche.

De regreso, al pasar por la laguna, el auto se detuvo nuevamente. Isaac intentó encenderlo, se bajó a empujar, intentamos dar marcha mil veces, pero de nada sirvió. De nuevo nos hallamos varados en medio de la carretera desierta. El aire silbaba y por toda luz teníamos la del cuarto menguante.

—Bajemos a orillar el auto —dije— y si es necesario, dormiremos aquí.
—¿O caminamos hasta el hotel?
—No lo sé, no hay nada por aquí, está completamente solo.
—Estamos casi a medio camino, si nos damos prisa, quizá lleguemos pronto.
—Aparquemos el auto y mientras lo pensamos, ¿si?

Isaac descendió del auto para empujarlo mientras yo lo dirigía y al llegar a un pequeño mirador, ambos nos apeamos para inhalar el aire fresco. Apenas decidíamos que era buen lugar para pasar la noche, cuando apareció ante nosotros una furiosa manada de perros. Nos apresuramos a tomar piedras, pero éstos se abalanzaron hacia nosotros, así que no tuvimos más opción que huir. Corrimos lo más rápido que pudimos, pero casi podíamos sentir el aliento de los canes en las pantorrillas.

Los gruñidos de los perros eran distintos a los de cualquier otro animal que hubiéramos escuchado antes, lo que nos aterrorizó, pero a la vez nos hizo correr más rápido y sin parar. Apenas pude mirar la expresión de Isaac, pero sé que él sentía el mismo miedo que yo. Al atravesar la pendiente, vislumbramos las cabañas y corrimos con mayor facilidad, pero eso no fue lo que nos alivió, sino que llegados a ese punto, los perros empezaron a aullar con un dejo de dolor y se alejaron, regresando por el mismo camino por el que nos habían perseguido durante lo que nos parecieron horas.

Aún con la adrenalina, bajamos la pendiente y entramos al hotel, cuyo acceso era únicamente una cerca de madera. Caminamos por la terracería, con el corazón agitado y temblor en las piernas, hacia nuestra cabaña, que era la del fondo. Debíamos bajar un pequeño sendero y doblar a la derecha.

Al llegar a la cabaña abrimos deprisa y nos apresuramos a entrar. Por fin nos sentimos seguros, tuvimos un breve ataque de risa y nos recostamos. Había sido un día tenso, sin duda, no habíamos tenido tiempo para nosotros, así que al fin nos vimos envueltos entre besos y caricias.

El tocador de madera era un mueble grueso e imponente con un espejo gigante en tres piezas móviles, por lo que nos pareció el lugar ideal para entregarnos al placer. El fuego de la fogata, que aún permanecía vivo, y la habitación a media luz eran perfectos; disfruté de Isaac como nunca antes. Justo en el momento del orgasmo quise ver nuestro reflejo en el espejo, pero en vez de eso vi detrás de nosotros a aquella mujer de dientes sarrosos y uñas pútridas fumando un cigarrillo, cuyo olor era tan penetrante que impregnó toda la habitación. Tras soltar una bocanada de humo susurró: “Todo lo veo, nada olvido”.

Grité horrorizada, me levanté y empujé a Isaac.

—¡Esa mujer! ¡Esa mujer! ¿Qué hace aquí? —señalé histérica hacia el lugar donde la había visto, pero ya no había nada.
—¿Quién? ¿Qué mujer?
—¡La mujer, la mujer de la recepción!
—Aquí no hay nadie, no hay nada. Cálmate —me respondió acariciándome el rostro sudoroso.
—Aquí está, yo lo sé. Yo la vi. ¿No hueles?
—Sí, huele a cigarro, pero alguien debe andar afuera fumando, la cabaña tiene muchos orificios…
—No, es ella, está fumando aquí adentro.

Luego se escuchó un maullido.

—¿Escuchaste? ¡Es su gato!
—Amor, tranquilízate, debe haber muchos gatos allá afuera. Ven, vamos a darnos un baño y a dormir, ya es muy tarde y estamos cansados.

Así lo hicimos y en menos de media hora ya estábamos dormidos. Los teléfonos por fin estaban cargados, encima de los burós. Suelo tener el sueño pesado, pero esa noche algo sucedió cuando quisieron abrir la puerta de la cabaña. Isaac y yo nos levantamos de inmediato y nos miramos uno al otro.

—¿Escuchaste? —susurramos al mismo tiempo.

Era obvio que ambos lo habíamos escuchado. Alguien forzaba la chapa de la puerta y, aunque no de manera abrupta, sino suave, como quien pretende entrar a su propia casa, no cesaba en su intento. Isaac se levantó de la cama y tomó el atizador de hierro de la chimenea.

—¿Quién es? —gritó.

El ruido se dejó de escuchar, pero ambos permanecimos a la expectativa.

—Quizá sólo se equivocaron de habitación —espeté después de casi una hora—. Igual venían borrachos o qué sé yo.
—Sí, puede ser. Volvamos la cama, ya son casi las 3.

Apenas apagamos la luz y nos cobijamos cuando un ruido poco común nos despertó. Era el rechinar de la madera del piso, de donde provenía el sonido de uñas rasgándolo. Luego el gato empezó a maullar de manera estrepitosa. Quise prender la luz, pero el apagador no respondió.

—Isaac, prende la luz, esta cosa no sirve.

El sonido se hacía más agudo cada vez y se acercaba más a nosotros hasta encontrarse justo debajo de la cama. Escuché a Isaac pinchar el interruptor varias veces, pero la luz nunca se encendió. Me abracé a él.

—Tampoco éste sirve. Espera, prenderé la luz de la entrada.
—¡No! ¡Estás loco! ¡No te vayas!
—Todo está bien —me contestó con aparente tranquilidad, pero el sudor de manos y frente lo delataba.
—Mejor alumbremos con el teléfono, ¿si?

Tomé mi móvil y lo encendí para prender la lámpara.

—Son las 3:00 en punto.

Entonces volvieron a tratar de abrir la puerta, esta vez con desesperación, como si en ello les fuera la vida. El gato aulló con potencia.

—¡¿Quién es?! —gritó Isaac con todas sus fuerzas y como en señal de respuesta, o quizá de desafío, intentaron girar la perilla dos veces más.

Él se levantó sin pensarlo y tomó el atizador, yo corrí tras él y antes de que abriera la puerta, recorrí las cortinas. Ahí estaba de nuevo la mujer de dientes amarillos, ahora afilados, con las uñas transformadas en largas garras felinas, el rostro cubierto de arrugas y algo semejante a la tierra o al moho. Al vernos soltó una carcajada, que no podía ser sino la misma que escuchamos por la tarde en medio de la carretera, al tiempo que recogió a su gato del piso, y sin quitarme la vista de encima, con el índice se señaló los ojos y luego la sien.

Finalmente escupió una voluta de humo.

A partir de ahí no recuerdo más.

Al día siguiente despertamos en la cama, como si nada hubiera pasado. Encendimos la luz, que funcionaba perfectamente. Ni Isaac ni yo quisimos mencionar nada por temor a que todo hubiera sido un sueño, sin embargo, decidimos que la estancia que teníamos planeada para tres días había llegado a su fin. Hicimos maletas y fuimos en busca del auto. Al entregar las llaves en la recepción apareció una joven de baja estatura y morena.

—Reviso la habitación y se pueden ir.

Con algo de reticencia y mientras la mujer caminaba por la habitación pregunté:

—Acaso… ¿Se encontrará la mujer que nos atendió ayer?

La joven pareció no reparar en mi comentario.

—Sucede que… —titubeé— nos atendió muy bien y quisiéramos dejarle una propina.

Isaac no me quitaba la mirada de encima, invitándome a guardar silencio.

—Aquí no atiende otra mujer más que yo, señorita —agregó seria.
—Verás, la mujer del gato. Quizá es la dueña, o no lo sé, pero ella…
—¿La dueña? La señora Esther murió hace mucho y el patrón no se volvió a casar, así que no. Todo está bien aquí, eso sería todo. Esperamos que vuelvan pronto —sentenció de manera maquinal aquella frase hecha y se fue.

Tomamos un taxi que nos condujo hasta el auto y guardamos las maletas. Teníamos mucho por ver en aquel pueblo, pero definitivamente no estábamos dispuestos a hacerlo.

Isaac manejó directo a casa y casi todo el trayecto permanecimos en silencio; las pocas frases que cruzamos, evitamos el tema, y no fue sino tiempo después que volvimos a comentar el asunto. Semanas más tarde llevamos el auto a lavar y ahí nos entregaron una pieza que se había atascado en su aspiradora. Era el anillo con esmeralda de aquella mujer.

Siempre he coincidido con la creencia de que hay que temer más a los vivos que a los muertos, ¿y saben? Estoy segura de que esa criatura, pieza única, estaba viva.

Madera y viento, música itinerante por las calles de la ciudad

Las tardes tras el sismo del pasado 19 de septiembre parecen negarse a recobrar la normalidad; los rostros aún parecen negados a sonreír y en el aire se respira no la hostilidad de siempre, sino una nostalgia seca, áspera, impregnada de escombros, aún para los que estamos lejos de las zonas de desastre.

Sin embargo, hay quienes se dedican a intentar desprendernos una sonrisa en medio de este caos, y conmigo lo lograron. Ellos son Madera y viento, un par de jóvenes itinerantes (Jorge e Iván) que van por las calles de la ciudad alegrando el andar de transeúntes y comensales, en esta ocasión, en el tianguis de Santa Isabel Tola.


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La canción se llama Odessa Vulgarish.

Desde el anonimato de Sarahah

Hace un par de semanas, por cuestiones medianamente ajenas a mí, comencé a colaborar en la escritura de un libro sobre la  equidad y violencia de género, un tema que me apasiona, pero en el que no soy especialista ni mucho menos, así que me dediqué a investigar, leer y documentarme lo mejor posible dentro del margen que me permitía el tiempo.

Leí acerca de aquello que en la universidad leí, pero a lo que nunca está de más volver: los tipos de violencia, cómo se dan las agresiones hacia las mujeres, el acoso, el mal uso del lenguaje y lo agresivo que éste puede llegar a ser, entre otras cuestiones.


De luto.


Irónicamente, por esos días había instalado Sarahah, esa app para recibir mensajes anónimos; el hecho me tenía muy divertida, ya que recibía comentarios acerca de mis cuentos, de gente a la que, supongo, le gusta cómo escribo, en fin, de temas relacionados con mi oficio.

Luego las cosas se torcieron…

Comenzaron a enviar mensajes explícitamente sexuales y violentos, los cuales cometí el error de publicar, en primera instancia para “exponer” a quien lo hubiera hecho y en segunda para que supiera que no me intimidaba.

Luego vinieron otros más, y aunque no todos los publiqué, sí cometí el error de hacerlo con algunos, esperando que el susodicho sintiera un poco de vergüenza al leer el bullying público, pues es obvio que el agresor de Sarahah está entre mis “amigos” de Facebook.

Evidentemente, mi estrategia para evidenciar al atacante fue fallida, él debió estarse agarrando la panza de la risa. Desde la perspectiva que se le vea, yo estaba en una posición desfavorable: el sujeto actuó desde el anonimato, yo desde las vísceras.

Incluso me escribieron, también desde el anonimato que brinda Sarahah, que “sólo estaba buscando llamar la atención”, así que yo misma me cuestioné si ése era el caso. “No —pensé— tengo mejores herramientas para llamar la atención: mi trabajo”.

También sucedió que algunos creyeron que el asunto me daba gracia, lo cierto es que no; al contrario, me generó indignación. Y ésta era contra el o los insolentes que escribieron tales insinuaciones, pero también hacia quienes hacía años no me hablaban ni comentaban absolutamente ningún post y, de pronto, se hicieron presentes, o quienes nunca se interesan por mi trabajo -lo que de verdad genero yo-, en lo que me esfuerzo, lo que represento realmente. Pero también hacía mí, porque mi curiosidad e impertinencia estaba generando más cosas negativas que positivas.

Como saldo de Sarahah, me quedan los regaños de algunos amigos, quienes con toda razón me hicieron ver (o llevar a la práctica lo que estoy leyendo para mi libro de género) que la violencia es violencia y no se debe tolerar, -frase que escribí y escribí durante las últimas semanas-. También me queda la lección de lo dañino que puede ser un momento de ocio en el que uno decide “jugar” a ver qué te quieren decir los demás y aceptar que, al igual que todos, me equivoco feo.

Donde la puerca tuerce el rabo, el oficio del editor

Soy una editora en formación, así que por ahora soy como los bebés que comienzan a interactuar con el lenguaje: todo lo aprenden. Me siento orgullosa de estarme curtiendo en este oficio que también considero un arte, pues se trata de una labor casi filológica y hermenéutica.

En alguna entrevista me preguntaron qué es lo más difícil de este oficio y no supe qué responder al instante, pero después de reflexionarlo un par de semanas, no me cabe duda de cuál es la parte más engorrosa de esta bonita manera de ganarse la vida.

Uno puede interpretar qué quiso decir el autor, esforzarse buscando las palabras que se adecuen mejor a sus necesidades comunicativas, proponer ideas, hacer revisiones orto-tipográficas, disponer cuadros, gráficas e ilustraciones de la mejor manera, ser muchas personas a la vez, y una larga lista de etcéteras, pero la puerca tuerce el rabo cuando llega el momento de tratar con los autores, porque claro, cual padres orgullosos, están seguros de que su obra es perfecta tal como ellos la confeccionaron y ¿por qué alguien habría de modificarle algo?


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Es todo un tema, sin embargo, de eso va precisamente el oficio del editor, quien debe tener la capacidad y los conocimientos, pero también la intuición necesaria para saber qué partes de ese cuerpo, futuro libro, se pueden trastocar y cuáles merecen permanecer intactas. De eso va el oficio del editor, de respetar, siempre respetar, tanto los criterios con que se forma una obra como del mismo texto ajeno al que se enfrenta.

Pero, ¿qué pasa cuando el autor no respeta el oficio del editor, que en innumerables ocasiones desempeña también el papel de corrector de estilo? Como toda relación en la que el respeto sobra, está destinada al fracaso, sin embargo, sucede lo mismo que en aquellos matrimonios que permanecen juntos por los hijos, en este caso por los hijos-libros.

Eso me sucedió, cuando en medio de correcciones. -presión por los tiempos de entrega, cotejos y reclamos por parte de los autores, quienes pedían que se respetaran los textos originales-, recibí un correo de ellos mismos, quienes me enviaron la presentación del libro en un correo (ni siquiera en un Word) y me dejaron una hermosa nota:

Valga decir que se trataba de un libro de texto para secundaria y que recibí el correo a las dos y cuarto de la tarde, por lo que asumo que mientras yo me enfrentaba a un cierre de edición, a plena luz del sol, mi autora se disponía a ser poseída por Morfeo.

No cabe duda, esto no es obra de Bretón… pero de estas anécdotas hay más, así que pronto volveré con alguna de ellas.

Al acecho

Hasta hace algunos años, incluso durante mi infancia, los crímenes de la nota roja me parecían ajenos; algo que aunque existía y sabía que estaba en alguna parte, permanecía suspendido, apartado de la realidad. Era como si existiera un universo alterno que únicamente se había creado para darle vida a esa sección de algunos periódicos o que incluso era como una simulación, una puesta en escena para alimentar el morbo de aquellos vampiros citadinos, ávidos de sangre.

Sin embargo, de un tiempo a la fecha es como si esa sangre hubiera cobrado color y textura, como si su sabor tocara nuestros paladares para provocarnos el escalofrío de la cercanía de la muerte.

Hace poco más de un mes me dirigía al gimnasio y al llegar, encontré a la recepcionista consternada. Me dijo que hace unas horas habían asesinado a una joven enfrente del lugar, yo no pregunté más. La sensación fue extraña, aunque no tanto como cuando me enteré que el padre de la joven es compañero de trabajo de un tío. Se trata del asesinato de Fernanda, de 18 años, quien salió a comprar una pizza en la colonia CTM y fue baleada por dos tipos, uno de 17 y otro de 15 años, quienes fueron capturados esa misma tarde.

La historia más reciente es la de Mariana Joselin, también de 18 años, quien hace un par de semanas fue encontrada sin vida en una carnicería de la unidad Las Américas, en Ecatepec, Estado de México. Ni falta hace decir que ese municipio es uno de los lugares más violentos del país, es algo que todos sabemos e incluso podría volverse un cliché mencionar que ocurrió un asesinato más en el Estado de México, desafortunadamente también hubo un lazo con el hecho: el dueño de la carnicería es amigo de mi padre, quien estuvo presente en el momento en que el comerciante descubrió el cadáver de la joven. En este caso, el asesino no fue detenido, sin embargo, existe la certeza de quién fue.


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Me oprime una sensación de acecho, pues la delincuencia se ha convertido en una plaga que se extiende veloz y nos alcanza. Hechos como los anteriores nos obligan a reflexionar en lo cerca que está el crimen de nosotros, en que quizá estar en el momento equivocado o un mal tino en el tiempo, nos pueden hacer dejar de existir en segundos. Nos llevan a pensar en que, como en el caso de mi padre, se ha estado conviviendo con el asesino. En que tengo una hermana pequeña viviendo en esa zona. En qué hacía yo a los 18 años. En las ganas de vivir que se tiene a esa edad. En la volatilidad de la vida.

Las mejores caricaturas de mi infancia (y quizá de la tuya también)

¿Será cierta esa creencia de pensar en la frase todo tiempo pasado fue mejor es síntoma de que uno está envejeciendo? No estoy segura que así lo sea, sin embargo, de lo que sí estoy segura es que mi infancia estuvo marcada por las que, para mí, fueron las mejores caricaturas.

Sí, ya sé que todos pensamos eso, sin embargo, en un intento por persuadirme de que no es vejez, sino convicción, explico por qué para mí Hey, Arnold!, Bob Esponja y 31 minutos, entre otras, son caricaturas tan representativas de una de las últimas generaciones que todavía crecimos con la televisión…

Hey, Arnold!

Cuando era niña no me explicaba cómo hacía esta caricatura para que al terminar generara esa sensación de vacío, y es que sus tramas están tan bien estructuradas, que no podría ser de otra manera. Fue aquí donde experimenté, por primera vez, algo similar a cuando se termina de leer un buen libro, pues todo estaba tan bien conectado y la historia tenía tal redondez, que cada capítulo te obligaba a pensar más allá de lo que veías en pantalla. Así que esperemos que el guion de la película sea igual de bueno.

Ginger

Quizá esta caricatura no era tan popular porque estaba dirigida a las niñas, específicamente, a niñas ñoñis, cero populares y fácilmente buleables, como yo, por lo que generaba empatía a aquellas que, por más que nos esforzábamos, no éramos bonitas ni cool. El valor de la caricatura estaba en que siempre quedaba demostrado que lo realmente importante se hallaba en cosas más trascendentales como la familia, los valores o la amistad verdadera.

Jhonny Bravo

Una de las caricaturas que nos comenzó a empoderar como mujeres. Sin las enseñanzas de Jhonny, quizá nos hubiera costado más aprender que los “piropos” que nos dicen en la calle no están bien y que está bien defenderse ante ellos. Este personaje es el paradigma de un patán al que siempre me divertía ver cómo bateaban por insolente.

Las chicas superpoderosas

Otra de las caricaturas que nos hacía sentir fuertes, ya que mostraba a tres chicas como heroínas, quienes no sólo defendían a una ciudad entera, sino al alcalde, un hombre mayor, indefenso, cobarde y -por qué no decirlo- rabo verde, que no podía hacer más sino recurrir a ellas cuando Townsville corría peligro. Sin duda, se trataba de una caricatura que nos hacía sentir capaces de combatir la adversidad.

Dientes de lata

Se trata de un caso similar al de Ginger, aunque un poco más dirigida hacia adolescentes que a niñas. Dientes de lata, una joven con brackets, se enfrentaba a las burlas de sus compañeras de escuela y a lo molestos que pueden ser los alambres en la boca, lo cual, al final, quedaba demostrado que no es tan malo.

Bob Esponja

Este caso es bipolar, ya que Bob y Patricio son odiados y amados por la gente. Yo estoy en el grupo de quienes los aman por una sencilla razón: tienen frases y chistes bobos para cada ocasión. Quizá eso es lo que molesta a algunos, lo que no ven, me parece, es que a veces sólo hace falta una frase tonta que nos haga reír en momentos complicados.

“Pobre cosita fea”; “¿Qué es más gracioso que veinticuatro? / Veinticinco”; “Era una vez un percebe tan feo que todos se murieron. Fin”; “Puede que sea tonto, pero también es estúpido”.

31 minutos

Uno de los programas de televisión para niños mejor producidos. Al igual que Arnold, su guion es inteligente y tiene aportes de cultura general para los niños y no tan niños. Nunca había pensado por qué me gustaba tanto ese noticiario junto con sus canciones y quizá sea porque con él jugábamos a ser grandes, sin dejar de recordar lo pequeños que siempre seremos.

Y volver, volver

No es la primera ocasión en la que escribo acerca de volver. Se puede volver a ser el de antes, a tropezar con las mismas piedras, a los lugares donde uno fue feliz, a donde amó, a donde odió y a donde sufrió, pero quizá mejor que nada sea volver a donde uno aprendió y creció.

Y es que creo que para mí no hay ejemplo más emblemático que el de la UNAM, pues es donde me formé como profesionista y como persona, y sí, también donde experimenté las más intensas sensaciones.

Hace un par de semanas volví, tras más de un año de haber dejado por completo las aulas, tanto como alumna como profesora adjunta, y sentí la nostalgia universitaria quemándome la piel. Fue al mismo tiempo una herida abierta y el ungüento.

Y es que volver a subir la rampa de la facultad es recordar las cálidas tardes en las que obligaba a mis piernas a ir más rápido para llegar a tiempo.

Foto: Diana Ramírez.

Pasar por el kiosco es volver a sentir el despertar del apetito cuando llegaba a la facultad después de una sesión de entrenamiento.

Recorrer el jardín digital es sentir la emoción de ver las mejoras de la facultad y sentarme a organizar trabajos en equipo o a comer con alguna amiga, a platicarnos nuestros planes que aún parecían tan lejanos.

Mirar las bancas de piedra es recordar viejos amores que se han ido y que pensé, durarían para siempre.

Caminar por los pasillos es evocar a aquella adolescente de nuevo ingreso cuyo temor más grande era elegir un camino errado.

Foto: Diana Ramírez.

Ir a la Ciudad Universitaria en viernes, por su parte, fue un resueno de la importancia del tiempo, una advertencia de que no vuelve y de lo veloz que corre.

Volver a las islas es quizá el recordatorio más grande de lo que se siente no traer dinero en la bolsa y tener mucha, mucha hambre de mundo, de vida, de todo.

Mi visita a la universidad fue corta, sin embargo, no hubo segundo en el que dejará de reflexionar acerca de lo que soy y lo que fui, de lo que quiero ser y de lo inmensa que es mi UNAM en todos los sentidos. Me sentí abrumada en más de una ocasión, pero al final del día llegué a la única conclusión a la que se puede llegar después de un día pletórico de nostalgia y recuerdos: es preciso volver, volver, volver.

La primera rama del nido

El nido es un lugar donde se gesta la vida. En el nido, las aves crían a sus polluelos, pero además, es un sitio que construyen por sí mismas, con la dedicación, el amor y el oficio de quien sabe que ésa es una de sus misiones en la vida: proteger y resguardar aquello que ama.

Es por eso que este Tecolote ha comenzado a construir un nuevo nido, un Nido de Poesía que será alojo para las palabras que apenas cobran vida y un punto de encuentro para aquellos poetas que comienzan a volar con sus propias alas.

¿Por qué apostar a la poesía?

En El Tecolote siempre hemos estado abiertos a la diversidad de propuestas, no sólo escritas sino visuales, vamos desde las notas deportivas hasta los cuentos, pasando por los fotorreportajes y las imágenes, en algunos casos excesivamente crudas, de la semana, pues esa fue la semilla de este proyecto: el periodismo narrativo.

Sin embargo, con el tiempo hemos comprobado que en ocasiones el lenguaje narrativo no nos basta y que la propia realidad no alcanza, de manera que consideramos imperiosa la necesidad de nutrirnos de una realidad distinta a la periodística, de la fusión de imágenes con palabras que sólo nos brinda la poesía.

Dice Johannes Pfeiffer en su libro La poesía que “la metáfora poética logra fundir en unidad convincente imágenes que en la experiencia están separadas, y hasta son incompatibles. […] Aquello que para nuestra experiencia está y permanecerá siempre rígidamente separado se une y se mezcla en virtud del hechizo poético”.  

Por ello, creemos que las certezas que ofrece la poesía y esa otra forma de lenguaje son motivo suficiente para abrir este nuevo espacio en el que converjan estilos e ideas, porque es éste el género en el que “todas las dudas desaparecen ante la conciencia de que [algo] es realmente así, de que así y no de otro modo es…”.

Así que en ese intento por conjugar aquello que pareciera inconcebible unir y por dar un respiro estético a nuestros lectores, decidimos poner todo nuestro  esfuerzo en echar a andar este Nido de Poesía.

Porque “basta que se escuchen estas palabras, para que en el mismo instante ocurra una transformación en toda la Existencia”, El Tecolote coloca esta primera rama con toda la confianza y la calidez necesaria para que cada una de las plumas que aquí lleguen en busca de abrigo, lo hagan crecer con sus letras e ideas y, con el tiempo, seguir fortaleciendo esta gran familia de jóvenes y no tan jóvenes que no dejamos de creer que las palabras siempre serán el camino.

Enhorabuena y gracias a todos los poetas que ya forman parte de este proyecto. La redacción les da la bienvenida y los invita a sentirse parte de esta, que ya es su casa.

Por deseo, la temporada 27 de Microteatro

“Por deseo” da nombre a la temporada 27 de Microteatro. Este jueves 8 de junio. Alejandra Guevara y Andrea Novelo, directora genera y operativa, respectivamente, inauguraron la cartelera que integra 13 obras, además de dos que forman parte de Microdebut y dos más en la categoría Infantil.

En medio de agradecimientos, tanto Guevara como Novelo agradecieron al público presente por hacer de éste un proyecto vivo.

Aunque el tema de la temporada se presta para imaginar un sinfín de historias de carácter sexual, lo cierto es que uno puede desear más allá de lo físico y así lo vemos, ya que las puestas en escena son de diversa índole.

Se pueden desear respuestas u olvido, como en el caso de El asesino; o se puede desear un marido únicamente para mitigar la soltería, como lo podemos ver en el caso de Vete a la chingada. Y, sin duda, se puede desear tanto a alguien, aun sin saber qué es lo que realmente se desea, como lo demuestra Lo siento… otra vez.

Con obras de todo tipo de temática, de jueves a viernes y a partir de las 20:00 horas, Microteatro, con “Por deseo”, abre sus puertas al público.

Cabe recordar que Microteatro es obras con 15 minutos de duración y 15 espectadores -o más- en 15 metros cuadrados.

 

Los ex, una realidad alterna

Es casi seguro que todos aquellos que me leen tienen algo en común conmigo: los ex, esos seres con los que, pasado el tiempo, uno no comprende cómo pudo pasar tanto tiempo con ellos o a los que de plano, uno termina por resignarse a extrañar por el resto de sus días, aunque de antemano sepa que de lejitos es mejor.

El texto surrealista de hoy está dedicado a estos individuos que son la sal y la pimienta de nuestra vida sentimental, porque aunque hay una infinidad de ellos, quizá podemos clasificarlos de acuerdo con sus reacciones post-ruptura, pero también en función de algunas obras literarias famosas que seguramente nos han marcado tanto como ellos.

Así que, en un ejercicio de catarsis literaria, recordaremos a cada uno de los ex que nos han dejado con el corazón hecho cachitos, bolita, apachurrado o, de plano, raspado y ensangrentado.

Por supuesto, si ustedes saben de alguna sub-especie que se me haya olvidado, no duden en mencionarlo.

El Pedro Páramo

“Qué haré ahora con mis labios sin su boca para llenarlos? ¿Qué haré de mis adoloridos labios?”

Simplemente desaparece, es como un mito y tanto él como lo que rodeaba la relación parece cobrar un carácter difuso, etéreo y hasta fantasmagórico. En ocasiones, incluso te hace dudar de que esa relación haya sido verdad, pues desaparece (o deja de postear) de sus redes sociales y si tienes el mal tino de llamarles, o mensajearlos, simplemente no contestan.

Grado de daño: Medio a severo, ya que no tienes ni idea de qué sucedió y te puedes atormentar infinitamente pensando en ello.

El extranjero

“Quizás no estaba seguro de lo que me interesaba realmente, pero, en todo caso, estaba completamente seguro de lo que no me interesaba”

No tiene piedad al terminar, simplemente te dice por qué ya no quiere seguir contigo y en días posteriores lo puedes ver normal, quitado de la pena, como si nada hubiera sucedido. Sigue su vida sin alteraciones, ni más ni menos.

Grado de daño: De severo a bajo, pues aunque quizá sea uno de los que más dolor causa en el momento de la ruptura, con el tiempo es el tipo de relación de la que más aprendes, ya que sabes en qué fallaste para no repetir la historia.

El libro vacío

¿Para qué voy a emprender una batalla que quiero ganar, si de antemano sé que no emprendiéndola es como la gano?

Se le pasa sufriendo y lamentándose por todos los medios, usa las redes sociales como su diario de quejas y espera que sus amigos le hagan comentarios de solidaridad, todo con la finalidad de hacer sentir culpable al otro.

Grado de daño: Medio a bajo, únicamente cuando la otra persona es consciente de cómo sucedieron las cosas y de que, generalmente, la culpa es un 50/50.

El Pascual Duarte

“Yo señor no soy malo aunque no me faltarían motivos para serlo”

Cree que a pesar de todo, él no tiene la culpa; peor aún, responsabiliza a los demás de sus actos. Cuando se ve acorralado y ante la inminente realidad, se justifica ante los demás, mostrándose como la víctima.

Grado de daño: Medio a bajo, mismas razones que en el caso anterior.

El travesuras de la niña mala

“No me preguntes por qué, porque ni muerta te lo voy a decir. Nunca te voy a decir que te quiero aunque te quiera”

No importa cuánto se ofendan, cuánto daño se hagan, cuánto se juren no volverse a ver, siempre regresa, por supuesto, asegurando que “esta será la última vez”, lo peor es que en la mayoría de los casos, para repetir la misma historia.

Grado de daño: Severo, pues no te deja continuar con tu vida y generalmente echa a perder posibles relaciones, aunque claro, eso siempre y cuando tú lo permitas.

El Casi el paraíso

“Las debilidades son lo único bueno que tenemos. Es aburrido ser fuerte, y muy agradable flaquear a solas… y entre dos” 

Al final descubres que todo fue falso, y conforme pasa tiempo de la separación, te das cuenta de un sinfín de mentiras que dijo a lo largo de la relación.

Grado de daño: Medio, mientras no pierdas tiempo investigando más de la cuenta.

El Aura

“¿No te basta mi cariño? Yo sé que me amas; lo siento. No te pido conformidad, porque ello sería ofenderte. Te pido, tan sólo, que veas en ese gran amor que dices tenerme algo suficiente, algo que pueda llenarnos a los dos”

Contigo era como la tía Consuelo, su relación se basaba en discusiones, disgustos y negativas, pero con los demás se muestra tan amable, sonriente y jovial como Aura, tanto así que no puedes creer que se trate de la misma persona. Lo puedes ver publicando post y fotos donde claramente da a entender que después de ti es más feliz y mejor persona, y que por cierto, hace todo lo que contigo “nunca podía”.

Grado de daño: Medio, pues aunque provoca un grado elevado de frustración, si sabes sobrellevar el asunto, pronto te darás cuenta de que tú también puedes seguir sin esa persona.


Después de reír un poco de nosotros mismos y de nuestros sentimientos más bajos, así como de tomar con humor situaciones de pérdida, esperamos que te sientas, si no mejor, al menos tranquilo de saber que todos, hombres y mujeres, hemos pasado por esa misma realidad alterna, universo paralelo, triángulo de las bermudas, túnel sin salida, conocido como los ex, ¿y lo mejor? Todos hemos sobrevivido.

Mini fan, Leiva en la Ciudad de México

Era un miércoles godín, pero no un miércoles cualquiera; mi ánimo era el mismo que el de los niños el 05 de enero mientras esperan a los Reyes Magos, pues al salir de mi jornada laboral, vería a Leiva en concierto.

Leiva es un cantante madrileño, quien antes formaba parte de la agrupación Pereza y ahora toca con su propia banda; desde que lo escuché, por primera vez, quedé encantada con Todo, todo, todo su estilo y su voz, así que me volví su mini fan, pues tampoco me considero su fiel seguidora.

Lo cierto es que aún no es muy conocido en México, incluso busqué entre mis amigos a alguno que por lo menos lo conociera para pedirle Llévame al baile, pero no tuve éxito en mi pesquisa, de manera que tuve que contagiar mi ánimo a alguien que me provoca una Hermosa taquicardia.

Imaginé que el Lunario no se llenaría, sin embargo, días antes del concierto, los boletos se habían agotado. Otra de las sorpresas que me llevé fue al llegar al recinto, pues dos horas antes de que iniciara el evento, ya había una fila inmensa, así que me imaginé que vería a Leiva desde más allá de la chingada.

Cuando por fin hubo acceso, la banda chelera, mojitera y cubera no se hizo esperar, así que empezó a beber como si al día siguiente no tuviera que ir a trabajar o a la escuela. Personas de todas edades, desde la chaviza hasta la (muy) momiza, así como la comunidad española en México, gritamos eufóricos cuando tras ser Terriblemente cruel y hacernos esperar, el madrileño comenzó a cantar y tocar su característica guitarra.

Desde el material más nuevo de su álbum Monstruos, pasando por canciones ya clásicas como Eme o Vis a vis, la cual tocó en acústico, hasta algunos éxitos de Pereza como Animales y Como lo tienes tú, y covers de Los Rodríguez, Beck y los Beatles, fueron algunas de las canciones que el público coreó y bailó.

Leiva se mostró conmovido por las porras y los gritos de euforia, pero sobre todo, agradecido con su público mexicano. Lo mejor, prometió volver pronto.

Al salir del concierto y tras cantar, gritar y bailar como locos cada una de las canciones que tocó, me di cuenta de dos cosas: una, creé un nuevo seguidor de la banda, y dos, yo ya no soy una mini fan, sino una completa fan de ese hombre cuerpo de alfiler.

Turista en mi ciudad

Hace un par de semanas viajé a un Pueblo Mágico y en la terminal de dicho pueblo vi publicidad anunciando viajes y recorridos por la Ciudad de México. “¿A qué querría alguien de provincia ir a la ciudad?”, me cuestioné. “Si yo no viviera aquí, seguramente no sentiría ninguna curiosidad por venir”, también me dije, pensando en el smog, el tráfico, la delincuencia y el ambiente godín que impera en la CDMX.

Al siguiente domingo tuve la suerte de tener que ir a trabajar al Centro Cultural España y se me hizo un poco temprano, así que ya estando cerca de la Catedral, e inmersa en una masa de turistas requemados, me pregunté por qué no entusiasmarme, como ellos, con las danzas prehispánicas, que, por cierto, nunca había visto con detenimiento, o las limpias con copal que tampoco había experimentado.

Usando un poco la imaginación, mi atuendo veraniego me hacía pasar por turista, así que me sumé a los espectadores y comencé a observar las danzas, tomar fotos y caminar con cara de sorpresa. Me posicioné tanto en mi papel de viajera que cooperé las dos veces que pasaron con el caracolito recolector y cuando uno de los danzantes me ofreció una limpia a cambio de una cooperación voluntaria, acepté, sin más.

Siendo chilanga y hasta mis veintisiempre, viví por primera vez una de las principales actividades turísticas de la ciudad. Luego de mi experimento, me fui al trabajo pues ya tenía el tiempo justo. Sólo me faltó subir la selfie en Catedral y hacer el chek in, pues el olor a copal y las buenas vibras ya las traía.

No, no es obra de Bretón, fueron mis vacaciones en la azotea, pero disfrazadas de turismo en la ciudad.

Señales

Hace tres décadas, aproximadamente, mi abuelo, apasionado del fútbol, llevó a su equipo a jugar a lo que entonces debía ser una lejana costa veracruzana: Tuxpan, donde encontró a otro joven más o menos de su edad que, al igual que él, era un pambolero entusiasta; con el tiempo, cada uno formó su familia y años después, ambos integraron equipos de futbol con sus hijos. Luego éstos comenzaron a casarse y a tener hijos, por lo que unos y otros se hicieron compadres.

Así se comenzó a tejer una amistad que ha durado más de lo que quizá ellos mismos imaginaban, pues hasta ahora, somos tres generaciones que continúan con esos lazos de afecto, aunque ya no sea el deporte lo que nos une, pues al menos en lo que a mí respecta, es una actividad que no tolero ni de cerca ni de lejos.

Cuando el abuelo hablaba de “el día en que muriera” y de que su voluntad era que lleváramos sus cenizas al mar, nadie lo tomaba en serio, quizá porque nos parecía (al menos a mí, que era niña, así se me figuraba), que el abuelo sería eterno, pues su presencia era tan cotidiana e indispensable en mi vida, que me parecía absurdo pensar que un día él ya no estaría.

Al llegar el momento, su voluntad se respetó y ahora yace en la costa de Tuxpan, pues esa era, según él, la fórmula infalible para asegurarse de que lo visitáramos constantemente. Tras dos años de fallecido, la semana pasada fui a saludarlo y a recordarnos, a él y a mí, que todos los días estamos juntos y que nunca me deja sola, pues siempre está en mis pensamientos, y que le agradezco todos los gustos y tradiciones que me heredó, pero sobre todo, el infinito amor del que siempre me rodeó.

Entré al mar y platiqué con él un poco, aunque no le dije todo lo que habría querido. Al final le pedí que me diera una señal si es que me estaba escuchando. Yo esperaba algo como una ola que me bañara, una parvada de pájaros en el horizonte, una brisa que me despeinara, algo cursi…, lo cierto es que él no era así. Después de un rato, sin que nada fuera de lo común sucediera, me salí del mar.

Antes de irnos de la playa, uno de los amigos que me acompañaban me tomó algunas fotos y en una de ésas, un balón salido de quién sabe dónde, pasó rodando por la arena tan velozmente que yo estuve segura de que saldría como una figura difusa debido al movimiento. Al revisar las fotos, ahí estaba el balón, posando al lado mío.

—Órale, bien futbolera —dijo mi amigo y luego se río.

No cabe duda, mi abuelo sí me estaba escuchando.

Sin quejas

Hace un año me encontraba viviendo mi primera experiencia laboral oficial. Antes había tenido empleos freelance, pero estar diez horas diarias en una oficina es otra cosa, por lo que traté de llevarme bien con todos mis compañeros. Todo marchaba bien hasta que a los cinco meses, más o menos, viví acoso y episodios de violencia por parte de uno de ellos.

Yo sé que mi caso no es único ni se trata de ninguna novedad, soy sólo una de tantas mujeres que a diario viven ese infierno, sin embargo, lo más surrealista del caso estaba por venir.

Tras el enfrentamiento que tuve con el sujeto (llamémoslo O), quien aseguraba que sus conductas se debían a “celos” porque yo convivía más con otros compañeros que con él y porque en su mundo de psicosis, “yo lo había ilusionado”, se fue; sin embargo, días después, en una junta, mi jefa dijo que ya no éramos niños pequeños ni estábamos en la escuela para “andarnos acusando”, con lo cual evidentemente se refería a mí.

Mi primer reacción fue preguntarme, ¿qué debía hacer entonces? Yo no acusé a nadie, únicamente, (y después de darle un montón de vueltas al asunto), decidí que debía avisar a alguna autoridad sobre lo que estaba sucediendo.

¿Cuándo debía hablar para que mis palabras no fueran consideradas como un chisme de oficina? ¿Cuando el tipo se atreviera a golpearme? ¿Cuando no fuera capaz de contener esa rabia con la que me hablaba? ¿Cuando el temblor de sus palabras, quijadas y puño estallaran? ¿Cuando intentara violarme? O mejor, ¿yo no debía hablar, sino mis padres y amigos hasta que estuviera desaparecida?


#NiUnoMás


Qué pena que en un país en el que los #SiMeMatan de cada una de nosotras tiene razón de ser, seamos las mismas mujeres las que minimicemos las señales de alerta. Sí, se trata de homicidios, no de feminicidios, el asesinato de cualquier ser humano es igual de alarmante, pero también es un hecho que nosotras somos más propensas a cierto tipo de violencia, o simplemente se han normalizado situaciones como las que acabo de mencionar, las cuales nos ocurren con mucha más frecuencia a nosotras.

El colmo del mundo al revés es que el viernes pasado, casi antes de salir, O apareció en la oficina, como si nada hubiera pasado y saludando a todos sonrisa en cara. Mi jefa lo había llamado. Volver a darle trabajo es lo que ella considera que este hombre merece, aún cuando ella misma se quejó por haber recibido miradas lascivas de él (aunque a algunos les parezca estúpido sentirse incómoda por algo así) y los mismos compañeros varones lo confirmaron.

Por ahora nada es oficial, no sabemos si este editor volverá de planta o como freelance, lo cierto es que en caso de que la primera opción sucediera, yo pasaré al ejército del desempleo de papá Marx por seguridad y dignidad, pues no pienso convivir con el agresor.

Así, en este México en donde una es culpable por quejarse, por ser amable y hasta porque la maten, les agradeceré sus buenas vibras y sus ofertas de empleo.

Puesta de sol en el río Pantepec

Puesta de sol en el río Pantepec, se combina  la calidez de la tarde con la brisa que acaricia el cabello y roza la piel, con el bullicio de la gente que espera el carnaval de Tuxpan y ni así rompe la armonía del instante. Una puesta de sol de tantas que deja de ser “una de tantas” porque ahí estuvo uno para guardarla en la memoria.

 

Más imágenes de la semana en:

  1. Sueños perdidos
  2. Primavera en la ciudad
  3. El carrito de los helados
  4. Luces de la ciudad
  5. El arte de reparar las bicicletas.

Mi pastel de chocolate

Cruzo el Eje central, acabo de comprar un trozo de pastel en el Pasaje américa con lo último que me quedaba de la quincena. Sí, es un acto un poco estúpido: comprar una rebanada de pastel de setenta pesos cuando estás por quedarte sin dinero y las tripas rugen un poco, pero decía mi abuelo que gastar el dinero en comida en realidad no es un gasto.

“Señorita, señorita”, escucho, pero lo ignoro. ¿Cuántas señoritas pueden caber en esas hordas que cruzan de Madero a Juárez en fin de semana? “Señorita, señorita” de nuevo, pero ahora me dan tirones del suéter. Volteo y encuentro a una mujer de menor estatura que yo, lo cual ya es mucho decir, casi anciana, aunque no desvalida ni desnutrida.

—¿Me regala su pan?

“¿Quéeee?”, es lo único que puedo pensar.

—No —le respondo sin pensarlo.

—Gracias —me dice, mientras resbala por su mejilla una lágrima demasiado ensayada para mi gusto.

Mi acompañante le da unas monedas. Lejos de sentirme conmovida, me siento enfadada. En esta ciudad no se puede salir al parque, a comer o a caminar sin enfrentar un episodio de estos, y es quizá esta misma ciudad la que nos ha arrebatado esa sensación de dolor ante la desgracia ajena, pues hay tantas mafias, tanta gente que rehúye a las responsabilidades de vivir en un asilo o simplemente se niegan a trabajar, y aun teniendo casas propias en colonias como Lindavista, deciden que es mejor salir a vivir de los demás.

Nunca sabré si aquella mujer en verdad necesitaba ese trozo de pan más que yo y quizá sólo sufrió las consecuencias de un momento de mi ira combinada con hambre, lo cierto es que si me quiero reivindicar, no será muy complicado, bastará con salir a alguna avenida medianamente transitada y esperar.

No, no es obra de Bretón, es la Ciudad de México.

Autos con esencia vieja

¿Cuántas veces nos ha robado un suspiro o una mirada la carrocería último modelo que efímera acaricia la piel de asfalto? Lujo sobre cuatro llantas: pintura deslumbrante, autos equipados con toda la tecnología de punta que las armadoras ofrecen hoy en día y a la vanguardia, sin embargo, ¿sabías que muchos de los modelos que actualmente vemos luciendo por las calles, son remakes de clásicos de los años 20, 30, 40 y 50?

En entrevista para El Tecolote, conversamos con Carlos y Ricardo Ramírez, restauradores automotrices especialistas en vehículos clásicos y de carreras, quienes nos recibieron en su taller para mostrarnos cómo se vive el remake en el mundo automotriz.

Una de las inquietudes que surgen cuando uno se entera de la serie de automóviles que han sido traídos del pasado a nuestra época, es ¿qué características necesita tener el vehículo para que posteriormente se haga una nueva versión de él?

CR: No cualquier carro es candidato, por lo regular se trata de carros extravagantes, excéntricos. Entre ellos están lo SS (Super Sport) y los Muscle Cars o Musculosos, llamados así debido a que su caja, frenos y motor son más poderosos.

RR: Por lo regular, las armadoras se encargan de convertir un vehículo en clásico, para ello eligen autos con elegancia y belleza. Claro, además se consideran clásicos porque nunca pasarán de moda, es decir, se mantienen en el gusto de los conductores.

¿Y qué características necesita un auto para ser considerado como clásico?

RR: Además de mantenerse en el gusto de la gente, la elegancia, la estética, su mecánica y la durabilidad. Antes los carros eran prácticamente indestructibles, hay carros de los años 20 o 30 que todavía andan circulando. En México hay varias armadoras automotrices que han hecho el re-lanzamiento de sus modelos más exitosos, varios en colecciones retro; Chevrolet es probablemente la que más lo ha hecho.

CR: Por ejemplo, Chevrolet ha lanzado el Camaro, el Malibú, el Corvette y la Fly Master. También podemos mencionar a Ford, con el Mustang; o a Chrysler con el Plymouth Charger. Como puedes ver, no son carros comerciales ni de uso común.

Suburban 50 vs HHR 2015.

 

RR: La BMW también tiene el Mini Cooper, que antes fue Mini Morris, o Chevrolet la HHR que es la versión actual de la Suburban 50, la primer Suburban. Otro caso es la Volkswagen con el Beetle, que está inspirado en el Vocho, pero que ahora vuelve como un carro de lujo a diferencia de su antecesor, que era todo lo contrario. Se trata de automóviles que están diseñados a partir del boceto original, aunque con nombres diferentes, y con todas las mejoras que ofrece la tecnología.

Mini Morris 1968 vs Mini Cooper 2017.

 

 

 

Y hablando de mejoras tecnológicas, ¿qué es lo que las armadoras automotrices cambian a cada vehículo y qué partes conservan de los modelos originales?

CR: Muchos conservan, por ejemplo, las salpicaderas o los faldones del original, o en su defecto, las hacen muy similares, por supuesto, además de la forma de la carrocería. Sin embargo, en la actualidad los autos ya no traen carburador y el sistema de inyección es Fuel injection.

RR: Definitivamente la pintura cambia, antes no existía la tecnología ni los aperlados preciosos que ahora hay, y por lo regular cambia todo, lo único que se conserva es el boceto, pero los moldes de faros, parrilla, molduras, vidrios y medidas en general cambian. Aunque hay armadoras que denominan a sus autos retro, más bien son vintage, porque sólo recuperan algunos elementos originales y muchos otros son actuales.

¿Hay algún elemento en especial que deba conservarse?

CR: Su potencia, sin duda, sobre todo en el caso de ser un SS o un Muscle car de ocho cilindros, y en algunos casos también la transmisión, sin importar si es automático o estándar.

Por lo que nos mencionan, prácticamente cambia toda la parte mecánica en estos automóviles de nueva generación, entonces ¿es más difícil trabajar con los originales o con los nuevos? Ustedes, ¿con cuáles prefieren trabajar?

CR: Como  te comenté antes, ahora los autos ya no traen carburador, así que empezando por ahí, la manera de hacer ajustes cambia. Cuando comenzaron a surgir esas modificaciones, entre el 88 y el 89, tuvimos que ir a cursos de Fuel injection para aprender y familiarizarnos con los nuevos sistemas.

RR: Todo va cambiando en los autos nuevos, así que sólo es cuestión de acostumbrarse y actualizarse. A mí me gusta trabajar con ambos, cada uno tiene lo suyo.

Como podemos ver, ambos (los originales y el remake) son bellos, sin embargo, ¿podrían decirnos cuál es mejor y con cuál se quedarían ustedes?

RR: Son mejores los actuales, están a la vanguardia y obviamente traen muchas mejoras, pero a mí me gustan más los originales, tienen esa esencia vieja inigualable.

En la actualidad, ¿hay algún auto original que ustedes consideren como candidato para hacer un remake de él en el futuro?

CR: No lo creo… el Focus, tal vez.

RR: Yo creo que el Focus porque es un carro deportivo, funcional y se vende muy bien, además de que es el auto del momento y a la gente le gusta mucho. Aun así lo veo difícil, los vehículos ahora son prácticamente desechables, duran máximo quince años, cuando antes duraban hasta sesenta.

Como podemos ver, no cualquier automóvil es digno de viajar en el tiempo, mucho menos como una versión corregida y aumentada de sí mismo, así que cuando veas uno de éstos, no dudes que al dueño de semejante vehículo le gustan los lujos, pero sobre todo, que seguramente es un aficionado de los autos con esencia vieja.

El valor de un “para siempre”

A Ro, que ya me prometió un por siempre

¿Quién no ha prometido amar por siempre a alguien? ¿O quién no ha jurado estar al lado de aquel que alguna vez fue su mejor amigo? ¿Acaso es tan detestable aquel que no cumple esos por siempre? ¿No se trata de dos palabras demasiado violentas?

Todos en alguna ocasión hemos hecho promesas, en el mejor de los casos, con la convicción que habremos de cumplirlas, mismas que, ya sean de amor, de amistad, de compromiso o de lealtad, a terceros e incluso a nosotros mismos, en buena parte de las veces no logramos cumplir. Y no, no se trata (únicamente) que la persona o la situación carezca de importancia para nosotros, y aunque un poco dolorosa, acaso la respuesta sea sencilla: todo cambia.

Las circunstancias, las personas, las necesidades, nosotros mismos, cambiamos y nos reconfiguramos constantemente, proceso en el que corremos el riesgo de no calificar para la siguiente etapa en la vida de los demás, incluso de aquellos para quienes parecíamos imprescindibles.

Y claro, es complicado pensarse lejos de quien solía ser tu mejor amigo, imaginar que no tendrás más sus consejos y esas visitas a su casa, o que el amor de tu vida quizá no era el amor de tu vida y cada uno deberá seguir sin volver a mencionar alguno de los ridículos apodos a los que ya se habían acostumbrado.

El peligro de una promesa sin cumplir siempre estará latente, sin embargo, aquellas personas que cruzan en nuestras vidas y nos hacen sentir que incluso el riesgo de un adiós vale la pena con tal de atesorar las experiencias vividas a su lado, son las que dan sentido a eso que somos y, como decía el zorro del Principito, quienes nos domestican, para así dejar de ser uno más en el mundo y convertirnos en únicos para alguien.

Es difícil pensar que el valor de esos por siempre que alguna vez se mencionaron con vehemencia se evapore, pues en algún momento fueron dichos con la genuina convicción de ser cumplidos, pero finalmente aquellas presencias constantes en la vida, las escenas que se repiten una y otra vez sin volverse monótonas, las conversaciones que pueden ser las mismas o distintas y aún así no pierden ese halo de amistad ni nos dejan de reconfortar, aquellas cervezas, cafés o malteadas compartidas que con el paso del tiempo cobran un sabor distinto, son los verdaderos por siempres, aquellos que ni siquiera hace falta pronunciar porque ya están sucediendo.

El taller

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Siempre supimos que el taller de papá era un enigma. No dejaba entrar a nadie y si alguien lo hacía sin su consentimiento, ¡pobre! Tenía todo tan desordenadamente en su lugar que se percataba si un sólo clavo estaba fuera de su sitio y no tenía reparo en reclamar para, después, investigar quién era el culpable.

 

Con el paso de los años, la madera que cubría algunas paredes del taller se humedeció y comenzó a caer como si se despellejara, por eso daba la impresión de que con cualquier lluvia o ventarrón se desplomaría. En relación con el resto de la casa, a la cual entre mis dos hermanos y yo le hicimos algunas mejoras, el taller parecía haberse estancado en el tiempo, que al parecer, al igual que nosotros también tenía prohibido el paso. Al taller sólo tenían acceso libre el polvo, los perros: El grande, Alfonso, Huker y Barbie; y los gatos: Agapito, Griselda y sus amigos felinos que a veces llegaban buscando dónde pasar la noche.

 

Por supuesto, la presencia de mamá era la más prohibida de todas. Ese huracán de limpieza que le veía semblante de basura a todo aquello que papá consideraba su tesoro y nuestra futura herencia, misma que aún no sabíamos valorar, por lo que era preciso alejar de nuestras manos de estómago.

 

Con el tiempo la curiosidad se nos apagó un poco, aunque no del todo. El taller, no me cabe duda, es como él, incomprensible, sigue lleno de enigmas aun cuando ya conocemos cada tornillo, tuerca, refacción, juguete, herramienta y cualquier otro tipo de objeto extraño que hay ahí.

 

Ese lugar, el lugar de papá, siempre tuvo algo de sombrío, sus paredes grises, ya con el tabique viejo y el olor a humedad, la tierra del piso, la grasa y los cuernos de chivo, cadáver testimonial de cuando mi padre cocinaba barbacoa, colgados en la entrada, le daban un aspecto tétrico, pero con todo, a mi Lucía nunca le provocó ni asomo de miedo. Desde que empezó a caminar le gustaba llevar el banquito de madera que su abuelo le construyó en ese mismo taller y sentarse a verlo trabajar, lo cual no era muy seguido por aquella época porque él siempre estaba de viaje o en el despacho.

 

Aun cuando creció, a Lucía le gustaba ir con su abuelo a conversar, no tengo idea de qué. Cuando terminó el bachillerato hasta estuvo a punto de estudiar Derecho, como mi papá. Pasaban horas juntos y a veces las risas se escuchaban hasta la calle. Ella y yo nunca hemos conversado así, pronto se nos acaban los temas y se abren grietas llenas de silencios incómodos o las charlas amistosas derivan en peleas campales. Eso es algo que tampoco podré comprender de él: cómo, con semejante carácter, logró ganarse el amor de mi niña.

 

Cuando Lucía y su madre se fueron de la casa había ocasiones en las que parecía que más bien ella iba al taller a ver a mi papá y no a mí. De repente los perdía de vista y luego aparecían en el jardín comiéndose un higo o una granada recién cortados o ya venían de la tienda con helados o paletas. A veces pienso que él la hizo tan berrinchuda y consentida como ahora es.

 

Por las noches, cuando ya era hora de llevar a Lucía a su casa, la buscaba por todos lados, hasta encontrarla en la sala de mi padre, tomando café y pan o tostadas con los frijoles refritos que él preparaba cuando sabía que ella vendría, viendo alguna película de Pedro Infante o Tin Tan, o a él transmitiéndole a Lucía la fascinación por los boleros de los Dandys o de los Tres Reyes, gusto que hasta hoy conserva.

 

La presencia de papá siempre fue escandalosa, era imposible que pasara desapercibido. Su voz grave hacía que todos a su alrededor voltearan a verlo. El taller es igual, además, es lo primero que se ve al entrar a la casa: está entre las dos puertas principales, como haciendo guardia, y de frente al jardín, porque a él le encantaba ver sus plantas y árboles frutales: “mi huerta”, decía.

 

Del otro lado del jardín está mi taller y hasta atrás de la casa, el de mis hermanos. Casi de manera inconsciente los construimos lo más lejos posible del de papá para evitar sus constantes regaños, sus “así no se hace”, “no, mijo, no seas pendejo” y sus repentinos cambios de humor.

 

Todos dijeron que un día nos arrepentiríamos de esa lejanía buscada adrede, lo cierto es que hoy que derrumban el taller no podemos sino sentir alivio porque ya no tendremos la zozobra de entender qué nos quiso decir papá durante toda la vida.

 

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Del pincel a la palabra, Manuel Arrubarrena

Manuel Arrubarrena, joven artista visual y novel literato, presentó el pasado viernes 17 de marzo su primer novela, Desde el olvido, en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia.  

Ante el escritor Gonzalo Suárez y la actriz Grecia Monroc, Arrubarrena señaló que la confección de su primera novela conllevó la misma meticulosidad que da a su obra visual, disciplina a la que desde hace algunos años se dedica de manera profesional.

Cada acontecimiento y paisaje narrado en la novela, confesó el originario de la Ciudad de México, requirió la misma dedicación y cuidado que el autor da a un cuadro, acaso por ello Desde el olvido tiene un tono romántico, ya que es muy gráfica en cuanto a los lugares donde se desarrolla cada hecho. La novela, calificada por el autor como histórica y thriller, tiene como marco la Batalla de Puebla.

Arrubarrena: cada acontecimiento y paisaje narrado requirió la misma dedicación y cuidado que un cuadro. Foto: Diana Ramírez Luna.

Desde el olvido, obra para salir de la cotidianidad

Gonzalo Suárez destacó la maestría con que las escenas de guerra fueron concebidas y confesó, con sorpresa, que imaginaba a Arrubarrena como una persona mayor por la madurez personal que denota en su prosa.

Desde el olvido, refirió el también escritor, es una obra distinta a aquellas que narran hechos bélicos, ya que más que abordar la Batalla de Puebla desde un punto de vista histórico, lo hace desde la perspectiva de la tropa, es decir, desde un punto de vista humano.


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Resaltó también la importancia de los personajes que aparecen en dicha obra, ya que están en constante cambio, lo que los vuelve entrañables y redondos, así como la inteligencia con que están pensados los diálogos y las reflexiones. “Esta primera producción literaria de Arrubarrena tiene todo lo necesario para trascender y convertirse en una obra clásica de la literatura mexicana”, concluyó.

Por su parte, Grecia Monroc hizo hincapié en que el tema de la guerra pasa a un segundo plano, pues se trata de un libro que habla de la humanidad en ésta o en cualquier época, de la empatía que genera y de la manera en que invita al lector a reflexionar.

Para finalizar su participación, la actriz citó varios fragmentos de la novela que le parecieron importantes, entre ellos, una frase que la impactó: “La guerra es una oportunidad de salir de la cotidianidad”.

Antes de concluir la presentación, el también artista visual habló acerca del proceso creativo de Desde el olvido. Señaló que ésta fue concebida mientras leía dos clásicos: Los hermanos Karamazov de Dostoievski y Los miserables de Victor Hugo, por lo que él considera que se impregnó de ese romanticismo.

También señaló que intentó cuestionar aquello que es considerado como “lo bueno y lo malo” sin dar respuesta, sino más bien abrir interrogantes, ya que uno de sus objetivos era confrontar al lector consigo mismo en cuanto a la parte ética. En lo que respecta a la época en la que situó la novela, confesó que su intención era jugar con los tiempos literarios y a partir de ello eligió un período que ninguno de los lectores hubiera vivido.

Los ejemplares de esta novela publicada por Acribus Editorial ya están a la venta en Amazon.com.

Desde el olvido, la primera novela de Manuel Arrubarrena. Foto: Diana Ramírez Luna.

La gigante de la montaña

Intenté abrir los ojos, me los tallé con el puñito de la mano para ayudarme a despertar, fue inútil. El calor generaba una atmósfera densa, sofocante, las mismas palmeras parecían padecerlo con sus movimientos lentos y fatigosos, lo que provocaba más pesadez en mis párpados convertidos ya en plomo, tras las horas de viaje en carretera, la estancia en la alberca, los mariscos y la viveza del sol mordisqueando la piel.

 


Conoce: La isla de los lagartos verdesmeralda


 

Intenté que mis pestañas superiores se despegaran de las inferiores, pero estaban como tejidas entre sí. El sueño era muy placentero. Aunque sudaba, el viento generado por el ventilador me golpeaba la espalda y lo sentía en armonía con mi respiración, lenta y profunda. Inhalaba y aspiraba por la nariz, pues sólo cuando hace calor puedo hacerlo sin sentir constipadas las vías respiratorias.

 

Comenzaba a sentir la parte frontal de mi torso sudorosa y eso me generaba comezón. Quería abrir los ojos, moverme para secarme el sudor, pero el aire cálido era tan agradable que en vez de eso, me arrancaba sonrisas, ensoñaciones fantásticas y más ánimos de dormir.

 

Mis manos y pies colgaban, soñaba que era una gigante que tras horas de calurosa caminata y búsqueda del lugar perfecto para morar, se adueñaba de una gran montaña y se tendía a dormir sobre ella, en donde apoyaba su barriga para desentenderse de sus extremidades y dejar de imprimirles fuerza.

 

Al fin me rendí. Mis párpados de plomo y mis pestañas entretejidas no me permitieron despertar, así que lo hice quizá unas horas después o quizá hasta el día siguiente. Cuando volví de aquel mundo de gigantes y montañas, levanté un poco la cabeza y miré a papá que me dedicaba una sonrisa blanca y esa mirada ocre que tanto me gustaba. Sólo supe quitarme el cabello de la cara para verlo mejor y entonces comprendí que no estaba tan equivocada, ahí, extendida sobre la panza de papá, era una gigante que todo lo podía.

La isla de los lagartos verdesmeralda

Era la primera mujer a cargo de la capitanía de un barco y estaba orgullosa de eso. Nos dirigíamos vía terrestre a la costa para zarpar y comenzar la aventura de nuestras vidas: la búsqueda de la isla de los lagartos verdesmeralda. Únicamente en las costas de Tuxpan, Veracruz, se les había visto y, aquellos que habían logrado probar su carne aseguraban que además de ser deliciosa, con sabor agridulce y de una suavidad increíble, tenía efectos alucinógenos, más que cualquier hongo o hierba hasta entonces conocida.

Contaban los nativos que al ponerse en sol, la marea comenzaba a subir y el agua del río, como magnetizada por el mar, descendía para unírsele por un momento. Entonces los lagartos verdesmeralda pasaban corriendo sobre el agua para, segundos después, desaparecer como tragados por el aire. A la sazón se formaban pequeñas islas dentro del inmenso río, y ese era el momento justo para desembarcar y cazar a los lagartos, pero había que ser hábil y ducho, porque el evento no duraba más de quince o veinte minutos, tiempo aleatorio, de tal suerte que el río volvía a llenarse con gran velocidad y presión, como si se tratara de una alberca gigante.

Al llegar a tierra y convidar a la gente de su descubrimiento, el primer hombre que logró atrapar a un lagarto, no se hicieron tardar las expediciones en busca de la codiciada fauna alucinógena. No obstante, ningún marino había podido atrapar más de uno de esos seres, por lo que nuestra expedición era la primera en lanzarse al mar con el equipo necesario para hacer ese viaje de varias leguas hacia el Golfo.

-¿Me pasas la bolsa de papas?

-Aquí la tienes. ¿Quieres refresco?

-Sí, mamá. Por favor.

-Toma. No lo vayas a tirar que hay muchas curvas. Y no comas de más, que la carretera siempre te marea, no queremos que vomites, ¿verdad?

-No, ma…

-Come con cuidado, vienes escribiendo y te puedes marear más fácilmente.

-Y tampoco te duermas, ya falta poco para llegar.

 -¿Cuánto falta, papá?

 –Estamos a media hora de Tuxpan.

Decidimos hacer la expedición con tan sólo diez hombres y once mujeres, además de mí. Mientras viajábamos por tierra en un coche arrastrado por dos caballos color canela, planeábamos qué tipo de provisiones era pertinente llevar, cantidades, la ruta a seguir, el tiempo estimado y todo lo que hace falta saber antes de levar anclas.

Éramos veintidós personas dispuestas a conquistar las islas de los lagartos y nada nos detendría. En la costa ya había hombres esperándonos con un pequeño barco construido por ellos mismos, listo para recibirnos y hacernos a la mar al día siguiente.

Cerca de la media noche llegamos a La Mata, lugar donde hombres y mujeres, amigos del abuelo, nos recibieron con algarabía, nos proporcionaron camas para dormir, comida y baños para despejarnos del viaje de horas que habíamos hecho. Esa noche, la última en tierra, nos pareció eterna. Me atrevo a decir que no fui la única que no durmió, porque en el ambiente se respiraba la densidad de la tensión, de lo desconocido e inesperado, de la aventura y el miedo.

-Ya casi llegamos. ¿Quieres pasar por un helado antes de llegar con tus padrinos?

-¡Sí!

-¿De qué sabor lo vas a querer?

 -De pay de limón, papi.

 -¿Con cubierta de chocolate?

 -Sí, y en una canasta.

 -Perfecto, muñequita. Bájate a ordenar junto con tu mamá y tus tíos mientras yo encuentro un estacionamiento.

En vista del tamaño del barco, tuvimos que disminuir las provisiones que teníamos planeadas para el viaje, así que sólo cargamos con la mitad de lo previsto. Comenzamos con los trabajos a las cuatro de la madrugada y zarpamos a las siete de la mañana, con una brisa estival golpeándonos el rostro, pero no los ánimos. Íbamos en busca de uno de los mayores tesoros jamás imaginados, así que lo que en realidad soltó amarras ese 14 de mayo de 2000, fueron veintidós personas convencidas de que no regresarían si no traían entre sus pertenencias fardos de lagartos verdesmeralda.

-Ya llevamos los refrescos, la botana, los condimentos, el asador y todo lo desechable. ¿Falta algo más, compadre?

-No creo, compadre. Con eso está bien, el paseo no durará más de seis horas, estaremos de vuelta antes del anochecer. Ya nada más faltan mis hijos, siempre sí nos van a acompañar.

-Pues entonces nos vamos en cuanto ustedes digan.

Tardamos media hora más de lo estimado en salir del puerto, esperábamos a tres elementos más que a última hora decidieron incorporarse a la expedición. Era un día de carnaval y la gente nos despidió en el muelle agitando las manos, nos deseó suerte y nos gritaban “¡verdesmeralda, verdesmeralda!”, como bautizaron la nave, mientras nosotros, observándolos, cada vez escuchábamos voces más tenues y más nítido el murmullo del mar.

Nos internamos y navegamos dos días, hasta llegar a la zona donde supuestamente encontraríamos las islas cuando llegara la puesta del sol. Detuvimos el barco y esperamos a que la intersección entre el día y la noche nos alcanzara. Faltaban cerca de dos horas, así que decidimos que era buen momento para comer.

-Niños, ¿les sirvo filetes?

-Sí, por favor, padrino.

-Sí, papá. A nosotros también.

-Aquí tienen, en la hielera pequeña traemos limones para que los preparen y en la grande refrescos.

-Niños, ¿ya se pusieron bloqueador?

-Yaaaa…

-En cuando suba la marea el río quedará vacío, coman para que cuando eso suceda puedan bajar sin problemas.

Con la puesta del sol se avivaron nuestras expectativas. La tripulación entera posó sus miradas sobre esas aguas diáfanas que no tenían principio ni fin, autárquicas y caprichosas. En cuanto el azul del cielo se tornó en ese morado que da paso a la resistencia de la noche, donde pugna por posarse sobre las estrellas, el nivel del río comenzó a descender hasta quedarse casi vacío. Entonces aparecieron las pequeñas islas, como si sólo se tratara de cúmulos de arena en medio de una inmensa playa, cubiertas de conchas y galletas marinas.

La tripulación se quedó estupefacta frente al espectáculo, pero ante mi reacción, como capitana, todos despabilaron y abandonaron el barco para bajar a explorar la zona. Finalmente, teníamos escaso cuarto de hora para cumplir nuestro cometido. Yo fui la primera en pisar tierra, tomé un puño de esa arena tibia y la derramé sobre mis pies sin poder dejar de mirar cómo refulgían las pequeñas partículas de ese polvo casi líquido.

Los demás elementos estaban igual de deslumbrados que yo. Aunque tratara de disimularlo, el brillo de mis ojos me delataba ante los de ellos y eso, a su vez, los hacía sentirse libres de tomar las enormes conchas de quince centímetros de radio y, dentro de ellas, guardar las frágiles y quebradizas galletas de mar.

No transcurrieron más de tres minutos cuando los lagartos verdesmeralda se hicieron presentes y pasaron corriendo sobre el agua. Eran del tamaño de la palma de mi mano, veloces, tornasolados y daban el aspecto de ser elásticos.

Dos de mis hombres los persiguieron en vano, así que corrí por las redes que habíamos preparado y entre varias mujeres la lanzamos cuando vimos un grupo de lagartos corriendo hacia el agua y, acto seguido, los demás elementos de la tripulación imitaron nuestros actos. Atrapamos a cincuenta, quizás, pero entonces comprobamos su elasticidad, pues se estiraron como ligas para escabullirse por los orificios de la red.

Entonces comenzamos a escuchar que el murmullo del agua nos daba un consejo o una orden; era preciso regresar al barco. Hubo unos segundos de quietud y silencio, nos miramos unos a otros y, como esperando que yo respondiera a sus interrogantes, me observaron inquisidores.

-¡Al barco, tripulación!- grité.

-Suban todos a la lancha ya, niños. Está por entrar la noche.

-Padrino, otro ratito.

-No, pequeñuela, ya no se puede.

-Papá, déjanos otro ratito…

-Por hoy no se puede, el río va a regresar a su nivel en unos minutos, pero si se portan bien, mañana podemos volver a la isla de los lagartos verdesmeralda.

 

 

#NuestrosMuertos: Dormir y soñar, abandonar la muerte

“Y, en verdad, que nunca se retorna, porque nunca partimos”
Luis Cardoza y Aragón

Hasta hace poco las festividades de Día de Muertos, las ofrendas y diversos rituales que se llevan a cabo en estas fechas, no tenían mayor significado para mí más que comer pan exclusivo de la temporada y otras delicias que, por tradición familiar, sólo se preparan en esta época del año.

 

No tenía difuntos a quienes esperar el 2 de noviembre. Todo cambió hace tres años, cuando falleció el abuelo, el papá de mi mamá. Fue un hecho desconcertante, sobre todo por ser mi primera pérdida de tal naturaleza.

 

Al siguiente año sucedió algo inesperado —además de indeseado e inverosímil para mí—, falleció el otro abuelo, el que era como mi padre, con el que crecí, el que me daba premios por obtener buenas calificaciones, incluso en la universidad, el que año con año, sin falta, tenía un enorme pastel de cumpleaños para mí, con el que platicaba horas y veía películas a blanco y negro.

 

La sensación de irrealidad que acarrea la muerte es un sedante que, en el momento, bloquea el pensamiento y el dolor, por ello conforme pasan los días y la consciencia se imbrica, el pesar se acrecienta.

 

A propósito, ¿duele la muerte de aquellos a quienes amamos? Creo que, literalmente, sí. Algo duele en el pecho, algo que era parte de ti se desprende al saber que no volverás hablar con esa persona, a escuchar su risa o a beber café a su lado. Pero —y aunque esta idea sea la más trillada del mundo— ¿no es cierto que las personas existen porque pensamos en ellas? Creo que lo mismo sucede con ellos, los que no-nos abandonaron. Y es que yo pienso en el abuelo en cada momento de mi vida y en lo feliz que estaría de ver que hice lo mejor que pude con lo que él me enseñó.

 

Hacían meses que no soñaba con él, y aún más que no hablábamos ni en sueños, pero la semana pasada sucedió. Estábamos en el patio de la casa donde viví hasta los quince años, al lado de la jaula del perico, y por alguna extraña razón, la escena adoptó el verde del plumaje del loro.

 

—Extraño la casa —le dije mientras caminábamos con los perros custodiándonos, como siempre.

—Esta sigue siendo tu casa —respondió así porque era imposible que lo hiciera de otra manera.

—Te extraño mucho.

—Yo también te extraño —dijo un poco serio, como era él; eso sí, sin asomo de tristeza.

 

Y es molesto cómo el sueño puede ser interrumpido de las maneras más impropias e impertinentes y la memoria ser su cómplice, porque quizás esa conversación se extendió más, simplemente no lo recuerdo. Porque cosas qué decirle, tengo muchas y sé que él a mí también.

 

“Dormir sin soñar ¿qué otra cosa es sino morir?”, escribió Villaurrutia, y sé que hay momentos en que mi abuelo abandona por ratos esa muerte sin sueños para soñar en los míos, sé que se toma esas breves licencias, aunque sabe que tampoco son necesarias porque ese pedazo de mí que perdí cuando él se fue, en realidad no está extraviado, lo tiene él, en donde quiera que esté.

Mejores amigas

diana relato

 

Había sido un mal día. De los peores.

 

Discutí con papá porque olvidó que tenía clase –quizá incluso olvidó que ese día me tenía en casa- y se fue a una cita de negocios sin el menor apuro; cuando volvió, ya era tarde para ir a la Facultad, así que me regresaría a casa. No tenía tiempo de llevarme y tuve que viajar en metro, donde hacía un calor equivalente al concentrado de todos los círculos del infierno de Dante. El metro hizo un recorrido estimado para 50 minutos en hora y media y, al salir, vi atisbos de que el cielo, como yo, quería llorar.

 

Decidí que no tomaría taxi, caminaría hasta casa. No, tampoco iría a casa, iría al Miguel Alemán a caminar y tomar un poco de aire. Sonó mi móvil, era Óscar. La noche anterior habíamos discutido por el rumbo que estaba tomando la relación: él me lo dijo claro, no quería una relación seria y si eso era lo que yo buscaba, él no era el hombre correcto. Apagué el teléfono.

 

Mientras caminaba hasta el parque me vinieron a la mente diversas situaciones por las cuales estaba atravesando. El innombrable tema de la tesis, mi recién perdido empleo debido a la quiebra de la editorial, el servicio social que aún no comenzaba, el libro de relatos cuya publicación estaba en el limbo, mi informal relación con Óscar a quién yo ya no sabía si quería u odiaba por llenarme de mimos y caricias, pero siempre sin certezas de ningún tipo, y por Rodrigo, quien tras haber desaparecido sin motivos de mi vida durante medio año, había vuelto con un speech de redención. Además de la situación de mi padre, que a ratos, parecía olvidar que yo existía, aun cuando tuviéramos tan establecidos nuestros horarios para vernos. Jan, una de mis mejores amigas y la que vivía más cerca de mi casa, había dejado el gimnasio y ahora casi no nos veíamos, salvo extrañas casualidades, así que no tenía con quién conversar; la extrañaba mucho.

 

En menos de lo que pensé, ya había llegado al deportivo. Me paré frente a él y vacilé en entrar, pero al final, lo hice. Me senté en una banca y observé a los jugadores de americano, a las chicas del equipo de atletismo, a las parejas que caminaban de la mano. Todos felices. Salí de ahí, no estaba ayudando demasiado el escenario.

 

Comenzaba a oscurecer y en menos de media hora, seguramente, caería la noche, así que opté por sentarme en una banca afuera del deportivo. Miré hacia la avenida, me quedé absorta en nada. Prendí un cigarro.

 

Sentí una mano en la espalda, me espanté. Di un pequeño brinco y giré la cabeza.

 

-¡Vaya! Tengo toda la tarde llamándote, pero me manda a buzón. Supuse que estarías aquí.

-Apagué el teléfono, no quería que me molestaran.

-¿Quién te molesta?

-Bueno, en realidad nadie. Sólo Óscar. Y eso, sin mucho ahínco.

-En ese caso, los demás no tendríamos por qué pagar las consecuencias de lo que hace ese pelele.

-Ya sé. Lo siento.

-Vamos, dame ese cigarro. Mejor te invito un helado, ¿qué dices?

-Digo que está comenzando a llover y no tengo ganas de nada.

-Ay, no seas dramática. Es más, qué te pregunto, vamos.

 

Me tomó de la mano y me arrastró hasta el interior de mi heladería favorita que se encontraba cruzando la calle, sin preguntarme, ordenó un helado doble de triple chocolate. Yo hablaba en serio, no tenía ganas de nada, pero al verlo ahí, frente a mí, no tuve opción. Como siempre, les tentaciones tienen la virtud de arrasar con mi voluntad y esta no fue la excepción.

 

Durante el tiempo que estuvimos sentadas dentro de la heladería, ella no dijo nada, se limitó a sonreírme de vez en cuando y a escuchar con paciencia mi silencio, porque sabía que en cualquier momento se quebraría y sólo entonces ella hablaría.

 

En efecto, comencé a hablar y ella me escuchó atenta.

 

-¿No dices nada?

-Nada, no. Digo lo que ya sabes, pero si quieres que te lo repita, lo hago. En primer lugar, digo que ya conoces a tu padre y no debes tomar las cosas tan a pecho con él, es distraído y un poco desatento, pero eso no quiere decir que no te quiera. Digo que no estás para soportar ninguna situación con la que no estés plenamente feliz y que tú eres capaz de lograr lo que quieras, como lo has demostrado siempre; una tesis no tiene por qué causarte tantos conflictos. Digo que ya hallarás un trabajo mucho mejor y que no te pasará nada que no deba pasarte, pero debes tener paciencia, tesón y orgullo, pero sobre todo, ser consciente de que tú mereces eso que deseas y más.

-¿Tú crees?

-No. Estoy segura. ¿Sabes cuál es tu problema?

-¿Que tengo un periodo de mala suerte?

-¡Claro que no, baby! Que eres demasiado perfecta y hasta a ti misma te cuesta trabajo creerlo. ¿Cómo no quieres que a los demás también les cueste y les horrorice echarse el paquete de una profesionista independiente que se dedica a lo que le apasiona, joven, bonita y además se dedica al deporte?
Entonces me reí. Ella también.

-¿Nos vamos?

 

Salimos de la heladería y las gotas de la breve, pero intensa lluvia ya comenzaban a evaporarse. Miramos hacia el horizonte y vimos un cielo estrellado con una luna roja e inmensa. Al llegar a casa, ambas sacamos nuestras llaves. Antes de introducirla en la cerradura, la abracé con todas mis fuerzas.

 

-Gracias, mamá. Por eso te amo.

Autorretrato a partir de Rosario Castellanos

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Yo soy una señorita, podría decirse.
Soy una señorita, según la Real Academia,
aunque no sea virgen ni tenga ocupación de secretaria
o empleada de la administración.
Lo soy, aunque ni siquiera tenga empleo.

Así pues, luzco mi trofeo: soy señorita,
ya que por lo mientras, soy joven.
Lo soy porque no sabría de qué otra manera denominarme.
La mayoría de las veces, gorda, según mis ojos,
flaca, si la que me mira es más gorda que yo.

Morena, en el inicio de los tiempos.
Pelirroja, tras una decepción amorosa.
Y de no tener la tez tan morena, me teñiría de rubia.

Soy una chica promedio, sin belleza ponderada,
sufro de puntos negros en la nariz.
Me maquillo de vez en cuando
y sólo para ocasiones especiales.

Mi apariencia no es la misma,
en la primaria era quizá la niña más fea de la generación,
en la secundaria me ayudó un poco la vanidad,
pero hasta la universidad se me quitó lo lastimeramente feita.
Nunca me he considerado ni podré considerarme una genio.
Soy mediocre. Ya lo dijo Chayo.
Y sí, también me agradan esas reuniones
llenas de personas charlando de literatura,
aunque yo, a diferencia de ella, no sea acreedora de devociones.

Amigas tengo pocas, no más de las necesarias.
Me gustan los espejos, pero sólo cuando voy al gimnasio.
No tengo mucha orientación de la moda,
y tampoco mucho estilo para vestir.
Generalmente torpe en el arte del coqueteo.

No soy madre ni quiero serlo.

Escribo cuentos, aunque a veces me dan ganas de escribir poesía.
Y así lo hago, o al menos lo intento, como ahora.

Escribo, publico, leo y hablo donde me dejen;
me gustan las revistas, los periódicos, no tanto.

Vivo en una calle llena de smog y marihuanos,
a veces los veo, para conocerlos y me conozcan.
Salgo poco de casa, al mercado, con mamá,
o al gimnasio, cuando el remordimiento me vence.

Me gusta la música, sobre todo los boleros,
que mis primos y amigos detestan.
De pintura no entiendo mucho, casi nada.
Odio las películas de acción,
admito que mis gustos son cursis y sosos.

Por supuesto, prefiero la lectura, y sí,
soy casi vegetariana y hago ejercicio.
No adopto animales, aunque me gustaría.
Antes de dormir y al despertar generalmente
me vienen a la mente todos mis problemas,
así que prefiero dormirme o levantarme de la cama.

Sufro sin razones, igual que ella,
por hábito, que no por herencia.
A mi madre y abuela nunca
les ha gustado el sufrimiento desmotivado.

Me gustaría ser feliz; a veces lo he sido y con eso me basta,
porque no pierdo la esperanza de volver a serlo a ratos.

Tenemos el mecanismo del llanto en común.

Lloro cuando no me siento querida,
cuando veo fotos de quienes ya no están
o alguna película que me recuerde a papá o al abuelo.
También cuando no puedo escribir
lo que ya tengo que entregar.

Guerrero y Francia estrechan lazos de amistad a través del 13° Festival Francés de Acapulco

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Una de las mejores maneras de estrechar relaciones entre naciones es a través de la cultura. Tal es el caso del 13° Festival Francés de Acapulco que, con la finalidad de fomentar los lazos de amistad entre México y Francia, se llevará a cabo del 10 al 13 de marzo, con sede en la Alianza Francesa de Acapulco.

 

Entre las actividades que se llevarán a cabo se encuentran muestras de artes plásticas, cine, gastronomía, moda, música y danza, mismas que serán abiertas al público en general.

 

Ernesto Rodríguez Escalona, secretario de turismo del estado de Guerrero, mencionó que este festival, cuyo inicio fue una muestra de cine, es ya una tradición y manifestó su agradecimiento hacia los organizadores del mismo por haber puesto la mira en Acapulco para llevar a cabo este magno evento. Especialmente reconoció el trabajo y esfuerzo de Karim Gilles Djelit, director general del Festival Francés de Acapulco.

 

Dicho evento tiene, entre otras, la finalidad de difundir las actividades de la Alianza Francesa y reactivar la economía guerrerense ahora que la situación es delicada, así como promover el intercambio educativo .

 

En materia de cine y en colaboración con FICUNAM se hizo una selección de cuatro cortometrajes que se proyectarán en la Quebrada; en gastronomía se llevará a cabo la Fiesta de las crepas, así como el 8° Concurso del Joven Chef, cuyo jurado estará conformado, entre otros distinguidos chefs, por Eduardo Palazuelos, quien a su vez mencionó que lo que se está buscando en esta ocasión es una fusión de comida guerrerense y francesa.

 

En cuanto a música se llevará a cabo el 2° Concurso de Dj, cuyo ganador musicalizará el cierre del propio festival; en artes plásticas se montará la exposición Nautilus. Quimeras del mar, de alebrijes; en materia de danza, se presentará un número de danza contemporánea y hip hop.

 

Los esfuerzos por reactivar la economía y en turismo tras los hechos violentos que han azotado al estado están surtiendo efecto, la prueba está en que ya hay más de cien eventos de alto impacto conformados para 2016, entre ellos el Festival Francés de Acapulco. Aunado a ello y como actividad previa, en la CDMX se llevará a cabo el Mercado Franco Guerrerense el sábado 20 de febrero de 11 a 18 hrs en la Casa de Francia.

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La mejor fórmula para enloquecer… Detrás de la pluma

¿Qué hay detrás de la pluma de un escritor?

Uno piensa en el camino de vivencias y lecturas que ese ser de letras ha atravesado. A veces su vida, que podría configurarse bohemia y rodeada de intelectuales, se ve opacada por una cosa: la cotidianidad y la supervivencia.

Hoy les escribo desde la Feria del Libro Psicoanalítico. Como se se imginarán, hoy no vengo como ponente, presentadora ni amiga de los autores. No es mi medio.

Hoy vengo como expositora. Llegué. Monté mi mesita con libros. Y me senté a esperar que los lectores llegaran. Pero hubo más detrás…

Salí de casa mucho antes que todos los días, hasta recordé mis días de estudiante. Abordé un metrobús lleno. Transbordé y volví a transbordar para recoger el stock y de ahí venir a la feria, cerca de Reforma.

Y sí, hubo más. Al preparar el stock uno se arrodilla, acaricia libros, los busca y revuelve, sobre todo si hay prisa. Uno se llena las manos de polvo y tierra, porque todo lector debe saber que los libros son un verdadero imán de polvo.

Después, uno mete libros en bolsas y mochilas y los carga en la espalda, en los hombros, y baja o sube escaleras. La condición física también se pone a prueba.

Los escritores somos como los músicos, tenemos esa dualidad de “estrellas en el escenario a acarreador de sus propios instrumentos”. Así sucede con nuestras obras.

Pero, ¿saben qué pienso? Que no hay nada como trabajar con lo que a uno le gustan: los libros.

La mejor fórmula para enloquecer

Hay un sinfín de maneras de enloquecer; mi fórmula consiste en encontrar siempre una distinta. Hoy es viernes 15 de enero del 2016, son las 21:15:50 y el próximo jueves (en teoría, hoy, 21 de enero) se inaugura mi columna para Los ojos del Tecolote, así que entre emocionada, dispersa y un poco nostálgica, comienzo a hacer uso de este espacio de la mejor manera que alguien puede escribir, con las emociones alteradas.

Volver siempre al mismo lugar

Quizá sea la más recurrente de las maneras de comenzar a perder la razón. Volver al mismo lugar es como caminar en círculos en vez de hacerlo hacia adelante, es condenarse a repetir siempre las mismas historias, a pasar por los mismos lugares, a encontrarte con la misma gente, a volver a beber el mismo trago y sí, condenar las nuevas historias a los viejos finales.

Sé que lo que digo no es un hallazgo, nada que el mismo lector no haya pensado en alguna ocasión, mi pregunta es ¿entonces por qué seguimos volviendo siempre al mismo lugar? ¿Por qué si no queremos repetir las mismas consecuencias del pasado, seguimos tomando las mismas decisiones que nos dirigen a ellas?

Podremos creer o no en el destino o en alguna otra entidad dictaminadora, pero sin duda creo que lo que determina nuestro rumbo es un conjunto de ambas, la situación que nos es dada más nuestro propio deseo de arruinarnos. ¿Qué le pasa a Ricardito en Las travesuras de la niña mala? La vida se le va en pagar la condena de haber conocido y coincidido a lo largo de los años con la niña mala, pero también vemos cómo es que a lo largo de toda esa vida se ha dedicado a anhelar y buscar cada uno de esos encuentros. ¿Y qué puede haber más desesperanzador que buscar la propia miseria?

O quizá la mejor manera de enloquecer sea renunciando a aquello que siempre nos ha obsesionado, soltar; porque buscar la cordura es seguramente el indicio más certero de que estamos más lejos de ella que nunca.

Te lo cambio por una foto

Concluyó el recorrido turístico que el primero de noviembre se realiza en el Panteón de San Nicolás, en León. El grupo de prensa caminó hasta el punto de reunión, cerca de la entrada, y se dispuso a hacer el recorrido de las ánimas que deriva en la Plaza central.

—Viri, ¿me prestarías tu angular, por favor?
—Por supuesto.

Viri lo buscó en su maletín, pero no lo encontró. Rememoró e intentó recordar el itinerario que siguió. ¡Ahí debía haberlo olvidado! Encima de aquella tumba alta y a punto de caerse, aquella que estaba al lado de la más vieja de todo el panteón. Sin pensarlo, echó a correr para recuperar su costoso lente que, si nadie había tomado, debía encontrarse casi hasta el fondo del lugar.

La gente ya salía del sitio, así que Viri caminaba a contracorriente, pero aun así se abría paso entre las personas, además debía apresurarse porque en cinco minutos cerraban el panteón y quedaría desalojado.

Llegó a la tumba en cuestión y el lente ya no estaba ahí. Echó maldiciones contra sí misma por ser tan descuidada con su equipo de trabajo, pero ya no había nada qué hacer, miles de personas habían estado ahí. Era caso perdido intentar recuperarlo, así que caminó de vuelta al punto de reunión. La puesta del sol era hermosa, el cielo rojo cubría las lápidas y cada uno de los nichos; Viri, como buena periodista, tomó su cámara y realizó algunas fotos como si el tiempo no apremiara. Luego la noche cayó y aprovechó el cambio de luz para hacer unas cuantas más, así lograría tomas únicas que ninguno de sus colegas habrían captado.

Tras más de un centenar de fotografías caminó hacia la salida y al llegar notó que ya no había nadie, pero además ya estaba cerrado. Buscó su teléfono y vio la hora, 7:23 y 1% de pila. Casi en automático, se apagó.

—¡No puede ser que haya perdido así la noción del tiempo!

Volvió a maldecirse, tenía que salir de ahí y llegar a la caminata, era el evento más importante del Festival de la Muerte y no podía perder la cobertura. Recordó que había visto otras salidas, así que decidió buscarlas. Otra posibilidad era que en el camino encontrara al panteonero y éste la dejara salir. Intentó mantener la calma y hallar una solución.

Rodeó el panteón y todas sus entradas estaban no sólo cerradas sino desiertas, toda la gente debía estar ya, al menos, a medio camino entre ella y la Plaza central, punto de arribo de las ánimas.

—¡Shhh! ¡Cállate! —susurraba alguien conteniendo la risa a otra persona que también lo hacía.
—Eso intento, pero no puedo —apenas si pudo entender Viri.
—¡Cállate o alguien nos va oír!

Viri intentó escuchar de dónde provenían las voces y una vez que localizó a las personas caminó hacia ellos. Se trataba de una pareja sentada en una banca de madera, una chica de piel muy blanca y cabellos muy negros, bella y espigada; él era de belleza no muy pronunciada, también de piel blanca y complexión media, barbón y sonriente. Conforme se acercaba se dio cuenta de que la mujer tenía entre las manos su angular.

—Qué tal, chicos, buenas noches… —un breve silencio— saben, ese lente es mío, hace unos momentos lo olvidé encima de una tumba, donde supongo lo encontraron. Es parte de mi equipo de trabajo, así que quiero pedirles que me lo devuelvan.

El hombre se adelantó y no dejó que la mujer contestara.

—¿Tu equipo de trabajo? ¿Qué haces con él? ¿A qué te dedicas?
—Lo ocupo para tomar fotografías, soy periodista y vengo del Distrito Federal a cubrir el Festival de la Muerte. Por cierto, ¿ustedes saben cómo puedo salir de aquí? No he encontrado al panteonero y todas las salidas están cerradas.
—Ya veo. ¿Y qué dirás de León? —omitió su consulta.

Viri no esperaba tal pregunta, no supo qué contestar. En realidad aún no sabía qué enfoque le daría a su nota, así que inventó algo para salir del paso.

—Hablaré de la manera en la que los leoneses construyen su propia tradición. Me parece que…
—Oye, oye, entonces dime, ¿para qué sirve esta cosa? —dijo señalando el lente que a Viri le hubiera gustado arrebatarle.
—Sirve para hacer fotos panorámicas y captar mayor porción del paisaje en la imagen, así que como te imaginarás, lo necesito mucho para las fotos que debo hacer. ¿Sí me lo podrían devolver, por favor?
—No lo sé, esta cosita me gustó mucho. Había pensado darle otros usos diferentes a los que tú me dices…
—¡No! Es que no tiene otros usos, ese lente es para lo que te digo y ya, además es muy caro…

La pareja se miró y ella se mostró piadosa ante la petición de Viri. Ladeó su cabeza y le sonrió al hombre. Viri no supo si esa sonrisa era de bondad o de ironía.

—Está bien, te lo devuelvo. Bueno, no sería devolver, te lo cambio por una foto.IMG_9391-1024x682
—¡Por supuesto que sí! Ustedes elijan el lugar donde la quieren y yo la tomo.
—Aquí. Aquí la queremos.

Siguieron abrazados y sonrieron a la cámara. El flash ahogó esa parte del panteón con su luminiscencia.

—¿Podrían levantarse ahora?

Y ellos se levantaron. Tras una pequeña sesión de fotos donde aparecían no sólo los enamorados sino el lente, ellos se lo devolvieron. Viri quedó muy agradecida y les tendió la mano con una tarjeta donde venían sus datos y el nombre del medio en el que publicaría las imágenes.

—Aquí pueden encontrar las fotos y con suerte quizá también en su versión impresa pueda colocarlas.
—Hombre, pues gracias. Te acompañamos a la salida, si gustas.
—¿Creen que ya esté abierta?
—Seguro que sí. Vamos.

Al llegar, los candados del panteón San Nicolás ya no impedían la salida.

—¡No lo puedo creer! Es una fortuna que esté abierto, ¿también ustedes se dirigen a la caminata?
—Gracias, no; nosotros nos quedamos, ¿verdad, amor?
—Como gusten, yo debo irme. Gracias de nuevo por la devolución y por acompañarme.
—Esta es tu casa, vuelve cuando así lo desees.

Viri, sin notar que el hombre hablaba como si se tratara de su casa y no de un panteón, pidió una última fotografía bajo los arcos del San Nicolás. Al disparar el flash, la pareja se disipó en el aire que se llenó de partículas grisáceas, recordándole a Viri que polvo somos y en polvo hemos de convertirnos.

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Pared

Descuelga la ventana en la pared,
tierno bloque de cal y arena, cómplice
de noctámbulos deseos sin ápice
de amor y sueños tejidos en red.

 

Dispara tus ojos llenos de sed
en figura femenina de lince,
sin bondad ni malicia, sólo vértice
de amores ajenos a nuestra merced.

 

Torna tu etérea presencia y figura
en cumbres ligeras de historia endeble,
en mí, forma retráctil sin premura.

 

Ni caricia ni palabra indeleble
ni beso con vida, ergo sepultura
mental. Indiferencia indestructible.

La belleza de Remedios y el amor de Mauricio Babilonia

Lo confieso, me hubiera gustado ser Remedios, la bella. Claro, el personaje de García Márquez en Cien años de soledad, pero también esa mujer, seguramente hermosa de la realidad que le inspiró a crear a la bisnieta de Úrsula, una mujer capaz de matar con su desdén a los hombres y que, además, tuvo la bendición de jamás ser atacada por ese patógeno llamado amor.

 

Remedios fue una suerte de leyenda, una mujer que llegó a este mundo por equivocación, según Gabo. ¿A quién no le habría gustado tener esa exótica belleza?

 

Mi mejor amiga no fue la excepción y cuando íbamos en la prepa, casi al terminar de de leer el libro, llegó al extremo de querer raparse para comprobar, o hacerse a la idea, de que el mito de la belleza de Remedios no era insuperable y ella también se volvería aún más hermosa sin su cabellera. Ella no pretendía hacer pelucas para los santos, sino para los niños con cáncer del hospital en el que trabaja su mamá. Por supuesto que Víctor, su novio en ese entonces, y yo no la dejamos. Ella juró que su decisión no tenía nada que ver con el libro, sino a un acto de caridad que había nacido desde el fondo de su alma, pero todos supimos que eso era mentira.

 

Por mi parte, también tuve un episodio carente de cordura y lucidez: lo viví en Macondo. A pesar de desear la belleza de Remedios, viví un amor como el de Meme. Tenía a mi Mauricio Babilonia, aprendiz de mecánico y al que conocí por una de esas casualidades insólitas en la vida. Era mi primer amor, además, un amor enloquecido, como los que uno se encuentra a los 16. Quizás no aparecían las mariposas amarillas cuando él llegaba, pero yo lo asocié con las famosas mariposas en el estómago que uno siente cuando se enamora.

 

A muchos podrá gustarles o no la literatura de García Márquez, lo cierto es que efectivamente, sus obras tienen algo, o mucho, de magia, según se quiera ver. Lugares comunes o no, es capaz de llevarnos a Macondo, pero sobre todo, a una intemporalidad en la cual había que darle nombre a las cosas y ponerles etiquetas para no olvidarlos, a vivir una peste de insomnio, a presenciar una lluvia que duró cuatro años, once meses y dos días, a tener un amor como el de Meme. A querer ser Remedios, la bella, para ser así, “indiferente a la malicia y a la suspicacia, feliz en un mundo propio de realidades simples”.

La mala estrategia

Por: Diana Ramírez Luna

 

Casi tiembla, casi llueve.
Despacio camino sobre tus olas incansables,
móviles de tus ojos inalcanzables
en el hueco vacío de este espacio.

 

Llevo el aire falso de tu cansancio
como vapor que emanan los cristales,
cual felicidad de años juveniles
que miro desvanecerse despacio.

 

Casi miro el eco de nuestra brisa
colando en mí largo eco de nostalgia
y de ti desprendiendo la sonrisa.

 

¿En dónde perdimos la extraña magia?
Voy a buscar debajo de la cornisa,
la ceniza y de la mala estrategia.

Huída

Yo por eso huyo. Porque las raíces

atan manos y pies, truncan bondad.

Así no creo más que en tu maldad

que me llevó de pie a caer de bruces.

 

En esto creo, nada de felices

futuros; promesas. Serenidad,

tranquila atengo mi calamidad.

Huyo homogénea; no quiero raíces.

 

Yo no siempre fui inmóvil y liviana,

pero ahora creo en tardes nubladas,

en la impermanencia y en la desgana.

 

Huyo, porque en este bosque sin hadas

no soy única de raíces huérfana.

Y hasta las memorias están cansadas.

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Cielo líquido

Ir vaciando el cielo en tus ojos,
bañarte con un líquido beso,
tocarte como la espuma,
desintegrarme al contacto con tu piel.

 

Construir versos desmadejando tu mirada
y de tu barba tejer sueños.

 

Llevar el mar a tus manos de ola inasible,
a tus labios frescos la brisa de día y noche,
y a tus mejillas el sol con que me iluminas.

 

Derramar la miel de tu voz, escucharla siempre.
Y siempre la brisa y el sol en mi vida
y mi cielo líquido en el tuyo.
Tus ojos de noche y estrella. Siempre.

 

Que en tus pupilas se reflejen las mías, siempre
y tus ojos no se cansen de mirarme
y me lleves a todas partes.
Que tu sonrisa nunca me falte…

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Trescientos sesenta y cinco días

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Todos los días, sin falta, ella le escribió un verso, un poema, un cuento. Cualquier cosa, con tal de que él supiera lo importante que era su vida. Todos los días, sin falta, durante un año.

Hacía tres copias en papel, una para enviársela, otra que guardaría para ella y otra que aún no sabía para que usaría, pero que al fin cosió en forma de un libro.

Él mostró interés únicamente por la primera, segunda y tercera nota que ella envió, de las demás, si es que las leyó, hizo caso omiso y sencillamente las ignoró. Lo importante es que yo sí las leí.

Tras once meses, recibió la notificación de que él había cambiado su residencia, así que no tendría adónde enviarle las demás notas. Esa fue la más grande de mis fortunas. Yo fui el siguiente inquilino en esa casita pequeña, con puertas de madera que rechinan por todo y ventanas por las que entran chiflones de aire con la ventisca.

Fue una lástima encontrar cada una de las notas abandonadas, todas dentro de una caja de zapatos, sin que faltara ninguna, pero al final, abandonadas. Lo que encontré no fue una caja llena de papeles, sino el conjunto de las palabras de amor más hermosas que una mujer puede decir a un hombre.

Trescientas treinta y cuatro notas hubieran bastado para que yo la amara como ella a él, incluso sin conocerla y sin saber nada de ella ni de sus gustos ni de su cara, sin saber si era gorda o flaca. Seguro sería hermosa, porque una chica que puede enamorarse así y entregarse sin medida, no puede sino ser bella por fuera, también.

Pero hacían falta las últimas 31 notas, las del mes de marzo. Yo estaba seguro de que existían, no tenía la menor duda, sin embargo, ninguna de las notas tenía ya el sobre donde viene el remitente. Con una sola nota más que enviara, con una sola… podría buscarla, pero era evidente que de alguna manera ya se había enterado del cambio de domicilio de su amado.

Esperé a que transcurriera el mes de marzo con la esperanza de que ella, tan obstinada como parecía en sus notas, diera muestra de ello y un día apareciera en el quicio de la puerta en busca de su amado y al que seguramente aquí encontraría.

Todos los días, antes de ir al trabajo, esperaba al cartero en la ventana y le preguntaba si hoy no había mejor suerte.

-Qué curioso, el joven Carlos recibía correspondencia diario y la ponía en cualquier lugar. A veces, me daba la impresión de que ni siquiera la leía.

-¿Carlos?

-Sí, así se llamaba el inquilino que habitaba esta casa antes de usted.

-Claro… Carlos. Por supuesto… es mi primo. ¿Sabe usted? Él tiene planeado volver dentro de unas cuantas semanas. Sería bueno que la persona que le escribía tanto lo supiera, tal vez tenga algo qué decirle.

-¡Qué buena noticia! Daré aviso en la oficina de correos, tal vez ellos puedan ponerse en contacto con la chica. Le escribía diario, sin falta, pero no debía ser muy importante para él, pues nunca contestó una sola de sus cartas. En fin, gracias por el aviso.

El plan surtió efecto. En dos semanas llegó un paquete con las 31 notas que faltaban, pero era evidente que ella no iba a aparecer por mi casa nunca. La última de las notas decía:

Sin título

Lo cual era aún mejor. Ella estaba molesta con el tal Carlos y la nota tenía remitente, así que me puse mi gabardina, salí, encendí el motor del auto y en media hora ya había llegado a la dirección. La casa era mediana, más grande que la mía, eso sí. Había un portón de madera, las luces de una de las recámaras estaba encendida porque ya casi caía la noche y el cielo se hallaba en ese punto morado que hace dudar hasta de la existencia del tiempo. La calle se encontraba en calma, limpia y olorosa a humedad por una ligera brisa que había cubierto a la ciudad.

Toqué el timbre, que era un cordoncito. Entonces sonó una campana adentro y al poco tiempo salió una mujer con el cabello largo, castaño y casi hasta la cintura que hacía contraste con el color de su piel y con el negro de sus ojos; de sonrisa inexistente. Pero como lo imaginé, bellísima. Era más baja que yo y no pude ver las formas de su cuerpo porque usaba pijamas holgadas.

-Hola.

-¿Sí? ¿A quién buscas?

-A ti, supongo.

-¿Cómo que supones?

-Debes ser la única escritora en esta casa, ¿o hay alguien más?

-¿Cómo sabes que escribo?

-Dame un segundo- corrí torpemente al auto y saqué la caja de zapatos con todas las notas que yo ya había puesto en orden.

-Creo que esto te pertenece. Sé que no me pediste consejo, pero creo que no debes andar por ahí entregando una parte tan valiosa de ti, como lo son tus letras, a cualquier sujeto. Y por lo visto, ese Carlos no merece lo que sientes ni hiciste por él. Mira, ni siquiera sabes dónde está.

-¿De dónde sacaste esto?- dijo ella con los ojos nublados, con la boca apretada y con un gesto de nostalgia densa y pesada.

-Soy el nuevo inquilino de la casa donde él vivía… y creo que se le olvidó esto.

-Me dijeron que había vuelto, por eso envié el último paquete, lo lamento. Pero gracias por rescatarlos.

-Esto sólo es un poco de papel. Lo que en verdad quiero rescatar está enfrente de mí.

 

Llegada. Foto: Denise Hernández

Misión RM2015

Arbolito de Reyes. Foto: Denise Hernández
Por: Denise Hernández

 

Todo el año he esperado este día para retomar la misión, una tarea bastante arriesgada, sin embargo, estoy decidido a emprenderla. No soy el primero que lo intenta, lo sé, Lía y Braulio, mis hermanos mayores, lo hicieron antes y, hay que decirlo, fracasaron vilmente. Pero yo no lo haré.

 

Bruno desistió cuando cumplió trece años, de manera abrupta y sin aparentes razones; los dos años siguientes se tornó sombrío en estas fechas y perdió la emoción de las cosas. Lía desistió cuando tuvo novio, a los quince; ella simplemente comenzó a tener otros intereses y se olvidó de la misión, luego se casó con mi cuñado, un tipo agradable que me lleva a pasear en su Civic cuando vienen a visitarnos.

 

Yo soy diferente a ellos, incluso nuestros papás saben que lo único que tenemos en común es el cuerpo escuálido, como de espagueti. “Eres demasiado obstinado” me dijo una vez papá, y como yo no sabía qué significaba eso, lo busqué en el diccionario. Es algo así como necio, así que estuve de acuerdo con él, lo soy.

 

Por eso toda la noche he estado en vela, detrás de la puerta, escuchando con detenimiento hasta el más mínimo ruido. Puse uno de mis walkie tokies en la sala con un poco de cinta en el botón para escuchar lo que ocurre ahí y dejé por distintos lugares de la casa unos patitos de hule, esa será una alarma. También dejé el iPad de Bruno en una de las sillas del comedor grabando. No durará mucho, pero de algo puede servir.

 

Son casi las cuatro y todo se escucha silencio , comienzo a decepcionarme un poco. Creí que completar la misión RM2015 sería más divertido y únicamente me la he pasado sentado en el piso, a oscuras, con frío y sueño.

 

Por fin escucho algo. Es la perilla del cuarto de mis papás y unos pasos. Tengo mi teléfono aquí conmigo para documentar todo, por eso hablo tan bajito y con el aparato casi dentro de mi boca. Quizás en unos minutos sea la hora de actuar, así que tomo mi espada (la regla de T que mi hermana utilizaba para sus clases de dibujo técnico), una linterna y me pongo una pistola (de agua) en el cinturón.

 

Primero me aseguro de que todo esté oscuro. La ranura debajo de la puerta indica que todo sigue en orden, así que la abro lentamente y salgo. Sólo traigo puestos unos calcetines con gomitas antiderrapantes, por si necesito correr. Adopto posición “pechotierra” y avanzo hasta la escalera, me asomo para ver si son de papá o mamá los pasos que escuché hace un rato, pero no veo nada, todo está muy oscuro. El azulejo está muy frío.

 

No pasa nada, así que regreso a mi habitación. Estoy cansado, los párpados me pesan, creo que dormiré, no falta mucho para que amanezca y he perdido casi todas las esperanzas de que alguien aparezca. Mi walkie tolkie comienza a sonar, es el sonido de bolsitas de celofán. Después, se escucha el golpeteo de cajas de cartón, como si estuvieran descargando algo, pasos y unos cuantos murmullos. Estoy paralizado, no lo puedo creer, ¡lo logré! ¡Están aquí! No sé qué hacer, no sé. Estuve todo el año planeando este momento y ahora no sé qué debo hacer.

 

Trato de repasar el plan, así que me levanto, tomo mis armas y salgo. Bajo las escaleras con mucho sigilo, la emoción ha hecho que ya no sienta el frío tan intenso del azulejo en las plantas. No enciendo la linterna porque me podrían descubrir, sólo bajo despacio y pegado a la pared, para no caer.

 

Al llegar al pie de la escalera me hago bolita detrás de un muro y observo cómo se mueven las sombras. Esperaba encontrar tres, pero sólo son dos; quizás el otro esté en el baño o en algún otro lugar. Actúan con tanta naturalidad, que me hacen pensar en lo cotidiano que debe ser esto para ellos: se dedican a llevar regalos, dejarlos e ir a la casa siguiente, como de forma maquinal.

 

Siempre pensé en un montón de cosas que querría preguntarles, pero ahora que estoy aquí, creo que prefiero verlos actuar. Me parece que uno de ellos es mujer, lo digo por sus pies, son demasiado finos y pequeños para ser de hombre. Y el otro se ve más delgado de lo que imaginaba; en realidad, los creía gordos. Hacen todo con exactitud, como si supieran dónde va cada cosa, en qué zapato esto o aquello, se mueven como si conocieran la casa a la perfección.

 

Empieza a clarear y eso me da gusto porque podré ver sus caras. Veré si son barbones, como los imaginaba o si de verdad se trata de una reina y no de un rey y quizás me dé valor para preguntarles dónde está su otro compañero. Pero no me da tiempo, afuera se escucha un automóvil estacionándose en la puerta de la casa y ellos salen de prisa, se suben y el auto arranca. Sólo atino a acercarme corriendo a la ventana y ver cómo se alejan. ¡Ahí está el otro rey, es el que vino por ellos! Era tan obvio, ¿cómo no se me ocurrió?

 

Subo las escaleras y abro la puerta del cuarto de mis papás. Están profundamente dormidos, adoptaron la costumbre de dormir hasta tarde desde que mis hermanos se fueron de la casa. Entro a mi habitación y me meto en la cama, me siento satisfecho, logré lo que ninguno de mis hermanos pudo en años, y en unas horas se los diré. Les platicaré a detalle cada uno de mis descubrimientos: no son tres reyes magos, sino dos y una reina; no son gordos, al contrario; no tienen barba, son lampiños, como Bruno; y ellos, como el mundo entero, se han modernizado, ya no andan en camello, caballo y burro, sino en un Civic rojo.