Carlos Fuentes: el hombre de la corbata de fuego

Este 11 de noviembre se cumplen cinco años de la muerte de Carlos Fuentes Macías. Descrito como “el hombre de la corbata de fuego”, por Mario Vargas Llosa – a razón de las extravagantes y elegantes prendas que le gustaba vestir-, Fuentes fue uno de los más icónicos escritores y figuras intelectuales del siglo XX. Pero, a un lustro de su muerte, ¿qué podemos decir de este narrador mexicano?

Lo más significativo sería señalar que Fuentes, junto con Octavio Paz, creó una visión institucional en torno a la efigie del escritor e intelectual mexicano. Un individuo proveniente de la alta burguesía mexicana; un hombre universal, capaz de deliberar sobre cualquier tema, con un compromiso político y una visión de que la escritura también era un vehículo de activismo y obligación con un deber social.

Basta tan sólo ver su entrevista de 1977, en el programa español “A Fondo”, de Joaquín Soler Serrano, para entender que Fuentes cumplió a cabalidad este papel. En ese documento se ve a un hombre crítico y elegante. Alguien que puede deliberar sobre marxismo, la España Franquista y el asilo democrático, las teorías de Noam Chomsky y Michel Foucault, y la contradictoria vida política de México, siempre, con sólidos argumentos.

Su visión de lo que debía ser un escritor lo trasladó a sus obras, que estuvieron influenciadas por la idea de “la gran novela” -inmersa en los autores de la “Generación Perdida” de Estados Unidos, y la creación del Premio Nobel de Literatura, de los que fueron grandes lectores los cuatro grandes del Boom Latinoamericano-.

Desde la publicación de La Región más Transparente, para pasar por Terra Nostra, y la fallida La Voluntad y la Fortuna, en sus últimos años de vida, se observa que la aspiración de Fuentes siempre fue transformarse en el artífice de: “la gran novela mexicana”. Y si bien algunos de sus libros tienen grandes méritos como artificios narrativos – como Aura o La Región más Transparente– otros se presentan como quimeras complicadas y de difícil lectura – caso de Terra Nostra y sus 1200 páginas, su obra más ambiciosa y que muy pocos lectores hemos soportado hasta su última página-.

Con la muerte de Octavio Paz, en 1998, Fuentes se convirtió en la máxima figura de las letras mexicanas. No obstante, como patriarca de la literatura nacional, no pudo ejercer la misma influencia que el poeta de Mixcoac. Para ese entonces, las nuevas generaciones de lectores sentían más empatía con otros narradores como José Emilio Pacheco o Sergio Pitol, y sus obras, que con las colosales y complejas obras del alguna vez Embajador de México en París.

Si bien sus novelas nunca alcanzaron la genialidad de Pedro Páramo, de Juan Rulfo, por muchos años éstas representaron, para los críticos nacionales e internacionales, una versión aceptable de la idea de la gran novela de México.

Una anécdota interesante que puso en duda esta idea, se dio con la publicación de Los Detectives Salvajes, de Roberto Bolaño, a finales del siglo XX. A la que la crítica internacional definió como lo que él siempre deseó escribir.

Sin embargo, la alegoría para Fuentes debió ser aberrante: la gran novela mexicana fue escrita por un chileno que se burló de su homólogo en la literatura nacional (Octavio Paz), en su juventud, y que residía desde hace veinte años en Cataluña. En su momento, debió parecerle una broma de muy mal gusto.

Esta reflexión encuentra eco en su aversión para leer a Bolaño – ¿quizás inseguridad o temor?-; a diferencia de su gran amigo Mario Vargas Llosa, quién desde la publicación de Los Detectives, aplaudió al más grande discípulo del Boom y uno de los mejores ejecutores del género de la gran novela Latinoamericana y que hoy es una superestrella en el ámbito de la literatura internacional.

A pesar de estar distanciado de los lectores en sus últimos años, Fuentes fue hasta el último día de su vida un oráculo capaz de definir el destino de la literatura en México. Por años el canon de la literatura nacional se preguntó: ¿quién será el próximo Octavio Paz, el próximo Fuentes? A manera de testamento, Fuentes dio su respuesta en uno de sus últimos libros La Gran Novela Latinoamericana bajo la etiqueta de “quintilla de damas y tercio de caballeros”.

Respecto a sus herederas en la literatura nacional, su criterio se me hace un tanto inmerecido para escritoras como Ángeles Mastretta, Elena Poniatowska, Bárbara Jacobs y Margo Glantz. Sólo el caso de Carmen Boullosa representa, para mí, a una narradora original e inventiva. Su tercio de caballeros fue más ajustado a escritores de consideración: Daniel Sada, Álvaro Enrigue y Juan Villoro.

A pesar de este intento de sucesión, y a cinco años de su muerte, un hecho es concreto para la literatura nacional. No existirá otro Fuente ni otro Paz en el canon de la literatura en México. Al menos no en mucho tiempo.

Lo anterior no significa que su figura sea negada, olvidada o superada. Dado que aspectos de su visión narrativa y literaria pueden rastrearse en jóvenes escritores como Yuri Herrera, Emiliano Monge y Guadalupe Nettel, herederos y continuadores de la novela del boom, aunque ninguno de ellos intentaría ejecutar de nuevo una obra de más de mil hojas o que incluyera fragmentos en francés.

También, la figura y personificación de Fuentes como el escritor mexicano se ha convertido en un punto de referencia de lo que no desean ser muchos de los escritores nacionales.

Grandes narradores como Antonio Ortuño, Juan Pablo Villalobos, Fernando Melchor, Elmer Mendoza, Guillermo Fadanelli o David Miklos intentan alejarse del estereotipo de lo que fue Fuentes. Incluso, algunos reivindican otras tradiciones de la novela de México que fueron minimizadas por el género de la gran novela, como la novela satírica e irónica de Jorge Ibargüengoitia, o la novela negra de Rafael Bernal.

Lo único certero es que para la literatura nacional, hispana, e incluso internacional, Carlos Fuentes siempre es un punto significativo de las letras universales. Y, ¿por qué no aceptarlo? Uno de los grandes escritores de México.

Nos vemos en el infierno (alias el Metro de la Ciudad de México)

Pocas relaciones son tan tormentosas como la que mantiene todo mortal con el Metro de la Ciudad de México. También, pocos sitios muestran tanto lo anormal y surrealista que es nuestra ciudad, con una serie de eventos que son tan cotidianos que el chilango promedio ya cree “naturales”.

Al viajar en el Metro de la CDMX, los extranjeros se asombran de la increíble oferta de productos inservibles que se venden en él; de las paletas de hielo, chocolates y chicles que se pueden adquirir a precios de oportunidad en su vagones; de la división por género de los pasajeros por (al más viejo estilo de ganado) por la falta de valores de los hombres para respetar a las mujeres; de la cantidad de vagos, drogadictos e indigentes que siempre mendigan.

Nada de eso pasa en los metros de Londres, París, Madrid, Tokio o Buenos Aires. Ni siquiera, en las ciudades de Guadalajara o Monterrey, las otras dos grandes urbes del país, que cuentan con un sistema de transporte similar; lo que hace que hasta los foráneos queden anonadados al conocer este sitio.

De todas las singularidades citadas, la que más me sorprende, y me da una anécdota para contar, es la física de su espacio al transportar pasajeros. Ni los más capacitados expertos en moléculas podrían explicar, a través de las teorías de los quarks, neutrinos, o alguna otra partícula elemental, la siguiente pregunta: ¿cómo es posible transportar tanta gente?


Revive: Un año en la CdMx: Metro chilango.


Al hacer este razonamiento, de la nada, rememoro uno de los viajes más arduos de mi vida. El vagón iba lleno, a tal grado, que los camiones que transportan gallinas lo hacen en mejores condiciones. Con tan sólo abrirse las puertas, la presión de cuerpos humanos al interior amenazaba con expulsarte del vagón. Y en cada estación, todo pasajero vivía una lucha individual por no salir del tren.

Pronto, en cada nueva estación, la gente en los andenes veía con resignación el vagón y estoicamente esperaban al siguiente. Y, por unos minutos, sentimos paz quienes íbamos adentro. No obstante, esta paz se interrumpió en Pino Suárez cuando un señor de una panza digna de un cetáceo intentó subir. Con todo su peso comenzó a aventar su cuerpo para abrirse espacio, sin embargo, éste ya no existía. Con dolor, desde adentro del vagón le gritamos “¡No cabes!”. Pero el tipo hizo caso omiso a nuestras plegarias. Cada impacto de su volumen nos llegaba a todos, y los ánimos empezaron a subir a palabras altisonantes “¡No cabes cabrón! ¡Deja de empujar, pendejo!”.

Ante los insultos, el tipo nos vio directamente a la cara y nos gritó:

-Si vamos a caber en el infierno…

La frase despertó una furia interna en todos. Tan sólo escuchar los sonidos que indicaban el cierre del tren, todos los pasajeros, en un acto de solidaridad, usamos nuestra fuerza para empujar afuera al panzón, quien casi va a estrellarse contra el piso. A pesar de nuestro deseo, el equilibrio de sus pies evitó la caída.

Poco antes de que las puertas del vagón se cerraran, el hombre de la panza de cetáceo nos lanzó una mirada de odio. Todos sonreímos felices al interior y una voz le gritó:

  • ¡Nos vemos en el infierno!

Con seguridad, considero, el infierno debe ser un lugar más cómodo que ese día en el metro.

Ayotzinapa, sus tristes lecciones III

III.- Los límites de la indignación

Toda sociedad del mundo, sin importar su credo, continente o ideología, puede vivir por largo tiempo en la resignación y el estoicismo. Puede negarse a ver la realidad que impera en su comunidad y ensimismarse en su espacio privado, al intentar pensar que su bien individual es suficiente mientras tenga algo a lo que aferrarse. No obstante, a pesar de las infamias, el autoritarismo y el hambre, llega un punto en que todo explota como un cataclismo.

Casi siempre, aquella chispa que inicia el incendio es algo tan simple y anodino en comparación a todo lo resistido en el pasado; hecho que no deja de sorprender a los estudiosos y analistas de la sociedad y saber por qué ese evento se transformó en el comienzo de un cambio.


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Los ejemplos son amplios y variados. La negación de la aristocracia y el clero por permitir al Tercer Estado participar en una sesión de la Asamblea General de Francia en 1789, que desencadenó la revolución francesa y la declaración de los derechos del hombre. El asesinato de un joven por los militares del gobierno persa en 1979, lo cual significó el fin del régimen del Sha en Irán. La inmolación de un estudiante tunecino, a razón de una golpiza y humillación que le propinó la policía en 2010, cuando lo único que él deseaba era vender frutas para obtener dinero para sobrevivir.

Aquel punto en que la gente dice “basta”, podemos señalarlo como los límites de la indignación. Y es que es precisamente cuando el gobierno usa un poder desmedido y abusa de su gente aun en las acciones más simples, es donde se comprende todas las penurias y desgraciadas que esa sociedad ha aceptado.


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México ha vivido el 2 de octubre de 1968, la matanza de Corpus de 1971, Acteal y Tlataya, violaciones de derechos humanos en Atenco, crisis económicas en 1976, 1982, 1987 y 1994, atentados contra la democracia con Salinas de Gortari y Vicente Fox, hasta que Ayotzinapa fue la gota que derramó el vaso.

Como nunca, la tragedia conmovió a la gente, debido a que nos develó que la muerte violenta e impune es una posibilidad cercana para todos nosotros y que, incluso, el más diminuto de los políticos puede asesinarnos.

Cuando la gente expresa que la máxima culpa de este suceso recae en el Estado, no se refieren a que Enrique Peña Nieto haya ordenado y orquestado la matanza. Lo que se señala es que es precisamente ese juego de corrupción, negación del dialogo y evasión de los problemas de la sociedad, que ejercen tanto el PRI, el PAN y PRD, es lo que ha causado este evento. En ese sentido, la convocatoria de protesta como la que tuvo éste suceso sorprendió a todos. Y a pesar de que las calles se llenaron de ríos de hombres y mujeres, el gobierno parece no reaccionar y muestra que desea volver actuar como lo hizo en el pasado.

A tres años del suceso, no se debe ser un genio para asimilar que nuestros gobernantes y la clase política del país no están con nosotros, además de entender que depende de los ciudadanos mexicanos superar lo cíclico de la historia y nuestras tragedias, o ¿es que Ayotzinapa no ha sido nuestro límite?

Ayotzinapa, las tristes lecciones II

II. La resignación de los mexicanos y la ciudadanía fantasma

1.- Pero ¿sería correcto culpar solamente al gobierno de las tragedias de los mexicanos? Ya que si somos sinceros, la repetición constante del error no es la consecuencia de un solo individuo.

Si hacemos una retrospectiva, podemos afirmar que durante décadas en México no existió la concepción de ciudadanía. El México del siglo XIX estuvo marcado por la inestabilidad y el conflicto. En nuestro país, durante más de cincuenta años, la política fue una noción ambigua para nuestros líderes: el consenso no era viable; la guerra y la violencia, sí.

Liberales y conservadores lucharon por años por consolidar una visión de Estado. La lucha de la moderna república democrática contra el viejo sueño de la monarquía. Al final, la resolución tampoco se dio por el diálogo. México se volvió una República Federal por medio de una guerra, el conflicto había terminado, pero en él nunca hubo un debate.

En el caso de la Revolución Mexicana, la mecánica fue la misma. A pesar de que el pueblo abatido y hambriento se levantó en armas contra el viejo régimen, los grandes revolucionarios nunca dieron un real espacio al uso de la palabra. No existió la discusión y sí la fuerza. El triunfo de Obregón y Calles provino de un esquema autoritario: estabas en el bando correcto o estabas muerto. El fruto de esa mecánica fue un régimen semiautoritario que una vez más aplazó la democracia.

Sin embargo, a pesar de que el sistema político mexicano que creó el PRI fue hermético y déspota, lo que sí erigió fue una estabilidad social. A inicios de los años treinta, por primera vez los mexicanos pudieron vivir décadas de tranquilidad, incluso, de progreso. El país se modernizó por el hecho de que las guerras y los levantamientos subversivos y constantes se habían quedado en el pasado. Surgió la clase media y una generación de mexicanos pudo dedicar su infancia y juventud a asistir a la escuela en vez de trabajar en las haciendas o minas.

Fue precisamente esa generación de jóvenes de los años sesentas quienes crearon por primera vez el concepto de ciudadano en México. Ellos usaron su capacidad innata de llamar al dialogo y mostrar su descontento. No obstante, el sueño duró poco.

  1. – El 2 de octubre de 1968 simboliza el más grande atentado contra la vocación democrática que ha ejecutado nuestro gobierno. Fue la confirmación de que esa institución que se decía “moderna y abierta” no lo era y que el totalirismo era la realidad vigente (Fuentes, 1970). El régimen no aceptaba opiniones, mucho menos criticas abiertas. Asimismo, el uso de la fuerza no era una posibilidad que los hacía dudar.

A pesar de la represión, lo más sorprendente como sociedad y sobre lo que debemos reflexionar es que a pocos días de la matanza, el pueblo olvidó todo de una forma incomprensible y se entregó al festejo pleno de un evento de talla mundial: los Juegos Olímpicos.

Por quince días, la nación entera evadió la realidad que se había suscitado y formó parte de una celebración de forma solemne. Mas el evento era sólo una temporalidad. Los mexicanos volvieron a su vida diaria y un acto inaceptable había quedado impune. Frente a él, la población no utilizó el hecho de saber que los ojos del mundo se postraban en este país para exaltar la indignación, en realidad, hizo prácticamente nada. Y en contraposición, por primera vez, la impunidad del gobierno alcanzó una escala de carácter nacional que jamás podría ser enmendada.

Sin embargo, a pesar de que la clase política sepultó el conflicto y la polémica de forma tajante, ellos mismo reconocieron que su proceder había sido un exceso. El nuevo candidato a la presidencia, Luis Echeverría Álvarez, tuvo que presentarse ante la población con una imagen de renovación y reconocimiento de los errores de sus predecesores (Schmidt, 1985). La gente dudó desde un principio de esas aspiraciones, y de hecho, el sufragio de las elecciones de 1970 fue uno de los que menos convocatoria alcanzó en los gobiernos priistas.

Con esa ilegitimidad y apatía por parte de los ciudadanos el nuevo presidente inició su mandato. En sus primeros días habló de una apertura democrática, de la posibilidad de un desarrollo compartido que llegará a todos los ciudadanos. Con meditación la gente le dio un pequeño benefició de la duda. Los estudiantes volvieron a utilizar su derecho de movilización y expresión y el gobierno tuvo la oportunidad de corregir sus errores del pasado, pero en vez de eso sus acciones fueron las mismas. Solamente que en esa ocasión recurrió al uso de grupos paramilitares para no inmiscuirse él directamente. A tres años de lo acontecido en Tlatelolco una nueva represión y matanza, con formas de operación más sofisticadas y planeada, se presentó. El 10 de junio de 1971 es otra de las tristes lecciones de México.

3.- Desde el Halconazo de 1971 los mexicanos entraron en razón de una situación, el régimen político mexicanos era un sistema semiautoritario que no respetaba los cuestionamientos y la criticas. En él una democracia electoral autentica y confiable era inviable, por lo que la contestación y movilización ciudadana no tenía lugar.

No obstante de esta condición, lo cierto es que el sistema por otra parte garantizaba mínimamente una estabilidad social y económica. En ese sentido, los mexicanos pensaron que tal vez no tenía la posibilidad de expresar sus opiniones, pero al menos podían vivir en una nación en la que el progreso era una realidad y el futuro parecía prometedor debido a las posibilidades de éxito para cualquiera.

De esa forma, la gente omitió utilizar su derecho de reclamo y expresión. Aceptó con resignación a ese gobierno autoritario, a cambio de la idea de que si no los dejaba opinar, al menos les otorgaría ese contexto de estabilidad y seguridad que había sido una realidad en México desde los años treinta. Los ciudadanos se volvieron fantasmas a razón de que no tenían derecho a una voz, pero al menos tenían comida, dinero y un poco de satisfacción material.
Aquello cambiaría en los próximos años. Ya que el gobierno se debilitaría debido a las peores administraciones gubernamentales del Partido Revolucionario Institucional que tuvieron como cara a Luis Echeverría y José López Portillo. Pronto la estabilidad económica y el mar de oportunidades que existió en México durante los cuarentas y cincuentas desapareció. Y la crisis constante de la economía fue el nuevo escenario presente. La gente una vez más falló en su decisión, el PRI no permitía el uso de la voz, y ahora, tampoco era un garante de progreso (Alcocer, 1993).

4.- Desde ese punto los mexicanos vivieron en un país en el que la corrupción era la moneda diaria, además de que la pobreza cada vez más amenazaba a un amplio sector de la sociedad. Los gobernantes se enriquecían de una forma desvergonzada y al final de cada sexenio todo tenía como culminación una devaluación del peso que debía pagar la población.

En ese contexto, una vez más la gente creyó en el poder de la opinión y la instituciones. Poco a poco los partidos de oposición sumaron sus primeros triunfos. El Partido Acción Nacional en Chihuahua, el cisma de Cuauhtémoc Cárdenas en la capital del país y el posterior surgimiento del Partido de la Revolución Democrática. A pesar de que la legitimidad era cada vez más cuestionada y es un hecho de que el candidato priista de 1988 perdió la elección presidencial, el pueblo retomó el camino de la vía electoral una vez que conocieron al verdadero Salinas de Gortari. Hasta que en el año 2000 la democracia del voto se hizo por primera efectiva (Meyer, 2003).

Empero de que el sueño de una institución que garantizara una transición democrática como el Instituto Federal Electoral por fin se había alcanzado, el nuevo presidente del PAN mostró la inexperiencia e incapacidad de aquel partido, eran pésimos para negociar y hacer anuencia política. Asimismo, el sistema político mexicano ya tenía unas reglas de operación, además de una amplia base que el PRI jamás perdió, ni en los primeros días del sexenio de Vicente Fox. En pocos meses el hombre que había logrado el cambio se trasformó en un bufón, no era un estadista a la altura de las trasformaciones que necesitaba nuestro país. No era un Nelson Mandela o Vaclav Havel, era un enano.

5.- El PAN nunca desarrolló fortalezas que incrementaran el peso de la sociedad civil en la vida política de México, fuera de la estabilidad económica que siempre lograron, pocos son sus avances en materia ciudadana.

Asimismo, pronto aprendieron los vicios del poder y la capacidad de utilizar esa maquinaria para imponer sus decisiones e ignorar la voluntad de la gente. La guerra sucia que promovió Vicente Fox contra el candidato radical de izquierda Andrés Manuel López Obrador es la prueba. ¿Estaba equivocado el pueblo en elegir a ese hombre que se había hecho tan popular por su gestión como Jefe de Gobierno en la Ciudad de México? Para el Presidente la respuesta fue: sí. Junto con los grandes empresarios del país, impuso su decisión por encima de todos los votantes de la nación.

El resultado fue que el triunfador del proceso, el candidato de su partido, Felipe Calderón, tomó el cargo con una crisis de la que nunca se recuperaría. Y que en un anhelo desesperado y mal planeado, abrió la caja de pandora de la inseguridad y el crimen organizado. ¿El resultado de esa decisión? Un país sumido en la violencia, en el que el juego del narcotráfico ha cobrado ya más de 100, 000 mil vidas.

Ayotzinapa: las tristes lecciones

Juan Manuel Aguilar Antonio reflexiona sobre las lecciones que la desaparición de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa ha dejado. Hoy se cumplen 3 años desde la desaparición de los jóvenes y, a la fecha, hay pocas respuestas, muchas dudas y mayor desconfianza hacia unas autoridades que dan la pinta de estar rebasadas.

Ayotzinapa: las tristes lecciones, será publicado en tres episodios. Éste, titulado “Lo cíclico de la historia y sus tragedias”, abunda sobre las similitudes que el caso de los 43 guarda con otro muy doloroso: la masacre del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas.

 Lo cíclico de la historia y sus tragedias

1.- 2 de octubre de 1968 y 26 de septiembre de 2014. Dos fechas relacionadas a pesar de una distancia de cuarenta y seis años. Casi medio siglo separa estos eventos, señalados como los más indignantes en la historia de México, y cuando se cae en una reflexión seria y concisa, basta igualar ambos hechos para denotar lo poco que ha avanzado el Estado mexicano en sus garantías y derechos para la ciudadanía.

Hace cuarenta y seis años, la clase media emergió y dio inicio a la democratización de México. La noción de ciudadano por fin dejaba de lado su carácter ambiguo que había ostentado durante casi siglo y medio de vida independiente, para despertar por medio de la convocatoria y contestación ciudadana (Fuentes, 1970).

No obstante, México era un país con un sistema político autoritario en el cual la democracia era una simulación desvergonzada (Cosío, 1976). Y el modelo no estaba a la altura de aceptar los cambios sociales y la apertura democrática que la nación reclamó. Al final, el primer gran símbolo de movilización de los mexicanos, sustentado en sus jóvenes e idealistas estudiantes, terminó en una masacre acontecida en la plaza de las Tres Culturas, en la que  el Partido Revolucionario Institucional (PRI) sepultó los sueños de transformar a México en una nación netamente democrática, en la que la participación social del pueblo se consolidara con una fuerza permanente para cambiar su realidad.

En aquel entonces, lo trágico y lúgubre del contexto mexicano recayó en el hecho de aceptar que era el mismo Estado quien atentaba contra su población. La masacre había provenido por instrucciones del Presidente Gustavo Díaz Ordaz, quien por medio de su secretario de Gobernación, manchó con sangre aquel día para la posteridad.

Casi medio siglo después, la realidad mexicana en vez de mejorar se ha distorsionado de forma decadente. Los estudiantes de la escuela normal rural “Raúl Isidro Burgos”, de Ayotzinapa, en Guerrero, una comunidad campesina de escasos recursos y de una ideología social disidente que se manifestaban de manera continua contra el gobierno, había decido trasladarse a la Ciudad de México para participar en la marcha que condena hasta nuestros días los acontecimientos de la jornada del 2 octubre. La tragedia nació cuando los estudiantes tomaban seis camiones con los cuales pensaban viajar a la capital del país, frente a eso, la respuesta que ejecutaron las autoridades fue la de utilizar a la policía del condado para atentar contra la integridad de los jóvenes y masacrar a seis en una noche. Pero el daño no termina ahí. Ya que días después, los medios de comunicación hacen pública la desaparición de 43 de los 57 normalistas que estuvieron implicados en los hechos. Lo más siniestro del evento: la última vez que fueron vistos estaba con la policía de la comunidad.

Frente a esa noticia la indignación creció, de la noche a la mañana desapareció Luis Abarca, el presidente municipal de Iguala, y su esposa, María de los Ángeles Pineda. Pronto, la prensa devela que la mujer del mandatario tenía nexos con el narcotráfico, en su encarnación titulada cartel de los “Guerreros Unidos”, y que ellos solicitaron el apoyo de la organización criminal para eliminar a los estudiantes. Lo preocupante de este evento: el asumir que hace cuarenta seis años sólo el presidente podía ordenar una matanza utilizando al ejército. Hoy esta acción ya está al alcance de cualquier mandatario local, que puede utilizar a su policía, e incluso, a grupos del crimen organizado para realizar una masacre.

En medio siglo los derechos de la ciudadanía no han mejorado en nada, y en contraposición, retroceden hasta sobrepasar los límites de la inmoralidad.

2.- Pero los hechos históricos y sus características cíclicas no sólo se han manifestado en la represión social del pueblo mexicano. También lo han hecho en su esfera contraria, es decir, en la ilusión del progreso y en la búsqueda por el desarrollo. Debido a que para los gobernantes de nuestro país la posibilidad del crecimiento de la economía y del nivel de vida de sus ciudadanos ha sido una buena moneda para vender como efigie para ascender al poder y legitimarse en él.

Hace veintiséis años, Carlos Salinas de Gortari llegó al máximo cargo político de nuestra nación con la promoción de modernizar al país. Por lo que cada día, durante el primer año de su gobierno, construyó esa ilusión que poco a poco un gran sector de la población acogió como factible. El neoliberalismo y el Tratado de Libre Comercio (TLCAN) eran los instrumentos para alcanzar ese ideal. Y al segundo año de su sexenio el presidente era ya una súper estrella entre la población. Con esa popularidad, pronto emprendió las reformas políticas y económicas que el país necesitaba para entrar al nuevo juego de la globalidad financiera (Centeno, 1994). Sin embargo, Salinas pecó en su optimismo y demagogia. Ya que derogó completamente las transformaciones sociales que México necesitaba. De hecho, la historia lo ha juzgado como uno de los más grandes personajes que han atentado contra la democracia.

Así, sin oposición o reclamos sociales por parte de la ciudadanía, Salinas gobernó como un emperador mexicano. Realizó todo lo que deseó y que el contexto nacional del México de finales de los ochentas e inicios de los noventas, le permitió (Doyle, 1992), a tal grado que se volvió el más grande genio maquiavélico de la política nacional. Sus métodos eran crudos y directos. No vacilaba en la obtención de lo que deseaba.

No obstante, aquel poder absoluto no podía durar. El abuso tiene un límite y Salinas lo conoció con el levantamiento armado del EZLN en Chiapas, en enero de 1994. El progreso económico del que tanto hizo promoción había sido edificado en pies de barro. Y todo fue la consecuencia de no incluir en un proyecto de desarrollo nacional al actor más importante: la gente. En tan solo seis meses perdió todo lo que intentó lograr en cinco años y la historia lo recuerda como el más grande de nuestros villanos.

Bajo esta perspectiva, la lección para el futuro sería: no cometer los mismos errores. Pero, Enrique Peña Nieto y su gabinete llegaron al mando del poder ejecutivo en la misma línea. Una serie de reformas económicas para potencializar y dinamizar el desarrollo del país en una completa sintonía con los dogmas neoliberales, paradigma económico que ha acrecentado en los últimos tiempos su impopularidad y su suprema capacidad para hacer más anchas las desigualdades sociales.

La repetición fue absurdamente igual. Transformar al país económicamente sin incluir a la sociedad civil en ese cambio. ¿Acaso no era visible que los problemas del México de 2012 eran más graves que en 1988? ¿Acaso no es fácil notar que un pueblo amenazado en lo más íntimo de su vida no le interesa las posibilidades de desarrollo sino está salvaguardada su seguridad humana?

Peña Nieto y su gabinete nunca convenció con sus reformas estructurales a la población. Él no conquistó al pueblo del mismo modo que lo hizo Salinas a pesar de los millones de pesos que gastó en publicidad y marketing político. Evadió el problema que más le interesaba a la gente a su arribó al poder: la seguridad. Y ahora ha pagado eso demasiado caro. Los 43 desaparecidos en Ayotzinapan se han convertido en la muerte de su sexenio. A partir de este momento, su ejercicio como Presidente de México no será más que una lenta agonía hasta el último día de su gobierno.

Imágenes del 19 de septiembre de 2017

Hay pocos días destinados a ser recordados por nosotros y la historia como trágicos, como el 19 de septiembre de 2017. Y son precisamente eso días, los que brillan por su naturalidad, por su apariencia rutinaria e inofensiva. Siempre nos toman desprevenidos.

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Son las ocho de la mañana del 19 de septiembre y me siento a desayunar en la colonia San Rafael, de la Ciudad de México. Mientras tomo una taza de té veo en las redes sociales una publicación sobre el sismo de 1985. “¡Es verdad!”, me digo a mí mismo. Hace ya treinta dos años de ese día trágico. No hago más caso a la efeméride y salgo a la calle.

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Los martes son días que dedico a estudiar y trabajar en un café situado en la calle de República de Uruguay. Me dirijo a ese sitio desde la Alameda. Al llegar al Eje Central son las 11:00 de la mañana y está la realización del “Macro Simulacro” conmemorativo del terremoto de 1985.

Veo con alegría a cientos de personas, todas ellas organizadas por brigadistas de protección civil; los automóviles se detienen en el cruce de independencia y del Eje Central Lázaro Cárdenas y respetan la realización de esta actividad preventiva sin tocar el claxon, sin perder los estribos.

Y esta simulacro sucedió 12 días desués que un sismo cercano a la media noche sacudiera a la ciudad. El saldo fue blanco. “Hemos logrado construir una ciudad con protocolos contra sismos”, es lo único que pienso. Sigo mi camino.

Foto: Juan Manuel Aguilar.

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Veo el reloj, faltan unos minutos para que den las 13:00 horas. He avanzado poco en los pendientes académicos que tenía planeado atender, pero pienso que podré hacer más de la mitad antes de ir a comer, a eso de las dos de la tarde.
Guardo unos archivos en la computadora y entró al baño del café. Al salir veo cómo las lámparas se mueven lentamente.

Es extraño (¡irónico!) pensar en un sismo en este día. Pronto, la tierra da un salto y casi me tira al piso. En el café hay otras dos personas, una niña con su madre. Nos vemos a los ojos, ¡es real, es un sismo con capacidad destructiva, como el de hace 32 años!

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De cara al café se encuentra el edificio Tranverso Ferros. Una edificación que parece va a colapsar frente a nuestros ojos. Una señora grita con desesperación, su pánico es tremendo y se contagia a todos.

He ahí un miedo que no he experimentado nunca en mi vida. El miedo unido a la impotencia, el temor de saber que lo que está pasando me supera a mí y a todas las personas de la ciudad. El miedo de saber que nuestra vida peligra y no podemos hacer nada.

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En pocos minutos el movimiento telúrico se calma. Todos estamos asustados y nos piden que nos alejemos del Transverso Ferros. Un señor, en plena calle, nos dice que el edificio es viejo, está abandonado y pronto será demolido. Por un segundo, adjudicamos a la antigüedad del inmueble las imágenes que hace unos segundos casi nos detienen el corazón. Siento un poco de tranquilidad.

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Cuando se recuperan las líneas y accedo a redes sociales en internet, descubro la verdad. Es un mito la idea de que hemos edificado una ciudad preparada para los sismos. Los protocolos, la infraestructura, ha fallado. En ese momento no lo sé aun, pero se han derrumbado más de treinta edificios en la ciudad y hay cientos de personas atrapadas entre los escombros.

Foto: Juan Manuel Aguilar.

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En el Centro Histórico todos los locales cierran. La gente camina aturdida, sin entender qué ha pasado. Decido ir a ver cómo se encuentra mi novia y emprendo un viaje de más de dos horas por la ciudad. Al ver que está bien permanezco con ella y su familia un par de horas.

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Al regresa a San Rafael descubro que jornadas de brigadistas se están organizando. Todos deseamos ir a la escuela Enrique Rebsamen, porque sabemos que hay niños atrapados, pero nos dicen que el apoyo ya está controlado por los militares. No obstante, nos dicen que una fábrica se derrumbó en la calle Chimalpopoca esquina con Simón Bolívar, muy cerca del Centro Histórico y hay gente atrapada. Ahí nos trasladamos.

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Al llegar a Chimapopoca nos comentan que el ejército ha llegado hace unos minutos y que la ayuda para recoger escombros está cubierta. No obstante, se requiere apoyo para traslado de víveres. En eso estamos.

Las cadenas humanas de la gente agilizan la labor y avanzamos rápido. De repente, escuchamos aplausos provenientes de los restos de la fábrica. En pocos segundos entendemos lo que ha pasado: han encontrado a alguien. Una persona ha sido rescatada. Un júbilo sorprendente. Algunas personas lloran. Es una alegría colectiva inédita y desconocida para mí. Se me llenan los ojos de lágrimas.

Foto: Juan Manuel Aguilar.

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A las dos de la mañana las autoridades nos agradecen nuestra ayuda, pero indican que de momento ya no es necesaria. El nuevo día será largo, nos piden ir a dormir y regresar lo más temprano posible al día siguiente.

Tienen razón, lo más adverso está por comenzar.


Tras la tragedia, la solidaridad capitalina reconquista sus espacios


 

20th Century Boy: glam rock de alto calibre

Cuando estoy en casa de mis padres, hay veces que por la tarde me quedo completamente solo. Uno de los botines preferidos para mí era la Smart Tv de la cocina.

Soy una persona que ve muy poca televisión, no puedo citar el nombre del último programa o serie que deseaba ver con pasión. Sin embargo, el uso del internet ha dado un nuevo giro y uso a ese artificio tecnológico: poner vídeos musicales y escuchar lo que yo desee.

Entre las canciones que más me gusta poner, están las del grupo de Glam Rock: T. Rex. Movimiento musical que brilló a inicios de los setentas en Estados Unidos por una combinación entre estilo visual y musical que influyó a artistas del calibre de David Bowie, Lou Reed e Iggy Pop.

En el glam rock la vestimenta se volvió algo crucial, además del uso de melenas largas con peinados de salón. La ropa hacía parecer a los cantantes como seres andróginos, quienes se presentaban ante público como unos felinos que interpretaban a un personaje. Por lo que la estética de este movimiento estuvo llena de mucha teatralidad y perfomances. Además, fue de las primeras experiencias subversivas de la década setentera que después daría vida a otros movimientos musicales como el punk o la música dark.

A pesar de lo crucial del estilo visual, el glam también tuvo fuertes guitarrazos y grandes intérpretes. Mi favorito es el vocalista de T. Rex: Marc Bolan, quien tuvo influencia de un gran poeta del rock como Bob Dylan. Se dice que en sus inicios el joven David Bowie lo veía fascinado sobre los escenarios.


Revive: El valor de la vida en una canción


20th Century es una canción que suena a motín, a fiesta y fuga. También, es una canción romántica que involucra un coqueteo con altanería bajo el influjo del rock. Los versos de Bolan lo dicen todo:

“Friends say it’s fine, friends say it’s good
Everybody says it’s just like rock ‘n’ roll
I move like a cat, charge like a ram, sting like a bee
Babe I’m want to be your man
Well it’s plain to see you were meant for me, yeah
I’m your boy
Your twentieth century toy”

Mis amigos dicen que es lindo, que está bien,
Todos dicen: es sólo rock n´ roll.
Me muevo como un gato, cargo como un carnero, apesto como una abeja
Nena: yo quiero ser tu hombre
Soy tu chico
Soy tu chico del siglo XX.

Gran oda para dedicar a un interés amoroso. Y, ¿por qué no?, para saquear un banco.

Una relectura de Diderot

Dennis Diderot es uno de los pensadores más apasionantes de la modernidad, y sin duda, el más trascendental de la ilustración. Desde la arena del ensayo, la novela, o en su labor de enciclopedista, deslumbra al lector con la agilidad de su estilo, la agudeza de sus argumentos y la fuerza en cada palabra de su escritura.

Mi primera lectura de Diderot se dio con su novela “Jacques, el Fatalista”, contranovela que viola todas las leyes y reglas de este género de la narrativa en pleno siglo XVIII y es una de las pocas obras herederas directas del Quijote. Al estilo de una escritura cervantina, en la que parecen decirse muchas locuras -todas fundamentadas con elegancia, por supuesto-, el francés se ha transformado en uno de los pensadores más subversivos de todos los tiempos.

La semana pasada releí su libro “Pensamientos filosóficos”, y a pesar de que me siguen pareciendo un escritor genial, esta relectura me ha dado nuevas interpretaciones sobre este pensador:

  1.  La razón como pasión: en su juventud Diderot coqueteó la idea de volverse clérigo y dedicarse a una carrera en la iglesia. En el siglo XVIII, la carrera eclesiástica y los estudios en teología eran un camino natural e implícito hacia el conocimiento. No obstante, esa idea es desechada para ir a la universidad y doctorarse en la Universidad de Paris. El giro abrupto de Diderot se da también por su completa transformación a utilizar la razón y el conocimiento como sus principales instrumentos para analizar y cuestionar el mundo.Pronto, toda esa gran sabiduría teológica es utilizada como un recurso para satirizar la fe y las creencias católicas de su país y sociedad. La ironía de Diderot es excelsa en el sentido de saberse un perfecto conocedor de las escrituras bíblicas y detectar cuáles son los puntos endebles de la fe cristiana. No obstante, en el primer apartado de los Pensamientos Filosóficos, cuando él posiciona a la ciencia y la razón como recursos por encima de la fe, se pueden detectar síntomas pasionales hacía este nuevo dogma. Al final, Diderot es un precursor de los valores de la modernidad, un pensador que tiene una fe ciega en el conocimiento positivista (síntoma que crítica de los católicos) y que promueve una ideologización y creación de un nuevo credo y dogma: la ciencia.
  2. El desmantelar las metafísicas como deporte: Diderot es un gran discípulo de Descartes, sus escritos, más allá de querer edificar un dogma o forma de pensamiento, buscan cuestionarlo todo. En su forma de hacer filosofía brilla el recurso de la “duda metódica” del gran pensador holandés. También, este método es de un corte mayéutico y precursor del falsacionismo, Diderot cree que el error debe existir en toda forma de pensamiento para alcanzar el verdadero conocimiento. Y sólo a través de lograr visualizar lo endeble de nuestros razonamientos, podremos lograr alcanzar ideas claras, racionales y certeras.El método de pensamiento crítico de Diderot se refleja en su misión enclopédica dentro la ilustración, que permea en la incipiente nueva ciencia que se gesta en su siglo. Las ciencias aplicadas o duras, como la física y la química, adoptaran con el pasó del tiempo la utilización del error como el fin más efectivo para encontrar respuestas certeras a los problemas que atienden.
  3. El pensamiento y la escritura sin miedo: en el fragmento XIV, de los pensamientos filosóficos, hay un comentario de Diderot que me ha dejado asombrado:

“Pascal mostraba rectitud, pero era miedoso y crédulo. Elegante escritor y razonador profundo, habría esclarecido sin duda el universo, si la Providencia no le hubiese abandonado entre gentes que sacrificaron sus talentos a sus odios. ¡Qué deseable habría sido que hubiera abandonado a los teólogos de su tiempo y se hubiera entregado a la búsqueda de la verdad, sin reservas y sin miedo a ofender a Dios…!”

En mi nueva lectura, el párrafo anterior se ha presentado como una discusión de carácter metaliterario o metaescritura. A través del tiempo, la expresión de nuestras ideas o lo que en verdad pensamos ha sido uno de los debates más fuertes en torno a los límites de la libertad de expresión. Hoy en día, en la era de los opinólogos de las redes sociales y los influencers, la gente se siente con la libertad de expresarlo todo. Estas manifestaciones, con mucha regularidad, exaltan el odio, la segregación o discriminación, y se da el escenario de que muchos individuos piensen que sus opiniones son valiosas – cuando no lo son – y simplemente son válidas en el contexto de una sociedad liberal.

De forma paradójica, las personas que contemplan a la escritura como una parte esencial de su vida, son quienes más temor tienen de plasmar con sinceridad muchas de sus ideas y opiniones.

El texto de Diderot nos revela una realidad tangible en la escritura, que no es otra cosa, que el escribir las cosas desde nuestra subjetividad o visión de la realidad. Nuestro miedo a expresar lo que en verdad sentimos y pensamos, porque reconocemos a la escritura como un acto político, como un acto en el que van inmersas nuestras emociones, orígenes y aspiraciones sociales.

Ernest Hemingway utilizó anécdotas de su vida para escribir “The Sun Also Rises”, su primera novela, con cambios en los nombres de los verdaderos protagonistas de esos relatos, pero sin modificar los hechos. Por esto, fue recriminado por muchos de sus amigos a tal grado que ellos nunca volvieron a dirigirle la palabra. Gabriel García Márquez decía que la vida no sé asemejaba a lo que vivimos, sino a cómo recordábamos lo que vivimos, idea que abre una puerta para modificar las historias que utilizan los autores de ficción a la hora de escribir.

Sin embargo, algo que señala Diderot en ese fragmento es el miedo que experimentamos quienes escribimos. Porque a diferencia de la palabra oral, la escritura es algo que permanece en el tiempo, y la expresión de cualquier idea o emoción en el presente puede volverse contra nosotros en el futuro, cuando por una circunstancia o evento de la vida, entremos en contradicción con lo que alguna vez expresamos en nuestros escritos.

Ante ese dilema, Diderot propone el pensamiento y la escritura sin miedo, un pensamiento crítico que no tema las recriminaciones – e incluso, persecuciones – de expresar nuestras ideas ante el tiempo y la sociedad.

Ahí está una de las máximas cumbres de este pensador: el razonamiento y la crítica real, sin miedo, como máximos instrumentos de subversión y libertad. Decir lo que en verdad creemos y pensamos, aunque tengamos rendirle cuentas, incluso, a un Dios.

La chica que me recuerda a “Wake Up” de Arcade Fire

Siempre que escucho Arcade Fire recuerdo a Jessica. La conocí una tarde, en la Facultad de Filosofía y Letras, después de presentar una ponencia literaria.

Durante la lectura de mi texto pude observar cómo ella me miraba con atención y admiración. Sus ojos sobre mí, me hicieron sentir feliz, incluso, galante. Cuando el evento terminó, se acercó a mí y me pareció natural invitarla a tomar un café.

Para mi sorpresa, ella aceptó sin dudar. Platicamos por un par de horas y después me dio su teléfono. Con el tiempo, empecé a escribirle y entre ella y yo inició un sinfín de coqueteos. Unos meses después la invité a desayunar al Centro Histórico y hablamos por horas. En ese tiempo, ella me habló de un libro genial de un conocido autor español, era un texto literario que rendía honor a los perros como amigos del hombre. Y en menos de un segundo nos encontrábamos en una librería donde ella lo compró y me lo regaló. Quedé atónito.

Hasta ese momento nada había pasado entre nosotros, pero mientras caminábamos al metro para despedirnos, me había nacido el deseo de besarla. No obstante, decidí esperar hasta nuestro siguiente encuentro, cuando me invitó a una exposición que montó en una estación del Metro con ayuda del INAH.

Esa tarde, mientras me mostraba y explicaba cada anaquel de la expo, me dijo, con un tono incomodo, que otro de los guías era su novio. El comentario no me molestó, y creo que mi expresión fue muy serena, al grado que sin que se lo pidiera, ella trató de darme una explicación: “pero, bueno, tenemos muchos problemas, creo que pronto vamos a terminar…” Esas palabras las dijo con una expresión de justificación y disculpa, como para evitar que yo me enojara. Ante eso sólo le sonreí y seguimos con el resto de las piezas.

Una semana después le marqué y la invite a comer. Ella aceptó y ese día salimos por el centro. Sin desearlo bebimos de más y pronto nos encontramos bajo la tensión que se tejía entre nosotros. Nos deseábamos. Deseábamos mutuamente nuestros besos y nuestros cuerpos. No resistimos mucho y como teníamos un poco de dinero en el bolsillo, terminamos en un hotel para hacer el amor. Después, caminamos de nuevo a una estación del metro y nos despedimos con un beso largo.

No volví a verla hasta dentro de dos meses. Sin embargo, en todo ese tiempo la imagen de su cuerpo me seducía, deseaba volver a sentir su calor. Decidido, le marqué y le dije que nos viéramos. Ella aceptó.

A pesar de que nos recibimos con un beso igual de profundo que el de nuestro último encuentro, ella me dijo que no haríamos el amor esa tarde. Su comentario lo dijo con mucha convicción, al grado que no toqué más el tema. Después de caminar unas manzanas por la ciudad, decidimos entrar a un bar que parecía amigable, la música era buena y nos sentamos para tomar una cerveza.

Por debajo de la mesa, ella subió su pierna sobre mi rodilla, la cual estaba cubierta en su totalidad por la falda larga que vestía esa noche. Con serenidad, metí mi mano entre sus piernas hasta sentir su sexo, estaba húmedo, caliente. Ante una sonrisa mía, me dijo “Me encanta el calor de tu manos”. Después, noté que en mis oídos sonaba la canción Wake Up, de Arcade Fire. Lo que hizo espectacular al momento.

Una vez que terminamos nuestra cerveza, dejamos el bar. La acompañe de nuevo al metro y nos despedimos. No he vuelto a verla, pero, para mí, su recuerdo se liga a la música de la banda de Montreal. A su voz, a su calidez y la delicia que era pasar el tiempo con ella.

El Muelle de las Columnas (y por qué Bob Marley nos unió en un solo canto)

Hay imágenes de lo cotidiano que, sin desearlo, terminan por presentarse ante nosotros como momentos poéticos. Para mí, uno de esos instantes está unido a uno de mis sitios favoritos en la tierra: el Muelle de las Columnas, en Lisboa, Portugal.

Lisboa es una ciudad calurosa, un perfecto destino en el Mediterráneo para visitar en verano. No obstante, por azares de la suerte, mi primera visita a Portugal se dio en invierno.

En esa ocasión, la ciudad me pareció un sitio en el que, a cada paso, se respiraba melancolía, las calles estaban vacías y un fuerte viento soplaba por ellas. Al grado que si te detenías a escuchar con atención, se oía una música creada por las ventiscas al atravesar los callejones y escales del casco viejo de la ciudad.

Después de andar por horas, llegué a sentarme en el Muelle de las Columnas para descansar. Frente a las olas, cientos de niños jugaban, había parejas que platicaban, y a pesar de los fuertes vientos y el frío, una paz relajante llegaba a todos, promovida por el sonido de las olas.

Aquel escenario, ya de por sí maravilloso y agradable, se vio potenciado por la presencia de un trovador que llegó al muelle. Desde sus primeros acordes, todos nos maravillamos y sorprendimos por la canción que escogió para interpretar:“Redemption Song”, de Bob Marley.

En un abrir y cerrar de ojos, más de una decena de personas nos encontrábamos cantando los versos de Marley:

Won’t you help to sing

These songs of freedom?

‘Cause all I ever have

Redemption songs

¿Qué unió a todos para cantar la melodía? Es una pregunta que me hago a menudo. ¿La belleza de las olas del mar, la sensación de frío, la paz del invierno? Todas y cada una de esas pudieron haber sido el motivo.

Pero todo es más simple: la música tiene un poder integrador y unificador. Una belleza que une almas y voces.

 

 

Huir de la justicia al ritmo de The Clash

No recuerdo la primera vez que escuché la expresión banquetear, verbo desconocido y no aprobado por la RAE, pero presente en la vida de cientos de nosotros. La palabra hace alusión a una práctica de muchos “estudihambres”, e incluso, “chavorrucos”.

Este verbo podría ser definido como “la acción de echarse unas chelas en vía pública”. Para muchos jóvenes sin un solo centavo en el bolsillo, como el que fui yo, era una de las opciones de ocio y entretenimiento más baratas para pasar el rato con los amigos.

Hasta este punto, baquetear suena como una actividad recreativa cualquiera. No obstante, en México, beber en vía pública es considerado un delito menor y es infraccionado con treinta y seis horas de encierro en los “separos”.

Así, banquetear es una emoción extrema para los adolescentes, un acto de diversión en el cual, uno se juega su libertad por un día y medio. A pesar de eso, cuando se desconoce de la vida, uno cree que nada malo puede suceder.

Yo pensaba eso pensaba hasta los dieciocho años, cuando, por primera vez, dos policías nos persiguieron -a mí y mis amigos- por casi cinco cuadras por tomarnos un pulque en un parque del entonces Distrito Federal.

La persecución fue agitada pero al final los policías, mayores a nosotros por unos diez años, no lograron alcanzar a nuestras vigorosas y ágiles piernas. Al haberlos perdido, mis amigos y yo reímos y nos sentimos felices ante la anécdota.

“¡Huimos de la justicia!”, dijo uno de mis mejores amigos, y al ser todos fans de The Clash su cover I Fought the Law se volvió un himno para nosotros.

Desde entonces, cuando banqueteábamos, procuramos escuchar esa canción siempre, desde la bocina de nuestros celulares. Y eso se volvió un ritual que en más de una ocasión terminó en persecución.

Con el tiempo nuestro marcador se elevó:

La banda 3 – Policía del D.F. 0

La banda 5 – Policía del D.F. 0.

Y mis amigos y yo reíamos ante esa brecha que poco a poco se ensanchaba. Éramos muy inocentes (¡estúpidos!), y vivíamos felices de huir siempre de la policía.

¿Saben hacía donde se dirige este texto lector? ¡Exacto! No importa que estés invicto, no importa que tan ágiles sean tus piernas, algún día te alcanzaran.

Nos lo decía la canción y lo ignorábamos:

“I fought the law

And law won”

Y en efecto, llega ese momento en que la ley gana…

Mi único consejo es:

Si quieres banquetear, háganlo con precaución, o mejor vaya a un bar.


Escucha el playlist de “Una rola al día” aquí –> Música.


 

Nacho Padilla, el cuate del Crack

En 2010 viaje a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, fue una de mis primeras salidas en solitario y esa travesía tenía como fin alimentar mi sed de lector y mis vacilaciones de adolescente que deseaba escribir.

Tenía dieciocho años, un año terminado en la universidad y un poco de dinero que había sacado de un verano al trabajar como mesero. En ese tiempo, era un fiel visitante de la Biblioteca Vasconcelos, ubicada en la Colonia Buenavista, de la Ciudad de México, y en ella había descubierto cientos de autores que deseaba conocer en la FIL.

Por los pasillos de la Vasconcelos se cruzaron conmigo los libros de Juan Villoro, Sergio Pitol, Mario Vargas Llosa, Daniel Sada, y algunos poemarios de Juan Gelman. Autores que había leído con mucho beneplácito y que hacían tentadora la idea de viajar al bajío mexicano con tal de poder verlos.

Entre mis lecturas ininterrumpidas y cientos de préstamos bibliotecarios, uno de los descubrimientos más significativos fue “Tres Bosquejos del Mal”, un pequeño volumen editado por Siglo XXI que contenía tres pequeñas novelas de escritores que, para mí, todavía eran desconocidos, la generación del Crack, pero en específico: Ignacio Padilla, Eloy Urroz y Jorge Volpi.

La Generación del Crack. Especial.

Las novelas contenidas en “Tres Bosquejos del Mal” me divirtieron, asombraron e hicieron sentir que estaba en contacto con una literatura desconocida. La prosa y temas de los narradores se me hicieron frescos y pensé que leía a nuevos y desconocidos autores de la literatura mexicana.  No obstante, pronto me enteré que el manifiesto del Crack, con sus cinco novelas significativas, se había publicado en 1996, y que esos autores eran los nuevos “maestros” de la prosa mexicana, de la siguiente generación de escritores nacionales que encabezaba Juan Villoro.

De ahí empezaron mis lecturas de Nacho Padilla, Volpi y Urroz. Por mis ojos pasaron libros suyos como: Amphitryon, En Busca de Klingsor, La Gruta del Toscano, Memorial del Olvido, Un Siglo Detrás de Mí y Fricción.

En mis primeros acercamientos, la generación del Crack me parecía innovadora, sus temas se alejaban de la realidad nacional, no tenían un compromiso netamente político y para ellos primero estaba el compromiso literario y narrativo, antes que nada. Ante los ojos del canon mexicano, se presentaron como un grupo de ruptura, pero el tiempo, y mi opinión, han hecho ver que eran buenos discípulos y continuadores de la tradición solemne mexicana.

A pesar de que cambiaron la tonalidad de sus novelas, había mucho de la tradición de Carlos Fuentes, Sergio Pitol, José Emilio Pacheco, Salvador Elizondo y Augusto Monterroso en sus letras. Juan Villoro era una figura cercana a ellos, pese a que cada uno de ellos intentó forjarse a sí mismo como un nuevo perfil del plano de las letras mexicanas.

De los tres, el que siempre me pareció menos innovador fue Volpi. Desde la lectura de En Busca de Klingsor pensé que ahí estaba una novela que entendía a la perfección el mecanismo de los best-sellers o long-sellers (que hace a un libro amistoso y de pretensiones pedagógicas) pero que se dota de los suficientes atributos y méritos de estilo para no caer en esa clasificación y detentar un “valor literario”. Fórmula que Volpi ha usado de forma ininterrumpida hasta “La Buscadora de Sombras”, última novela que intenté leer de él.

Eloy Urroz fue el más experimental de los autores del Crack y el que apostó más a la fórmula de la metamorfosis de la novela. Sus libros trataban de jugar siempre con la estructura narrativa y la forma. Aunque a veces los resultados no son los mejores, hecho evidente en  “Fricción”.

Las descripciones anteriores me llevan finalmente a Nacho Padilla. Sobre su narrativa puedo decir que nunca buscó las fórmulas complacientes y efectivas de Volpi. Y que cada una de ellas, si bien no trato de ser “innovadora” o “subversiva” en sus estructuras, siempre fue original como se ve  Amphitryon y La Gruta del Toscano.

En la FIL de 2010 se iba a presentar el libro “La Isla de las Tribus Perdidas”, un excelente ensayo de Nacho Padilla, que ganó el premio debate de ese año, sobre la ausencia del mar como escenario y tema en la literatura latinoamericana. Planifiqué asistir.

Una noche antes de la presentación del libro de Nacho, en la FIL se vivió la famosa venta nocturna en la que se pueden encontrar viejos ejemplares, rarezas de libros y buenas ofertas para hacerse con un buen botín literario. Entre mis búsquedas asistí al panel de la editorial Siglo XXI con la esperanza de encontrar un volumen de “Tres Bosquejos del Mal”, para hacerlo mío y que Padilla me lo firmará al día siguiente junto con sus dos secuaces, que, con seguridad, asistirían la presentación. Lamentablemente, no encontré el libro.

Al día siguiente, me sorprendí de la poca concurrencia de asistentes a la presentación. Éramos unas quince personas. Volpi, el premio Debate del año pasado, comentaba el libro junto con Nacho en el escenario, mientras Eloy Urroz estaba sentado entre el público.

Al terminar el evento me acerqué a los tres y les externé mi pretensión fallida de encontrar un volumen de “Tres Bosquejos del Mal” el día anterior, así como había descubierto la narrativa de los tres, hacía unos años, en ese volumen. De forma interesante Eloy Urroz se emocionó y empezó a platicar conmigo, Nacho Padilla también, ante lo cual saqué mi ejemplar de “La Isla de las Tribus Perdidas” que terminaron por firmar los tres.

La dedicatoria, que aún conservo, junto con la literatura de Nacho, considero, es un gran reflejo de la persona que fue este escritor en vida.

“Para Juan Manuel, cómplice generoso en tus lecturas y palabras. Con mi amistad,

Nacho Padilla.”

El pasado 20 de agosto se cumplió un año de la muerte de este maravilloso narrador mexicano. Un escritor que muchos extrañamos y tuvimos la fortuna de conocer, pero más que nada, de leer su obra, hecho que le sobrevive y que aún nos hace ver que sigue con nosotros.

Una vuelta a la manzana en el Círculo Teatral

En nuestra sociedad, la manzana es uno de los frutos más asociado a historias, mitos y cuentos de hadas desde tiempos inmemoriales. Para el Circulo Teatral es un tema perfecto para presentar la puesta en escena Una Vuelta a la Manzana, que se estará presentando todos los jueves de agosto.

Con un carácter centrado en la comedia, la obra abarca episodios de la historia popular como el mito de la creación en el Edén y el pecado original de Adán y Eva; la discordia causada entre las diosas Era, Atenea y Afrodita por Eris, en la antigua Grecia, y la manzana envenenada que da origen al cuento de Blanca de Nieves. Estos episodios son abordados de forma jocosa al conjuntarse con parodias de formatos de programas de cocina, concursos de belleza y sketch.

En cada pieza, el fruto rojo se presenta como un elemento perfecto para expresar grandes relatos asociados a emociones y expresiones humanas como la ambición, el conocimiento, lo prohibido, el pecado, la traición, el asesinato y, sobre todo, la pasión.

De forma ágil los actores representan, con diversas formas de comedia que incluyen la ironía, el albur, los clichés y el humor blanco, con las que se exaltan elementos de la realidad mexicana, pero sobre todo chilanga, lo que se ve y vive en un país tan alejado de la normalidad como lo es México.

Con un elenco compuesto por Luz Aldán, Leonora Cohen, Carlos Cardozo, Óscar Alberto Fontana, Viridiana Monteagudo, Eduardo Mojica, bajo la producción, dirección y actuación de Santiago Torres-Vázquez, la obra brilla por su ingenio y habilidad de los intérpretes para encarnar diferentes personajes que cambian completamente en cada episodio de la puesta en escena.

Una Vuelta a la Manzana está en su cierre de temporada y presentará tres funciones más, todos los jueves de agosto, a las 20:00 horas, en el Círculo Teatral, ubicado en Veracruz 107, Colonia Condesa, en la Ciudad de México.

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Para conocer más sobre esta comedia te invitamos a conocer sus redes sociales en Facebook y Twitter.

Galería Itinerante en el Kiosco Morisco

El proyecto “Gestión Cultural: Ciudad de Mil Formas”, organizó, el pasado sábado, la “Galería Itinerante: Ciudad al Instante”, en el Kiosco Morisco de la Colonia Santa María la Ribera.

El evento estuvo precedido por Natalia Mosso y Abraham Cuevas, quienes lanzaron una convocatoria en Facebook para invitar a fotógrafos de la Ciudad de México y otras entidades a presentar su trabajo, del cual se escogieron un total de veinte fotógrafos para la presentación.

Durante la jornada se montó una exposición fotográfica y de artes plásticas, se impartieron pláticas en torno a temas referentes al ámbito de la fotografía, y por la noche, se presentó un concierto de la banda de blues Blues Mafia.

Los expositores y ponentes provenían de la capital, el Estado de México, Hidalgo y Sonora. Los temas que se trataron versaron en torno a los contrastes citadinos que se viven en la Ciudad de México, la fugacidad de los instantes de la vida cotidiana que pueden ser captados a través de la fotografía, el surrealismo y las singularidades que acontecen en la capital y la transición de lo analógico a lo digital.


Revive: Los dueños del fuego.


Entre los expositores se presentó una muestra del trabajo de Mosso y Cuevas, Nicte Ha, Saúl Aróstico, Sergio Tafoya, Luis Ángel Cáceres, Saraí Estrada, Abril Ángel y Miguel Arath.

Destacó la participación de miembros de la comunidad y proyecto fotográfico Metro Chilango, como Balam Carillo, Martín Mariscal, Vanessa Pérez, Mónica Ayala y Sergio Ortíz. También, durante la expo estuvieron presentes los artistas plásticos Alma Cabello,  Rata Nezumi, Txoice PunkArt, Pres Den, Yohuac Daniel y Amairani Vergés.

Si quieres conocer más del trabajo y próximos eventos de Gestión Cultural: Ciudad de Mil Formas y  Metro Chilango, te invitamos a conocer sus redes sociales dando click en su nombre.

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Ciudad al instante

Metro Chilango y Metro Chilango en Instagram.


 

¿Do you remember the first time?

Siempre me ha divertido el dolor de las canciones sobre perfidia en el amor. Esas melodías que hablan sobre triángulos amorosos, en los que una pareja sufre altibajos por la intromisión de un “tercero”.

Famosas son las rolas estilo Pimpinela o Yuri, en las que las mujeres lloran a un hombre casado y se hunden en la depresión de haberse encaprichado con un alguien que no puede entregarse a ellas.

Si hiciéramos un sondeo de canciones de deslealtad y tríos trágicos, nos encontraríamos con la sorpresa de que casi el 99 por ciento son interpretadas por mujeres. Una extraña situación que ha llamado mi atención desde siempre.

Pero, ¿qué hay de los hombres? ¿Acaso no los hombres no aceptan, también, el papel de ser impostores o usurpadores, por el hecho de haberse enamorado de la persona incorrecta?

Por estas divagaciones, mi canción favorita sobre la infidelidad es la compuesta por Jarvis Cocker, vocalista de Pulp, ¿Do you remember the first time?

La melodía empieza con los siguientes versos:

“You say you’ve got to go home

cos he’s sitting on his own again this evening”

Dices que debes irte a casa,

Porque él está sentado sólo, otra vez, esta tarde

Las frases anteriores, presentan el escenario de un encuentro entre amantes. Donde la dama debe regresar con su esposo antes de que se creen fuertes sospechas. Antes de partir, el amante arremete contra ella a razón de su desamor:

“You say you’ve never been sure,

though it makes good sense for you to be together.

Oh, now it’s getting late.

He’s so straight.”

Dices que nunca has estado segura,

Pero piensas que tiene sentido que tú y él estén juntos

¡Oh!, ¡ahora es tan tarde!

¡Y él es tan recto!

Para que después, Cocker canté los versos más degarradores:

“Do you remember the first time?

I can’t remember a worse time.

But you know that we’ve changed so much since then,

we’ve grown.”

¿Recuerdas la primera vez?

No puedo recordar un peor momento.

Pero hemos cambiado mucho desde eso,

Maduramos.

A qué se refiere Cocker con “la primera vez”. ¿La primera vez que hicieron el amor? ¿La primera vez que ella engañó a su esposo? ¿El primer momento en que se conocieron?

Pronto, la canción explota con la siguiente frase, quizás, los más versos de desamor más grandes de la música inglesa:

“Now I don’t care what you’re doing,

I don’t care if you screw him.

Just as long as you save a piece for me”

Ahora no me importa lo que hagas,

no me importa si te lo coges,

Siempre y cuando, guardes un pedazo para mí.

¡Tremenda situación! Pero, ¿qué capricho es más bello y destructivo que el amor?

Una rola al día: manual de uso

Uno de los eventos más sobrenaturales para mí, es encontrar personas que piensan que la música no es importante. Esta extrañeza se remonta a mis años como adolescente, cuando cursaba el bachillerato, y la música se presentó como uno de los elementos más vitales, de los que me dieron identidad.

Charles Baudelaire decía que la música excava el cielo, aunque yo también considero que se adentra al interior de nuestras vidas, nuestra memoria, deseos, emociones y anhelos. Después de todo, ¿acaso no en más de una canción, letra o melodía, hemos encontrado lo que sentíamos la primera vez que viajamos o pasamos un buen rato con nuestros amigos? ¿Las ocasiones que descubrimos nuestra capacidad de amar y nuestro deseo de unirnos a otra persona?

Lo que recuerdo de la adolescencia son años de confusión y otredad autoimpuesta. Todos los jóvenes nos rebelamos ante nosotros mismos como un mar de dudas y preguntas sobre quiénes somos, qué nos gusta y cómo deseamos manifestar nuestras primeras experiencias. En esos años están los primeros enamoramientos, las consecuencias de nuestras decisiones, el sabor desconocido de la victoria y el sentir inédito de la derrota.

En esa retrospectiva de mi pasado, están cientos de canciones que escuché, una vez tras otra, que describieron mi vida. Música que va desde el jazz, rock, blues, salsa, metal o música mexicana. Por lo que para mí, la vida, además de tener color y sabor, también tiene ritmo, letra y melodía.  

Y hasta estos días, cuando una de esas canciones vuelve alcanzar mis oídos, a la forma del té de Marcel Proust, mi memoria presenta ante mí una vez los momentos que acompañaron esos sonidos.

Al oír a Lou Reed me veo caminar por primera vez a solas con mis amigos por la Ciudad de México. Led Zeppelin me recuerda los años de una banda de rock en la que toqué durante la preparatoria. Javiera Mena trae a mí mente la imagen de una chica de la que estuve enamorado por muchos años y con la que tuve uno de los mejores bailes de mi vida. Dave Brubeck me suena a las calles de Praga y algunos rincones de Londres. Sergio Mendez a una plática que tuve con una dama en Panamá. El General a películas que veía los domingos con mi familia cuando era un niño.

La música termina por ser memoria, recuerdo y posibilidad. Su ritmo, es el ritmo de nuestras vidas. ¿Por qué no rescatar las experiencias vividas, nuestros momentos, con esas canciones que nos han marcado, que hoy nos gustan y nos hacen mover la cabeza y sentir un suspiro de felicidad, melancolía y tristeza?

Esa es la misión de esta nueva sección de El Tecolote. Unir la música a las letras, al contar historia, rescatar memorias y revivir recuerdos.

Así que tenga aquí, querida lectora y estimado lector, una canción (a los tecolotes nos gusta la palabra rola) cada día. Conozca qué significa para quien escribe cada entrada y comparta con nosotros nuestras historias. Lo único que deseamos, es ponerle ritmo y sonido, a este evento extraño que es el vivir. Que una  a sus experiencias sus propias canciones, mientras le compartimos las nuestras.

La fecha de caducidad de mi playlist

Soy una persona que escucha música todo el tiempo. Cuando me detengo a pensar en las horas del día que me acompañan melodías en mis oídos, contaría de cuatro a cinco. Al caminar, mientras tomo un baño, al manejar, leer o trabajar, necesito de la compañía de mis canciones favoritas.

Con orgullo, en más de una ocasión, me he llamado a mí mismo un melómano. Y la música que escucho explica a menudo mi vida y hace eco de las emociones y situaciones que estoy atravesando. Desde hace ya varios meses integré un playlist en mi celular y las canciones incluidas en él fueron por casi medio año el soundtrack de mi vida.

He perdido el número de ocasiones en que las escuché, y aun hoy, cuando las pongo, siguen diciéndome muchas cosas sobre mí, sólo que ahora en retrospectiva. En esas canciones hay mucha ansiedad e incertidumbre. Emociones que se materializaban en mí y que me dejaban a la deriva a razón de muchos retos que tenía que encarar. También había fe, ilusión y unas terribles ganas de vivir y amar.

Siempre que el tiempo y la intimidad me lo permite, me doy el gusto de gritar las letras que compusieron Jarvis Cocker, David Bowie, Keith Richards o los temas de Arcade Fire. Y siempre, no dejo de maravillarme de esa magia que posee la música, de ese vigor que encontramos en las guitarras y voces de nuestros cantantes favoritos, de esa fuerza que tienen sus composiciones y que nos llenan de energía.

Desde que inicié el año me había propuesta una meta, ésta se presentó como un reto que se prolongó en el tiempo más de lo que yo mismo esperaba, sin embargo, ha llegado. Está ahora frente a mí y el momento de tomar decisiones llegó.

Nuevos miedos me invaden, nuevos retos, para los que necesitaré valor. Las canciones de mi playlist ya no son la música que necesito en esta etapa. Y esto no significa que dejarán de gustarme, sino que ahora deberé encontrar la música para este nuevo momento.

#Perfil Le Terrible Artist: José Luis Cuevas

Hay algo imponente en “La Giganta” que simplemente nos deja sin palabras. La escultura de José Luis Cuevas, ubicada en el museo que lleva su nombre, es una obra monumental que es imposible no impresione. No obstante, a pesar de su grandeza, hay algo de “La Giganta” que a muchos no termina por gustar, e incluso, llega a incomodar.

El efecto que provoca esta escultura refleja a la perfección la personalidad del artista que fue Cuevas. Un genio precoz, que desde sus primeros años se supo brillante y que, con pocos años, llegó a encarar al establishment para imponerse como el representante de una nueva vanguardia.

La creación de su estilo y el neofigurativismo ayudó a cambiar el arte mexicano que se había centrado en los temas de la Revolución Mexicana y el marxismo, lo que dio fuerza a la Generación de la Ruptura que abrió nuevos espacios y horizontes de creación para los artistas mexicanos.

A pesar de su genio, que no puede ser puesto en duda, y que cientos de premios y muestras en museos a nivel internacional respaldan, Cuevas fue una personalidad tormentosa del arte mexicano.

Cuevas se presentó ante el mundo del arte nacional como un prodigio pusilánime, que no tenía miedo de criticar la obra de sus antecesores, que no temía molestar en cadena nacional a artistas como Siqueiros.

La Giganta sorprende a algunos e incomoda a otros. Foto: Especial.

Al inicio, podríamos adjudicar esa actitud a una inmadurez del joven artista, sin embargo, en sus últimos años, Cuevas se presentó ante los medios como un anciano rabo verde que tachó de malos e insignificantes a sus predecesores. De forma asombrosa, fue un niño y un viejo cretino, a la par de un narcisista de primera.

Asombroso era escuchar y leer las cosas obscenas que se decían sobre su actitud en público, cómo hacía explicito su desprecio a la gente y visibles sus groserías por la más insignificantes cosas en los eventos a los que asistía. ¿Por su genio, podíamos condonarle tan despreciable carácter?

A pesar de su personalidad, Cuevas fue un gigante. Famoso fue el momento en que el New York Times, en 1960, lo comparó con Pablo Picasso, mayor aún fue el hecho de que el mismo artista español comprara, en una exhibición suya ,dos de sus trabajos.

Por años su actitud explosiva lo hizo estar fuera de los grandes museos mexicanos, y lo que pareció un castigo de las vacas sagradas hacía la arrogancia de Cuevas, se transformó en una promoción internacional a su obra, que hasta la década de los noventas, del siglo pasado, fue más conocida en el extranjero que en su tierra. Momento en que se extinguieron todos los viejos patriarcas del arte mexicano y el tiempo le dio ese lugar.

Su muerte ha causado un sinfín de polémica, de emociones encontradas y, a pesar de todo lo que podamos opinar, no podemos decir: ¿no es acaso eso lo que deba generar todo gran artista?

Brillante como pocos artistas, desagradable como un ser humano, ayer murió uno de los grandes exponentes del arte mexicano. La gente hablará bien o mal de él, podrán expresar su molestia o su admiración a la obra que le sobrevive, pero lo que es un hecho es que nunca quedaremos al margen del terrible artist, de ese hombre injusto y prepotente que legó grandes obras al arte en México. De ese genio que fue José Luis Cuevas.


El pintor y dibujante falleció del lunes 3 de julio, a los 86 años de edad. El deceso fue confirmado por la Secretaría de Cultura Federal. Se espera que se le realice un homenaje en el Palacio de Bellas Artes.


 

México: la distopía política perfecta

En 1990, Mario Vargas Llosa, definió a México como la “dictadura perfecta”. Después de una breve descripción del sistema político mexicano, el escritor peruano fue reprimido por Octavio Paz a razón de su comentario, dado que el poeta de Mixcoac había condenado las dictaduras militares en Latinoamérica, y exoneró a nuestro país como una nación ajena al totalitarismo.

Veinte siete años después, y en plena decepción de lo acontecido en las elecciones del 4 de junio, podemos decir que hoy, más que nunca, México es una distopía política en la que la hegemonía del Partido Revolucionario Institucional (PRI) nos tiene atrapados y sin opciones.


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Pero, ¿qué ha hecho tan bien el PRI? ¿Cómo funciona su maquinaria política? ¿La disciplina de sus militantes, digna de un análisis de Michel Focault? ¿Qué trampas existen al interior del sistema político? ¿Qué tan diferentes es el México del 2017 al de 1990, que describió Vargas Llosa?

I

Para empezar, debemos decir que el PRI detenta una hegemonía política en el sistema electoral. Es el partido que recibe más recursos públicos y ha establecido un régimen fiscal aceptado por el Congreso que promueve siempre una gran dádiva de dinero para el tricolor. Ninguna fuerza política puede competir contra él, en temas de dinero para campañas políticas o juegos sucios, lo que deja a la oposición en clara desventaja.

Segundo, la militancia del PRI es un ejército perfectamente ideologizado y que practica una mezcla de disciplina y complicidad con la maquinaria política, cuyo único fin es ganar. El militante promedio del PRI no tiene el más mínimo sentido de autocrítica para el partido, y si lo tiene, lo guarda para sí, en aras de que el tricolor gane. No condena los errores de Peña Nieto, los robos de Duarte, Yarrington, Moeira o Borge. No les interesa que en México existan más de 50 millones de pobres y que las políticas clientelares de su partido sean responsables de ese escenario.

No piensan que existan injusticias sobre hechos históricos como Ayotzinapa o Tlataya. Están convencidos de que la política es corrupta, de que hay que lucrar con la pobreza y la ignorancia para ganar, para obtener posiciones políticas y acceder a un pequeño cargo político o posición que les dé poder y les permita tener una fuente mínima de ingresos. Como dicen ellos “tener un pedazo del pastel”. En pocas palabras, no creen en la democracia, ni en el bien común.


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Tercero, el PRI ha promovido la creación de un sistema de partidos en el que los actores inmersos en él pelean para dividir el voto, pero nunca atacar al tricolor. Desde los pequeños partidos satélites, como Nueva Alianza, el Partido del Trabajo, o el Verde Ecologista, hasta el PRD y el PAN, y la nueva dinámica de los candidatos independientes, todos dividen al electorado pero nunca tocan al dinosaurio. Todos, inevitablemente, terminan por servirle en su posicionamiento electoral.

Cuarto, ochenta y ocho años de priismo en México han creado una sociedad apática y despolitizada. El mexicano promedio no merece ser denominado con la etiqueta de “ciudadano”, a razón de que no le interesa en lo más mínimo la política. Su postura se debe a las decepciones que se han vivido el país ante la participación ciudadana, desde 1968, a los halcones de 1971, el fraude de 1988, la decepción de la transición en el 2000, y un sin número de casos más. Sin ciudadanía, sin un electorado crítico, en cada elección, el PRI sólo manda a llamar a su viejo ejército para votar y hacerse con el poder.

II

Las elecciones, en el Estado de México, muestran, de forma clara, la maquinaria distópica del PRI en pleno funcionamiento. La campaña de Alfredo del Mazo fue la que más dinero recibió, a la par de apoyos incondicionales del gobierno federal, que lo posicionaron a pesar de la mala reputación del tricolor. El ejército priista, desde primeras horas del 4 de junio, se encontraban en la calles para votar, o vigilar las casillas, y defender a diestra siniestra a su partido. También, estaban las prácticas sucias, la compra de votos que el tricolor ha perfeccionado por 88 años.

A eso se suman otros dos factores: la división del voto y la apatía política. De un electorado de 11 millones de personas, sólo 5.5 salieron a votar, el 52 por ciento, 4 por ciento más que en 2011. Es decir, 4.5 millones de mexiquenses le dieron la victoria al partido PRI porque mandaron al demonio la elección.

También, el voto se dividió entre varios actores que no tenían la más mínima oportunidad de ganar: 11 por ciento de votos para el PAN; 17 para el PRD; 2 para una candidata independiente -con un discurso vacío-. ¡Incluso, el PT, cuyo candidato había declinado, obtuvo 1 por ciento de los votos! ¡100 mil sufragios que se fueron a la basura, porque la gente que los utilizó desconocía que no servirían para nada! Y para terminar, 2 por ciento de votos nulos.

Quizás, sería exagerado pedir a todos los votantes que supieran de ciencia política y comprendieran los mecanismos electorales de México. No obstante, es deplorable que una gran parte los ignore, y que esa ignorancia, sirva para que el PRI se siga alzando con la victoria.

III

La novela “Conversación en la Catedral”, de Vargas Llosa, empieza con una de las frases más famosas de la literatura latinoamericana: “¿En qué momento se había jodidó el Perú?”

Los mexicanos deberíamos hacernos la misma pregunta. “¿En qué momento se jodió México?” Para el escritor Antonio Ortuño, las nuevas opciones políticas pueden ser un peligro para México, sin embargo, el PRI es la garantía de la destrucción porque ese partido nos ha demostrado su incapacidad para gobernar, para atender los retos en todas las esferas de nuestro país. Y a pesar de todo, sigue obteniendo la victoria. Nos tiene atrapados y a su merced.

IV

Desde el Partido Socialista Unido de Venezuela, al Partido de los Trabajadores en Brasil; del Partido Justicialista de Argentina, hasta al Movimiento al Socialismo de Bolivia; incluso, hasta el Partido Rusia Unida, han expresado, en más de una ocasión, su admiración al PRI. ¿Por qué? ¿Cómo es posible que un partido político pueda mantener por tanto tiempo el poder, a pesar de sus errores, de su ineptitud, de su corrupción y desvergüenza? ¿Cómo hacen para conservar el poder a capa y espada?

El PRI ha sido objeto de análisis de cientos de politólogos desde su creación. Los analistas han dicho: ¡qué partido más singular, qué coopta intelectuales, qué toma elementos de la izquierda o derecha según su conveniencia, qué se alza con el poder contra todo viento y marea!

Ahora, en pleno 2017, más que estudiar al PRI, los sociólogos y politólogos deberían analizar a México como un todo. Su sistema de partidos, su oposición divida, su población apática, el ejército de militantes del tricolor sin sentido de crítica.

Porque México ya no es una dictadura, es una distopía política perfecta.

Junot Díaz: la voz de los dreamers en Estados Unidos

Hace algunos años, en una conferencia en torno a la narrativa de Estados Unidos, escuché un comentario del escritor Francisco Goldman que me dejó marcado:

“Estado Unidos es un país bilingüe, una nación en la que se habla inglés y español, y es un hecho que sus gobernantes, y gran parte de su población, no ha podido aceptar”.

Lo externado por Goldman señala un evento que ha superado la realidad. En Estados Unidos viven más de 40 millones de personas que hablan la lengua española, de acuerdo con el Bureau Census de ese país, es la segunda comunidad de hispanoparlantes más grande del mundo, sólo por detrás de México, y es el único país a nivel global que posee una Academia de la Lengua Española que no ha decretado a ese idioma como una lengua oficial.

No obstante, lo difícil para los hablantes del español, en el vecino del norte, es que, la mayoría de las veces, tienen que recurrir a ese idioma como una expresión de la intimidad, un medio que sólo pueden utilizar con su familia y en espacios personales, a razón de que a un gran sector de la población anglosajona le molesta oír ese idioma en las escuelas, lugares de trabajo, etcétera, ante lo que deben contener el uso de su lengua madre.


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Esa situación me ha puesto a pensar en las ideas de Ferdinand de Sausurre, uno de los padres de la lingüística moderna, quien dice que la lengua es un vehículo vivo, un hecho social que va mutando por quienes que lo encarnan y utilizan en su expresión diaria. Con el paso del tiempo, las lenguas terminan por transformarse y nuevas palabras surgen o cambian de significado, a razón de la nueva connotación que le dan los hablantes, porque el idioma está vivo y mutando, reinventándose y cambiando como un ser viviente.

La expresado por Sausurre se materializa, en nuestro tiempo, en la obra narrativa del escritor Junot Díaz, un inmigrante de República Dominicana que ha reinventado la literatura de Estados Unidos y ha dado voz a quienes han tenido que contener algo innato a su vida diaria e identidad.

En su novela The Brief Wondrous Life of Oscar Wao, Díaz da voz a un joven de sus características, un joven negro, inmigrante, proveniente de un país inestable (el mismo de su autor), que crece en Estados Unidos y se enfrenta a los problemas del racismo, la identidad y el uso de la lengua.

Del mismo modo que Kafka, y pese a que su lengua materna es el español, Díaz decidió escribir su obra en inglés, como el escritor checo publicó sus libros en Alemán. Y una vez más, la ironía de la historia y la realidad se hace presente, ya que así como Kafka se transformó en el novelista más importante de la lengua alemana del siglo XX, Díaz se ha transformado en uno de los narradores más transcendentes de Estados Unidos, al grado de que el ex presidente Barack Obama, escogió la novela de este autor como uno de sus libros preferidos y que ha marcado su vida.

A pesar de que el libro fue traducido al español, The Brief Wondrous Life of Oscar Wao es un texto que debería leerse en su edición en inglés, pues en ella desfilan palabras y expresiones como “dulce de coco”, “tío Miguel”, “hija”, “cigüapas” o “muchacha del diablo”, con todo lo demás escrito en inglés.


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También, cuando los personajes de la novela hablan en los diálogos, se encuentran frases escritas en inglés, pero con una sintaxis española, como es común que hablen muchas personas de la comunidad migrante de Estados Unidos. Un error típico de los hablantes de la lengua de Cervantes, que al llegar a un país anglosajón, no perciben y puede confundir a quienes tiene como lengua madre al inglés.

Lo importante de la publicación de The Brief Wondrous Life of Oscar Wao, hace ya diez años, es lo que representa. En 2007 se alzó con el premio Pulitzer y fue elegida como la mejor novela del año por varios medios literarios de Estados Unidos.

Si un fundamentalista del idioma inglés leyera el texto se horrorizaría, sólo vería un texto en el que hay palabras extranjeras y nefastos errores de concordancia gramatical. No vería lo que hemos visto muchos, y lo que debería ver toda la población de Estados Unidos: un texto innovador, producto de la multiculturalidad, un pedazo de la lengua viva a la que se refirió Sausurre, y un producto que está transformando la cultura de una nación.  Pero más que nada, una novela que ha dado voz a millones de personas, en un país, donde aún no se ha aceptado a su idioma como un producto innato de la identidad de Estados Unidos.

El chofer que miraba como Clint Eastwood (al ritmo de Paty Cantú)

Era un viaje normal en autobús hasta que mis audífonos dieron su último suspiro. Que mis audífonos mueran en el momento menos repentino y me priven de escuchar canciones de T. Rex, David Bowie y Lou Reed, es un episodio recurrente para un melómano como yo. Con resignación, retiré los auriculares de mis oídos y me puse escuchar la sinfonía de la ciudad, o más bien, la sinfonía del bus en el que viajaba.

Conversaciones sobre maridos, el chismorreo de unos adolescentes, las risas de un señor que veía vídeos en internet. Pero pronto, los acordes de una melodía llegaron a mis oídos, la voz de la señorita Paty Cantú salía de la radio del camión.

En pocos segundos fui testigo de la increíble habilidad de la señorita Cantú para hacer felices a muchos citadinos. Las señoras que iban atrás de mi dejaron de hablar de las miserias de sus esposos para escuchar la canción. Una púber, de unos dieciocho años, sentada junto a mí, empezó a hacer un performance digno de “The X Factor” (canto y coreografía incluidos). Hasta el chofer empezó a mover la cabeza al ritmo de las frases de la cantante pop.

Esta última imagen, me dejó perplejo, por su singularidad: el chofer del camión era un tipo rudo, de unos cuarenta años, con un bigote al estilo Zapata y una personalidad de un protagonista de la película “Sangre por sangre”.

La extravagancia del cuadro hizo que me quedará perplejo, observando la escena por varios segundos, hasta que el chofer notó mi atención en él. Me miró directamente a los ojos y enfocó con la precisión del viejo Clint Eastwood, en esas películas del género Western que lo hicieron famoso.

En ese punto me sentí intimidado y empecé a mover el cuello para formar parte del encanto de la melodía de Paty Cantú. La mirada de Eastwood se deshizo en un segundo. Me miró y sonrió (¡increíble!) con aprobación.

Han pasado varios días desde este episodio  y mi mente sigue sonando:

«…. No quiero un hombre de cuento,

No busco alguien perfecto…”
Creo que la voy a descargar a mi celular.

Atenderlo es un placer

Hoy tuve que ir al Palacio Municipal de Texcoco a realizar un trámite burocrático. Al llegar ahí, me sorprendió el desconcierto de los trabajadores. Como yo, no tenían la más mínima idea de dónde o con quién podía dirigirme para el documento que necesitaba; su desconcierto me perturbó, parecía que nunca hubieran trabajado ahí. Ante esta situación me transformé en un Padre Brown texcocano, sólo que a diferencia del cura católico de Chesterton, yo no buscaba al criminal más peligroso de Europa, sino a alguien que me diera razón de mi trámite.

Después de interrogar a unos cuantos inocentes, una mujer de mediana edad me dijo:

– Ve con Andrómaca (nombre clave de la susodicha que tenía las respuestas).

Con sus instrucciones llegué al lugar. Ahí, me acerqué y pregunté por Andrómaca, pero una señora de unos sesenta años me contestó:

-Salió, regresa en media hora. – Ante ese comentario miré mi reloj. Tenía tiempo suficiente para ir al supermercado y comprar algo pendiente. -Regreso en 30 minutos – le contesté a esa dama de la tercera edad.


Catolicismo mexicano: el cura Gregorio VII versión mexiquense


Salí del Palacio Municipal. Caminé hasta mi casa. Tomé mi coche. Conduje al supermercado. Compré lo que necesitaba. Regresé y lo dejé en su sitio. Todo eso lo hice con una paz decimonónica. Al ver mi reloj me dije a mi mismo “¡vaya!, ya pasó más de media hora, debo regresar para encontrar a Andrómaca.”

Al pisar de nuevo el Palacio Municipal le pregunté de nuevo a la anciana “¿está Andrómaca?” y ella me contestó con voz de momia:

-Regresa en media hora. – Aquello me sorprendió y decidí sentarme en un silla de esa oficina gubernamental a esperar, quizás regresaría pronto. En ese lapso saqué mi celular, perdí neuronas y tiempo en Twitter, en Facebook; luego saqué un libro que llevaba, leí dos cuentos. Después de varios minutos, una chica más joven apareció en las oficinas, le consulté si era Andrómaca y me contestó: “no, regresa en media hora”.

Ahí me puse a pensar que Cronos conspiraba en mi contra… O la comprensión del tiempo era diferente en esa habitación. Saqué de nuevo mi libro y leí otros dos cuentos. En ese punto me sentí desesperado y me acerqué de nuevo a la anciana y le dije “¿tardará mucho Andrómaca?”, ella me dijo, con la voz de un monje shaolin, “regresa en media hora”.

Abrumado, me senté, ¿podría ver a Andrómaca? ¿Podría realizar mi engorroso trámite burocrático? No obstante, mientras me sumía en mis reflexiones, una chica llegó. La anciana volteó a verme y me dijo “Ella es Andrómaca”. Al parecer los maleficios de Cronos no sólo prolongan el tiempo mortal, también lo acortan, en esa oficina.

En menos de dos minutos le di mi documentación y salí del Palacio Municipal. Al ver la luz del sol sentí cómo esa oficina de gobierno había absorbido toda mi energía vital.

Por suerte, el trámite está ya hecho y vencí a la burocracia:

Aguilar 1

Burocracia gubernamental 0

Infamia y miseria: lo eterno en el arte

 

En el tercer tomo de En busca del Tiempo perdido: el mundo de los Guermantes, Marcel Proust señala una acepción que por su aplicabilidad y vigencia a cualquier contexto artístico pareciera una regla o axioma eterno a cumplirse. El gran novelista francés indica  que siempre que un conjunto de hombres se congreguen en torno a una disciplina, podrá vislumbrarse en ese contexto atisbos de envidia, descrédito, celos, rabia, rivalidad y deshonra. Es decir, imágenes humanas de la infamia y la miseria. Y es que en esos dos conceptos puede resumirse una gran parte de la historia y el comportamiento humano, debido a que ambos tienden a complementarse y a coexistir en todos los escenarios que enfrentamos en la vida, que pueden ir desde la esfera familiar, laboral, sentimental y artística.

En ese sentido, se puede argumentar que tanto la miseria e infamia no son sólo motores del arte, sino que son grandes catalizadores de toda renovación en cualquier campo de la sociedad.

Para explicar esto de forma más clara tendremos que detallar qué representa cada una de las palabras y el sentido que se le da, además de citar algunos ejemplos. Para empezar, mencionaremos que la infamia representa la noción de lo establecido. Aquello que se ha perfeccionado e institucionalizado en el tiempo, al grado de que cada sentencia o juicio que emane de un actor que la ejerce es incuestionable.

La infamia es la culminación de un largo camino que ha sobrepasado todo ser hasta consolidarse como una autoridad, alguien que refleja el respeto aunque esa característica no implica que por haberse transformado en una personalidad respetable, él se comporte de la misma forma.

Respecto a ésta perspectiva podríamos retomar al autor señalado al inicio de este texto: Marcel Proust, quien escribió una de las más colosales obras de la literatura del siglo XX y que a pesar de esa cualidad, no logró ser publicado por nadie. Producto de ese hecho, no puede evitar pensarse ¿Qué pasaría por la mente de Andre Gide, quien formaba parte de la Editorial Galimard, al rechazar el primer volumen de En Busca del Tiempo Perdido? ¿Qué sentirían sus entrañas y juicio al descubrir que le cerró la puerta a la novela francesa más importante de su siglo?

Lo cierto es que cuando Gide entró en razón de su error, no pudo negar que había fallado en aquel ideal bajo el cual fundó la Nouvelle Revue Française, que era el de abrir una ventana a nuevos autores desconocidos, donde pretendía enseñar la desconfianza en el éxito, la primacía del estilo literario y el total repudio a lo establecido. Frente a eso, Gide fracasó en su anhelo de convertirse en un padre generoso. La lectura arbitraria que realizó al manuscrito se convirtió en la más grande de sus deshonras al sobreestimar su juicio y su papel como autoridad. Inevitablemente, la infamia había terminado por presentarse.

Lo contrario de la infamia sería entonces la miseria, debido a que es su consecuencia. Sobre esto basta recordar que las decisiones derivadas de la infamia tienen resultados impredecibles, ya que que causan desgracia e infortunios en el alma de los hombres que reciben estos actos.

Para ejemplificar esto, podemos citar la reflexión con la que Jorge Luis Borges inicia su libro Historia Universal de la Infamia, al expresar que cuando Fray Bartolomé de las Casas propuso al emperador Carlos V la importación de esclavos negros a las colonias de las Indias, no premeditó en ningún aspecto su decisión.

Para el sacerdote, aquel hecho suponía un acto piadoso que disminuiría las cargas de trabajo y abusos que sufrían los indios americanos, y, en teoría, era más valioso para la católica corona española: procurar a estos nuevos fieles que se habían convertido al cristianismo, por encima de los nativos del continente africano, el cual estaba repleto de salvajes a quienes aún les era ambigua la noción de sociedad.

Bajo esta perspectiva, Bartolomé nunca alcanzó a entender las consecuencias de la recomendación que hizo a su rey. No conoció que por medio de esa resolución surgirían distintas formas de expresión artística que se derivarían en el continente americano, todas producto de su determinación, tales como el blues, el jazz y la samba en la música, el capoeira como disciplina física, o la increíble poesía de Nicolás Guillén.

El producto final de aquel consejo fue una renovación y transformación social que nutrió en distintos aspectos a las nacientes sociedades americanas, que desde Estados Unidos, hasta Brasil, se vieron transformados por los ecos de la miseria que los esclavos tuvieron que soportar por décadas en un continente al que no pertenecían y fueron llevados, despojados de su voluntad y libertad.

La miseria simboliza así la imposibilidad de ejercer nuestros deseos en situaciones de desventaja, donde una decisión ajena y tomada por alguien de una autoridad mayor a la nuestra nos impide encontrar la satisfacción de nuestros anhelos. En un punto en el que si el alma del individuo no logra ceder ante esos impactos, y a pesar de la desgracia y el dolor, con el tiempo nuevos caminos para expresar su sentir le serán revelados. Todos de carácter marginal, es decir, con cualidades, métodos, formas y estructuras que nunca antes habían sido vistos, con lo que finalmente se habrá abierto una nueva ventana de renovación por encima de la infamia y donde empezará a gestarse un nuevo momento del arte.

Los ejemplos sobre la renovación a través de la miseria son amplios en cualquier campo, sólo mencionar la sordera de Beethoven, producto de las golpizas que le propinó su padre, o la psicosis de Van Gogh, derivadas de la incomprensión de una sociedad a la que no comprendía pero no podía abandonar.

Por último, citaremos una tercera posibilidad más allá de las que se han mencionado, para la cual tendremos que retomar la dicotomía miseria e infamia, las cuales representan dos lados de una misma moneda.

Como ya se mencionó, el primer concepto señala a los nuevos e incomprendidos artistas, que en su afán de abrir paso a su vanguardia, se enfrentan a los viejos creadores, quienes por otra parte, se les asocia con la voz de la razón y la experiencia. Así, la juventud del arte simbolizaría la noción de lo intangible, de aquello que no ha sido y quiere nacer. Mientras los segundos harían el papel de lo realizado, lo que ha creado un espacio y ahora se le identifica como el status quo o el canon.

De esta forma, al referirnos al artista joven hablaríamos de un ser con una voz autentica pero débil, la cual tiene que buscar su fortaleza y madurar en cierto grado. Capacidad que detentan las vacas sagradas quienes hacen el papel de sus contrarios debido al largo trayecto que han recorrido.

Ante esto, una tercera posibilidad recaería en algún individuo que lograra representar ambas cualidades, la noción de una vanguardia legítima que desde sus inicios ostentara una fuerza colosal y bien formada. Un artista que ya en sus inicios posea una capacidad por encima de los viejos creadores, y dadas estas circunstancias, superara en todos los sentidos a los hombres caducos. Si lográramos ubicar el mejor ejemplo de este caso escogeríamos al del poeta simbolista Artur Rimbaud y esa explosión que fue su libro de prosa Una Temporada en el Infierno.

Rimbaud ejemplificó como nunca la noción del Enfant Terrible: el joven creador que despreció a sus maestros y les hizo explícito el hecho de que eran obsoletos por medio de su insolencia y a través de su alquimia del verbo. Sin embargo, una hecatombe de ese grado nunca es asimilada y aceptada en cualquier momento histórico, y a pesar de que Rimbaud logró materializar por sí solo a un artista que encarnara tanto la infamia como la miseria, la segunda triunfo durante el tiempo que estuvo vivo.

Esto debido a que a los viejos poetas lo sepultaron y olvidaron hasta su muerte y sólo el tiempo reivindicó su obra, mostrándola en una magnitud más terrible por el drama con el que culminó la vida del niño simbolista. Cimentando nuevamente ese eterno ciclo del arte, en el que independientemente del surgimiento de nuevas vanguardias, de los elementos de la creación o de cualquier nueva línea de estilo, aquel campo minado jamás logrará desprenderse de la deshonra y la desgracia. De lo eterno en el arte, que no es otra cosa, que lo mísero e infame.

Catolicismo mexicano: el cura Gregorio VII versión mexiquense

Hace unos días asistí a una misa en un pequeño poblado perdido del Estado de México. Nunca me han gustado las ceremonias religiosas católicas, su alienación y, en algunos casos, su mediocridad, pero en este caso el cariño que siento en nombre de quien se realizaba la celebración me hizo asistir a la iglesia.

Al momento que la ceremonia llegó al sermón del cura, éste se postró frente a nosotros y empezó a hablar. En otras ocasiones, he escuchado grandes sermones de sacerdotes que me han dejado satisfecho, como el de un cura que llamó a la solidaridad y la unidad familiar frente a la violencia derivada del narcotráfico, en una pequeña parroquia de Oaxaca.

No obstante, este no era el caso. De la nada, el cura empezó a hablar de la situación en Siria y de los musulmanes. Habló de cómo los moros mataban cristianos en Medio Oriente, e incluso, aseguró haber visto en las noticias masacres contra cristianos.

En ese momento, saqué del bolso de mi pantalón mi celular, quería verificar el día, mes y año. Quizás en esa iglesia había una ruptura del espacio tiempo de las que habla el filósofo David Lewis o la teoría de supercuerdas y habíamos viajado mil años al pasado. Pero, mi celular decía 2017, no 1017.

A pesar de eso, el cura siguió lanzando proclamas contra el Islam. En mi mente, pronto lo vi con el hábito de un Papa del siglo XI. Volteé el rostro para ver la expresión de las demás personas en ese recinto y vi sus rostros llenos de terror y furia. Si ese cura llamaba a la Guerra Santa, estaba seguro que muchos tomarían su espada en aras de la reconquista de Jerusalén.

Ante eso me quede calladito. Sin decir nada y me puse a pensar. Si este Papa medieval llama a la Guerra Santa hay tres razones por las cuales no lo seguiría en su lucha:

  1. Leí “Las Puertas del Paraiso”, de Marcel Schwob, “La Cruzada de los niños”, de Jerzy Andrzejewski y las “Cruzadas vistas por los árabes,” de Amin Maaouf. Para saber que los occidentales podemos ser más salvajes que los árabes, a tal grado de cometer canibalismo y comer bebés, como lo hicieron los cruzados en la ciudad de Maarat.  
  2. Si soy sincero, me vería mejor con un traje de guerrero selyucida, del ejército de Saladín, que con un traje de cruzado, no importa si es de caballero teutón, hospitalario o templario. Mis rasgos árabes y mi barba rizada lo confirman.
  3. No me interesa en lo más mínimo imponer una ideología religiosa sobre otra. Me gusta el catolicismo de San Agustín, en sus confesiones, la idea del amor y el perdón como los más grandes dones del ser humano. No evangelizar con una idea, susceptible de ser falsa, a los demás.

Por suerte, mientras pensaba eso, la misa terminó y salí feliz de la iglesia y de regresar al año 2017. Aunque me temo que muchas personas de la iglesia creyeron como ciertas las proclamas de ese Gregorio VII mexiquense.

El provincialismo literario de América Latina

I. Hace un par de días terminé de leer la novela El mal menor, del escritor argentino Carlos Eduardo Antonio Feiling. El libro pertenece a la colección El Recienvenido, editada por Ricardo Piglia y el Fondo de Cultura Económica (FCE), en 2013. La obra de Feiling brilla por algo inusual en la literatura latinoamericana de nuestro tiempo: su originalidad. No se parece a nada de la región. Está alejada de la tradición del boom en su ejecución y género – es una novela de terror, ¡una novela de terror de América Latina!- perfectamente escrita. El libro fue publicado en 1991, 16 años después, de la mano de una gran editorial como FCE, llega a un público ajeno a la literatura argentina.

II. ¿Cuántas novelas de terror podemos citar en la tradición literaria de América Latina? Si somos concisos, me atrevo a decir que me sobran dedos en la mano. La colección El Recienvenido fue una obra de edición que realizó Piglia en sus últimos años de vida. La idea que tuvo junto con el FCE fue noble: juntar una serie de grandes novelas de la literatura argentina de los últimos treinta años que oscilaban en el limbo del olvido; una serie de grandes obras maestras de esa literatura nacional que no había sobrepasado los límites de lo local, que estaban condenadas al provincianismo.

 

III. Un tema recurrente en la literatura latinoamericana es la falta de originalidad. En la tradición de América Latina hay dos grandes figuras: Gabriel García Márquez y Roberto Bolaño, y “Cien Años de Soledad” y “2666”, las dos grandes novelas con las que se minimiza la tradición entera de un continente. Para las editoriales comerciales el más grande gesto de mercado es publicar a los hijos del realismo mágico y a los bolañitos como estrategia segura de mercado. Sólo algunas grandes casas editoriales apuestan por autores más originales: Anagrama, Acantilado, entre otras. No obstante, la literatura latinoamericana parece muy homogénea, singular en temas y estructuras.

IV. ¿La literatura de América Latina es homogénea, repetitiva y poco inventiva? Si nos acercamos a ver lo editado por las grandes casas españolas encontraremos muchas similitudes. No obstante, ¿los autores de Anagrama, Alfaguara o Tusquets, representan lo que en verdad está pasando en la literatura local de cada país? De manera concisa diré que Iván Thays, Guadalupe Nettel, Juan Gabriel Vásquez, Andrés Neuman o Martin Kohan, no representan a sus países. Son casos aislados de éxito. Escritores que sobrepasaron los límites de lo nacional para ser leídos en todo el mundo hispanoparlante.

V. No le quito mérito a Nettel o Vázquez, son grandes escritores de sus respectivos países. Pero acercarme a Ceiling me ha hecho notar algo: hay una literatura indómita y desconocida ahora mismo en América Latina, una serie de narradores y obras que quizás brillan más por su originalidad que por ajustarse al canon. Eso les pasó a César Aira, a Rodrigo Rey Rosa, a varios escritores que innovaban las letras de la región pero que lo hacían desde las editoriales independientes, desde la marginalidad hasta que el peso de su prestigio los hizo ser publicados por grandes casas editoriales. En esta región del mundo, la cuestión comercial pesa mucho para abrir el paso a nuevos talentos.

Excepciones latinoamericanas. Especial.

VI. Ni el internet ni las redes sociales han dado proyección a los jóvenes de América Latina. Seamos sinceros, sólo hay una forma de que un argentino, peruano, uruguayo, mexicano o chileno sea leído en toda Hispanoamérica: ser editado por una casa editorial de Madrid o Barcelona. El poder de las casas editoriales de España, decidir que puede ser consumido, o no, por su público, condena a los autores al localismo.

VII. Pero, ¿qué hay de la literatura mexicana? ¿Quiénes son los jóvenes escritores de México? Desde hace años me he hecho esa pregunta al recorrer librerías de Donceles, al visitar la Casa del Lago, la Casa del Poeta o la Facultad de Filosofía o Letras. ¿Quién los publica? El camino más viable para los jóvenes talento son los fondos editoriales del gobierno: Tierra Adentro o ediciones de los ministerios locales de cultura de los estados, o las editoriales independientes. Hay poca cabida para ellos en las grandes editoriales, quizás, con los años, a la manera de Aira, llegué el reconocimiento tardío. Todo depende del mérito de lo que ahora mismo estén creando.

VIII. En diciembre del año pasado viaje a Hermosillo, Sonora. Visité el Centro Sonorense de la Cultura por una casualidad y compré un libro de un autor del Estado: “Kafka en Traje de Baño”, de Franco Félix. Contenía tres crónicas, una giraba en torno a la búsqueda de un familiar del famoso escritor checo en México, otra al relato de vida de un niño autista y la última a una estancia en argentina de un joven escritor. El libro era maravilloso, innovador, alejado del canon narrativo mexicano. Pero Félix sufre la maldición del provincianismo, quiénes que no visiten Sonora, ¿podrán leerlo?

IX. Después del viaje a Sonora fui hasta el otro lado del país: Mérida, Yucatán. Ahí compré otra novela: “Solo por ser mujer” de la escritora maya Sol Ceh Moo. La novela trata uno de los temas más tangibles de la vida mexicana, nuestro disfrazado racismo a las personas indígenas y el machismo imperante en nuestra sociedad. Es una novela desgarradora, editada por el Centro Cultural del Estado. La condena de Félix se aplica de nuevo.

X. En un viaje realizado a Uruguay, hace ya cinco años, compré un ejemplar de novelas de Felisberto Hernández; me encantó “Por los Tiempos de Clemente Colling”. Hernández es uno de los escritores más queridos y aclamados de Uruguay, sin embargo, a diferencia de Juan Carlos Onetti, es un desconocido en el continente. Es un autor de hace casi cien años que no supera las barrera física de las cataratas de Iguazú.

XI. ¿Qué hace que la literatura viva y naciente en Latinoamérica no llegué a todo el mundo hispanoparlante? La respuesta más concreta sería la cuestión comercial. La necesidad de las grandes casas editoriales de ver a la literatura como un negocio. Sin embargo, esa cuestión de dinero limita el flujo de las letras latinoamericanas. Desconocemos a nuestros contemporáneos. Somos incapaces de ver qué está pasando en el continente. El provincialismo es la norma de América Latina. Una región, que a pesar de la globalización, sigue incomunicada entre los países que la integran.

XII. Por ello, la labor de edición de Piglia ahora se muestra como un gesto humano y heroico. También, es una gran lección. Un acto de solidaridad entre nuestros contemporáneos, además de un gesto que pide espacios y justicia para los nuevos escritores de una región entera. Una invitación a abrirnos a leer a los nuevos escritores de un continente.

La política exterior de Trump en 14 puntos: desconcierto y falta de doctrina

Los bombardeos de Estados Unidos a Siria, el pasado 6 de abril, son la primera intervención internacional ejecutada por Donald Trump desde el inicio de su mandato, he aquí 14 reflexiones sobre su política exterior.

I. Hasta abril de este año vivimos una ausencia de EE.UU. como actor internacional. Por casi cien días, las noticias no presentaron notas sobre la potencia militar y económica más grande del mundo. Vivimos una relativa paz global con la ausencia del liderazgo yanqui.

II. Contrario a la tendencia de los últimos 40 años, las noticias sobre EE.UU. eran referentes a su situación y política interna con temas de una concisa singularidad como: la re-negociación del techo de la deuda y la reforma migratoria de la era Obama; el affaire Lewinski de Clinton; el escándalo Watergate; la disolución de los sindicatos por Reagan o la protesta interna en los sesentas; antes de Trump, poco salía a los medios internacionales sobre la política interna de Washington. Los 100 primeros días del magnate fueron una confrontación directa entre el iluso empresario, que pensó que la política funciona igual que sus franquicias y empresas, y la opinión pública. Todos lo encararon, desde las ciudadanas que marcharon en su contra, hasta los jueces locales para negar sus vetos migratorios. Tardó cien jornadas, pero Trump entendió que ser el presidente de su país no lo hace omnipotente en la tierra elegida por Dios.

III. Los cien primeros días de Trump son una porquería si se le compara con los de su antecesor, Obama. También, la política interna mostró males de “democracias imperfectas” como las que siempre criticó EE.UU., con males como violencia social, intolerancia política, falta de libertad de expresión y apertura por la clase dirigente (Trump callando a todos los periodistas de CNN o NYT), inercia política y un gobierno y sociedad divididos.

IV El contexto interno no han sido miel sobre hojuelas para Trump. Según la encuesta Gallup, el empresario tomó posesión de la presidencia con una de las aprobaciones más bajas de la historia: 45 por ciento, una de las más adversas para un presidente de EE.UU. Al tercer mes, bajó ya a 35 por ciento, la más baja que ha tenido jamás un presidente del vecino del norte (ahora sabemos que hay alguien que puede perder su popularidad más rápido y más bajo, que Enrique Peña Nieto). Se duda de su capacidad de liderazgo, se han hechos visibles todas las carencias que no posee como político.

V. ¿Cómo debe enfrentar esa crisis mediática y de aprobación un gobierno que no va bien en nada? Estados Unidos es un pueblo fuertemente ideologizado, con mitos sobre el destino de una gloriosa nación que nacen desde su creación, con sus padres fundadores, y que fueron pulidos y perfeccionados hasta la Guerra Fría (época de máximo esplendor del siglo americano). Cada estadounidense lleva dentro de sí mismo esos dogmas, ese llamado patriota. En los cuatro meses del presente año, en palabras de Nelson Mandela, los estadounidenses han sido la escoria del mundo por las acciones de su presidente. ¿Por qué no recurrir al papel de policía global, paladín de la democracia y libertad, en época de crisis de credibilidad?

VI. El bombardeo a Siria como acción en contra de los ataques químicos fue una reacción idiota si se analiza a detalle. Siria tiene meses de pacificación desde que Bashar Al Assad retomó el poder, incluso los opositores, que se levantaron contra el régimen en vísperas de la primavera árabe, aceptaron el retorno del dictador con tal de alcanzar la pacificación (también, es verdad que no tenían otra opción). Después de la toma de Alepo, el pasado diciembre, el país iba camino a una re-estructuración interna bajo el viejo dictador, anti-democrático, pero pacífico. En ese contexto, ¿alguien en verdad cree que Al Assad es tan idiota como para atacar a su población?

EEUU disparó misiles sobre Siria, tras un supuesto ataque químico. Foto: Especial.

 

VII. La reunión extraordinaria del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), del 10 de abril, fue un espectáculo ejemplar. Ahí estaban las potencias occidentales, Francia, Reino Unido, Suecia y Alemania, pidiéndole a Estados Unidos retomar su rol del pasado. La OTAN vio su probabilidad de sobrevivir y planteó una alianza anti Assads de occidente; Ucrania dio un breve suspiro de nuevo ante el aliado militar que lo había abandonado. Los medios de comunicación inmediatamente se inundaron de noticias sobre la tensión militar entre Occidente y Oriente. Los viejos némesis, Rusia y EE.UU, estaban en conflicto una vez más. La imbecilidad del ataque ha sido tan grande, así como la provocación y la respuesta internacional, que se habla del advenimiento de la III Guerra Mundial. También, podemos considerar que desde el triunfo de Trump en la elección de EE.UU., no habíamos tenido noticias tan trascendentes en el plano de la política internacional, eso explicaría el sobresalto del ánimo mediático.

VIII. Las provocaciones de Trump no son a Rusia y a Medio Oriente, son netamente a Oriente como un todo, incluyen a China y Corea del Norte, una manifestación tangible de ese discurso fanático y ideologizador que es el Choque de Civilizaciones, de Huntington. Hace unas horas, portaaviones estadounidenses avanzaron hacía el mar de Corea para poner fin al problema del régimen militar de Kim II Sung, una clara provocación a China. ¿Para qué demonios confrontar al régimen socialista norcoreano? En el pasado, las tensiones entre de Corea del Norte y Estados Unidos iban en la dirección Oriente-Occidente, cuando el régimen socialista amenazaba con la aniquilación de Corea del Sur a través de sus armas nucleares como instrumento de chantaje y retorsión de política internacional; nunca iban en dirección contraria. Dicha situación es contradictoria para el presidente que prometió reducir el gasto militar de Estados Unidos. De cualquier forma, los hechos actuales van en sincronía con la lógica de sus primeros cien días de gobierno: no ha cumplido, ni ha podido cumplir, ni quizás cumpla, nada de lo que prometió.

Consejo de Seguridad de la ONU. espectáculo a favor de EEUU. Especial.

IX. Querer confrontar a Rusia, Irán, Siria, Corea del Norte y China, se asemeja una poco a lógica de Hilter en la II Guerra Mundial: declarar la guerra a todos, -al final, el Reich es la entidad más poderosa que jamás ha existido-. Por suerte, aún no hay una guerra multinacional (por no decir mundial). Sí se detiene a analizar con detalle la lógica de Trump en política exterior, ésta se asemeja un poco a la lógica de su política interna: acciones idiotas sustentadas en una visión despótica del poder y la política. No obstante, Trump aprendió pronto que no podía hacer lo que le diera la gana en su contexto interno. Lo más natural es que pronto aprenda a que tampoco lo puede hacer a nivel de política exterior.

X. Hay dos escenarios visibles (y completamente dispares) en el contexto de la nueva política internacional. 1) Estados Unidos bajo la era Trump aprenderá que hay otros polos de poder que limitan sus acciones internacionales. A pesar de que la anarquía internacional es la ley de la política entre las naciones el sentido común o de sobrevivencia brillará por encima de la autodestrucción. En unos meses, quizás Trump aprenda las reglas del juego y contenga las acciones de su país. 2) Las provocaciones llevan a una confrontación directa: la tan aclamada III Guerra Mundial, que citan los medios y redes sociales en estos días, un escenario claramente aterrador.

XI. Si el segundo escenario se da, vale la pena preguntarnos: ¿Estados Unidos es en verdad tan poderoso como cree? Si se hace una retrospectiva histórica de su historia bélica se encuentra lo siguiente: sufrió una derrota contra el imperio más grande del mundo en el siglo XIX (Reino Unido) en la guerra anglo-estadounidense en 1812. Sólo ha podido derrotar a potencias débiles o en decadencia como México o España. Su participación en la II Guerra Mundial fue intrascendente en relación a lo que pasaba en el frente oriental (enfrentamiento soviético-alemán). Perdió una guerra contra un país pobre, débil y atrasado (Vietnam). Su intervención en Irak causó una catástrofe económica a nivel interno y geopolíticamente en Medio Oriente. Sus más grandes éxitos militares serían la Guerra de Corea y la Guerra del Golfo, en la primera terminó con la división de un país en dos, la segunda, con la salida de las tropas iraquíes de Kuwait en 1991 y la supervivencia del régimen de Saddam Hussein, que cayó hasta 15 años después, por la ejecución del dictador.

XII. La idea del poderío estadounidense se funda en su arsenal nuclear. Esa idea nace del uso de las bombas Little Boy y Fatman sobre Japón, en 1945. Pero si se hace un análisis de Estados Unidos en confrontaciones bélicas directas, la historia es cruda y severa con esta nación. No detenta grandes victorias militares como la toma de Berlin, la Batalla de Waterloo, Austerlitz o Trafalgar, como otras naciones (Rusia, Francia y Reino Unido por citar algunos casos). Asimismo, hoy sabemos que existe un país con más arsenal nuclear que Estados Unidos y es Rusia. También, sabemos que la tercer nación con mayor número en armas nucleares es China. Confrontar a los dos parece irracional carente de sentido común. Ante esto sólo queda la carta de la racionalidad, aquella que nos reveló en la crisis de los misiles, en 1962, que la razón puede salvar al mundo.

Relaciones dañadas. Especial.

XIII. Los grandes éxitos en política exterior de Estados Unidos se parecen más a lo plasmado y pensado por Maquiavelo en “El príncipe” y “Las 33 estrategias de la guerra” de Robert Greene. Es decir, usar la manipulación, la discordia, las debilidades y divisiones internas de sus enemigos para destruirlos, en vez de confrontarlos directamente o hacer uso de la fuerza. El máximo éxito de la política de Estados Unidos fue destruir a la URSS sin lanzar una sola bala durante la presidencia de Ronald Reagan, en las alianzas que hizo con los talibanes contra la nación soviética. También, su control y poderío sobre América Latina se cimienta en tejer alianzas con los traidores locales, en causar inestabilidad interna y echar a pelear a los demás, pero nunca pelear directamente. Estos es una herencia de su cultura anglosajona y de Reino Unido, quien con su política de contingencia puso a pelear a la Europa continental mientras ellos se cruzaban de brazos. De forma personal, creo que Trump no entiende esto claramente.

XIV. En un mundo de hiperrealidad y posverdad, los medios pueden causar una tensión innecesaria. Las analogías recientes a una III Guerra Mundial puede que no sean más que un divertimento y paranoia que en unos días pasará. No obstante, lo trascendente es notar que Estados Unidos sigue ahí, con una política exterior nada razonada y que deberá encontrar su mesura en un mundo cada vez más multipolar. También, me atrevo a decir que los amantes de la política internacional y los medios de comunicación habían sentido un desamparo estos tres meses de vivir un mundo sin “Estados Unidos”. Al final, sólo el tiempo decide.

Yuri Gagarin: la utopía viva de la URSS

“La comisión gubernamental me ha elegido para ser el primer hombre en viajar al espacio. No sabes, querida Valiusha, lo feliz que estoy, y quiero que tú también lo estés. A una sola persona le han encargado una tarea tan enorme: ¡Allanar el camino al espacio!”. “¿Puedo soñar con algo mayor? ¡Esto es historia, es una nueva era! En un día despega mi vuelo”.

Carta de Yuri Gagarin a su esposa Valentina escrita el 11 de abril de 1961.

Uno de los proyectos nacionales que más ha sido rezagado en la historia del siglo XX es el que representó la Unión Soviética. Desde su fundación en 1922, hasta su derrumbe en 1991, la URSS fue un actor internacional marginado y hecho de lado por el discurso hegemónico de Occidente.

Consecuencia de esto es que no identifiquemos la estatua de la Madre Patria con la misma familiaridad que símbolos nacionales como la Estatua de la Libertad, la Torre Eiffel o el Cristo Redentor. Que el arte de Kandinsky sea sólo reconocido y apreciado por unos cuantos neófitos y no por una parte de la cultura popular como los nombres Dalí, Van Gogh o Picasso. Que la música de Igor Stravinsky y Dmitri Shostakóvich sea vista como una expresión sinfónica compleja y poco accesible, a diferencia de sus contemporáneos Maurice Ravel y Johan Strauss. Que el futurismo sea un movimiento artístico y poético poco conocido, al menos no como el surrealismo o cubismo.

En cambio, sobre la URRS tenemos más presenté la imagen de Yosef Stalin, uno de los genocidas más grandes de todos los tiempos; las prisiones Gulag, donde eran condenados los individuos contrarios a los ideales socialistas, o la KGB, la policía secreta que perseguía y limitaba las libertades de los soviéticos.

Pocos saben que la URSS fue la única nación que no sufrió altibajos durante la crisis económica de 1929, evento que puso en shock al mundo entero y fue el catalizador del surgimiento del fascismo en Europa. El papel crucial que desempeñó en la II Guerra Mundial,, en la que prácticamente venció a la Alemania Nazi. Su importante aportación a la literatura con poetas como Vladimir Maikosky; o al cine en la dirección de Sergei Eisenstein o Andrei Tarkosky. Sus aportes a la ciencia y tecnología, materializados en sus logros en la carrera espacial, y el hecho que fueron ellos quienes conquistaron el espacio antes que nadie, de la mano del primer cosmonauta: Yuri Gagarin.

Para entender la importancia de Gagarin en la ciencia y tecnología, y por ende en la historia de la humanidad, debemos sobrepasar el discurso de las sociedades capitalistas que siempre se han atribuido los grandes avances tecnológicos. También, entender el papel que jugó la Unión Soviética como proyecto de país que desafió al mundo entero.

Desde su génesis, la URSS materializó la idea de Karl Marx de transformar el mundo. Como proyecto de Estado-nación, durante más de setenta años, cargó sobre sus hombros la efigie de un país que trató de consolidar un régimen más allá del capitalismo. Aspiró a la destitución de las clases sociales y la posibilidad de crear una nueva sociedad. Su máximo anhelo era consolidar una utopía, un sueño ideal. Así, la URSS fue la máxima hazaña del pensamiento de la modernidad, de ese paradigma que profesaba que las sociedades del siglo XX se dirigían hacia el progreso y el bienestar generalizado de todos.

No obstante, este proyecto, al encarnar ese papel, se transformó en la decepción más grande de la historia. Para la década de los ochentas, la URSS era un país atrasado y con dificultades de sobrevivencia. La nación que había limitado las libertades de su población y no había consolidado el progreso prometido por el sueño socialista.

A pesar de su inminente final, de forma personal, debo decir que el máximo punto de gloria de la nación soviética radica en la conquista del espacio, realizado por Gargarin el 12 de abril de 1961. En esa jornada, la nave Vostok 1, producto de un largo proyecto de desarrollo tecnológico de la Unión Soviética, cruzó los cielos de Moscú hacia la estratosfera. La noticia fue anunciada a nivel mundial, países como Reino Unido, Francia y los mismos Estados Unidos se quedaron boquiabiertos, ¿era cierto que los socialistas conquistarían el espacio, que habían desarrollado una tecnología capaz de esa hazaña? También, el pueblo soviético estaba al tanto de la odisea.

Desde las calles de Leningrado hasta el más recóndito poblado de Siberia, se sabía de la proeza que estaba a punto de materializar su país, producto de la ardua labor de cientos de científicos soviéticos y la inversión del gobierno en la industria aeronáutica. El viaje de Gagarin lo llevó a observar, en pocas horas, el estrecho de Magallanes, los Andes latinoamericanos, la Antártida y el desierto del Sahara; ciudades del Medio Oriente como Bagdad y Beirut.

A pesar que la travesía maravilló al mundo, el vuelo de Gagarin no estuvo exento de complicaciones; cerca del continente africano, la aeronave sufrió fallas mecánicas que por diez minutos amenazaron con acabar con la vida del cosmonauta, sin embargo, factores meteorológicos no previstos y considerados por los soviéticos le salvaron la vida. El vuelo terminó por ser un completo éxito, hasta su aterrizaje en la provincia de Sarátov. La noticia se anunció a la población de la URSS y luego ante el mundo.

Las imágenes de los festejos en la Unión Soviética son bellas por la expresión del pueblo. Desde las universidades al Kremlin, hasta los campos de cultivo y las siderúrgicas, se ve a la gente sonreír, darse abrazos de fraternidad y camaradería, saltar al aire de emoción. No era en balde, el socialismo había transformado heroicamente la historia de la humanidad y una nación que había tratado de ser contenida y aislada, había logrado un hecho que ningún otro país en la historia. Quizás, en ese punto, el ciudadano soviético vivió en carne propia una emoción que nunca podemos experimentar muchos individuos en nuestra vida. La sensación de que somos testigos de un evento que ha cambiado la historia y que formamos parte de un proyecto, de un sueño, que puede gestar un mundo diferente.  

 

Miopía, astigmatismo y sistema capitalista

De entre los defectos físicos y genéticos que padecemos los seres humanos, pocos están en tan perfecta sincronía con el funcionamiento del sistema capitalista como la miopía y el astigmatismo.

Hoy por la mañana al tomar mis lentes e intentar ponérmelos, se desprendió la varilla izquierda de aquel tan necesario instrumento para mi vida cotidiana. El evento lo tomé con estoicismo y sabiduría. Me dije a mí mismo “no hay problema, iré a la optometría y lo arreglaran en un segundo”.

Nada más me vestí y bañé, me dirigí a ese recinto donde esperaba que aquel problema encontrará una solución rápida y efectiva. Saqué mis lentes rotos y se los mostré al oculista. Él frunció el ceño y los observó desde todos los ángulos. Dio media vuelta y se acercó a una caja con múltiples piezas y herramientas. Después de un par de minutos, regresó hacia donde yo estaba con un gesto serio y me dijo “no tiene reparación”. Pronto se sumió en una explicación de cómo el mecanismo de la bisagra se había rotó de tal forma que no se podía reparar, existía la posibilidad de soldarlo pero la varilla del lente quedaría inmóvil.

Mi primera reacción fue consultarle si podía embonar las micas con mi graduación en otro armazón, ante lo cual el oculista me dijo que era viable, pero hizo énfasis en lo rayadas que ya estaban éstas, y me recomendó comprar unas nuevas. Además, al ver mi expediente, él había notado que hacía ya dos años que no me hacía un examen de la vista, por lo que me reprendió y me dijo que se recomendaba hacer al menos uno al año dado mis padecimientos ópticos.

Tan sólo escucharlo, supe lo que se avecinaba: tener que comprar unos lentes nuevos, y hace dos años que mi graduación oscila en un precio muy elevado, incluso, por encima de lo que cuesta un armazón de una prestigiosa marca. Pronto me encontré sentado viendo la típica pantalla con letras, dictándole al doctor hasta qué línea podía ver.

Al terminar la prueba me dio los resultados. Mi ojo derecho estaba bien, un ligero aumento de .002 dioptrías. No obstante, mi ojo izquierdo había aumentado severamente hasta casi 1 dioptría. Lo que significaba que mi ya de por sí cara graduación sería un poco más costosa.

Al darme mi presupuesto para mis nuevos lentes, me quedé pasmado. De la noche a la mañana tenía un fuerte gasto no previsto.

Desde hace algunos años, la comprar de lentes se ha elevado a precios anonadantes; mi último armazón costó lo que gasté en un viaje vacacional a Sonora en diciembre pasado. Y parece ser que con el tiempo irá aumentando. Pronto usaré lentes de fondo de botella o tendré que conseguirme un lazarillo para que sea mis ojos ante el mundo, a razón de mis deficiencias ópticas. De mi cartera saqué mi tarjeta e hice el pago. Un poco afectado por lo vulnerable de mi economía y ahorros que había planificado para los próximos meses.

La tragedia no termina ahí, dado que los lentes tardarán una semana en estar listos; por ese tiempo iré por el mundo como un cuasi ciego o un ser que ve formas y colores borrosos donde hay letras, señales y rostros.

Uso lentes desde los diez años, jamás me molestó ser un cuatro ojos o tener que ponerme ese artefacto sobre mi nariz para observar el mundo como es, nunca antes había pensado en la posibilidad de la operación, pero al ver lo caros que son ahora los lentes que necesito, se abre la brecha para esa opción.

Al final, toda esta catarsis se reduce a la siguiente sentencia:

¡Me caga estar ciego! Benditos aquellos que tienen buenos ojos.

La poesía de Ruth Wolf-Rehfeldt: simetría, perfección y subversión

Hace algunos días ingresé al taller de poesía de un reconocido autor en México. El evento se dio por casualidad al darle like a un tweet una tarde de enero. Si cuento este taller, es la tercera ocasión que participo en un simulacro de este tipo, en la extraña y carente situación de reunirme con un grupo de personas cada semana a conversar sobre literatura y leer un poco de lo que escribimos.

 

Los primeros talleres en lo que participé fueron uno de narrativa creativa y otro de poesía en La Casa del Lago de Chapultepec, cuando tenía diecinueve años. Emocionado por comentarios de escritores como Roberto Bolaño, Daniel Sada o Juan Villoro, esperaba que esa experiencia fuera reveladora, que ahí conociera a los jóvenes escritores de México o a personas afines con quienes compartiera mi amor por la literatura. Pero, de forma contradictoria, la experiencia fue distinta. El taller se me presentó como un espacio donde se había inscrito chicos que deseaban ingresar a otros cursos de La Casa del Lago y que habían terminado ahí como premio de consolación. Para todos, la literatura era un divertimento o un pasatiempo, algo que molestaba severamente al poco tolerante joven que era yo, que me tomaba la escritura como una de las cosas más serias de mi vida.

 

A la par de eso, me decepcionó fuertemente el clasismo de los talleristas que nos impartían las sesiones. Si bien fueron magníficos en darnos lecturas pertenecientes al “canon” de la narrativa mexicana y universal, me asombro que tuvieran tan poca perspectiva para abrirse a nuevas propuestas o visiones experimentales de la escritura.

 

En una ocasión, al tallerista de poesía le hablé del verso libre, la poesía en prosa y el simbolismo francés, hecho de la lírica que él denominó como “simples modas” condenadas al olvido ante el peso inquebrantable de la poesía del siglo de oro español.

 

Nunca he sido un poeta. Me gusta la poesía y me considero un gran lector de ella. A la usanza de Hegel, considero a la poesía como la mayor de todas las artes. Para crear algo bello y de valor humano, no se necesita de un lienzo, de un instrumento musical o de un trozo de mármol, sino de algo más simple: la palabra escrita, oral o visual.

 

Mi nueva experiencia en los talleres ha sido gratificante por las lecturas que nos ha implementado el tallerista. Asimismo, me gusta su visión de enseñanza y crítica a la poesía.

 

En pocas semanas no ha proporcionado lecturas y visiones de la poesía totalmente ajenas a la corriente principal de la poesía. Lo sorprendente de esas lecturas ha sido reconocer que no son propuestas recientes, o de hace veinte o treinta años, sino ideas que se tejieron hace más de cien años, pero al estar dentro de lo aceptado por las vacas sagradas, autoridades o instituciones de su tiempo, fueron desdeñadas y condenadas casi al olvido.

 

Ante eso, la poesía, y toda expresión de la literatura, tienen siempre la posibilidad de tener una nueva apreciación en el futuro. Mi tallerista es un pequeño héroe y reivindicador de propuestas que quisieron ser eclipsadas y que hoy tienen mucho que decirnos.

 

Además de la lectura de estos autores condenados al olvido en su tiempo, otra cosa que admiro del taller es que quien lo imparte siempre nos cuestiona primero sobre las lecturas antes de dar su punto de vista. Nos deja decir la más grande idiotez que podamos imaginar para después exponer su visión. En ese proceso nos ha presentado una serie de preguntas que me han dejado marcado, que he tratado de responder y que transcribo a continuación:

¿Qué formas puede adquirir la materialidad del lenguaje?

¿Por qué en la era del internet sigue dominando el verso escrito en la poesía contemporánea?

¿Qué amenaza en la poesía una propuesta que es marginada por el canon?

¿Qué posición tenemos ante una tradición y nuestros contemporáneos escritores?

¿Qué hace un poeta hoy en día?

 

Ante esas interrogantes, una de las propuestas que más ha llamado mi atención es la lectura de la poeta Ruth Wolf-Rehfeldt. Escritora de la Republica Democrática de Alemania (RDA) que cambió la materialidad del lenguaje para crear una poesía visual a través de la palabra. Wolf era una amante de su máquina de escribir y de los tipos que ésta era capaz de hacer. Así, Ruth desarrolló un vínculo íntimo con su máquina de escribir que la llevó a crear obras de arte a través de los tipos y palabras que expresaba con ese aparato, donde se pueden observar un tipo de poesía visual de belleza y perfección simétrica.

Al leer un poco sobre la vida de Wolf, me interesó saber que era una trabajadora común de oficina que a una edad madura empezó a cimentar su visión de la poesía. Tenía fe en el género de las cartas o la escritura epistolar como forma de literatura o arte, por lo que utilizó su máquina de escribir para crear una idea que muchos han llamado el arte postal.

 

Una vez que conoció todas las posibilidades de su máquina de escribir, Wolf empezó a crear, en una hoja de papel, sus primeros trabajos de poesía visual. La subversión de su propuesta se ve en dos terrenos: político y literario. Respecto al político, me sorprendió saber que ella gustaba de mandar sus trabajos a sus amigos, a través del correo de la RDA -régimen de carácter dictatorial que abría toda la correspondencia de la población mediante el Ministerio para la Seguridad del Estado (STASI en alemán) para revisar si no existían mensajes de contestación o que promovieran los disturbios contra el gobierno-. En más de una ocasión los agentes de la STASI se sorprendieron al ver las cartas Wolf, y muchas veces creyeron que en ellas había códigos ocultos que tejían una insurgencia política.

Para el plano de la poesía, la subversión se teje en la supremacía de la poesía en verso que ha ninguneado la propuesta de Wolf. A pesar que Alemania siempre se presenta como uno de los países más tolerantes a nivel internacional, me sorprendió saber que Wolf es considerada más una artista visual que una poeta. En pocas palabras, el canon ha negado a su propuesta, y a ella como artista, el recibir ese adjetivo.

 

Ser consciente de ese hecho me ha puesto a pensar en el peso de las ideologías y las tradiciones; del clasismo que impera en todas las sociedades y que dicta que sólo existe una visión concreta de cómo son las cosas. La autoridad, al final, sólo es un instrumento de poder que dicta a las personas cómo es el mundo, según la visión del mundo de un grupo de individuos que con su poder limitan el pensamiento de las personas.

 

Sin embargo, siempre habrá personas que encarnen la subversión, que sean capaces de ver más allá de los que dicen los guardianes de la tradición, quienes han perdido el sentido de la autocrítica y la innovación. Seres que van contra la corriente para mostrar que la materialidad del mundo, y la poesía -en el caso de Wolf-, aún puede alcanzar otros horizontes.

De viajes y ladrones

Un evento a lo que está expuesto todo viajero durante su travesía es a sufrir un robo. En la estación de Lille, Francia, salté del susto al escuchar los gritos de una chica a quien le habían quitado su bolso con todos sus objetos personales. En Mendoza, Argentina, conocía a una chica portuguesa que le habían robado su mochila en Bolivia, y me platicó cómo tuvo que viajar hasta Santiago de Chile para que le expidieran un nuevo pasaporte y poder continuar su viaje. Durante un tiempo trabajé en la Cancillería mexicana y era común atender casos de connacionales en el extranjero que habían padecido un algún tipo de ilícito, el más común era el robo de pasaporte que los ponía en el entredicho de no poder moverse o salir del extranjero sin él y los dejaba en un limbo que amenazaba con truncar su viaje.

 

Pero, ¿por qué un viajero es presa fácil de los ladrones? La cuestión es simple, en un país extranjero uno brilla por su aspecto, por su forma de caminar y observar los lugares que no conocemos. Para los nativos de Londres, Paris, Lisboa, Buenos Aires o Montevideo es fácil identificar a un viajero. Se ve su caminar, se nota inmediatamente cómo observa con fascinación lo que para los demás forma parte ya de lo cotidiano. Y quienes son los primeros en detectar esa condición son los ladrones.

 

En el peor de los casos, al sufrir un robo, las personas se ven limitadas por la barrera del idioma. Recuerdo a una chica asustada que estaba de paso por Bucarest y me pidió que auxiliará, por teléfono, desde la Cancillería. Con su voz nerviosa me dijo “ya necesitaba a alguien que hablara español”.

 

También, a veces el mal trago del robo puede minar los nervios de la gente. En otra ocasión, un señor mayor sufrió un robo en el metro de Paris y le dio un ataque nervios por lo que tuve que contactar a alguien del Consulado de México en esa ciudad para que fuera a ayudarlo. Tiempo después, cuando hablamos con la persona que atendió el caso, externó cómo nuestro connacional agradeció que fueran a verlo personalmente al hospital.

 

Ante la posibilidad de un robo, el viajero debe ser astuto. Mi primer guía de viaje, uno de mis maestros de alemán de nombre Lars, me indicó que comprara una cangurera pequeña que se atara al torso del cuerpo y no es visible en caso de un asalto. Al iniciar nuestro viaje de mochileros me dijo “mete ahí tu pasaporte y 50 euros, si algo malo pasa, con eso será suficiente”.

 

En Barcelona, la única ciudad en la que me han asaltado al viajar, platiqué con el suegro de una amiga sobre el robo que acababa de sufrir el día anterior y me dijo lo siguiente: “la ciudades siempre se conocen por cómo operan sus ladrones, algunos son sutiles, cuando menos te das cuenta ya no tienes tu cartera o maleta. A otros les gusta la emoción, buscan que el robo sea aparatoso y todos los vean. Si quieres conocer cómo son los ladrones de una ciudad siéntate por un par de horas en el casco antiguo de ella y observa a la gente, pronto identificarás quién está ahí para robar”.

 

Su idea la materialicé tiempo después en tres lugares y ciudades: la Plaza de Armas de Lisboa, Trafalgar Square en Londrés y la Plaza de Mayo de Buenos Aires. Si uno se da el tiempo necesario, la sentencia del suegro de mi amiga se hace real. Pronto se ven sujetos que sólo observan lo que la gente hace, y si regresas días después, terminas por notar a ese mismo individuo ahí, listo para buscar una víctima.

 

De todos los ladrones que he visto en mis viajes el que más me asombró fue uno muy ingenioso en Londres, su forma de robar operaba de la siguiente manera: caminaba por Trafalgar Square con una enorme mochila de ruedas – en ese sentido, muchos le daban el beneficio de la duda de ser un turista más- por lo que se acercaba a las personas a consultar direcciones. Cuando la gente le respondía, de forma hábil él alzaba la mochila (¡la cual tenía un hoyo debajo!) y la ponía encima de las pertenencias del inocente con el que hablaba. Con un mecanismo no visible su maleta agarraba la bolsa, cámara o petaca de la persona elegida para que luego el ladrón se alejará, no sin antes, dar las gracias (¡era educado! Hecho que me sorprendió más).

 

No obstante, toda esta reflexión sobre viajes y ladrones me lleva inevitablemente a contar el robo que sufrí en Barcelona. La historia empieza por la tarde, cuando desde el municipio catalán de Blanes me dirigía de nuevo a la ciudad para reunirme con una amiga que me daría asilo en su piso esa noche. Nuestro punto de encuentro era la Sagrada Familia, ahí nada podía salir mal, un lugar fácil de encontrar y siempre lleno de gente. Ella me pidió que llegará ahí a las 8 de la noche, a esa hora le daría el tiempo suficiente de salir de su trabajo y me alcanzaría con su esposo.

 

Llegué a la hora en punto, era un día entre semana, un miércoles o jueves. Me sorprendió ver poca gente. Después de quince minutos de espera, decidí pararme en una plazuela frente a la Sagrada Familia para esperar, dado que ahí había mucha luz y personas caminando.

 

Pronto me que ensimisme viendo la obra arquitectónica de Gaudi, aquella hermosa edificación del modernismo catalán. En este punto del relato, debo decir que ese día llevaba una mochila en la espalda – llena de libros de literatura de ediciones españolas difíciles de conseguir en México y que contenía también mi diario personal- y una mochila de ruedas donde iba todo mi equipaje. De repente, mis ojos dejaron de ver la iglesia de Gaudi y sentí como mi cuerpo se iba contra el piso para ver el cielo nocturno de Barcelona.

 

Me levanté enseguida y por fin fui consciente de lo que había pasado. Un ciclista había pasado atrás de mí y con su brazo había jalado mi mochila; ahora mis ojos lo veían pedalear y alejarse a toda a velocidad.

 

Con todas mis fuerzas tomé mi maleta y empecé a correr tras él, debí perseguirlo por unas dos calles gritándole maldiciones pero pronto entendí que no podría alcanzarlo. Me detuve para agacharme mientras jadeaba por el cansancio. Cuando alcé la vista, varias personas estaban a mi alrededor, eran varios barceloneses que me empezaron a preguntar si estaba bien, si necesitaba dinero o un poco de ayuda. Les contesté que no y al final un señor de unos cincuenta años me puso el brazo en el hombro y me dijo “ten cuidado chaval, en esta ciudad a mí me han robado hasta un árbol de navidad”.

 

Una vez que todos se fueron, regresé a la Sagrada Familia muy molesto. Estaba enojado porque los libros que había comprado eran obras que deseaba leer desde hace ya bastante tiempo; sin embargo, lo que más me abrumaba era la pérdida de mi diario. Era el año 2013 y ese cuaderno lo había comenzado más o menos en el 2000. Con él se perdía una cantidad tremenda de momentos e ideas que había escrito. Mientras pensaba eso, vi mi reloj y noté que ya eran más de las nueve de la noche. La calle se vaciaba y la noche era cada vez más profunda en Barcelona.

 

En un momento, noté que estaba solo en la plaza frente a la Sagrada Familia una vez más, cuando de repente, vi salir a otro ciclista que se acercaba a donde me encontraba. Mientras avanzaba, pude notar que era el ladrón de hace unos minutos, que venía hacía mi con mi mochila. Se detuvo frente a mí.

 

En ese momento me quedé petrificado. Ni siquiera se me ocurrió moverme para correr cuando lo vi. Con su brazo me extendió mi mochila y me dijo “Ten”. Aterrado la tomé con mi dos manos y me dijo “soy un inmigrante marroquí, hace dos semanas perdí mi trabajo y no tenía dinero para comer, disculpa”. Inmediatamente abrí la mochila y vi mi diario y los libros y la cerré, estaba muy asustado para hacer algo más. “¿Cómo te llamas?” me dijo una vez más el ladrón marroquí. “Manuel” le respondí asustado. “Yo soy Malik” y me extendió su mano, que estreche. Luego se fue.

 

Después de tantas emociones y sentir mi corazón latiendo a golpe, decidí meterme a un bar cercano para esperar a mi amiga. Ella llegó unos quince minutos después. Al contarle todo lo que había sucedido de forma insólita se empezó a reír a carcajadas. Me dijo “¡Ay, Juanito! ¡Qué ladrón más raro! Yo si me robo tu mochila y me doy cuenta que está llena de libros, la agarró y la tiro en un bote de basura, no te la regreso.”

 

Al verla reírse, me sentí molesto. Mas al oír su comentario le dije “tienes razón”. Le sonreí y también empecé a carcajearme.

 

Epilogo

Muchos se preguntarán que obligó al ladrón Malik a regresarme mi mochila. Tiempo después, al leer mi diario y leer la anotación referente a ese día, empecé a teorizar sobre el porqué de su acción. Si bien, quizá él no podía o le interesaba leer los libros, podía tratar de venderlos para obtener un poco de dinero. Otra opción era quedarse con la mochila, a nadie nunca le viene mal tener una mochila de más.

 

Durante mucho tiempo pensé y traté de idear la razón por la cual regresó. Con el tiempo recordé que en la mochila iba mi itinerario de vuelo, tal vez lo vio y pensó que me había metido en un lío para regresar a México. Esa idea era incorrecta, yo podía reimprimir el itinerario de vuelo en el aeropuerto el día de mi viaje, pero existe la posibilidad que él no sabía eso. Otra teoría fue que quizá se sorprendió al ver la mochila llena de libros y una libreta con anotaciones de temas personales. Ante eso, pensó que lo mejor era regresarme ese cuaderno que aún está conmigo.

 

La razón por la que decidió regresarme mis cosas siempre será un misterio. No obstante, el ladrón Malik no era un santo y eso lo descubrí hasta el día siguiente que organizaba mis cosas para viajar hacía la Rioja. En mi mochila también estaba una camisa del Barça miniatura que había comprado para mi primo. Era la camisa del odioso y aclamado Leonel Messi, muy en boga en esos años que el Barça había ganado todos los campeonatos en los que había participado. La camisa la había comprado en la tienda oficial del equipo, en el Camp Nou, hacía dos días en la exorbitante cantidad de 88 euros, pero al ser un regalo para mi primo, el gasto me había parecido anodino.

 

¡Malik me regresó todo menos la camisa de Messi! Mi amiga me dijo “de seguro la venderá, al ser la nueva del Barça le darán a lo mucho unos 60 euros, si lo que dijo es cierto, con eso tendrá para comer dos semanas”.

 

A pesar de la existencia de un crimen, Malik me sigue pareciendo un ladrón peculiar. Me agrado el hecho de que me regresará la mochila y mi diario, objetos que aún tengo conmigo. Y me agrada pensar que pudo vender esa camisa para comprar comida, o que quizá, se la regalo a su hijo, a un niño aficionado del Barça.

La Biblioteca Mario Moreno de Buenos Aires, “la vida, no tiene límites”

Si me pidieran nombrar algún lugar o sitio donde puedo ser feliz, escogería una biblioteca. Jorge Luis Borges expresó que siempre imaginó el paraíso como una biblioteca gigante. Para mí, que asocio un edén con lo infinito, de manera personal, puedo expresar que no hay calificativo más acertado para estos recintos.

 

Por su condición y naturaleza, las bibliotecas se revelan como espacios donde los límites no existen, pues su objetivo es albergar el único instrumento que el hombre ha ideado como una extensión de su mente: los libros. Bloques de papel que resguardan las ideas, emociones y reflexiones de sus autores, que a pesar de permanecer estáticas, son capaces de reinventarse con cada lectura y generar nuevas apreciaciones en cada lector que se acerque a ellas.

 

En toda travesía, visitar una biblioteca es uno de los elementos clave que debo realizar, ya que me llenan de paz y me maravilla conocer a los lectores que forman parte de su interior. Y una de las que más afortunado me he sentido de conocer es la Biblioteca Nacional de la República de Argentina Mario Moreno.

La idea comenzó tras detenerme a preguntarle una dirección a un vendedor de diarios en Buenos Aires. Después de indicar que no identificaba el lugar, con su acento porteño me dijo “¿Pero de dónde sos vos? No eres de Colombia, ¿verdad?”. Pronto nos sumimos en una conversación sobre cómo era visto México desde Argentina y me interrogó sobre el libro que llevaba bajo el brazo, Los días de la noche de Silvina Ocampo.

 

“Parece que vos sos un animal lector, debes ir a la Mario Moreno.” Me indicó a través de un mapa que tenía la calle de la biblioteca y me dijo que después de diez manzanas llegaría a ella, nuestro dialogo terminó con la frase “no necesitas más, la reconocerás al instante”. La sentencia me resultó divertida a razón que la Mario Moreno se alza sobre el nivel del piso y la edificación puede observarse a varios metros de distancia.

 


Lee: El diario como género narrativo


 

La primera sorpresa que encontré fue que para ingresar a ella se debe atravesar la pequeña plaza Rayuela. Una explanada que en su entrada alberga una cabina telefónica de procedencia parisina y que representa un homenaje a Julio Cortázar. En los días que estuve en Buenos Aires, una serie de carteles con retratos hechos a base de objetos de diversos autores literarios decoraban el lugar; frases de Poe, Proust, Cortázar, Paz y García Márquez podían leerse en cada uno de ellos. Jamás he sido un fan de García Márquez, pero la frase que leí me dejó helado y ha sido una de mis filosofías de vida hasta estos días, es un pequeño fragmento de El amor en los tiempos de cólera que dice:
“… lo asusto la sospecha tardía de que es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites”.

Una vez terminado mí recorrido por el parque, me dirigí a la entrada del edificio, no sin antes encontrarme con un viejo conocido, – al menos en forma de estatua- era Alfonso Reyes, reconocido hombre de letras mexicano y primer embajador de México ante Argentina. Reyes es de mis escritores favoritos y uno de los mexicanos que consideró más ha encarnado la noción de lo universal; la estatua es un afortunado halago de los argentinos para ese personaje.

Al ingresar al interior de la Mario Moreno más cosas respecto a México se encontraban en el recinto: una exposición dedicada al 80° Aniversario del Fondo de Cultura Económica, reconocida editorial e institución cultural mexicana que se ha dedicado desde su creación a la divulgación de múltiples textos de historia y economía, así como a la promoción de literatura universal, mexicana y latinoamericana, que en su décimo aniversario de existencia, inició un proceso de expansión para instalarse en la región, donde escogió a Argentina como la primera nación de Sudamérica para crear su primera filial en el extranjero.

 

Sin embargo, lo que más me hipnotizo fue una muestra de múltiples ejemplares de las primeras publicaciones de la editorial, siempre he sido un poco fetichista respecto a los libros y ver primeras ediciones de Octavio Paz, Jorge Luis Borges, Juan Rulfo y Carlos Fuentes me dejó como un bobo por varios minutos.

No obstante, quería conocer a los lectores de la Mario Moreno y solo los encontraría en la sala de lectura. Al entrar vi a cientos de estudiantes argentinos, la mayoría de ellos provenientes de la Universidad de Buenos Aires, que en sus gestos y actos evidenciaban la alegría y condición de la vida universitaria. Me sentía feliz de verlos reír, tomar apuntes, sacar notas para sus tareas o labores académicas.

 

En un segundo me vi a mí mismo sentado, realizando la misma actividad durante mi paso en la universidad. Recordé que yo también tengo mi propia biblioteca, aquella donde he descubierto a mis autores favoritos y donde mi curiosidad ha encontrado saciedad: la Biblioteca José Vasconcelos, a la que le debo un texto como este y que pronto escribiré.

 

Pronto llamó mi atención unas pequeñas cajas de colores que llevaban varios chicos. Al acercarse les interrogué sobre qué contenían y me expresaron que eran cajetillas de cigarros recicladas con ediciones conmemorativas de los 200 años de la biblioteca. En ellas había miniaturas de libros de Borges, Roberto Artl, David Viñas, César Aira, Fogwill y Alfonsina Storni. Además de pensadores y representantes del pensamiento político latinoamericano como Simón Bolívar, José de San Martín, José Artigas y Luis Perú de Lacroix. La idea me pareció fascinante y los chicos me señalaron una vieja máquina expendedora donde había que meter una moneda para obtener los libros. Vacíe mis bolsillos y compré todos.

 

Después, observé el reloj, empezaba a anochecer y debía regresar a mi hostal. Las calles de Buenos Aires me esperaban, las mismas calles que Borges, Piglia, Ocampo y Pizarnik habían amado.

 

Salí de la Mario Moreno y el aire invernal de Buenos Aires me pegó en la cara. De repente, pensé en García Márquez y me dije a mí mismo: tiene razón el viejo ‘Gabo’, la vida, no tiene límites.

 


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El fin del TLCAN

El TLCAN marcó el aumentó la dependecia de México a Estados Unidos y el aumento de la pobreza y migración del lado mexicano. Especial.

El 1 de enero de 1994 parecía que la historia de México se sellaba en un destino sin retorno. A las 00:00 horas del primer sábado de ese año, las mercancías entre los tres países que integran América del Norte (Canadá, Estados Unidos y México) empezaban a circular libres de aranceles y sin restricciones aduaneras. Ese sería el inicio de los años dramáticos de la historia actual de México y del sexenio de Carlos Salinas de Gortari, presidente que había llegado al poder ejecutivo hacía cinco años en uno de los procesos electorales más escandalosos de la historia nacional.

 

Más allá de rememorar el levantamiento armado del EZLN, la muerte de Luis Donado Colosio y el error de diciembre, que fueron eventos que sacudieron al país en esos 365 días, debemos preguntarnos: ¿qué significó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en su momento? ¿Qué implicaciones comerciales y diplomáticas tuvo para nuestro país? ¿Qué resultados económicos, sociales y políticos generó en la nación mexicana?

 

El primer cuestionamiento se responde como una hazaña. En 1988, Canadá y Estados Unidos habían creado un Tratado de Libre Comercio para potencializar su comercio bilateral; en ese punto, a manera de epopeya, Carlos Salinas de Gortari iniciaría un dialogo diplomático con las dos naciones para incluir a México en su acuerdo comercial.

 

Aquello causó una fuerte controversia en el ideario diplomático de nuestro país, porque si bien siempre se había tenido como prioridad la relación con Estados Unidos, nuestra tradición diplomática, valores y doctrinas de política exterior, se habían estructurado para salvaguardar la soberanía de México como nación ante las potencias extranjeras, con un especial énfasis para el vecino del Norte, al que siempre se había visto como un socio, pero un socio con recelo derivado de la difícil historia que compartimos.

Carlos Salinas hizo un quiebre completo a esa idea. ¿Por qué desconfiar de Washington si es el mercado más grande a nivel internacional y compartimos con ellos una frontera física- estratégica que ningún otro país del mundo posee? El ahora ex presidente reorientó el interés nacional de nuestro país a la relación comercial con ese actor. De manera hábil convenció al Presidente George Bush y el Premier Brian Mulroney, quienes vieron con beneplácito la idea del mexicano. En poco tiempo, Salinas logró sellar el pacto que, en su momento, generaría la zona de libre comercio más grande del mundo, al agrupar a más de 300 millones de personas y una superficie de 21 millones de kilómetros cuadrados. Ésta sólo sería superada por la ampliación de la Unión Europea a las naciones ex soviéticas de ese continente, diez años después.

 

En un segundo, Salinas se convirtió en uno de los más grandes paladines del neoliberalismo y el libre comercio a nivel global. Sería alabado como negociador en todos los rincones del mundo, se promovería la idea de la viabilidad de que un líder como él -del mundo en desarrollo- presidiera un organismo económico internacional como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional o la Organización Mundial de Comercio -que se crearía un año después-. Incluso, todos los mandatarios de Latinoamérica lo observaron con admiración y envidia al lograr ese acuerdo comercial en un contexto internacional que se veía completamente permeado por la lógica del libre mercado.

 

Sin embargo, esa efigie de estadista le duraría poco. Los hechos y las terribles asimetrías económicas que existían entre México y Estados Unidos tendrían graves consecuencias en su contexto nacional e internacional. A nivel local, los productores mexicanos, pequeños y arcaicos, de la noche a la mañana, se verían obligados a competir con una de las economías más competitivas e innovadoras del mundo. En un abrir y cerrar de ojos, cientos de industrias nacionales, que van desde el calzado, ropa, agricultura, ganadería quebraron y fueron absorbidas por consorcios extranjeros.

 

Ese escenario implicaría una inestabilidad laboral y social que encontró su punto máximo en la crisis de diciembre de 1994, cuando se presentó la crisis económica más grave que ha vivido el país. El desempleo subiría a cifras nunca antes alcanzadas y los nexos de México y Estados Unidos se estrecharían en una esfera no contemplada en el TLCAN: la migración.

El error de diciembre…. Desataría una de las mayores crisis económicas del país. Especial.

Las cifras oficiales dicen que durante el periodo 1995-2000, en promedio 300 mil mexicanos migraron a EE.UU. Algunos autores expresan que las cifras pudieron llegar a ser más de 500 mil personas por año y ese fenómeno laboral potencializaría las remesas como ingreso nacional de nuestro país -hasta estos días, las remesas es una de nuestras principales fuentes de ingreso-.

 

Asimismo, en el plano económico, la industria nacional dejaría de existir con ligeras excepciones. El modelo de desarrollo se centraría netamente en la inversión extranjera como motor del crecimiento. La lógica de Salinas era simple, las empresas internacionales podrían instalar sus plantas de producción en México, maquilar su producto con una mano de obra barata y competitiva, y pasar su mercancía libre de impuestos al mayor consumidor a nivel global. Sólo por esa vía, nuestro país logró ser una economía industrializada, a través de la instalación y producción de marcas de naciones extranjeras.

 

Esa visión de “desarrollo”, promovería la pobreza y consolidaría en el poder a una clase política afín al neoliberalismo, la cual ha gobernado los últimos 23 años, ha perdido mucho de su sentido social y que se ha atado al dogma sin considerar otra opción para el crecimiento de México, más allá de su comercio con EE.UU.

 

Ese hecho dañaría la efigie de México como actor internacional, ya que pronto los costos sociales del TLCAN dejarían de mostrar al país como un negociador que se postraba de frente a la máxima potencia militar y económica del mundo para ser su simple subordinado. En ese punto, la región latinoamericana vería a México como la nación que renunció a ser el líder diplomático del sur, para convertirse en un Estado de segunda en el norte de América.

 

Serían los sexenios panistas de Vicente Fox y Felipe Calderón, quienes más dañarían nuestra relación con una zona del continente que siempre nos había visto con respeto, igualdad, y en múltiples ocasiones, admiración.

 

¿Cuál es el balance entonces del TLCAN en nuestros días? Hasta inicios del 2017 podemos decir que el TLCAN era el tratado internacional más decisivo de nuestra historia. Aquel que había delimitado nuestro modelo de crecimiento en las últimas décadas y lo seguiría promoviendo en el futuro. Era el dogma neoliberal que la tecnocracia gobernante había abrazado, que ha venido en detrimento en todas sus facultades con el tiempo y que se ha negado a contemplar otra vía ajena a este acuerdo. También, era el promotor de las principales debilidades de México, su obscena dependencia a su vecino del norte, la raíz del incremento acelerado de la pobreza -que ha alcanzado a casi la mitad de la población-. Era el acuerdo político que más familias mexicanas ha divido en la historia. El responsable de la inexistencia de una industria nacional. En pocas palabras, es el demiurgo del México actual, en el que se identifica a Carlos Salinas de Gortari como el artífice del país en el que hoy vivimos.

Sin embargo, el arribo de Donald Trump ha puesto ese modelo en jaque. Aquel instrumento en el que se ha sostenido el desarrollo de México, por casi veinticinco años, está destinado a desmoronarse, al menos como lo conocemos, a razón de un mandatario de ideas nacionalistas y un contexto internacional que empieza a dejar de lado el paradigma neoliberal como se adoptó en la década de los noventas.

 

El México de Salinas, del TLCAN, y de la actual clase política, está a punto de venirse abajo. Todo por factores ajenos a ellos y que los superan. Y lo más severo es que en estos veinticinco años ninguno de nuestros representantes políticos tuvo la convicción, decisión, sangre fría o al menos sentido común, de notar que apostar el destino de toda la nación a la relación bilateral, con un solo país, era casi un suicidio, una torpeza que implica y avecina una reestructuración económica que será severa y que padecerá toda la población, incluida por primera vez en mucho tiempo, la clase dirigente nacional, quien por años se negó a buscar otra vía de desarrollo para el país y que ahora ha sido alcanzada por la historia.

 

Lo único que queda pensar ahora es ver las posibilidades y visiones que nos obligará a ver el fin del TLCAN.

¿Es posible un México más allá del TLCAN?

Si lo es, será adverso, difícil y, como nunca, se necesitará de un hábil líder político para promover el desarrollo y sobrevivencia del país. El destino nos ha alcanzado. Y ahora más que nunca, se nos revela la necesidad de reinventar nuestra visión como país y actor global.

Morirse de hambre en Bruselas

A los diecinueve años realicé mi primer viaje de mochilero. Fue una incursión que me llevó por seis países de Europa en un total de veinte días. De aquel viaje se desprenderían muchos descubrimientos prácticos para realizar una travesía por el viejo continente, como el aprender a viajar en tren, dormir en hostales y entender el funcionamiento del transporte colectivo de las urbes europeas.

 

Además, de que experimente emociones y me conecté con ideas de otras latitudes, con la forma en que los extranjeros veían mi país, así como la visión que yo tenía de otras sociedades, su comportamiento, costumbres y formas de entender el mundo que pude adquirir a través de la conversación con los habitantes de cada lugar que visité.

 

No obstante, una de las cosas que más recuerdo -con diversión y cariño- es una de las particularidades que sufre un viajero joven dadas las limitantes de su bajo presupuesto -y las delicias culinarias con la cuales nos podemos atravesar en nuestro peregrinaje- que no es otra cosa que el hambre.

 

La historia comienza una noche antes de que yo y el grupo de mochileros saliéramos rumbo a Bruselas, capital de Bélgica. En el que yo y otros dos miembros del grupo, emocionados por la vida nocturna que se presentaba en Luxemburgo, yo y otros dos miembros del grupo decidimos salir a tomar unos tragos por la ciudad. La idea era tomar a lo máximo un par de cervezas, pero después de algunas Guinnes, Erdinger y Leffe, los tres noctámbulos estábamos demasiado enardecidos como para volver al hostal, dormir como simples mortales y descansar lo suficiente para emprender una nueva caminata al día siguiente. Por lo que el recorrido por los bares se prolongó hasta las seis de la mañana, hora en la que volvimos arrastrándonos al hostal sólo para bañarnos y encontrarnos con el grupo para el desayuno.

 

Con un semblante digno de Drácula, y unas ojeras semejantes a las de un panda, los tres nos presentamos al comedor alrededor de las nueve de la mañana. Nuestro tren saldría a las once de la mañana a Bruselas y todos estaban por terminar de comer para evitar cualquier inconveniente que afectará el itinerario del viaje. Para ese entonces, los efectos de la cerveza ya había pasado por mi organismo hacía la fase de la resaca en mi organismo y sentía unas tremendas nauseas, dado el sabor fuerte de que tiene la bebida europea a diferencia de las cervezas de México.

 

Así, sólo al postrarme frente a los embutidos, cereales y frutas que dan siempre de desayunar en los hostales, me di cuenta que no podría comer nada a razón de las ganas de volver el estómago.

 

Sin embargo, encontré consuelo en tomarme varias tazas de café que me hacían sentir menos el dolor de cabeza y me ayudaban a estar más consiente; a razón del desvelo de la noche anterior, terminé por tomarme unas seis o siete tazas.

 

Gracias a los efectos de la cafeína, logré sentirme lucido, activo, genial, como si hubiera dormido toda la noche, por un lapso de unos cuarenta minutos. Tiempo durante el cual nos trasladamos a la estación de tren y tomamos nuestros asientos rumbo a nuestro siguiente destino. Pero sólo diez minutos en el tren, y empezado el recorrido en el tren, volvió a mí la sensación de cansancio y resaca. Por lo que caí dormido profundamente, a tal grado que el trayecto Luxemburgo-Bruselas pasó en un simple parpadeó.

 

Al llegar a Bruselas uno de los miembros del grupo me despertó y descubrí que mi cansancio se había exacerbado, además del que un hambre terrible que hacía sonar mi estómago, dada la gran cantidad de café que había ingerido como desayuno. Mis ojos parpadeaban y sentía cómo mis piernas franqueaban mientras cabeceaba de sueño a cada paso que daba.

 

De la estación de tren caminamos a nuestro nuevo hostal, el trayecto no debió de ser muy largo, unos treinta y cinco o cuarenta minutos, más a mí me parecieron una eternidad. Al llegar al hostal tardaron media hora más en darnos nuestras habitaciones;, y cada segundo que pasaba, mi hambre se acrecentaba. Sólo hasta que pude dejar la mochila en mi cuarto supe que debía salir a comer.

 

Quizá era la resaca, el cansancio, el hambre, pero mientras deambulaba por las calles de la ciudad como un famélico vagabundo no quedé pasmado por la “belleza” de la ciudad, como lo expresaron otras personas que me acompañaron durante el viaje. Lo único que yo deseaba era comer mientras todos admiraban los edificios, las galerías, la ropa de los transeúntes. Y es que Bruselas es de una belleza tan particular, una belleza tan pomposa, tan exagerada.… No por nada la Unión Europea la ha escogido como su capital, dado el carácter y grandeza imperial que detenta cada uno de sus rincones y que hacía que mis acompañantes se quedaran a contemplar por bastante tiempo cada uno de sus detalles, monumentos, arquitectura, mientras yo empezaba a ponerme de mal genio y asociaba cada uno de esos grandilocuentes artificios con la explotación y venta de esclavos de Leopoldo II en el Congo, uno de los genocidas más famosos de todos los tiempos.

 

Pero…, siempre es más fuerte la necesidad de comer que la de pensar. Y antes de empezar mis cavilaciones sobre la belleza imperial de Bruselas, mi olfato reaccionó a los olores de la ciudad. Sentía de cerca el aroma de los cientos de carritos de papas fritas, el olor a canela y especies de los waffles que comían cientos de personas que caminaban por las calles. Incluso, sentía profundamente el olor de los chocolates, lo que me puso a babear y a rugir con mayor potencia a mi estómago. Necesitaba comer algo pronto…, no obstante, mi hambre estaba a punto de llegar a su cúspide. Mientras avanzaba percibí un olor a carne y mariscos con mantequilla, una combinación de sabores que jamás había notado y los seguí como un sabueso.

 

Caminé por un par de calles hasta encontrar el lugar de donde provenía aquel tan singular aroma, era de una estrecha calle peatonal llena de restaurantes. Al avanzar sobre ella lo primero que noté fue una enorme olla llena de ostras con queso, la cual era devorada con decoro por una pareja. Aquel olor era delicioso, pero no era aún la cúspide de mi hambre, tendría que voltear la vista para encontrarla.

 

Frente a mí observe a una familia sentada con una olla aún más grande de paella. El arroz, la carne, las ostras, el cerdo, las salchichas, los camarones, todo se conjuntaba de manera perfecta para dar un olor delicioso que me tenía por completo seducido. Al encontrarme con tal platillo de tan increíble aroma, me quedé pasmado. No sé si fue por unos segundos o por varios minutos, pero con toda mi atención, devoción y una ansiedad terrible, observé cómo cada miembro de esa familia disfrutaba la paella mientras mi estómago crujía cada vez más.

 

“Tengo que probarla”, fue lo que pensé. No obstante, la decepción vendría pronto. Al acércame a la entrada del restaurante un enorme cártel anunciaba el precio del platillo. ¡400 EUROS! Me quedé atónito. Esa cantidad, era un poco más del dinero que llevaba en mi bolsillo para cubrir mi alimentación de todo el viaje. Jamás comería esa paella. Resignado y, movido más por el hambre que por la decepción, caminé para encontrar algo acordé a mi presupuesto. Un kebab, más bien dos, que le dieron paz a mi estómago.

 

 

Epilogo

Otra de las emociones que experimenté en ese primer viaje, es una de las más inocentes que se puede tener cuando se es joven:, que es el hecho de creer que aquello que estamos haciendo, aquel lugar que visitamos, o lo que vivimos, no volverá a repetirse nunca más en el futuro. A cada paso que di por los seis países que recorrí durante ese viaje, inevitablemente, pensé que esa vez sería, quizá, la única ocasión que podría experimentar lo que vivía en esos momentos. Con el paso del tiempo, la vida me ha hecho reconocer que las cosas no son así. En los últimos años he tenido la oportunidad de volver a varios de los lugares en los que más he sido feliz viajando.

 

Lo anterior lo relacionó con la famosa estatua de Charles Everad que está en el centro de Bruselas. Al estar frente a ella mi guía de viaje me dijo “cuenta la leyenda que toda persona que toca esta estatua volverá algún día a esta ciudad”. Las posibilidades de la vida, de los viajes, son infinitas y comer esa paella, algún día, es una ocasión pendiente para mí.

Requiem por Piglia: la gran novela latinoamericana

El pasado 6 de enero murió el escritor argentino Ricardo Piglia, este texto es un homenaje a su obra literaria.

 

La narrativa de Ricardo Piglia, junto con la obra de Roberto Bolaño, es la aventura más alucinante de la literatura latinoamericana de los últimos treinta años. En Piglia se condensa todo lo necesario para producir una revolución literaria, para sobrepasar los límites del pasado, exaltar el presente y abrir un camino hacia el futuro. La obra del escritor argentino se condensa en apenas cinco novelas, dos tomos publicados que contienen sus diarios, y una gran serie de artículos de crítica literaria; a pesar de la brevedad de la presente obra, en ella se encuentra una de las prosas más lúcidas y brillantes que ha generado esta región del continente americano.

 

Pero ¿qué es lo que hace a la obra de Piglia tan fascinante? La primera aseveración es que Piglia fue todo: un fiel heredero de una tradición literaria, nacional e internacional; el hijo parricida que cuestiona el legado de sus antecesores pero toma lo mejor de ellos, y, finalmente, un escritor que deja en cada línea de sus novelas y reflexiones literarias el germen para sus precursores.

 

Piglia es un fiel heredero de Borges, de la lucidez intelectual y de la capacidad de hacer reflexiones brillantes sobre la literatura y la estructura de la narrativa. Asimismo, es un genial ensayista, particularidad que toma de filósofos tan trascendentes para el pensamiento actual como Rene Descartes. A la par, en su literatura hay atisbos de los tres grandes novelistas del siglo XX: James Joyce, Marcel Proust y Franz Kafka, de quienes toma lo mejor para cuestionar a la novela contemporánea.

 

Su carácter parricida se observa en sus diarios de juventud, donde se ve un espíritu crítico pocas veces alcanzado en los jóvenes, donde a mediados de la década de los sesenta, en una Argentina enamorada y ensimismada por una novela como Rayuela, de Julio Cortázar, el joven Piglia es una de las pocas voces que cuestiona la calidad de ese libro, cita que lo aborrece y no entiende el porqué de su éxito entre los lectores. En vez de interesarse en el protagonista argentino del boom, Piglia se centra en sus iguales, en sus contemporáneos, en todos aquellos escritores argentinos que no viven en Paris y que no venden sus libros en las calles de Barcelona como Cortázar.

 

 

Piglia es un callado observador de la literatura argentina, -por sus ojos pasaron todas las novelas valiosas de los escritores de su país para, en unos años, ser él quien rescate esas obras para una colección de narrativa argentina que publicara con el Fondo de Cultura Económica en 2014-, lee a los clásicos, filosofía, y toda aquella labor tiene un sentido que va de la mano con su amor por las letras y la ficción. Por su fe en el poder de la palabra, que no es otra cosa que su aspiración de convertirse en “el mejor escritor de Argentina”.

 

Aquel destino empezará a tejerse con la publicación de su primera novela en 1980, “Respiración Artificial”, un ejercicio novelístico que tiene característica de contra-novela o novela posmoderna, término que siempre criticó y no aceptó, pero que aplica a razón que en ella sobrepasa los límites narrativos de la novela tradicional del siglo XIX y XX.

 

“Respiración Artificial” no es una novela de lectura fácil, sino salta todas las estructuras básicas de la novela clásica. Tan sólo ésta empieza, Piglia nos advierte que “hay una historia”, pero pronto entenderemos que eso no es lo que dará sentido a la novela y lanza esa frase sólo para externarnos que las próximas doscientas páginas del libro serán una nueva forma de entender el género novelístico, la forma de narrar, además de que seremos testigos de un sinfín de pensamientos deslumbrantes y una variación de formas para presentar una historia que se reinventa cada veinte o treinta páginas.

 

Al final de la lectura pareciera que Piglia se burla de lector con el desenlace del libro, ya que la trama, el hilo conductor que al inicio pareció dar sentido a la novela no tiene una resolución. Pero eso tiene poca importancia, la ejecución narrativa que hemos visto en la mano del argentino deja pasmado, un poco aturdido, para unos minutos después comprender que hemos leído la novela más excepcional de argentina de los últimos cuarenta años.

 

Para un lector como yo, la obra de Piglia representa lo que Carlos Fuentes llamó “La Gran Novela Latinoamericana”. La última fase de una literatura que nació con Borges, Onetti, Asturias y Rulfo, tomó forma y se consolidó con Cortázar, Vargas Llosa y Márquez, y que es asimilada y reinventada por uno de sus más soberbios herederos: Piglia.

 

A la publicación de “Respiración Artificial” anteceden veinticinco años de escritura, de obstinación, de fe en las letras y amor por contar historias. Ahí empieza la grandeza de Piglia y su obra. Ahí empieza la aventura que hoy nos deja uno de los artífices de la gran novela latinoamericana.

 


Ricardo Piglia nació el 24 de noviembre de 1941. Falleció el pasado a causa de. Formado en la Universidad Nacional de La Plata, fue historiador y uno de los escritores más reconocidos de Latinoamérica. Trabajó en distintas editoriales, entre ellas Serie Negra, la cual dirigió. Ganador de diversos premios como el Iberoamericano de Letras José Donoso, Fomentor de las Letras, Premio Planeta, entre otros.


 

4 de enero de 2017: el miedo como factor de la vida cotidiana en México

¿Qué demonios pasó ayer en México? Responder esta pregunta nos lleva a una reflexión dolorosa y cruda sobre nuestro país. Vivimos en una nación donde la clase política ha renunciado a sus responsabilidades, en el que la población es ignorante, por no decir idiota, o una palabra más fuerte, y utilizan el oportunismo para difundir miedo y promover la violencia. Somos residentes de un país en el que tenemos miedo de salir a la calle, en el que no confiamos en nuestros dirigentes, en el que estamos a la expectativa de una crisis, ya sea económica o social, y lo más denigrante, en el que no podemos confiar ni siquiera en nosotros.

 

La jornada de ayer se vio permeada por un miedo social pocas veces visto en nuestro país. La gente temía salir de sus casas, los negocios y comerciantes tuvieron que cerrar sus tiendas a razón del peligro de saqueo, la gente común, los supuestos “ciudadanos de pie”, que no merecen esa etiqueta por su comportamiento, incitaron a la violencia, al oportunismo, la quema de gasolineras, al daño y robo de la propiedad de sus semejantes. Y ante todo esto, el gobierno de Enrique Peña Nieto se cruzó de brazos, denotó una insensibilidad enorme ante las inquietudes y terror que siente la mayoría de la población y, para variar, regresó a uno de los hombres más ineptos de la administración pública de los últimos años a un cargo de trascendencia internacional para nuestra nación.

 

¿Eso es lo que somos? ¿Eso es México? Si soy crudo conmigo mismo contestaría que sí. Y esta respuesta me lleva a recordar una conversación que tuve con una chica de Alemania, la primera vez que visité Europa. Después de un dialogo de múltiples temas, ella me empezó a consultar sobre la situación de mi país y la violencia social que se vivía a causa del narcotráfico.

 

En un punto, se me ocurrió preguntarle “¿Tú cuando te sientes segura en tu país?”. Y ella contestó: “Cuando veo a un policía cerca”.

 

Aquella respuesta me sobrecogió el corazón por un hecho que es desconocido para mí como mexicano, que es la capacidad de sentirme seguro en mi país. De inmediato pensé que en México, cuando vemos a un policía caminar por la calle, en vez de sentir seguridad nos aborda el sobresalto, la inseguridad, el miedo y tratamos de no lidiar con él. Cuando tenemos que hacer un trámite gubernamental nos estresamos por lo engorroso, difícil o pesado que pueda ser éste, cuando no es otra cosa que nuestro derecho. Cuando vemos a nuestros gobernantes en televisión pensamos que somos gobernados por unos descerebrados, por unos idiotas que no tienen el más mínimo tacto para los retos sociales de este país.

 

Lo que más me abruma es que cuando estamos con nuestros semejantes pocas veces tenemos la capacidad de confiar en ellos. En México hay una realidad desde 1968, que pasa por 1971, 1988, 1994, toda la guerra contra el narcotráfico y el 4 de enero de 2017. El hecho que los mexicanos vivimos con miedo, no confiamos en nuestra policía, no confiamos en nuestro gobierno y, para variar, no confiamos en nosotros mismos. ¿Son el PRI y nuestra clase política los culpables de este hecho? En parte sí, pero también lo son todos los mexicanos que el día de ayer se comportaron como ladrones y oportunistas.

 

Todos aquellos que promueven la violencia, el miedo, la corrupción y la permanencia de este sistema político y social que existe en México. Ellos son los que generan la fórmula de nuestro país, que es la siguiente:
Ciudadanos idiotas, violentos e oportunistas + gobierno mediocre y sin sentido de responsabilidad social.

 

¿Qué da como resultado?

 

La tormenta perfecta.

El sitio de Alepo: la defenestración de lo humano por el poder político

Estamos a merced de una clase política que no nos conoce, que no entiende nuestras necesidades y nuestras aspiraciones y para los cuales podemos ser eliminados. Especial.

Dos acontecimientos recientes muestran el horror político y humano que se vive en la segunda década del siglo XXI.
El primero corresponde a los vídeos que circulan en red respecto al sitio de Alepo. Al genocidio que se vive en estos momentos en el Levante y al fin de la revolución siria que no llegó a ningún sitio.

 

La cuestión de la revolución siria es una lucha social que surge con la primavera árabe en 2011, motivada por los derrocamientos de Ben Ali en Túnez, Hosni Mubarak en Egipto y Muammar Gadafi en Libia. Para el caso de los dos primeros casos, los rebeldes se enfrentaron a dos dictadores viejos y cansados, a dos anacronismos de nuestro tiempo que franqueaban en el poder y fueron derrotados por la contestación ciudadana. Para el caso de Gadafi, la intervención de occidente fue vital, con el apoyo de potencias como Francia, y marcó la diferencia.

 

¿Qué es diferente en el caso sirio? La complejidad geopolítica, derivada de un estado creado al azar por Reino Unido en el tratado Sykes Picot, en el siglo XX. El problema kurdo, que dejó a un pueblo entero sin un territorio y nación, los aliados de Bashar Al-Asad, quien supo tejer una red de acuerdos internacionales que posiblemente lo hagan retomar el poder al frente de Damasco. El factor Estado Islámico que en un escenario brumoso viene a complicar y hacer más difícil la resolución del conflicto. La noción de las potencias políticas y militares internacionales, de organismos internacionales como Naciones Unidas, es cruda y tajante. En Siria no valía la pena una intervención humanitaria porque no se obtendría un botín y porque las posibilidades de éxito son nulas.

 

En el discurso frío de la política existe una solución viable frente a las catástrofes y a las crisis sociales que muchas veces toman las personas frente al poder: no hacer nada ni intervenir. Dejar que las cosas sigan su flujo y alcancen un estado de paz por sí mismas dado que los recursos a perder involucran un golpe mayor que el beneficio político a obtener. Esa ha sido la solución que han tomado todos los grandes poderes políticos internacionales ante este hecho.

 

Ante esto, la población masacrada manda mensajes de auxilio por las redes sociales. Gritos desesperados que muestran a una sociedad entera que ha sido abandonada por todas las instituciones y autoridades capaces de intervenir por ellos. Piden clemencia y compasión. En otros casos, sólo se muestran ante las cámaras con dignidad, como seres humanos que murieron por una lucha de libertad, es decir, que mueren de pie. ¿Qué hacemos todos nosotros? Vemos aterrados esto desde el otro lado del computador o smartphone. ¿Qué representa este hecho?

 

 

El segundo hecho es el asesinato del Embajador ruso Andrei Karlov a manos de un joven policía turco. El nombre del atacante: Mevlut Altintas, joven de veintidós años que gritó la consigna “¡No olvidéis Alepo! ¡No olvidéis Siria! ¡Esto es una venganza!”. Para segundos después, morir acribillado. ¿Quién es ese joven? Una visión conspiracionista dictaría que es un agente de un gobierno extranjero, un enviado de Estados Unidos o alguna otra nación, que pretende causar una crisis diplomática entre Turquía y Rusia. Pero ¿si vamos más allá y aceptamos que en verdad ese joven es un ciudadano harto de la negligencia de las autoridades, del egoísmo de los poderes políticos internacionales y su falta de humanidad al ver morir a una nación entera, qué respuesta encontraríamos ante su acto?

 

La hazaña de Altintas parece nimia, asesinar a un burócrata para compensar un genocidio. Un acto de terrorismo que toma la vida de un peón de los causantes de la tragedia de una nación vecina. ¿Cómo juzgar su acto? ¿Un hecho de valentía? ¿Un grito desesperado? ¿Un caso de terrorismo idiota? ¿Qué ha pasado después de que las imágenes del asesinato atravesaran el mundo entero? A lo mucho, los espectadores, los lectores de política internacional, hemos sentido un sobresalto. Nada ha cambiado.

 

Después de la revisión de ambos casos ¿qué conclusión obtenemos? La más cercana a mi vista es la siguiente. Somos espectadores de un juego de política internacional. El caso del genocidio del pueblo sirio representa el hecho que la contestación ciudadana y la lucha por el poder están al margen de otros poderes que están por encima de cualquier pueblo o nación. Una rebelión que buscó la libertad política fue desecha y derrotada. Situación que refleja también la acción desesperada del joven Altintas, quien quiso enfrentar desde otro ángulo a los poderes hegemónicos y murió sin más. En dos semanas, es probable que se haya olvidado su muerte, como la del niño Aylan Kurdi en las costas de Turquía que indignó al mundo entero para después ser enterrada por otros hechos en la red.

 

¿Qué es esto que vivimos? ¿Qué representa? Para mí un mundo donde la vida es un hecho desechable, una cifra que no importa a las élites políticas y gobernantes del mundo. Y esa noción se extiende a todo el orbe, con la excepción que en otras naciones la catástrofe no ha sido tan grande. Unas vez más me pregunto ¿qué representa? El hecho que la gente común, el ciudadano de a pie, hemos perdido la posibilidad de acceder a la política como medio de cambio para mejorar nuestra vida y condición humana. Estamos a merced de una clase política que no nos conoce, que no entiende nuestras necesidades y nuestras aspiraciones y para los cuales podemos ser eliminados. Debemos buscar nuevas vías de consolidar un poder social que confronte esta situación.

 

Por desgracia, poca gente parece interesada en esto, y más aún, ignora este contexto.

Mandela: el coloso del siglo XX

El pasado cinco de diciembre se cumplieron tres años de la muerte de Nelson Mandela, uno de los líderes más grandes del siglo pasado.

 

Retomo este texto, escrito un día después de su muerte, como homenaje:

Mandela, el coloso del siglo XX. Especial.

De los colosos que el siglo XX nos permitió conocer en carne propia, ninguno se equipara a Nelson Mandela. Nacido en 1918, el gran sudafricano fue de los primeros en sentir en carne propia cómo el régimen de segregación racial del Apartheid se institucionalizó en su país poco después de 1910, cuando Sudáfrica alcanzó su independencia relativa dentro de la Commomwealth a causa del conflicto con los Boers que la Corona Británica venía acarreando por casi más de una década; y que terminó por expulsar a los ingleses para dejar en manos de los Afrikaneers el control de la nación.

 

Político e inquieto desde su juventud, Mandela se enfrentó al racismo desde su estancia en la Universidad de Witwatersrand, donde era el único estudiante de color entre una masa de blancos que profesaban una política de odio y despreció para aquellos que representaban el grueso de la población y que carecían de derechos frente a un nimia minoría de hombres que controlaban las riendas de sus destinos.

 

Animado por la revolución cubana y por personajes como Fidel Castro, Ernesto “Che” Guevara y Mao Zedong, Mandela profesó un ideario alimentado por la revolución armada y la guerrilla como medios de renovación nacional. Motor que lo llevó a recorrer Sudáfrica como fugitivo en primer momento, para más tarde realizar un gira por África en la que se entrevistó con importantes personajes del continente como Nasser y Haile Selassie I, de quienes obtuvo importantes apoyos para la lucha armada que el joven revolucionario organizaba en contra del Apartheid. Lo cual le haría acreedor del adjetivo de “terrorista” en su país, en aquel tiempo hasta su arrestó en 1962.

 

Respecto a esa época, Mandela se expresó con frases como la de “No quiero ser presentado de forma que se omitan los puntos negros de mi vida…” Una sabia reflexión para el hombre que pasaría veintisiete años en prisión y maduraría sus puntos de vista hasta alcanzar reflexiones que lo llevarían a expresar opiniones como las siguientes: “El arma más potente no es la violencia, sino hablar con la gente” o “Una de las cosas más difíciles no es cambiar la sociedad sino cambiarse a uno mismo. Si esperas las condiciones ideales, nunca se darán”.

 

En efecto, la misión de Mandela era más grande para reducirse a una simple revolución armada, la cual no habría solucionado en ningún sentido los rencores entre los dos bandos que el Apartheid había institucionalizado. Al contrario, el destino de Madiba era el de la paciencia y la perseverancia. La del dialogo por encima del conflicto. Efigie que construyó paso a paso durante sus años de recluso y que lo transformaron en un héroe y modelo admirable de ser humano, todo derivado de sus convicciones de demócrata, respeto a la igualdad y fidelidad a sus ideales profesados con fervor desde su alma.

 

Así, en poco tiempo, Madiba se convirtió en un símbolo de estoicismo, lucha y fortaleza. Fue aclamado desde todos los rincones del mundo hasta volver insostenible la continuidad del Apartheid y hacer más peligroso que reconfortante su permanencia en prisión para los líderes del régimen segregacionista; circunstancias que terminaron por darle la libertad que la comunidad internacional exigía en 1989.

 

Al salir de prisión poco quedaba de aquel hombre impulsivo y con fe en la violencia. El nuevo Mandela se reveló al mundo como un individuo de una calidad moral incuestionable, un encanto inusual e irresistible y un político capaz de actuar en el mejor de lo sentidos, así como emitir los juicios más certeros para un país que necesitaba reconciliar a su sociedad.

 

Las consecuencias no se hicieron esperar, inmediatamente sus más acérrimos enemigos cayeron rendidos a sus pies y lo admiraron como un santo. Al mismo tiempo, su pueblo lo llevó a la Presidencia de Sudáfrica para consolidar una de las transacciones democráticas más admirables de finales del Siglo XX, honor que comparte con otros grandes líderes de aquellos años como Vaclav Havel y Lech Walesa.

 

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Como presidente, Mandela utilizó aspectos tan naturales como el deporte para unificar los ánimos de su pueblo, por ejemplo el Mundial de Rugby de 1995. Todo con el objetivo de enseñarle a su gente algo que él mismo había aprendido en carne propia: tu enemigo puede convertirse en un compañero y, finalmente, en tu amigo. Que no importa un pasado de odio, violencia e intolerancia, si te das el valor de perdonar por la posibilidad de un mejor futuro.

De la misma forma que el poema “Invictus” del poeta William Ernest Henley que tanto le gustaba leer en su encierro en Robben Island, Mandela se fue invicto en todas las batallas que peleó. No porque haya salido victorioso siempre en ellas, sino porque en la derrota encontró la fuerza y sabiduría que necesitaba. En el perdón, la justicia para su gente que siempre deseo. Y por último, en el dominio de sus miedos, el reflejo más fiel de su alma inconquistable.

 

Por siempre presente, por siempre amado, para un hombre como Nelson Mandela nunca existirá la muerte.

 

En paz descanse.

 


Nota del editor: Nelson Mandela falleció el 5 de diciembre de 2013, luego de una infección pulmonar que lo mantuvo internado en el hospital de Pretoria desde el 8 de junio. Tenía 95 años. Fue presidente de Sudáfrica de 1994 a 1999. En 1993 obtuvo el Premio Nobel de la Paz.


 

Puntos de quiebre: 1848, 1968, ¿2016?

1848 7 1968 representaron años de quiebre para el mundo, ¿qué pensaban aquellos jóvenes? Especial.
1848 7 1968 representaron años de quiebre para el mundo, ¿qué pensaban aquellos jóvenes? Especial.

Me pregunto, ¿qué pasaba por la mente de los sobrevivientes de la comuna de París, el 31 de diciembre de 1848? ¿Qué pasaba por la cabeza de los jóvenes alemanes que habían participado en las protesta de Leipzig? ¿Qué opinión tenían los habitantes respecto a los hechos políticos y la protesta social recién vivida en las calles de Milán, Bucarest, Viena, una vez que finalizó el año?

 

También, me pregunto qué sentía el general Charle de Gaulle en su residencia, ese mismo día pero del año 1968. El máximo héroe de la República Francesa durante la Segunda Guerra Mundial, el rostro de la resistencia ante los Nazis y la imposición de la República de Vichy, y quien había tenido que enfrentar las protestas de las revueltas estudiantiles de mayo en París ante una generación para la cual él no significaba nada más que el pasado.

 

¿Qué pensaban los jóvenes que participaron en la primavera de Praga dispersos en gran parte de la Europa occidental y quienes enfrentaron a los terribles tanques soviéticos en la lucha por la libertad de expresión? ¿Qué pensaba Luis Gonzáles de Alba, José Revueltas y todos los familiares que perdieron alguno de sus hijos o hijas en las protestas estudiantiles de la Plaza de las Tres Culturas en México? ¿Sobre qué reflexionaban los jóvenes que participaron en las protestas de Londres, Manchester, Milán y Rio de Janeiro?

 

Los años de 1848 y 1968 son diferentes en su abordaje como hechos históricos, sin embargo, tienen una característica en común: fueron puntos precisos de la historia en los que se vivió un fenómeno social que involucró a una civilización entera. En 1848 las protestas sociales marcaron el fin de una tendencia política en Europa: el absolutismo. El arribó de la democracia se hizo inevitable y se creó el papel del ciudadano. Poco a poco, sin excepción, todos los regímenes políticos de occidente abrieron pasó al sistema democrático y a la participación del electorado en las cuestiones de interés público. Se había vivido una revolución, es decir, la desmantelación de un viejo régimen para la edificación de uno nuevo, donde el papel de la gente había sido crucial.

 

En 1968 las protestas alrededor del mundo de la juventud mostraron el descontento con el status quo, con las viejas tradiciones, ideas políticas y económicas. Se empezaron a cuestionar las utopías y su fracaso, así como todas las promesas de la modernidad. Surgió la contracultura: un desafío a lo establecido. Se abrió la mente para la estructuración de una nueva forma de pensar, aunque en ese momento no sé sabía cuál era esa forma, y para muchos filósofos y políticos, ese año marca el inicio de la posmodernidad. Sin embargo, una puerta se abría, una puerta a una nueva forma de entender el mundo y a una promoción de la tolerancia.

 

¿Qué hemos vivido este 2016? Hechos como el Brexit, el referéndum del NO en Colombia, la elección de Donald Trump y la muerte de Fidel Castro nos muestran una realidad: este año es el inicio de algo nuevo, una realidad internacional que parece tener más desesperanza que venturas. No obstante, resaltan las particularidades y contrastes de lo acontecido en este año.

Los años de 1848 y 1968 representaron un cambio de época; 2016 apunta para ello,¿ pero es un retroceso? Especial.
Los años de 1848 y 1968 representaron un cambio de época; 2016 apunta para ello,¿ pero es un retroceso? Especial.

En 1848 la gente salió a protestar en las calles por su deseo y convicción de participar en los temas de interés público. En 2016 la gente utiliza el voto como un elemento para promover la confrontación y disgregación social. En 1968 los jóvenes protestaron en las calles para cuestionar lo establecido y abrir la mente a nuevos horizontes de pensamiento, a nuevas formas de entender el mundo. En 2016 la gente desea regresar a lo tradicional, desean refugiarse en el odio, el racismo, la xenofobia como modo de protección más allá de abrir su mente.

 

Si en 1848 se vivió una revolución y en 1968 la contracultura. ¿Qué podemos decir que surgió en 2016? ¿El proto-fascismo? ¿El neonacionalismo? ¿El fracaso de la política y el consenso? ¿El triunfo de la intolerancia? ¿Una contrarrevolución social? ¿Un periodo de neo oscurantismo? Sólo el tiempo y la comprensión de la historia, en su lejanía, una vez que nos hayamos alejado de esta fecha, nos dirán qué es lo que estamos viviendo. De momento, sólo tenemos la certeza de algo. Los acontecimientos vividos en este año involucran a todo Occidente como sociedad y la forma en que la sociedad contemporánea comprende la política y la justica se transforman. Y a razón de esto, hará falta mucha fortaleza y temple para enfrentar el futuro.

#EnCorto Carstens, ¿abandonar o hundirse en el barco?

En esta tragicomedia que es México, cada semana se suscitan hechos que no dejan de sorprendernos. La renuncia de Agustín Carstens como gobernador del Banco de México es un tema crucial para el futuro de la economía de este país.

 

El contexto es el siguiente:

 

Desde el inicio del sexenio, la elección del Secretario de Hacienda y la presentación de la reforma hacendaria por parte del gobierno de Peña Nieto, no dejaron satisfechos a varios analistas políticos y economistas. En la opinión pública circulaba la noción que José Antonio Meade era una mejor opción en perfil para la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP) en 2012 y, con ello, dar continuidad a la política económica de este país. Sin embargo, Meade no era el rostro para la reforma que pretendía realizar el Presidente de la República en el Congreso, de ahí la elección de Luis Videgaray Caso.

 

Al ascender al puesto, Videgaray mostró su propuesta hacendaria a la Cámara de Diputados, la cual no dejó satisfecho a nadie, pues presentó una propuesta para incrementar el nivel de deuda pública de México con la finalidad de potencializar el crecimiento del país. A la fecha lo prometido por el PRI y Videgaray no se ha concretado en ningún sentido, al contrario, los resultados son paupérrimos: crecimiento mediocre de menos de 2 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB), incremento de deuda al 55.5 por ciento, el porcentaje más alto desde la década de 1980; baja de la calificación de México como destino de inversión por calificadoras internacionales como Standar & Poor`s y Fitch, debilidad en el país ante eventos internacionales como el Brexit y las elecciones de Estados Unidos, y un tipo de cambio cada vez más alto.

¿El huracán que nadie, sólo Carstens? Especial.
¿El huracán que nadie, sólo Carstens? Especial.

Días posteriores a la victoria de Donald Trump en las elecciones de Estados Unidos, circuló en algunos medios nacionales la visión de Videgaray como un “estadista” al promover la visita del entonces candidato republicano. No obstante, deberíamos evaluar más al ex secretario de Hacienda como un oportunista que tuvo la suficiente sangre fría para entender el riesgo del triunfo de Trump ante los descalabros de la economía mexicana; si dicho personaje se convertía en presidente del país del norte, los ojos de todos apuntarían a Videgaray. De ahí la lógica de su renuncia.

 

Hay un dicho de marineros que expresa “las ratas abandonan primero el barco”. Eso aplica para el caso de Videgaray. ¿Qué podemos decir de la renuncia de Carstens? Él es el más brillante economista de México y de su generación, compañero de escuela de los últimos tres ex titulares de la SHCP (Videgaray, Meade y Cordero) ha demostrado tener las mejores habilidades en cualquier tema económico que sus viejos colegas. Desde hace meses circulaba en red las disyuntivas y confrontaciones que tenía el gobernador de Banco de México con el gobierno federal por su excesivo endeudamiento. Hoy renuncia.

 

Lo anterior significa que para 2018 ninguna de las dos autoridades económicas que iniciaron el sexenio tendrá injerencia en lo que le pase a la economía mexicana. Videgaray estará arropado por el PRI, cómodo, sin que nadie pueda confrontarlo en caso de una recesión económica y Carstens será titular,a partir de julo de 2017, de una de las máximas instituciones financieras a nivel internacional.

Los máximos responsables de la economía al inicio del sexenio no estarán para concluirlo. Especial.
Los máximos responsables de la economía al inicio del sexenio no estarán para concluirlo. Especial.

El alivio que sentimos al conocer la renuncia de Videgaray como Secretario de Hacienda se transforma ahora en una incertidumbre al ver renunciar a Agustín Carstens. Era obvio que había muchos perfiles qué podían hacer mejor el trabajo al frente de la SHCP que Luis Videgaray, ahí está el caso de José Antonio Meade, quien llevó mejor esa secretaría de estado los últimos meses del sexenio de Felipe Calderón y ha regresado a ese puesto.

 

Para el caso de Carstens, podemos expresar con seguridad que nadie es mejor que él para presidir el Banco de México. De ahí que deje un simple Banco Central nacional para ocupar una posición de una institución que coordina decenas de estos a nivel global, el Banco de Pagos Internacionales.

 

¿Las ratas abandonan primero el barco? La respuesta más sincera es no. Hace falta mucho estoicismo, romanticismo y nada de sentido común para que una tripulación entera se hunda con su nave. Más si uno de sus miembros ha advertido sobre los peligros latentes, como lo ha hecho el titular del Banco de México. Quizá eso es lo que ha entendido Agustín Carstens y eso es lo que da lógica a su renuncia.

¿Las ratas abandonan primero el barco? La respuesta más sincera es no. Más si uno de los miembros de la tripulación ha advertido sobre los peligros latentes, como lo ha hecho el titular del Banco de México. Quizá eso es lo que ha entendido Agustín Cartens y eso es lo que da lógica a su renuncia. Especial.
¿Las ratas abandonan primero el barco? La respuesta más sincera es no. Más si uno de los miembros de la tripulación ha advertido sobre los peligros latentes, como lo ha hecho el titular del Banco de México. Quizá eso es lo que ha entendido Agustín Carstens y eso es lo que da lógica a su renuncia. Especial.

#NuestrosMuertos: Reminiscencias

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“La existencia de la humanidad representa un suspiro en el universo. En ese sentido, la vida de toda mujer u hombre, simboliza mucho menos que un suspiro. A lo más, una posibilidad. “…somos en la tumba las dos fechas, del principio y el término…” dicen los versos del poema “Epitafios” de Jorge Luis Borges. Y en efecto, cuando caminamos por un cementerio no podemos evitar observar placas en las que se marcan los años de paso por el mundo de cientos individuos que se encuentra en esos recintos, con una fecha que marca el inicio de la existencia. Otra, que la termina abruptamente.

En ocasiones se olvida que aquellas placas de concreto guardan en sí la noción de algo infinito, que es la vida de una persona. Desde muy pequeño siempre me gusto la palabra epitafio. No recuerdo la primera ocasión que la escuché, pero puedo rememorar que me quedé desconcertado ante ella. Era una palabra utilizada en ocasiones muy precisas. Y me fascinó descubrir que simboliza un texto que honra a un difunto.

Con el tiempo supe de algunos grandes epitafios escritos para poetas o conquistadores. El de Alejandro Magno dice: “Basta esta tumba, para quien no bastaba el mundo”. O el de José Saramago, sacado de la frase final de su novela “Memorial del Convento” y que está escrito al lado del árbol donde yacen sus cenizas en las costas de Lisboa: “…no subió al cielo, porque pertenecía a la tierra”.

No obstante, a pesar de la grandeza y belleza de los textos de los epitafios, algo que me sobrecoge el corazón es que jamás podrán honrar en su totalidad la vida de una persona. Acaso nos hemos detenido a pensar, ¿cuántos momentos, secretos y misterios guarda nuestro paso por el mundo? ¿Qué hay detrás de esas dos fechas? ¿Qué se esconde en el interior de ese breve texto? La gente olvida que son precisamente esas lapidas las que guardan todos esos enigmas.

En la vida de toda persona se oculta el amor que mereció y aquel que no supo dar. Los sueños realizados y aquellos que se perdieron en el abismo del tiempo. El cariño y afecto que se dio a los que quiso. Los momentos vividos con la pareja, los hijos, nietos y otros tantos familiares. Varios sitios amados. Nuestra fe, nuestro odio, nuestra decepción y nuestro amor. Cuando la vida de una persona se eclipsa se van con ella casi todos sus secretos. Sus pesares y anhelos. Y sólo es en ese momento que aquellos que vemos morir a nuestros seres queridos entendemos lo poco que conocimos a esa persona. Lo poco que compartimos con ella. Y la vida que existió más allá de los momentos en los que coincidimos.

 

Ante esto sólo podemos atarnos a las reminiscencias de nuestra memoria. A esos días que ahora pasaran a ser nuestros recuerdos de alguien que amamos y que fue importante en nuestra vida. Recordamos su olor, su voz, algunas de sus frases…

 

Qué extraño suena de repente decir “cómo decía…” Porque esa frase revela una realidad: pensamos en la compañía de alguien que ya no está presente con nosotros y que nunca más volveremos a ver. Y es por este crudo hecho que logramos entender que la gente que nos deja tiene la fuerza y vida que le damos quienes nos quedamos para recordarlos. En ese sentido, los epitafios jamás podrán honrar la vida de un ser querido. Esa tarea nos corresponde a nosotros. Con nuestra memoria y corazón. Con los recuerdos que tenemos de los que se han ido y ese poco de vida que compartimos juntos.”