Mudanza

Esta es la voz de una mujer nómada

no de una sedentaria,

digo mudar como se dice:

posibilidad, supervivencia, desarraigo.

 

Costumbre y rutina:

                              palabras como heridas

a las que me resisto, ahuyentando

toda ocasión de permanencia, de hábito.

El espeso olor a muerte crece en la quietud,

en la pesadez de los días

sujetos al clavo de siempre.

 

Después de un tiempo

cualquier sitio deja de ser habitable

necesario es entonces, mudar espacio y cuerpo,

necesidades y placeres,

cambiar de sitio.

 

Qué complicado es habitar un espacio nuevo

y qué sencillo dejar el antiguo.

Del nuevo, las fatalidades:

limpiar las marcas y presencia

de inquilinos anteriores,

acomodar objetos

que pronto serán llevados a otro sitio,

acostumbrar calles y plazas a mis pies

sabiendo que enseguida serán olvidadas.

 

Yo soy de las que abandona

de las que siempre busca

ese algo, escurridizo,

oblicuo del que nada se sabe

y siempre ha de buscarse

pues al final de toda mudanza

sólo está la siguiente.

El gato

Tal vez fue darnos la vuelta

y dormir de espaldas, sin tocarnos,

o quizá comer con prisa,

sin decir siquiera una palabra.

 

Tal vez fue dejar que tus antes

y mis antes, siguieran viviendo

en las escamas de cada reproche;

quizá fue alimentar más al gato

que a nuestro amor:

él tan obscenamente gordo

y nosotros tan tristemente hambrientos

                -necesitados-

del alimento que habitaba en la piel del otro.

 

Quizá sólo fue juntar soledades

e irnos muriendo de a poquito

así como el gato y sus 12 kilos

que arrastraba con dolor,

y no por ello dejaba de comer

e incluso de pedir más.

A leguas se notaba que no era feliz

comiendo y aun así sus mandíbulas

no pararon.

 

Tal vez fue eso, todo eso,

o quizá en ocasiones

sólo deseamos aquello

que nos hará infelices.

Ciruelo

El árbol había resistido la sequía,
el casi eterno vendaval
y aquella plaga
que lo despojó de toda grandeza.
Pese a ello y con obstinación de roble
permaneció en pie.

Vivió como un barco encallado,
una casa de juegos
para la niña que fui.
Quizá por ello mi madre
-en contra de su obsesión
por llenar el patio sólo de árboles
majestuosos, fuertes y sanos-
le concedió más vida.

Por meses creí
que ella premiaría la perseverancia
del ciruelo,
su voluntad para seguir anclado
a este mundo.
Pero me equivocaba,
la prórroga llegó a su fin:
A veces la voluntad no es suficiente,
la escuché decir,
mientras el árbol era derribado.

Nadie supo en casa
por qué no protesté, ni pude llorar
como tampoco supieron
que por años odié al ciruelo,
lo desprecié
por no haber resistido
la mano de mi madre,
por ser árbol
y no quedarse.