20th Century Boy: glam rock de alto calibre

Cuando estoy en casa de mis padres, hay veces que por la tarde me quedo completamente solo. Uno de los botines preferidos para mí era la Smart Tv de la cocina.

Soy una persona que ve muy poca televisión, no puedo citar el nombre del último programa o serie que deseaba ver con pasión. Sin embargo, el uso del internet ha dado un nuevo giro y uso a ese artificio tecnológico: poner vídeos musicales y escuchar lo que yo desee.

Entre las canciones que más me gusta poner, están las del grupo de Glam Rock: T. Rex. Movimiento musical que brilló a inicios de los setentas en Estados Unidos por una combinación entre estilo visual y musical que influyó a artistas del calibre de David Bowie, Lou Reed e Iggy Pop.

En el glam rock la vestimenta se volvió algo crucial, además del uso de melenas largas con peinados de salón. La ropa hacía parecer a los cantantes como seres andróginos, quienes se presentaban ante público como unos felinos que interpretaban a un personaje. Por lo que la estética de este movimiento estuvo llena de mucha teatralidad y perfomances. Además, fue de las primeras experiencias subversivas de la década setentera que después daría vida a otros movimientos musicales como el punk o la música dark.

A pesar de lo crucial del estilo visual, el glam también tuvo fuertes guitarrazos y grandes intérpretes. Mi favorito es el vocalista de T. Rex: Marc Bolan, quien tuvo influencia de un gran poeta del rock como Bob Dylan. Se dice que en sus inicios el joven David Bowie lo veía fascinado sobre los escenarios.


Revive: El valor de la vida en una canción


20th Century es una canción que suena a motín, a fiesta y fuga. También, es una canción romántica que involucra un coqueteo con altanería bajo el influjo del rock. Los versos de Bolan lo dicen todo:

“Friends say it’s fine, friends say it’s good
Everybody says it’s just like rock ‘n’ roll
I move like a cat, charge like a ram, sting like a bee
Babe I’m want to be your man
Well it’s plain to see you were meant for me, yeah
I’m your boy
Your twentieth century toy”

Mis amigos dicen que es lindo, que está bien,
Todos dicen: es sólo rock n´ roll.
Me muevo como un gato, cargo como un carnero, apesto como una abeja
Nena: yo quiero ser tu hombre
Soy tu chico
Soy tu chico del siglo XX.

Gran oda para dedicar a un interés amoroso. Y, ¿por qué no?, para saquear un banco.

La chica que me recuerda a “Wake Up” de Arcade Fire

Siempre que escucho Arcade Fire recuerdo a Jessica. La conocí una tarde, en la Facultad de Filosofía y Letras, después de presentar una ponencia literaria.

Durante la lectura de mi texto pude observar cómo ella me miraba con atención y admiración. Sus ojos sobre mí, me hicieron sentir feliz, incluso, galante. Cuando el evento terminó, se acercó a mí y me pareció natural invitarla a tomar un café.

Para mi sorpresa, ella aceptó sin dudar. Platicamos por un par de horas y después me dio su teléfono. Con el tiempo, empecé a escribirle y entre ella y yo inició un sinfín de coqueteos. Unos meses después la invité a desayunar al Centro Histórico y hablamos por horas. En ese tiempo, ella me habló de un libro genial de un conocido autor español, era un texto literario que rendía honor a los perros como amigos del hombre. Y en menos de un segundo nos encontrábamos en una librería donde ella lo compró y me lo regaló. Quedé atónito.

Hasta ese momento nada había pasado entre nosotros, pero mientras caminábamos al metro para despedirnos, me había nacido el deseo de besarla. No obstante, decidí esperar hasta nuestro siguiente encuentro, cuando me invitó a una exposición que montó en una estación del Metro con ayuda del INAH.

Esa tarde, mientras me mostraba y explicaba cada anaquel de la expo, me dijo, con un tono incomodo, que otro de los guías era su novio. El comentario no me molestó, y creo que mi expresión fue muy serena, al grado que sin que se lo pidiera, ella trató de darme una explicación: “pero, bueno, tenemos muchos problemas, creo que pronto vamos a terminar…” Esas palabras las dijo con una expresión de justificación y disculpa, como para evitar que yo me enojara. Ante eso sólo le sonreí y seguimos con el resto de las piezas.

Una semana después le marqué y la invite a comer. Ella aceptó y ese día salimos por el centro. Sin desearlo bebimos de más y pronto nos encontramos bajo la tensión que se tejía entre nosotros. Nos deseábamos. Deseábamos mutuamente nuestros besos y nuestros cuerpos. No resistimos mucho y como teníamos un poco de dinero en el bolsillo, terminamos en un hotel para hacer el amor. Después, caminamos de nuevo a una estación del metro y nos despedimos con un beso largo.

No volví a verla hasta dentro de dos meses. Sin embargo, en todo ese tiempo la imagen de su cuerpo me seducía, deseaba volver a sentir su calor. Decidido, le marqué y le dije que nos viéramos. Ella aceptó.

A pesar de que nos recibimos con un beso igual de profundo que el de nuestro último encuentro, ella me dijo que no haríamos el amor esa tarde. Su comentario lo dijo con mucha convicción, al grado que no toqué más el tema. Después de caminar unas manzanas por la ciudad, decidimos entrar a un bar que parecía amigable, la música era buena y nos sentamos para tomar una cerveza.

Por debajo de la mesa, ella subió su pierna sobre mi rodilla, la cual estaba cubierta en su totalidad por la falda larga que vestía esa noche. Con serenidad, metí mi mano entre sus piernas hasta sentir su sexo, estaba húmedo, caliente. Ante una sonrisa mía, me dijo “Me encanta el calor de tu manos”. Después, noté que en mis oídos sonaba la canción Wake Up, de Arcade Fire. Lo que hizo espectacular al momento.

Una vez que terminamos nuestra cerveza, dejamos el bar. La acompañe de nuevo al metro y nos despedimos. No he vuelto a verla, pero, para mí, su recuerdo se liga a la música de la banda de Montreal. A su voz, a su calidez y la delicia que era pasar el tiempo con ella.

El Muelle de las Columnas (y por qué Bob Marley nos unió en un solo canto)

Hay imágenes de lo cotidiano que, sin desearlo, terminan por presentarse ante nosotros como momentos poéticos. Para mí, uno de esos instantes está unido a uno de mis sitios favoritos en la tierra: el Muelle de las Columnas, en Lisboa, Portugal.

Lisboa es una ciudad calurosa, un perfecto destino en el Mediterráneo para visitar en verano. No obstante, por azares de la suerte, mi primera visita a Portugal se dio en invierno.

En esa ocasión, la ciudad me pareció un sitio en el que, a cada paso, se respiraba melancolía, las calles estaban vacías y un fuerte viento soplaba por ellas. Al grado que si te detenías a escuchar con atención, se oía una música creada por las ventiscas al atravesar los callejones y escales del casco viejo de la ciudad.

Después de andar por horas, llegué a sentarme en el Muelle de las Columnas para descansar. Frente a las olas, cientos de niños jugaban, había parejas que platicaban, y a pesar de los fuertes vientos y el frío, una paz relajante llegaba a todos, promovida por el sonido de las olas.

Aquel escenario, ya de por sí maravilloso y agradable, se vio potenciado por la presencia de un trovador que llegó al muelle. Desde sus primeros acordes, todos nos maravillamos y sorprendimos por la canción que escogió para interpretar:“Redemption Song”, de Bob Marley.

En un abrir y cerrar de ojos, más de una decena de personas nos encontrábamos cantando los versos de Marley:

Won’t you help to sing

These songs of freedom?

‘Cause all I ever have

Redemption songs

¿Qué unió a todos para cantar la melodía? Es una pregunta que me hago a menudo. ¿La belleza de las olas del mar, la sensación de frío, la paz del invierno? Todas y cada una de esas pudieron haber sido el motivo.

Pero todo es más simple: la música tiene un poder integrador y unificador. Una belleza que une almas y voces.

 

 

Cuando las canciones se convierten en tu crush

Son las 7:48 de la mañana y suena la alarma; estiro el brazo para alcanzarla y posponerla 10 minutos más mientras imagino que, con ese mínimo tiempo podré recuperar parte del sueño que el insomnio me robo en la noche, como si fuera mi fiel amante.

Me dispongo a levantarme de mi cama y comenzar el ritual de todos los días: elegir la canción adecuada para iniciar el día o al menos para meterme a bañar, y recuerdo que, a pesar de mi pésima noche, los días se tornan buenos o malos dependiendo de nuestra actitud.


Me pierdo contigo.


Por ello, me dispongo a escuchar una canción de soul llamada “Feelings” de Vigon Bamy Jay, un trío que es realmente poco conocido pero que tiene un estilo único y, sobre todo, una deliciosa combinación del soul de antes, con tintes rítmicos similares al pop; generando una composición exquisita para los oídos.

Transcurre el día y asisto a mis actividades correspondientes. Repito la canción una y otra vez, como cuando un tema te flecha y la terminas reproduciendo todo el día, sin importar la hora, porque es adecuada para los trayectos, para escribir, leer, caminar o simplemente para hacer compañía, como si se transformara en un amigo con quien estar.

Continúo leyendo, escribiendo y llega un punto en el que siento fatiga; el insomnio de la noche anterior está haciendo estragos en mí.


Revive: Dandrómeda, la chica galáctica.


Comienzo por distraerme, mirando a un punto fijo; prosigo levantándome de mi asiento y me dispongo a caminar por el área, luchando conmigo misma para no dejarme vencer por la fatiga, mientras no deja de sonar la canción que me ha acompañado desde el comienzo del día.

Al final, derrotada por el cansancio, me pongo los audífonos y me arrojo al sillón para descansar mis ojos, y hago memoria de todas las veces en que he sentido una obsesión o, como ahora lo llamamos, un “crush” con alguna canción, la que puede ser el reflejo de cómo nos sentimos, pero que logra hipnotizarnos a través de sus letras o ritmos.

Dejo mis audífonos en mi escritorio, le doy un fuerte abrazo a Dorota, mi gata, y decido tenderme en mi cama, esperando tener un encuentro con Morfeo en lugar de con insomnio, para volver a comenzar un día con una nueva canción o playlist preparada para cada situación o sentimiento que se me presente en el momento.

Rains of Castamere: orgullo y vanagloria en una serie de televisión

La música es un recurso que la cinematografía y televisión ocupan para darle mayor efecto a los contenidos realizados. Hay muchas piezas musicales o canciones que se vuelven en un referente completo de algún audiovisual. Si no me crees, entonces seguramente no estarás identificando la típica música de Harry Potter y su saga. O la de Star Wars. O la entrada de tu serie favorita.

Hablando de series televisivas, te comparto que soy de los que disfrutaron mucho Game of Thrones y, a pesar de las críticas realizadas para esta última temporada, debo decir que es una serie revolucionaria en cuanto a conceptos narrativos, efectos especiales, argumento de la historia y, obviamente, música.

Rains of Castamere es una canción referente para todos aquellos que sabemos de la serie. Si ya la has visto, cuando la escuches te vas a acordar de ese final tan sufrido de la tercera temporada; si no la has visto o no sabías sobre su contenido, déjame te cuento por qué es tan importante esta canción:

Refleja el orgullo aplastante de derrotar al otro. Me parece que la letra tiene una estructura completamente de soberbia y vanagloria. Es como si esta canción te estuviera contando un cuento de terror en el que una casa muy poderosa de la época eliminó por completo a otra desde sus propios cimientos. Nadie pudo salvarlos. Los Lannister, quienes fueron los vencedores, no lo permitieron.

Además, es un juego muy interesante de nombres, porque el apellido de la familia vencida era Reyne, lo que en inglés tiene una pronunciación muy parecida a “Rain”. Ambas casas tenían el estandarte de leones y por eso la referencia en la canción.

Como plus, te cuento que esta versión es una delicia porque es interpretada por Matt Berninger, vocalista de The National. Él posee una voz gruesa y profunda que te hará temblar al escucharle la primera palabra.

Esperando que la espera por la última temporada no se nos haga tan larga, y para invitarles una vez más a los que no la han visto, te dejo a continuación esta gran, gran, canción:

¿Y tú? ¿Qué canción recuerdas icónica o que te guste mucho de la televisión o el cine?

Huir de la justicia al ritmo de The Clash

No recuerdo la primera vez que escuché la expresión banquetear, verbo desconocido y no aprobado por la RAE, pero presente en la vida de cientos de nosotros. La palabra hace alusión a una práctica de muchos “estudihambres”, e incluso, “chavorrucos”.

Este verbo podría ser definido como “la acción de echarse unas chelas en vía pública”. Para muchos jóvenes sin un solo centavo en el bolsillo, como el que fui yo, era una de las opciones de ocio y entretenimiento más baratas para pasar el rato con los amigos.

Hasta este punto, baquetear suena como una actividad recreativa cualquiera. No obstante, en México, beber en vía pública es considerado un delito menor y es infraccionado con treinta y seis horas de encierro en los “separos”.

Así, banquetear es una emoción extrema para los adolescentes, un acto de diversión en el cual, uno se juega su libertad por un día y medio. A pesar de eso, cuando se desconoce de la vida, uno cree que nada malo puede suceder.

Yo pensaba eso pensaba hasta los dieciocho años, cuando, por primera vez, dos policías nos persiguieron -a mí y mis amigos- por casi cinco cuadras por tomarnos un pulque en un parque del entonces Distrito Federal.

La persecución fue agitada pero al final los policías, mayores a nosotros por unos diez años, no lograron alcanzar a nuestras vigorosas y ágiles piernas. Al haberlos perdido, mis amigos y yo reímos y nos sentimos felices ante la anécdota.

“¡Huimos de la justicia!”, dijo uno de mis mejores amigos, y al ser todos fans de The Clash su cover I Fought the Law se volvió un himno para nosotros.

Desde entonces, cuando banqueteábamos, procuramos escuchar esa canción siempre, desde la bocina de nuestros celulares. Y eso se volvió un ritual que en más de una ocasión terminó en persecución.

Con el tiempo nuestro marcador se elevó:

La banda 3 – Policía del D.F. 0

La banda 5 – Policía del D.F. 0.

Y mis amigos y yo reíamos ante esa brecha que poco a poco se ensanchaba. Éramos muy inocentes (¡estúpidos!), y vivíamos felices de huir siempre de la policía.

¿Saben hacía donde se dirige este texto lector? ¡Exacto! No importa que estés invicto, no importa que tan ágiles sean tus piernas, algún día te alcanzaran.

Nos lo decía la canción y lo ignorábamos:

“I fought the law

And law won”

Y en efecto, llega ese momento en que la ley gana…

Mi único consejo es:

Si quieres banquetear, háganlo con precaución, o mejor vaya a un bar.


Escucha el playlist de “Una rola al día” aquí –> Música.


 

Dandrómeda, la chica galáctica

Tengo 23 años y definitivamente no crecí con la música de Zoe como probablemente sus hermanos mayores lo hicieron, si es que llegaron a ser fans del rock alternativo en español, pero de algo estoy muy segura: casi todos hemos escuchado alguna canción de ellos.

Recuerdo que los había escuchado, por primera vez, cuando iba a la secundaria con una canción poco conocida para los que no eran sus seguidores, pero para los que los seguían se había convertido en un hit.

Mi tía era una ferviente fan. Recuerdo cuando llegué a casa y la escuché cantando “Dead”, una canción que combina perfectamente los amplificadores de la guitarra con la batería, además de una letra que hablaba del desamor, como generalmente ocurre, pero que lo hacía de manera diferente porque ocupaba frases como “lágrimas de láser”, “se me escurre el diablo”, “membrana azul”, entre otras cosas galácticas.

Posteriormente, en el Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH), me convertí en una chica que usaba collares con figuras de hongos, estrellas, lunas y esas ondas del universo. Mis estados de Messenger eran estrofas de canciones de Zoe y tenía un crush más allá de “Te soñé”, canción típica de los enamorados adolescentes y que me dedicaron más de una vez.

Para la universidad era una mezcla de “Corazón atómico”, “Últimos días”, “Miel” y todas las canciones que, conforme iba creciendo, lograban que me identificara con ellas, volviéndose un soundtrack que ocupo todos los días.

Pero lo más increíble que me pasó al crecer con la música de Zoe, fue cuando un hombre leyó, en una red social, dos frases escritas por mí: “ya no me destruyas, mejor desaparece” y “pensamiento alienígena”; la primera fungió como desahogo y la segunda como esperanza por parte de una de las canciones más simbólicas para mí. Rápidamente me escribió un mensaje en el cual me llamaba Dandrómeda en referencia a la canción titulada “Andrómeda”.

Él era una persona que me saludaba de vez en cuando por los amigos en común que teníamos, pero a partir de ese mensaje tuvimos extensas pláticas. Me convertí en la chica galáctica, a la que recordaba con alguna de canción o incluso con frases.

Sin embargo, lo mejor que ese hombre hizo por mí fue jamás dedicarme una canción de una agrupación que me fascinaba, ninguna canción que me recordara a él o a nuestras conversaciones -bastante simples-, pero que me hacían compañía cuando atravesaba por momentos difíciles; logrando que lo recuerde con júbilo, pero sin ningún sentimiento más que de gratitud, pues, me dijo sin decir:

“Déjame verte caer, déjame entrar en tus sueños”.

La fragilidad de la paz en una canción: Luminosidad

¿Qué hacer cuando quieres aceptar que algo cambió, pero te duele mucho afrontar el futuro? ¿Cómo asumes al amor entregado a alguien como algo que ya le pertenece y no podrás alimentar más, pues ha decidido ya no tener contacto contigo? ¿Cuánto tiempo lleva esa transformación? ¿Es posible?

Rosario Ortega es una joven argentina que ha tenido las mismas inquietudes y quiso resumirlo en una canción: Luminosidad.

El punto exacto en el cual estás consciente de lo venidero, pero te aferras a lo lindo de lo que está agonizando, es la clave de esta producción de una guitarra y la voz triste de Rosario Ortega.

Si bien duele, y hasta da miedo, ella no puede nombrar eso que se le escapa de la mano, como el título de su canción. No queda muy claro desde cuándo está así, lo sucedido con exactitud, ni tampoco si estará mejor; lo único claro es que se ha dado cuenta de que su armonía, plenitud y paz en la vida, se están derrumbando, pero no pasa nada, ella se queda ahí. Simplemente ahí.

Te invito a escuchar esta canción tan sencilla, pero muy profunda. A sentirte triste para, así, descubrir cómo en un corto lapso de tiempo nos podemos sentir invadidos por la melancolía.

Y es que, en pocas palabras, esta mujer logra, en minuto y medio, irrumpir en la paz de quien escuche Luminosidad.

Burbu; si volvieras hoy

Burbu no era mi mascota, pero la quería como si lo fuera. Ella se marchó hace ya un par de años y cada que toco la puerta de la casa en la que vivía, recuerdo cómo me ayudaba a anunciar mi llegada: rasgaba la puerta con sus uñas.

En otras ocasiones, jugábamos con la jerga de la casa. Ella la tenía y yo se la quitaba. En cierto momento, me gruñía, como recordándome que debía regresarle el trapo.

Hace unos días la volvía recordar por medio de un video musical, situación que me lleva a recomendarles esta canción: Si volvieras hoy.

En el clip de la banda Higiene Mental, al final aparece una foto reconstruida de Burbu, un perrito blanco, con el pelo medio chino y los ojos más grandes que he visto en un can.

Tras mirar el video, una ola de recuerdos llegaron a mí, momentos en los que la vida era más sencilla:

Mariana y yo paseábamos con Burbu bajo un cielo nublado. La lluvia azotaba y teníamos que correr para regresar a casa. Llegamos empapados, nervios por una posible gripe que, por fortuna, no sucedió.

En otros momentos, estaba sentado, alrededor del comedor, y Burbu  recargaba su hocico en mi rodilla, como pidiéndome comida.

Los días que me quedaba a dormir, entraba al cuarto y me olfateaba; lo más gracioso es que una vez hasta se llevó mi calcetín, cosa que recuerdo con una sonrisa.

También vino a mí el día en que la acompañé a su último viaje al veterinario…

De ella nunca tuve una foto, solo el recuerdo de sus enormes ojos cafés y su nombre que la perpetúa en esas bombas de jabón que circulan por los parques los tardes de domingos.

Cómo te extraño, Burbu. Si volvieras hoy, quizá podríamos volver a empezar, “aunque ya nada sea igual…”

Tetos in love

Probablemente han escuchado que ahora la gente comparte sus playlist con sus amigos para que puedan sentir que tienen a la otra persona cerca de ustedes; por supuesto que esto también sucede cuando tienes una relación y deciden crear una playlist con todos los temas de amor que tienen para dedicarse.

Generalmente, en estas dos situaciones,  – no digo que siempre – suceden estas dos cosas. Si generan un contenido colaborativo, como el que yo hice con mi mejor amigo y mi mejor amiga, la primera semana están emocionados por poner lo que les gusta en ese playlist y posterior a eso, la vamos olvidando.

Ahora, muy de vez en cuando, aparece que alguien ha agregado una canción, y siendo muy franca ya no acostumbro escuchar música que no genera una emoción en mí porque cada uno tiene gustos distintos; uno escuchaba música clásica, otro pop, y en mi caso, rock e indie; por lo que esa recopilación resultaba poco atractiva.

Sin embargo, la otra situación es completamente distinta y hasta significativa: la playlist que creas con tu pareja. Yo tenía una con la persona que salía, se titulaba de una forma muy peculiar: tetos in love; cada uno ponía empeño en mandar las canciones adecuadas para que pudiéramos transmitir, de la forma más tangible, nuestro amor o atracción, y nos sirvió para poder esclarecer lo que queríamos ser o no…

Canciones como “Bonita” de Cabas; “Roma” de Torreblanca; “I follow rivers” de Lykke Li; “Contigo” de Los Panchos, entre otras hermosas letras con increíbles historias, componían nuestro repertorio; no importaba el género, lo importante era tener la mejor recopilación para poder hacernos compañía cuando no estuviéramos juntos. Y me pongo a pensar, ¿cuántos de ustedes no han hecho lo mismo con sus parejas? Creo que desde la época de nuestros padres, con los famosos cassettes o nuestros abuelos con las serenatas.

Lo difícil es cuando termina la relación, no como la recopilación de nuestros amigos que dejamos de escuchar, tal y como cuando silenciamos las conversaciones de nuestros chats, es aún más significativo. Sucede lo mismo como con cualquier red social, bloqueamos a la persona, dejamos de seguirlos en la plataforma en la que estemos conectados y deseamos no volver a escuchar la playlist que nos transportó, en su momento, con el ser amado.

Incluso las canciones favoritas se llegan a tornar una pesadilla; por ejemplo, “Sabes una cosa”, de Luis Miguel, se había convertido en un calvario para mí, junto con otras 38 temas aproximadamente. Pero, ¿saben cuál es la fortuna de la música como en la vida? Que jamás se van a terminar las buenas canciones, ni los buenos momentos, y al final puedes empezar de nuevo, con una nueva recopilación más parecida a nosotros y sobre todo dedicada a uno mismo.

Cerati, un grande también en su faceta como solista

El mundo aprovecha para celebrar a Gustavo Cerati a tan sólo y prácticamente quince días de diferencia entre su nacimiento y muerte. Sin embargo, este artista merece que se hable de él sin alguna razón en especial.

Y, aunque sea una falacia, me atrevo a generalizar y decir que todos conocemos a Soda Stereo y sabemos que el líder de dicha banda fue Cerati. Aunque no estoy muy segura si también todos sepan la calidad de música que le ofreció al mundo a manera de solista.

Si ha habido una persona con la facilidad de crear poesía combinada con armonías que vuelan la cabeza, ésa ha sido Cerati. A mi gusto, debo decir que esto se nota más en sus discos como solista y un par de ellos hoy son mi recomendación del día de hoy.  Para mí, Bocanada y Ahí vamos son sus mejores materiales y, de verdad, si alguna vez tienes el tiempo de darles una revisada, notarás que no estoy equivocada.

Sólo para darte una probadita de la grandeza de este latinoamericano, te recomiendo una canción justo de su disco Ahí vamos, la cual se llama “Me quedo aquí”, que prácticamente, expresa resiliencia, compromiso y capacidad para continuar y luchar por alguien. No me caben las palabras para decirte lo mucho que es esta canción; valdría más la pena que te colocaras tus audífonos y la disfrutes por ti mismo.

El primer track de mi vida: Two of Us

“I Dig a Pygmy by Charles Hawtrey and the Deaf Aids Phase one, in which Doris gets her oats”

Con esa estrofa dicha por John Lennon empieza Two of Us, el track uno del Let it Be, último álbum publicado por The Beatles y que irónicamente fue la canción con la que conocí a la banda que a la fecha considero mi favorita sobre cualquier otra.

Tenía ocho años. Mis papás viajaban en un vocho blanco que tuvo varios colores antes de terminar en azul. Recuerdo bien que en ese pequeño carro, con el que muchas historias inician, había una funda grande con un cassette adentro.

No era la típica cajita donde se guardaban los ancestros de Spotify, era toda una pieza de colección en cuya portada aparecían cuatro caras, todas con cabello largo, dos con bigote, una barbada y otra con lentes circulares. En la contraportada, había otras cuatro fotos de las mismas personas pero a blanco y negro.

Puedo comentar que la tecnología en audio de nuestro sedán se basaba en un estéreo quitapón que consistía en quitar todo el aparato para evitar dejar tentaciones a los rateros. Esos cachivaches fueron remplazados más tarde por las carátulas.

Lo mejor de todo es que esa no era su única gracia, pues tenía un sistema autorreversible y de repetición de tracks. La memoria no me traiciona mucho, pues ese día, por alguna extraña razón, mi hermana y yo esperábamos solos a mis viejos en el carrito . Me acuerdo que quise molestarla y puse el cassette.

La canción la repetí tantas veces que hasta me la aprendí, evidentemente washasheada porque de inglés no entendía ni el “yes”, y torturaba más a mi carnala, tres años menor que yo, al decirle que esa música era para hombres fuertes que les gustaba la música ruda.

La historia concluye en que desde esa tarde esa cajita y su contenido se convirtieron en mi estandarte musical, pues al poco tiempo, mi abuelita materna me obsequió un walkman Coby por mi cumpleaños y evidentemente mi principal y único título era el Let it Be.

¿Cuántas veces habrá sonado que hasta la cinta se aflojo de tal forma que ya ni las bic me servían para enrrollarlo?

Definitivamente es un álbum al que le guardo mucho cariño, admiración y respeto, porque gracias a él conocí a The Beatles, su historia y a cada uno de los Fab four, pero en especial, a esa rola, Two of Us, cuya tonada me remite a la tarde en la que encontré el cassette que fue de mi papá y que desde ese momento fue mío para siempre, aun sin existir físicamente.

Me pierdo contigo

Cuando inicié mi Servicio Social era diciembre de 2014; ahí conocí a bastantes personas, sobre todo a una que, para mí, ha significado mucho hasta el momento. Y es que encontrarme con aquel hombre implicaba muchas cosas, al principio compañerismo, después amistad y al final, amor.

Cuando platicábamos, encontrábamos cientos de temas en común, desde películas hasta cuestiones de gustos como formas de ser, perspectivas de vida, trabajo, pero, sobre todo, música.

He de admitir que ese hombre me cautivó, no era “mi tipo”, como generalmente solemos expresarnos de una persona que nos gusta, pero, para mí, era único; con él podía platicar de todo y nada a la vez; cada día me atraía más, aunque una cosa era segura: él no estaba interesado en mí de la forma en la que a mí me interesaba, o al menos no en ese momento.

Conforme transcurrió el tiempo, comenzamos a tener algo muy particular: cuando estábamos juntos cantábamos todo el tiempo, en su auto, en la calle, hasta en conversaciones nos enviábamos canciones para hacernos el día más ameno.

Un día, en las pocas veces que nos vimos, me dijo que escuchara una canción de Alex Ferreira, la cual, buscó en su dispositivo móvil para sincronizarla en su auto. Comenzó a cantar:

“Pero el día que te encuentre en el camino,

lo dejo todo, recojo mis cosas,

me pierdo contigo”.

Posteriormente, me contó que compraría un ukelele para aprender la canción y poder cantarme. Probablemente para muchos no suene significativo, pero para mí representó el inicio de algo.

Así que decidí comprarle un ukelele, no precisamente para que me cantara, sino porque sabía que eso lo haría feliz y deseaba su felicidad -como cuando ves a un ser querido y deseas entregarle toda la felicidad que uno pueda-.

Jamás olvidaré sus palabras de emoción; de hecho, mientras escucho “Me pierdo contigo”, es imposible no revivir ese momento, como si fuera la primera vez, nuestra primera vez.

Y es ahí, en los primeros párrafos de la canción donde encuentro un sentimiento que me estremece el cuerpo: felicidad.

El valor de la vida en una canción

La primera vez que escuché esta canción, fue justo en un momento de vulnerabilidad. Era una noche muy bonita y, entonces, cuando terminó esa hermosa canción, volví a escucharla una y otra vez, busqué la letra y todo comenzó a hacerme sentido: desde chiquitos aprendemos a darle un valor e interpretación a lo vivido. Esto nunca cambia. Siempre estamos emitiendo juicios y así será hasta el día de nuestra muerte. Es por eso que para la misma música existen muchas formas de entenderla.

Videotape de Radiohead es una canción que simplemente habla de la vida; de aquellos momentos cuya experiencia la guardamos con melancolía y cariño, porque los vemos a la lejanía como de los mejores días de nuestras vidas. Al final, esos recuerdos será lo único que nos quedará y sólo nosotros saborearemos lo dulce o amargo de ello. Si Mefistófeles (representación del diablo en el libro de “Fausto” de Goethe) al final de nuestros días viene y nos lleva, sólo nosotros elegiremos si habrá valido la pena o no.


Escucha: 40 minutos caben en cualquier lugar.


Esta hermosa canción es tan brutal en cuanto a la profundidad de los sentimientos que es de ésas deseadas para ser tocadas en un funeral o cuando estamos cerrando el ciclo de algo muy importante y requerimos decirle “adiós”.

Te invito a que veas toda tu vida como si fuera una película y a que te conectes con todo lo bello de ésta al ritmo de esta canción. Espero la disfrutes mucho.

¿Do you remember the first time?

Siempre me ha divertido el dolor de las canciones sobre perfidia en el amor. Esas melodías que hablan sobre triángulos amorosos, en los que una pareja sufre altibajos por la intromisión de un “tercero”.

Famosas son las rolas estilo Pimpinela o Yuri, en las que las mujeres lloran a un hombre casado y se hunden en la depresión de haberse encaprichado con un alguien que no puede entregarse a ellas.

Si hiciéramos un sondeo de canciones de deslealtad y tríos trágicos, nos encontraríamos con la sorpresa de que casi el 99 por ciento son interpretadas por mujeres. Una extraña situación que ha llamado mi atención desde siempre.

Pero, ¿qué hay de los hombres? ¿Acaso no los hombres no aceptan, también, el papel de ser impostores o usurpadores, por el hecho de haberse enamorado de la persona incorrecta?

Por estas divagaciones, mi canción favorita sobre la infidelidad es la compuesta por Jarvis Cocker, vocalista de Pulp, ¿Do you remember the first time?

La melodía empieza con los siguientes versos:

“You say you’ve got to go home

cos he’s sitting on his own again this evening”

Dices que debes irte a casa,

Porque él está sentado sólo, otra vez, esta tarde

Las frases anteriores, presentan el escenario de un encuentro entre amantes. Donde la dama debe regresar con su esposo antes de que se creen fuertes sospechas. Antes de partir, el amante arremete contra ella a razón de su desamor:

“You say you’ve never been sure,

though it makes good sense for you to be together.

Oh, now it’s getting late.

He’s so straight.”

Dices que nunca has estado segura,

Pero piensas que tiene sentido que tú y él estén juntos

¡Oh!, ¡ahora es tan tarde!

¡Y él es tan recto!

Para que después, Cocker canté los versos más degarradores:

“Do you remember the first time?

I can’t remember a worse time.

But you know that we’ve changed so much since then,

we’ve grown.”

¿Recuerdas la primera vez?

No puedo recordar un peor momento.

Pero hemos cambiado mucho desde eso,

Maduramos.

A qué se refiere Cocker con “la primera vez”. ¿La primera vez que hicieron el amor? ¿La primera vez que ella engañó a su esposo? ¿El primer momento en que se conocieron?

Pronto, la canción explota con la siguiente frase, quizás, los más versos de desamor más grandes de la música inglesa:

“Now I don’t care what you’re doing,

I don’t care if you screw him.

Just as long as you save a piece for me”

Ahora no me importa lo que hagas,

no me importa si te lo coges,

Siempre y cuando, guardes un pedazo para mí.

¡Tremenda situación! Pero, ¿qué capricho es más bello y destructivo que el amor?

El soundtrack de Bridget Jones en mi vida

Era un día cualquiera, había iniciado como otros: tenía mil y un sentimientos encontrados como considero alguno de nosotros se siente en ciertas ocasiones, aunque en mi caso, esa situación comenzaba a ser una costumbre.  

Frustraciones por procesos administrativos de mi Universidad, como el de encontrar un método titulación con el cual me sienta cómoda o que, en su defecto, me permita concluir un ciclo que, se supone, debería ser muy significativo para todos. O, incluso, el paso de “el joven” a “el adulto con responsabilidades”.

Sin embargo, lo más interesante viene a continuación. No sé si ustedes se sientan como yo: frustrados porque por más que hacen, sienten que no avanzan o que no es suficiente y eso termina en la idea de un break para volver a retomar algo que, por el momento, en lugar de acercarme a mi felicidad me aproxima a la locura y al pánico de fallar.


Revive: 40 minutos en cualquier lugar.


Pensaba en ello cuando estaba escuchando “Woman trouble” de Ameritz, que es una canción que generalmente acostumbro poner cuando intento tener un día con muchísima actitud y que también me hace sentir como Bridget Jones cuando cree que puede a pesar de sus pésimas decisiones como cambiar de trabajo, e ir tras algo que le apasione, o experimentar una decepción amorosa. Y aunque irónicamente su vida es un desastre, consigue una gran entrevista y al  hombre perfecto para ella.

Así me sentía yo, como el soundtrack de una película que lejos estaba de parecerse a  mi vida real, pues teníamos temas y situaciones completamente distintas, por ejemplo, sufriendo por mi titulación y Bridget por no ser una solterona. Sin embargo había algo en común: ambas teníamos un objetivo, fuera el que fuera, el de ella conseguir novio y trabajo, el mío, ser licenciada y un trabajo que me llenara.

Fue así que un gran amigo me invitó a colaborar en El Tecolote en la sección “Una rola al día” y tras meditarlo por un día, mientras escuchaba el soundtrack de una película cómica pero que tenía algo interesante para mí: eran canciones que tenían toda la actitud -como “Jump around” de House of pain y canciones de esa cómica película, pensé que lo mejor era tomar un ligero cambio, nuevos aires que me permitieran escribir sobre algo que me apasione: la música, y compartir con ustedes sensaciones que tal vez muchos hemos sentido. Porque, acaso, ¿no todos creemos que hay soundtracks que se ajustan a nuestras vidas o que  nosotros nos ajustamos a ellos?

40 minutos que caben en cualquier lugar

Clásico de clásicos. No te juzgo si no lo conoces aún. Sin embargo, date este regalo auditivo y genérate un gran placer adonde sea que estés o lo que sea que estés haciendo. Y, si ya lo conoces, te invito a escucharlo de nuevo y a recordar todo lo que te hace sentir.

Moon Safari es el disco debut del dúo francés llamado Air. ¿Por qué digo que es un clásico? Porque éste fue lanzado en 1998 y fue recibido de una manera muy peculiar: al ser una propuesta musical cuya experimentación de sonidos entrelazados canción tras canción generan una especie de continuidad desarrollado como un viaje sobre las olas del mar, el público ha reaccionado desde entonces tan positivamente que, a manera personal lo digo, es una joya imperdible.

Este disco lo tiene todo: desde la ambientación cósmica y, curiosamente, positiva que te levantará el ánimo hasta la sensualidad evidente de sonidos con sintetizadores graves y una voz que se escucha a lo lejos. Estos 40 minutos, aproximadamente, son tan geniales que, como te lo anticipé anteriormente, podrás escucharlos como compañía en una reunión con amigos, con tu pareja, en el trabajo o de cualquier manera.

Una rola al día: manual de uso

Uno de los eventos más sobrenaturales para mí, es encontrar personas que piensan que la música no es importante. Esta extrañeza se remonta a mis años como adolescente, cuando cursaba el bachillerato, y la música se presentó como uno de los elementos más vitales, de los que me dieron identidad.

Charles Baudelaire decía que la música excava el cielo, aunque yo también considero que se adentra al interior de nuestras vidas, nuestra memoria, deseos, emociones y anhelos. Después de todo, ¿acaso no en más de una canción, letra o melodía, hemos encontrado lo que sentíamos la primera vez que viajamos o pasamos un buen rato con nuestros amigos? ¿Las ocasiones que descubrimos nuestra capacidad de amar y nuestro deseo de unirnos a otra persona?

Lo que recuerdo de la adolescencia son años de confusión y otredad autoimpuesta. Todos los jóvenes nos rebelamos ante nosotros mismos como un mar de dudas y preguntas sobre quiénes somos, qué nos gusta y cómo deseamos manifestar nuestras primeras experiencias. En esos años están los primeros enamoramientos, las consecuencias de nuestras decisiones, el sabor desconocido de la victoria y el sentir inédito de la derrota.

En esa retrospectiva de mi pasado, están cientos de canciones que escuché, una vez tras otra, que describieron mi vida. Música que va desde el jazz, rock, blues, salsa, metal o música mexicana. Por lo que para mí, la vida, además de tener color y sabor, también tiene ritmo, letra y melodía.  

Y hasta estos días, cuando una de esas canciones vuelve alcanzar mis oídos, a la forma del té de Marcel Proust, mi memoria presenta ante mí una vez los momentos que acompañaron esos sonidos.

Al oír a Lou Reed me veo caminar por primera vez a solas con mis amigos por la Ciudad de México. Led Zeppelin me recuerda los años de una banda de rock en la que toqué durante la preparatoria. Javiera Mena trae a mí mente la imagen de una chica de la que estuve enamorado por muchos años y con la que tuve uno de los mejores bailes de mi vida. Dave Brubeck me suena a las calles de Praga y algunos rincones de Londres. Sergio Mendez a una plática que tuve con una dama en Panamá. El General a películas que veía los domingos con mi familia cuando era un niño.

La música termina por ser memoria, recuerdo y posibilidad. Su ritmo, es el ritmo de nuestras vidas. ¿Por qué no rescatar las experiencias vividas, nuestros momentos, con esas canciones que nos han marcado, que hoy nos gustan y nos hacen mover la cabeza y sentir un suspiro de felicidad, melancolía y tristeza?

Esa es la misión de esta nueva sección de El Tecolote. Unir la música a las letras, al contar historia, rescatar memorias y revivir recuerdos.

Así que tenga aquí, querida lectora y estimado lector, una canción (a los tecolotes nos gusta la palabra rola) cada día. Conozca qué significa para quien escribe cada entrada y comparta con nosotros nuestras historias. Lo único que deseamos, es ponerle ritmo y sonido, a este evento extraño que es el vivir. Que una  a sus experiencias sus propias canciones, mientras le compartimos las nuestras.