A la sombra del jardín

que el polvo

guarde la dicha

      de esta realidad

 

¿realidad cuál?

 

¿la que mece las

jacarandas cuando

roban el aire de mi sueño?

 

que entre

por esta puerta

         a ningún lado

                     el que siente

 

el de a lado

 

el de abajo

 

y si es posible, el de arriba

 

el que se encorva cuando

llueve seco, y las ramas danzan

para alcanzar la luz que perfora su crespa piel

 

es un tanto de cierto

que la tierra del jardín

es el fantasma de la memoria,

 

de mi memoria, creo

 

y se sume, se bambolea

y ruge cuando pasan

las patas del viento

 

pasan los invitados

a la perpetua fiesta

de las hormigas

 

          sangre viva

          de las entrañas

          de mi carne, y la sombra del árbol

 

en el arbusto,

la hoja que come luz

 

               la savia hambrienta

              que arde cuando una cascada de nidos

               se arroja contra el suelo, y se torna en un dulce abono de plumas

 

trato de dibujarme

un poco como los gatos se miran

en la luna mientras duermen

 

así yo lo intento

 

con saliva en mis dedos

 

con el polvo de piedras

en los ojos

 

y queda este rostro

irreconocible

 

apedreado por el lomo del mundo

 

sangre falsa en la carnosidad

 

solo pálida sombra de un pétalo

Wannabeat

Me levanto rayando el medio día, el sol se cuela por la ventana golpeando mi maltrecho rostro, restos de anís y caña en sus respectivos envases son mi única compañía. ¡Toc! ¡Toc!, El ruido viene de la puerta, el miedo invade mi espíritu al pensar que se trate de la policía o de algún rufián que viene a cobrarme alguna osadía.

¿Quién llama, ah? Pregunto con voz trémula, el alma me vuelve al cuerpo al oír la voz de mi madre que me pregunta si deseo almorzar. Le digo que sí, pero con la condición de que me sirva la comida fría, un poeta maldito debe mantenerse alejado de ciertas comodidades que puedan inhibir su potencial creativo, siempre me esmero por mantenerme inmerso en la tragedia.

Devoré el almuerzo y después de recibir mi domingo, salí a caminar por las calles del centro, sin rumbo fijo, mientras repensaba algunos pasajes de mi novela En la vereda, una obra posmoderna sobre mis recorridos a través de las doce líneas del metro en las que viajé, siempre pasando debajo de los torniquetes, jamás compré un boleto ni hice una recarga en aquellos dos días que duró el trayecto; esta novela me lanzaría a la fama intelectual, junto con Los vagos del karma.

Sin notarlo, tropecé con un puesto de periódicos, eché un vistazo y cuando vi al dependiente distraído, procedí a robar un ejemplar de Kalimán y otro de Cosmopolitan, al mismísimo estilo de un “investigador incivilizado”. Me repetí durante cuatro cuadras lo sensacional que era y lo afortunados que eran mis amigos de tener a un tipo como yo por coetáneo. Después de algunos minutos de andar sobre Madero, me detuve sin motivo aparente, como si el universo quisiera mostrarme algo.

Miré a mi alrededor y me encontré con puros idiotas, sentía asco y lástima por todas esas personas que se encontraban conmigo y no veían mi genialidad, pobres insectos incapaces de reconocer a un artista, ni siquiera por el sombrero, la chaqueta, el aliento etílico y toda la combinación extravagante.

Pero tranquilo, poeta, algún día, algún día estos bastardos te adorarán, las mujeres se vendrán a chorros sólo con oír tu nombre, y tú, (o sea yo) el último de los poetas malditos, estarás brindando con ajenjo en el más profundo de los infiernos, junto a Baudelaire, Bukowski, y por supuesto, Kerouac… La amargura es mi sombra, la lluvia son mis lágrimas y la noche es mi alma… porque soy el último, el último de los poetas malditos… When a woman, loves a men… la la la la…

Eco de lumbre

Et ellu è bellu e radiante cum grande splendore:
de Te, Altissimo, porta significatione…
San Francisco de Asís, “Cantico delle creature”

en un discreto precipicio
una lágrima de oro

 

el dardo apunta
sobre lomos de piedra y concreto

 

piel y espejo de ángel

 

en silencio
guarda su palabra la lluvia

 

grieta en las rama
y rama de grietas

 

raíz de relámpago
en su profunda y lejana distancia

 

inmanencia
de rueda dorada:

 

con delicadeza abre su boca
una naranja de brazos luminosos

 

sombra de su nombre:

 

aquí todo acontece
en la significación de su presencia

 

ritmo de la ventisca
y salto de aire

 

en los corazones de jade
aguarda
la tormenta de su imagen

Akai

la sangre

lleva puesta

una diadema

de agua y tierra

 

es sed

 

azulejo de yerba

inmaculado

 

le cuesta galopar adentro

 

una mujer

en un cuarto

 

sobre su sombra

se mira

 

“calla

que la

entraña

grite sin boca”

 

espejo en un cuenco

 

la tiza del crepúsculo en su rostro

 

dardos

que bailan

entre el eco

 

un enjambre de oscuridad

en su espalda

 

el entrecejo

de una grieta colorada

 

se adormecen

los talones

en la palidez

de la violencia

 

un pétalo

en forma

de manecilla

 

colapsa

 

huele

a hierro húmedo

 

todas las puertas enrojecen

 

un lirio de infinitas raíces

despierta sobre el azulejo

 

aquella mujer

ya no es una sombra

 

es el alba

Pieza única

Tras casi un año sin salir de la ciudad, Isaac y yo decidimos visitar algún pueblo cercano para despejarnos del diario ajetreo. No habíamos planeado nada, pero ambos teníamos puente en nuestros respectivos trabajos con motivo de los festejos de Día de Muertos, así que improvisamos.

Después de buscar reservaciones disponibles en prácticamente todos los hoteles de Chignahuapan, lugar que ya muchos de nuestros conocidos y amigos nos habían recomendado, encontramos sólo unas cabañas a la orilla de la carretera donde, además de excelentes precios, ofrecían facilidades en cambios de fechas e incluso el desayuno. Eso sí, debíamos hacer la transferencia bancaria completa y no había devolución del dinero. Era nuestra única y cómoda opción, así que no lo dudamos e hicimos el pago.

Gracias a la tecnología llegamos sin imprevistos a nuestro destino y sin perder tiempo, apenas pisamos tierra poblana, nos cambiamos de ropa para ir a las aguas termales. Al volver al auto y encender la marcha, nos dimos cuenta de que éste no arrancaba. Nos irritó un poco toparnos con tal incidente, pues se nos figuró capaz de arruinar nuestras pequeñas vacaciones.

La mujer de la recepción, de unos cincuenta años, bella y con cabello corto, se acercó hasta nuestra ventanilla mientras intentábamos una vez más dar marcha al auto:

—¿Todo bien, pequeños…? No me digan que… —tuvo un gesto de preocupación que me pareció por demás falso—.

Isaac y yo nos quedamos mirando uno al otro al escuchar la palabra “pequeños”. A simple vista, aquella mujer nos pareció una persona común, pero al verla hablar, notamos que sus dientes estaban plagados de sarro y picados, eran amarillos y pequeños, como si no correspondieran a su rostro pálido y terso, con apenas unas cuantas arrugas o con su voz que, a pesar de todo, era dulce y melodiosa.

—No se apuren, ¿iban a bañarse, no? Llegan incluso caminando, no tardarán más que quince minutos y aprovechan para conocer un poco del pueblo. Quizá más tarde haya quien los pueda ayudar con su… problema.

Luego puso sus manos sobre el volante del auto y nos invitó a salir. Sus uñas eran largas y negras, como invadidas por un hongo, lo cual tampoco correspondía con su vivaz mirada verde, como mimetizada con aquel anillo dorado cuya esmeralda incrustada resplandecía con los rayos del sol.

—Gracias —nos limitamos a responder.

Enseguida nos dio la espalda para retirarse, pero apenas se había alejado un par de pasos cuando regresó para dirigirse a mí.

—¿Te gusta?
—¿Perdón?
—El anillo. Mi anillo.
—Ah, sí… —no comprendí cómo lo notó si evité mirar la pieza—; es una pieza increíble.
—Lo es, es una pieza única. Ha pertenecido a mi familia desde el inicio de los tiempos y cuenta la leyenda que esta esmeralda se desprendió de la corona de Satanás cuando fue exiliado del cielo, por eso es tan hermosa. Gracias a ella todo lo veo, nada olvido —y sonrió.

Nos inundó un silencio incómodo, no tenía idea de qué responder ante tanta imaginación. Enseguida bajamos del auto y caminamos hacia la carretera. Era medio día y el calor era ardiente, así que nos pareció que la mujer tenía razón, debíamos caminar después de haber estado sentados durante todo el camino. Con el afán de no cargar demasiado, tomamos únicamente unas chanclas y un par de toallas. Unos metros adelante compramos artesanía, dulces típicos y recuerdos para la familia. Pronto olvidamos a la mujer.

La arquitectura del lugar, donde se hallaban las aguas termales era impactante, desde donde estábamos todo se veía del tamaño de las hormigas, por lo que bajamos quizá mil escalones antes de llegar hasta las albercas. La caminata y la comida fueron deliciosas, así que se nos fue la tarde y olvidamos el incidente del auto.

Al salir del spa, la tarde había caído y nuestros cuerpos resentían más el frío poblano debido a lo tibios que estábamos dentro del vapor. Subimos con dificultad los mil escalones de regreso y al llegar a la carretera, nos resignamos a caminar entre la neblina.

A menos de medio camino, comencé a temblar de frío, mi ropa se había humedecido por el traje de baño, mi cabello estaba empapado y yo respiraba con dificultad. Le pedí a Isaac que nos detuviéramos un momento.

La noche comenzaba a chorrear como tinta sobre el cielo y la luz a extinguirse; la luna menguante alumbraba poco o
nada. No había ni un alma ahí, lo cual nos pareció ilógico; por la tarde éramos miles de personas nadando, comiendo, jugando, ¿y ahora nadie? La mayoría de la gente se subía a sus autos y partía, por lo que ni siquiera había transporte público.

Me senté en un tronco y respiré lo más tranquila que pude antes de subir la pendiente que nos esperaba.

—Tranquila, no hay prisa. Seguimos hasta que estés repuesta, ¿si?
—Gracias, amor —respondí y le di un beso.

Me volví a incorporar para seguir caminando, la niebla apenas nos dejaba mirar dónde pisábamos. Los puestos de madera húmeda que por la tarde llenaban la orilla de la carretera de vida, ahora sólo generaban un ambiente sombrío y desprendían olor a moho. Me sentí absurda caminando en medio del frío con sandalias y ropa veraniega.

La noche cayó por completo y en medio de la bruma escuchamos como un eco y, sin saber de dónde provenía, el grito desesperado de una mujer seguido de una carcajada.

—¿Escuchaste? —le dije a Isaac.

Él titubeó un instante, como si no quisiera reconocerlo.

—Sí… anda, vamos, sigamos caminando. Ya falta poco.

El grito y las carcajadas se volvieron a escuchar con mayor nitidez, así que quise subir más rápido la pendiente y resbalé. Para mi mala suerte, caí en un charco de algo más viscoso que el agua, pero más ligero que el aceite. Me levanté de prisa, luego me limpié las manos y el sudor en la ropa para continuar el trayecto. Sin notarlo, nuestro paso adquirió velocidad y llegamos prácticamente corriendo a las cabañas donde nos alojábamos.

—¿Pero qué paso aquí? —preguntó con asombro un hombre calvo y de baja estatura que estaba detrás de la recepción.
—Sabe, veníamos caminando sobre la carretera y escuchamos… —dijo Isaac con palabras atropelladas. El hombre interrumpió.
—No, no, no. ¿Ya vio a su novia, joven?

Nunca olvidaré la cara de horror de Isaac al mirarme. Enseguida busqué un espejo y me observé las ropas, las manos, la cara llena de sangre todavía fresca. Grité.

—Calma, calma —me dijo Isaac y luego hablándole al recepcionista—; ella cayó en un charco de algo al venir hacia acá, quizás…

Volvió a interrumpir el hombre.

—Oh, ¡ya entiendo! —exclamó despreocupado—. Debió ser eso. Últimamente han aparecido cadáveres de animales cerca de la carretera. Al parecer algún depredador los caza y lo primero que hace es desangrarlos, por lo que se ha vuelto común encontrar charcos de… ustedes saben —agregó, aclarándose la garganta y señalándome—. Pero no se preocupen, todo estará bien. Qué lamentable que hayan pasado por esto, pero ahora verán, dense un baño, les encenderemos la chimenea para terminar con esta desagradable experiencia.

—¿Animales? ¿Está seguro? Cuando ocurrió eso escuchamos los gritos de una mujer.
—Querido… huésped, siempre habrá cosas que no está a nuestro alcance saber —respondió sombrío y se hizo un silencio perturbador—. Y bien, ¿querrán que encienda la chimenea o no?
—Queremos, sí —contesté temblando no sé si de frío o de ansiedad.

Caminamos tras el hombre que, de entre un inmenso juego de llaves, eligió una que abrió la puerta de nuestra habitación.

—Como cortesía, el hotel les ofrece una botella de vino que ya pusimos a enfriar. Que la disfruten. En un momento vuelvo.

Pasaron unos minutos y el hombre regresó con leña. La fogata no tardó en encender y el calor que emanaba de ella me devolvió la estabilidad. Al asegurarnos de que se había ido, Isaac y yo por fin nos dimos un baño. Al salir, nos secamos y casi al instante nos quedamos dormidos.

Horas después despertamos con hambre feroz. El agua, la adrenalina, correr, el frío y el asombro no eran para menos. Miramos nuestros teléfonos, pero ya no tenían batería; el reloj de Isaac marcaba las once.

—No es tan tarde, salgamos a buscar algo de comer. Con suerte encontramos un bar o algún lugar donde tomar una cerveza —lo animé.
—Ya es algo tarde…
—Pero es Día de Muertos, seguro hallamos algo.
—Amor, recuerda que el carro no arranca. Mejor mañana.
—Isaac, tengo hambre, en verdad, mucha hambre.
—Está bien, salgamos a buscar algo cerca, pero si no lo encontramos pronto, volvemos. ¿De acuerdo?
—De acuerdo. Voy por mi chamarra al carro y nos vamos.

Salí y momentos después Isaac me escuchó gritar su nombre, así que salió corriendo.

—¿Qué pasa? ¿Dónde estás?
—¡En el auto! ¡Ven, encendió!

En ese momento apareció de nuevo la recepcionista vespertina, pero ahora enfundada en una bata color marrón y con un gato en el regazo.

—¡Magnifique, su auto encendió! ¿De salida a estas horas?
—Vamos a buscar algo para cenar, tenemos mucha hambre —respondí— ¿usted sabe de algún lugar cerca?
—Ma petite fille! Cerca de aquí no hay nada, todo está hasta el centro… Es una fortuna que su auto ya esté bien, de otra manera, les sería imposible llegar. Es media hora en auto, pero caminando, quizá dos horas por las pendientes, además con esta neblina no sería recomendable… —dijo mientras acariciaba la piedra verde de su anillo.
—Está bien. Nos vamos antes de que se haga más tarde. Gracias.

Algo de esa mujer me provocó escalofríos, no quise seguir hablando con ella. Llegamos al centro sin ningún contratiempo, cenamos, visitamos las ofrendas, incluso asistimos a un concierto al aire libre, tomamos algunas fotografías y finalmente nos decidimos a volver al hotel pasadas las doce de la noche.

De regreso, al pasar por la laguna, el auto se detuvo nuevamente. Isaac intentó encenderlo, se bajó a empujar, intentamos dar marcha mil veces, pero de nada sirvió. De nuevo nos hallamos varados en medio de la carretera desierta. El aire silbaba y por toda luz teníamos la del cuarto menguante.

—Bajemos a orillar el auto —dije— y si es necesario, dormiremos aquí.
—¿O caminamos hasta el hotel?
—No lo sé, no hay nada por aquí, está completamente solo.
—Estamos casi a medio camino, si nos damos prisa, quizá lleguemos pronto.
—Aparquemos el auto y mientras lo pensamos, ¿si?

Isaac descendió del auto para empujarlo mientras yo lo dirigía y al llegar a un pequeño mirador, ambos nos apeamos para inhalar el aire fresco. Apenas decidíamos que era buen lugar para pasar la noche, cuando apareció ante nosotros una furiosa manada de perros. Nos apresuramos a tomar piedras, pero éstos se abalanzaron hacia nosotros, así que no tuvimos más opción que huir. Corrimos lo más rápido que pudimos, pero casi podíamos sentir el aliento de los canes en las pantorrillas.

Los gruñidos de los perros eran distintos a los de cualquier otro animal que hubiéramos escuchado antes, lo que nos aterrorizó, pero a la vez nos hizo correr más rápido y sin parar. Apenas pude mirar la expresión de Isaac, pero sé que él sentía el mismo miedo que yo. Al atravesar la pendiente, vislumbramos las cabañas y corrimos con mayor facilidad, pero eso no fue lo que nos alivió, sino que llegados a ese punto, los perros empezaron a aullar con un dejo de dolor y se alejaron, regresando por el mismo camino por el que nos habían perseguido durante lo que nos parecieron horas.

Aún con la adrenalina, bajamos la pendiente y entramos al hotel, cuyo acceso era únicamente una cerca de madera. Caminamos por la terracería, con el corazón agitado y temblor en las piernas, hacia nuestra cabaña, que era la del fondo. Debíamos bajar un pequeño sendero y doblar a la derecha.

Al llegar a la cabaña abrimos deprisa y nos apresuramos a entrar. Por fin nos sentimos seguros, tuvimos un breve ataque de risa y nos recostamos. Había sido un día tenso, sin duda, no habíamos tenido tiempo para nosotros, así que al fin nos vimos envueltos entre besos y caricias.

El tocador de madera era un mueble grueso e imponente con un espejo gigante en tres piezas móviles, por lo que nos pareció el lugar ideal para entregarnos al placer. El fuego de la fogata, que aún permanecía vivo, y la habitación a media luz eran perfectos; disfruté de Isaac como nunca antes. Justo en el momento del orgasmo quise ver nuestro reflejo en el espejo, pero en vez de eso vi detrás de nosotros a aquella mujer de dientes sarrosos y uñas pútridas fumando un cigarrillo, cuyo olor era tan penetrante que impregnó toda la habitación. Tras soltar una bocanada de humo susurró: “Todo lo veo, nada olvido”.

Grité horrorizada, me levanté y empujé a Isaac.

—¡Esa mujer! ¡Esa mujer! ¿Qué hace aquí? —señalé histérica hacia el lugar donde la había visto, pero ya no había nada.
—¿Quién? ¿Qué mujer?
—¡La mujer, la mujer de la recepción!
—Aquí no hay nadie, no hay nada. Cálmate —me respondió acariciándome el rostro sudoroso.
—Aquí está, yo lo sé. Yo la vi. ¿No hueles?
—Sí, huele a cigarro, pero alguien debe andar afuera fumando, la cabaña tiene muchos orificios…
—No, es ella, está fumando aquí adentro.

Luego se escuchó un maullido.

—¿Escuchaste? ¡Es su gato!
—Amor, tranquilízate, debe haber muchos gatos allá afuera. Ven, vamos a darnos un baño y a dormir, ya es muy tarde y estamos cansados.

Así lo hicimos y en menos de media hora ya estábamos dormidos. Los teléfonos por fin estaban cargados, encima de los burós. Suelo tener el sueño pesado, pero esa noche algo sucedió cuando quisieron abrir la puerta de la cabaña. Isaac y yo nos levantamos de inmediato y nos miramos uno al otro.

—¿Escuchaste? —susurramos al mismo tiempo.

Era obvio que ambos lo habíamos escuchado. Alguien forzaba la chapa de la puerta y, aunque no de manera abrupta, sino suave, como quien pretende entrar a su propia casa, no cesaba en su intento. Isaac se levantó de la cama y tomó el atizador de hierro de la chimenea.

—¿Quién es? —gritó.

El ruido se dejó de escuchar, pero ambos permanecimos a la expectativa.

—Quizá sólo se equivocaron de habitación —espeté después de casi una hora—. Igual venían borrachos o qué sé yo.
—Sí, puede ser. Volvamos la cama, ya son casi las 3.

Apenas apagamos la luz y nos cobijamos cuando un ruido poco común nos despertó. Era el rechinar de la madera del piso, de donde provenía el sonido de uñas rasgándolo. Luego el gato empezó a maullar de manera estrepitosa. Quise prender la luz, pero el apagador no respondió.

—Isaac, prende la luz, esta cosa no sirve.

El sonido se hacía más agudo cada vez y se acercaba más a nosotros hasta encontrarse justo debajo de la cama. Escuché a Isaac pinchar el interruptor varias veces, pero la luz nunca se encendió. Me abracé a él.

—Tampoco éste sirve. Espera, prenderé la luz de la entrada.
—¡No! ¡Estás loco! ¡No te vayas!
—Todo está bien —me contestó con aparente tranquilidad, pero el sudor de manos y frente lo delataba.
—Mejor alumbremos con el teléfono, ¿si?

Tomé mi móvil y lo encendí para prender la lámpara.

—Son las 3:00 en punto.

Entonces volvieron a tratar de abrir la puerta, esta vez con desesperación, como si en ello les fuera la vida. El gato aulló con potencia.

—¡¿Quién es?! —gritó Isaac con todas sus fuerzas y como en señal de respuesta, o quizá de desafío, intentaron girar la perilla dos veces más.

Él se levantó sin pensarlo y tomó el atizador, yo corrí tras él y antes de que abriera la puerta, recorrí las cortinas. Ahí estaba de nuevo la mujer de dientes amarillos, ahora afilados, con las uñas transformadas en largas garras felinas, el rostro cubierto de arrugas y algo semejante a la tierra o al moho. Al vernos soltó una carcajada, que no podía ser sino la misma que escuchamos por la tarde en medio de la carretera, al tiempo que recogió a su gato del piso, y sin quitarme la vista de encima, con el índice se señaló los ojos y luego la sien.

Finalmente escupió una voluta de humo.

A partir de ahí no recuerdo más.

Al día siguiente despertamos en la cama, como si nada hubiera pasado. Encendimos la luz, que funcionaba perfectamente. Ni Isaac ni yo quisimos mencionar nada por temor a que todo hubiera sido un sueño, sin embargo, decidimos que la estancia que teníamos planeada para tres días había llegado a su fin. Hicimos maletas y fuimos en busca del auto. Al entregar las llaves en la recepción apareció una joven de baja estatura y morena.

—Reviso la habitación y se pueden ir.

Con algo de reticencia y mientras la mujer caminaba por la habitación pregunté:

—Acaso… ¿Se encontrará la mujer que nos atendió ayer?

La joven pareció no reparar en mi comentario.

—Sucede que… —titubeé— nos atendió muy bien y quisiéramos dejarle una propina.

Isaac no me quitaba la mirada de encima, invitándome a guardar silencio.

—Aquí no atiende otra mujer más que yo, señorita —agregó seria.
—Verás, la mujer del gato. Quizá es la dueña, o no lo sé, pero ella…
—¿La dueña? La señora Esther murió hace mucho y el patrón no se volvió a casar, así que no. Todo está bien aquí, eso sería todo. Esperamos que vuelvan pronto —sentenció de manera maquinal aquella frase hecha y se fue.

Tomamos un taxi que nos condujo hasta el auto y guardamos las maletas. Teníamos mucho por ver en aquel pueblo, pero definitivamente no estábamos dispuestos a hacerlo.

Isaac manejó directo a casa y casi todo el trayecto permanecimos en silencio; las pocas frases que cruzamos, evitamos el tema, y no fue sino tiempo después que volvimos a comentar el asunto. Semanas más tarde llevamos el auto a lavar y ahí nos entregaron una pieza que se había atascado en su aspiradora. Era el anillo con esmeralda de aquella mujer.

Siempre he coincidido con la creencia de que hay que temer más a los vivos que a los muertos, ¿y saben? Estoy segura de que esa criatura, pieza única, estaba viva.

Una silueta en la ventana: la bruja de Huexotla

1

Corre el año de 1963. Mi padre tiene menos de dos años. Ha empezado el mes de octubre y su cuerpo muestra múltiples hematomas. No es un niño maltratado, sus padres lo procuran y cuidan. La situación es común en la comunidad de Huexotla y empieza a finales de septiembre y se prolonga hasta inicios del invierno.

Mi abuela, Socorro, se sume en la desesperación. La respuesta al maltrato que presenta su hijo se la da su suegra: una bruja.

-El invierno es una prueba de sobrevivencia para las brujas. En el otoño deben devorar el alma de algún mortal para sobrevivir. Siempre buscan almas débiles o inconscientes. Los niños son su presa natural – escucha Socorro.

La explicación es simple, antes de los tres años, los niños no son conscientes de su existencia. Su alma es débil, en ellos aún no se desarrolla la voluntad. Tampoco de manera completa, el sentido de supervivencia. Antes de los tres años el alma de los niños está fresca. Es tierna y dulce como la más deliciosa de las frutas. Un manjar para toda bruja.

La respuesta ante la amenaza, Socorro la ejecuta inmediatamente. El niño debe ser bañado en una solución de agua con sal y ajo. Debe poner debajo de su almohada y colchón un objeto punzocortante remojado con el mismo líquido.

Socorro ejecuta la acción como último recurso. En sus días de niña había escuchado historias de brujas, pero jamás se había enfrentado a una.

Para su sorpresa, en unas cuantas semanas los golpes desaparecen de la piel de su hijo.

2

La explicación más lógica a las bolas de fuego, que se observan por la noche en los montes cercanos a Huexotla, es la de los fuegos fatuos. Un fenómeno que se origina a razón de la inflamación de elementos que están en el aire como el fósforo y metano.

Si caminas por los cerros cercanos al poblado, es común ver cómo, a lo lejos, se elevan las bolas de fuego hasta desaparecer. Con seguridad, se ve al menos una por noche. ¿Es todo un simple fenómeno natural? La explicación científica olvida un hecho relevante, el metano y fósforo son elementos químicos que tienen un origen orgánico, es decir, provienen de la descomposición de compuestos fósiles, animales o vegetales. Lo más común a campo abierto: de la putrefacción de un cuerpo.

Antes de morir, mi abuela me explicó que esos fuegos que se elevan hacia el cielo no son precisamente las brujas.

Lo que observamos, a lo lejos, desde la ventana de nuestro hogar, es cómo una bruja ha tomado el alma de un ser viviente. Cómo la devora y se alimentan de la vida de un animal o persona para prolongar su vida.

3

Los niños no son el único alimento para las brujas. A menudo, comen animales del bosque: coyotes, liebres o zorros. También, es común que se alimenten de mujeres y hombres adultos. No obstante, la lucha es más fuerte.

Los adultos tienen bien desarrollado su sentido de supervivencia. Se aferran a la vida con obstinación. La forma más común de devorarlos es cuando están ebrios. Cuando su mente flaquea.

El único adulto que conocí, que me indicó fue presa de una bruja, se llamó Otilio. Era un ex policía retirado que regresó al pueblo para vivir sus últimos años.

Otilio era un bebedor empedernido, que abusaba del alcohol para acelerar las horas de los días que causaban un gran tedio.

Una noche, cuando estaba completamente ebrio, escuchó a alguien caminar sobre el techo de su casa. Los pasos eran repetidos y parecían estar en círculos. Como si alguien esperara pacientemente a que él cayera rendido por el alcohol.

El ruido lo alteró y privó del sueño. Envalentonado, tomó una vieja escopeta que tenía y empezó a lanzar insultos al techo. Pronto, el sonido de los pasos se detuvo. Otilio pensó que había asustado al ser que se encontraba sobre su casa.

No obstante, en pocos segundos se escuchó un fuerte impacto desde el exterior. Primero fue en uno los muros de la habitación, luego en otro, ininterrumpidamente, hasta que las cuatro paredes fueron golpeadas. Lo que siguió fue presenciar cómo ese impacto provenía del techo. El golpe era tremendo, como si una bola de demolición se impactara contra el concreto.

Todo en la habitación empezó a moverse. Polvo y pequeños escombros empezaron a caer desde el techo, a tal grado que Otilio pensó que la losa se reventaría.

Con miedo y decisión, abandonó la habitación; salió al exterior. Afuera, vio una silueta negra sobre su hogar, medía más de dos metros y era extremadamente larga. Lo único que estaba en discordancia con ese cuerpo dilatado era su cabeza. Una cabeza extraña, con la forma de un ave y un largo pico que acaba en una afilada punta.

-¡Malnacida! – gritó Otilio y disparó con su escopeta directamente a ella.

Para su suerte, la bala pareció dar en el blanco.

Ante el ataque, la sombra corrió sobre el techo y dio un salto enorme para caer a unos cuantos metros de él. Otilio se sorprendió, no entendía qué trataba de hacer el ente. Pensó que lo atacaría pero éste corrió hacia el campo, en dirección a un gran árbol, al que saltó una vez que estuvo a un par de metros de él.

Entre las ramas y la oscuridad de la noche, la sombra se ocultó. Otilio apuntó de nuevo con su escopeta. Le quedaba una bala y sabía que la bruja se encontraba en la copa del árbol. Disparó y cientos de aves volaron de entre las ramas.

No esperó a ver si había dado en el blanco y regresó a su casa.

Al día siguiente, ya con la luz del sol, se acercó al árbol de la noche anterior. Sobre su tronco y ramas había un extraño líquido negro que aún estaba fresco. Tenía un olor desagradable, a azufre. No se atrevió a tocarlo.

4

Durante el año de 1963 tres niños murieron. Un médico del pueblo diagnosticó como causa de su muerte la enfermedad de hemofilia. Pero, ¿era posible que tres niños murieran por esa misma enfermedad en una comunidad tan pequeña como Huexotla?

Socorro decía que mi padre pudo haber sido uno de los niños devorados por las brujas ese año. Sin embargo, se salvó.

5

Respecto a animales sólo tengo la certeza de conocer a un perro que fue devorado por una bruja. Su nombre era “Sancho” y era un perro callejero que todos, en mi colonia, queríamos cuando yo era un niño.

“Sancho” llegó como cachorro a la calle y estuvo entre nosotros hasta que cumplió ocho años y adquirió sarna; su salud tambaleó.

La enfermedad lo atacó y no logramos hacer nada por él. Pronto empezó a verse como un animal demacrado. La última vez que lo vi caminaba con dolor cerca de un camino de tierra cercano a mi casa. A pesar de su mal estado, su piel se veía con vida.

A la mañana siguiente, uno de mis amigos me indicó que habían encontrado a “Sancho” muerto en un terreno baldío. Cuando fui al lugar a ver su cuerpo me sorprendí, parecía una momia canina, la piel estaba completamente pegada al hueso, como si hubieran extraído hasta la última gota de sangre de sus venas.

No nos atrevimos a tocar el cadáver, y en pocos días, se transformó en polvo.

6

La historia entre la bruja y mi padre se prolonga hasta que él cumplió cuatro años de edad. Es extraño porque mi padre me contó un evento que mi abuela negó su existencia o no recordaba haber vivido. Aunque mi padre aseguraba que era verdad y no un sueño como le dijeron en más de una ocasión.

La anécdota se da una noche que él tenía problemas para dormir. En ese entonces, mis abuelos y él vivían en una casa de un solo cuarto, en Huexotla. Su cama estaba al lado de la de sus padres y la habitación sólo tenía una ventana.

Al no poder dormir, mi padre observaba la ventana. Era de noche, había un poco de luz de luna. A lo lejos se veían las ramas de los árboles, hasta que la poca luz, proveniente del exterior, fue eclipsada por una silueta, una igual a la descrita por Otilio, alargada y con cabeza de ave y un pico pronunciado. Por varios minutos se queda inmóvil, fija en ese punto.

Mi padre sintió temor, ¿es real eso que ve, o su mente le está jugando una mala pasada? La respuesta la encontraría pronto, la cabeza de esa sombra se mueve a los lados, como si deseara investigar qué hay al interior de la casa.

“¡La sombra es real!”, se dice a sí mismo. De repente, nota que no puede moverse. Ha perdido el control de todos los miembros de su cuerpo. Sólo logra ver fijamente hacia la ventana.

La sombra lo ve directamente a los ojos y atraviesa los vidrios y el muro. Mi padre siente terror y pánico. Trata de mover sus brazos y piernas, pero están congelados. La bruja se acerca hasta postrarse de frente. Extiende dos grandes garras con las cuales parece que va tocarlo pero no siente nada. Las garras están muy pegadas a su piel, mas no lo tocan, él flota a unos centímetros de ellas. La sombra da vuelta y empieza a avanzar de nuevo hacia el punto por el que entró a la habitación.

La desesperación es mayor, el miedo a morir empieza a correr como adrenalina a través de su cuerpo. Pronto logra mover el cuello y voltea a ver la cama donde duermen sus padres. La bruja mueve la cabeza, a él le parece una señal de desaprobación. Empieza a luchar por su vida y ve cómo el cuerpo de la bruja se agita. Su avance se hace cada vez más lento, aunque ya casi llega de nuevo a la ventana. Poco antes de que logré salir, mi padre alcanza a gritar:

-¡Mamáááá! – y quiebra el silencio de la noche.

Mi abuelo se levanta y ve directamente a la sombra. Corre hacía ella para lanzarle un puñetazo. Pero antes de que las manos de mi abuelo la toquen, desaparece.

El niño cae y se estrella contra el piso. Empieza a llorar. Sus padres se acercan y lo abrazan. Los tres están muy asustados. Mi abuelo saca un pequeño revolver que tiene guardado y se acurrucan en su cama. Después de varias horas, logran dormir, mientras mi abuelo se queda en vela.

Al día siguiente, mi padre se despierta aturdido. Su papá ya no está. Su madre está en la cocina preparando el desayuno.

-Volvió la sombra – le pregunta a su madre.
– ¿Qué sombra? – le responde mi abuela.

Se queda perplejo. Nunca más vuelven a hablar de este evento.

Cuaderno de viaje III

Nota de la autora: Los siguientes poemas fueron escritos mientras viví en Veracruz como parte de un intercambio académico en la Universidad Veracruzana. Pertenecen a un poemario inédito titulado “Cuaderno de viaje” que se compone de poemas breves y sin título.


Hay veces que me canso
de esta hambre tan cierta del polvo.
Hay veces también en que mi estómago
registra con lentitud los sentimientos
y me quedó inmóvil
un poco piedra
un poco sol de mediodía en el aire
casi en mi mano sobre mi cabeza
las sombras parecen más profundas de lo que son,
casi un abismo.
Hay veces, sólo hay veces.
El resto del tiempo procuro ofrecer mutaciones
continuas de mi ánimo, volver oro el plomo,
en medio del cenit, de camino a casa.

#Entrevista a Franco Félix, autor de Kafka en traje de baño

En medio de un fiesta, un chavo le reveló que era “pariente de Franz Kafka”, el comentario le generó risa y a la vez un deseo: escribir un texto ficticio sobre el tema. Así nació Kafka en traje de baño, una crónica sobre los verdaderos familiares del escritor judío.

Óscar Alarcón, integrante del sitio Neotraba, conversó con él sobre las peripecias que llevaron al autor a la confección del libro.

Les dejamos la entrevista íntegra a Franco Félix, autor de Kafka en traje de baño.

Óscar Alarcón. Platícanos cómo surgió Kafka en traje de baño.

Franco Félix. En Hermosillo no pasa mucho, no hay grandes escritores, no hay esta belleza arquitectónica como hay en Puebla, lo único que tenemos que hacer es contar chistes. Estamos diciendo mentiras, somos muy mentirosos, excusados por la idea de que la mentira es literaria.

En una ocasión, bajo esta idea de que no pasa nada, en una fiesta un chavo dijo “Hola, yo soy pariente de Franz Kafka”, jajajaja nos reímos todos, ¡qué tonto! Me pareció que la sola idea de que hubiera un pariente en Hermosillo, donde no hay nada, me pareció un motivo suficiente para realizar un texto ficticio. El calor también me ha hecho daño a mí, por supuesto y me obsesioné pensando que sí tenía que haber un pariente de Kafka, porque sí tenía que haber. Me pasé siete años investigando, dando vueltas, yendo de aquí para allá. Me encontré a los parientes de Kafka que viven en la Ciudad de México, son unos millonarios que tienen una gran colección de arte y una pastelería.

Muy curioso porque vinieron en un barco, la señora que es la sobrina de Kafka, pelando papas y ahora aquí son millonarios y dueños de grandes cadenas de pastelillos. Yo creo que eso fue la absurda idea de querer que algo pasara en Hermosillo, fue el pretexto querer tomar una mentira y volverla realidad hasta que sucedió… Fue una suerte que sucediera, porque también si digo “ahora quiero que haya un pariente de Beckett”, no va a pasar.

ÓA. Para esta investigación, ¿qué tan importantes son las redes sociales? Vemos que dentro del libro aparecen muchas pláticas a través del Facebook con estas personas, ¿es primordial trabajar en las redes sociales o todo debe hacerse en investigación de campo? Por ejemplo Twitter…

FF. Yo me enteré de esta pastelería por un tuitazo, esta niña puso “me estoy comiendo un pan Kafka en la pastelería Bondy”, después descubro que esa pastelería es de los descendientes de Kafka y a uno de los panes le ponen así. Cuando yo empecé queriendo volver realidad esta broma no se usaba tan obsesivamente el Facebook como ahora. Estaba el rumor sobre el chavo que decía que era pariente de Kakfa: “se apellida Manteca, ¡¿cómo?! ¿Manteca y Kafka?, ¿cómo llegó Kafka a convertirse en Manteca?” No los encontraba por ningún lado hasta que justamente se me ocurrió con el tiempo buscarlo en Facebook, ya cuando se estaba usando más.

Puse su nombre “Omar Manteca” y salió un amigo en común. Lo agregué y le puse “hola, soy un tipo muy raro, te voy a hacer preguntas muy raras, ¿eres pariente de Kafka, es cierto?” y me contesta: “sí, tengo entendido que sí, ¿por qué si no es indiscreción?” Es que es que estamos hablando de uno de los mejores escritores que ha tenido la literatura y si eres pariente de Kafka, dime algo, cuéntame todo lo que puedas… No, no puedo contarte nada, mejor con mi hermano. Entonces ya me platico con su hermano y él me dice: “sí yo creo que soy pariente de él pero estoy avergonzado por eso” y entonces se iba poniendo cada vez más crítico el asunto.

¿Por qué un pariente de Kafka en Hermosillo no siente una especie de satisfacción sino todo lo contrario? —recuerda el calor en Hermosillo que cuece las neuronas—, me dice que no puede contarme y me pasa el Face de su tía. Platico con toda la familia y ninguno quiere contarme, pero gracias a esta obsesión de estar fregándolos voy descubriendo cosas externas a esta familia. Al final no sé si sean parientes de Kafka, ya no me importa porque encontré otros… Habría dos parientes de Kafka y eso es todavía más bonito, tendría que sacar otro libro.

Conforme avanza el tiempo me voy apropiando de ciertas redes sociales, en 2008 creo que el Twitter no existía. Poco a poco las voy utilizando más. Ya casi nadie manda mails, yo mando uno y se tardan una semana en contestar, y nada más pongo en Facebook “Hola” e inmediatamente ponen “Ey, hola, ¿cómo estás?” Todo es más inmediato gracias a las redes sociales, eso ha facilitado muchísimo. Creo que habré gente realmente lista, no como yo, que sepa usar las redes sociales para la investigación. Esto es un chiste que se vuelve realidad y va por ahí. El tono del libro es así: nos reímos, estoy diciendo cosas serias pero también es como un chiste. Me crees o no me crees, yo siempre invento nombres de libros y de escritores, y entonces tengo que poner pies de páginas: “esto es un invento, esto es falso” porque me vayan a acusar de fraude.


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ÓA. ¿La figura de Kafka te ha acarreado problemas con los investigadores muy sesudos, y ahora con la portada en donde aparece en traje de baño, por desacralizar la imagen de Franz?

FF. Sí, y justamente en Facebook. Ya he visto al que hace memes, pone por ahí: “Ya los títulos de ahora no tienen respeto” y bueno yo no sé si un día en el futuro voy a morir en 2017 o algo así, y en el 2020 el título sea Franco come nieve o algo así, no me va a importar, aunque tampoco tengo el prestigio de Kafka. Pero se toman muy en serio. Hay una figura del escritor y de la literatura que es muy aburrida, todo tiene que ser muy formal, se defienden esas posturas.

¡Kafka es una de las personas más chistosas que hay! Su literatura es muy chistosa. Hay muy poca gente que puede leer el humor en Kafka. La metamorfosis es el libro que más se ha leído, en la escena en donde le tiran la manzana y se le queda clavada en la espalda a mí me mató de risa… Pero sí es muy triste ver cómo un sujeto está atormentado en la cáscara del bicho.

En El castillo hay mucho humor. Es como si yo llegara a Puebla y quiero dormir en un hotel y ya cuando me voy a acostar me pegan una patada y yo pregunto “¿por qué? Porque no puedes dormir. ¿Pero por qué? Pues porque tienes que pedir permiso al Castillo, a la Universidad antes de que te puedas dormir. ¿No puedo dormir? No, hasta que te dejen dormir”, y es como una cosa rarísima, es un ambiente rarísimo. David Foster Wallace tiene una lectura sobre Kafka que dice que la cosa con Kafka es que no te explica que te acaba de contar un chiste, porque si cuentas un chiste y lo explicas matas el chiste y matas todo. Se llama texto exformativo, es toda la información que eliminas para que funcione el chiste. Así funciona Kafka, hay mucha gracia en él, no creo que si le dijera que le puse un traje de baño me pegue un puñetazo, no creo. No creo que vaya a pasar más allá de un berrinche de un sesudo y la verdad me importa un bledo.

Se pueden tomar ciertas figuras y tonalidades y modificarlas en beneficio de la lectura de esos autores, eso es lo que estoy haciendo.

El autor. Foto: Especial.

ÓA. Hay mucha ironía en el libro que se pone de manifiesto, el hecho de que Kafka muera antes de la Guerra Mundial y que sus hermanas padezcan en los campos de concentración, nos hace pensar “qué mal que se murió Kafka, pero si no se moría de una pulmonía lo iban a matar en un campo de concentración”, lo cual no deja de ser un humor bastante negro, ¿cómo está trazado el humor en tu libro?

FF. Otra cosa: lo del traje de baño, en Hermosillo lo único que puedes hacer es ir a la playa y usamos el traje de baño. Somos como un 1 millón de personas en Hermosillo y cuando vamos a la playa andamos en traje de baño con rayitas como el de la portada. Si Kafka vivió en Sonora ¿a dónde se iba a divertir? Pues a la playa y ahí lo pongo. Es recurrente que en mis sueños aparezca Kafka en traje de baño diciéndome cosas todo el tiempo. Entonces quizá no estoy soñando y es una alucinación… Es el calor.

Las tres crónicas que integran el libro están infectadas de humor. Me parece que hay una nostalgia detrás de la risa. Uno se ríe y en su contraparte hay un costado muy melancólico. Creo que no solo en la literatura sino en la forma de ver la vida. Lo único que tengo es el humor. Vivimos en un país atormentado por masacres y noticias dolorosas, y lo único que uno puede tener es la parte íntima, la parte interiorizada porque el exterior está hecho un desastre, es un caos. Lo único que trata uno es de ver con humor las cosas, sin caer en esta cosa positiva y optimista, más bien una pequeña locura. Todos tenemos nuestras propias locuras, vamos por la calle y volteas a un lado y está pasando algo raro, la cosa es que casi no prestamos atención porque estamos muy ocupados pensando en que tengo que hacer la tarea o que tengo que trabajar para esto, tengo que ver este capítulo de Game of Thrones, tenemos una línea bien identificada.

Hemos perdido la capacidad de observar, y ahora todos estamos viendo la pantallita. Cuando levantas la cabeza, lo que está sucediendo aquí afuera es intenso, yo creo que cada persona tiene un potencial tremendo para hacer absurdo y raro. Los veo a ustedes y me imagino cosas. Eso pasa en las crónicas, en la segunda crónica me pasé como un mes siguiendo a un niño con autismo, ¿un niño? Bueno, tiene mi edad que soy un poco niño. Es un primo mío que siempre fue el niño rarito de la familia, y en algún momento te das cuenta de que es una persona y tiene una vida y tiene muchísimo que generar y muchísimas posibilidades. Lo tratan como si fuera un niño ciego pero sólo tiene autismo. El chavo tiene una vida muy estricta, hace las mismas cosas todos los días y es muy independiente, por ahí vienen la foto. Tiene un aspecto raro, es muy cabezón, una mandíbula grande, la gente se asusta porque es muy tosco, anda con una muñeca Barbie todo el tiempo, es bien raro… Y es mi familiar.

Su papá todos los días le compra una barrita de plastilina y viste a sus muñecas. Aparte es muy avanzado, muy vanguardista en los géneros sexuales: viste a las Barbies de Transformers, por dentro soy femenina y por fuera soy un ser muy masculino y de acero y los congela. Su papá terminó consumido por el niño, él generó toda una casa de juegos, abres los cajones y en lugar de haber tenedores hay muñecos y carritos, no hay comida. Tiene un videojuego descompuesto y siempre está jugando en la oscuridad, no se ve, y gana o no sé si gana el otro, no lo sabemos pero alguien gana y eso es lo importante, nunca queda empate. Todo es una locura increíble. Me encanta que la gente esté loca, que la gente tenga estas fascinaciones y estas obsesiones, creo que todos las tenemos. Cada uno de ustedes la tiene sólo que para ustedes es muy normal, estoy seguro que si les preguntamos ¿por qué haces eso? No lo saben.

Por ahí va la idea del humor, es ver, abrir los ojos a esta cosa absurda que está delante de nosotros y jugar con eso, reírnos. Son tres crónicas que van por ahí. Para empezar son temas descabellados: una es sobre un familiar de Kafka en Hermosillo, otra es sobre un niño con autismo —un niño otra vez—, y en la tercera me interné en un manicomio para buscar una momia —no fue tan difícil que me internaran—, fui a una consulta y me dejaron ahí como cinco días.

Fue muy divertida la experiencia, por un momento me quedé pensando “creo que sí estoy loco”, estás rodeado de gente que está clínicamente loca y te asustas porque te das cuenta de que la barrera entra la locura y la cordura es muy finísima, porque aparte no fue en México fue en Argentina, no había nadie que me sacara. Por ahí tuve un plan, le dije a una coreógrafa que si en 15 días no volvía hiciera algo, que me sacara.

Pasó algo raro, kafkiano. El guardia me preguntó si había rap en México, me decía “contáme, che, decíme bandas para buscarlas en Youtube” y yo le decía “Rip Pap Cluc” porque no conozco a ninguna banda, el rap es uno de mis peores enemigos. Y él me decía “pero me vas a traer un cd con las bandas” y yo le decía que sí, y no sabía qué hacer si rapear o seguir inventando bandas. Fue así como me hice amigo de él, después puse en Facebook “amigos, por favor ayúdenme, díganme nombres de bandas de rap”, ni siquiera sé si se dicen “bandas de rap”, me pusieron nombres y creo que no pasé de la segunda canción, preferí ser una mala persona mexicana y no hice el disco, no soporté escucharlas, porque para hacer el disco tenía que escucharlas y eso significaba lastimar mi espíritu.


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ÓA. ¿Cómo llevas esta división tajante que dice que el periodismo no puede ser literatura?

FF. Yo no soy periodista para empezar, estos textos no son para que tú aprendas sobre el autismo, sobre la locura o la genealogía de Kafka. No podría estipularlo como periodista. Pero sí creo que ahora se están reventando las barreras entre los géneros, hay muchos géneros híbridos en donde se escribe una crónica y de repente aparece un poema, y se hace un cuento y una noticia. A mí no me parece genial eso, me parece que se permite porque se está mezclando la información.

Uno entiende mejor lo que pasó en la Segunda Guerra Mundial leyendo libros que tratan sobre eso que con libros de Historia. Uno se acuerda más viendo la película de El Álamo que con la historia. Me parece que estos recursos se deben de aprovechar siempre, es un compromiso de nosotros como generación: “no me dejes todo tan fácil”. Me encanta que se genere un discurso literario. Hay muchos periodistas que lo hacen: Osorno, Almazán, es literatura profunda y es periodismo. Creo que debe seguir funcionando esto.

Yo no tengo la aspiración de ser periodista. ¿A quién le interesa una momia en un manicomio? Esa no es una noticia, para nadie, para mí nomás. Para ser un periodista debes ofrecer información que le interese a una generación y yo siempre hablo de cosas absurdas.

El 19 de septiembre más largo de mi vida

Parecía una pesadilla. Ojalá lo hubiera sido. —¿Ahora sí está temblando?— dijo una voz que a la fecha no tiene dueño; teníamos apenas dos horas con 13 minutos de haber practicado un simulacro. De pronto fue como si un gigante se pusiera de pie, fúrico e implacable, que en un arrebato de ira golpeó una mesa e hizo vibrar todo alrededor, a todos nosotros, todo el octavo piso, todo el edificio, toda la ciudad, la mitad de México.

Los monitores, las sillas, y un cubo de metro y medio que cuelga del techo, comenzó a moverse como si fuera una piñata amarrada a un lazo. Los gritos de pánico empezaron a cimbrarnos tanto como el temblor mismo que no dejaba de sacudir las paredes, varias de ellas hechas de vidrio. Algunas partes del piso y barandales sucumbieron ante el terremoto.

Los rostros en la calle mostraban preocupación, histeria, confusión. Lagrimas y expresiones de asombro empezaban a verse y escucharse con más fuerza a medida que veíamos videos sobre cómo algunos edificios caían tan frágiles como casas de cartas. Seguíamos sin entender lo que había pasado. Tratamos de informar con la calma que brinda la escritura. Un par de equipos salieron a reportear el desastre que a un mes todavía no se alcanza a cuantificar, ni económica ni moralmente. Quise ir con ellos pero tenía que estar de apoyo en la redacción pues casi todos los empleados se fueron a sus casas.

Pasaron muchos minutos para que pudiéramos subir a nuestros lugares y seguir informando sobre lo ocurrido. En televisión y por transmisiones de nuestro equipo, supimos de la solidaridad de la gente. Estaba impaciente por conocer el destino de los míos. Preocupado, redacté notas tan rápido como daban mis dedos y permitía mi mente, en ese momento volcada hacia las principales zonas de desastre, una de ellas donde vivo desde hace casi tres décadas.

Las horas se escurrieron y por fin salí de mi trabajo, ansioso por llegar a casa aunque imposibilitado por el colapso del transporte. La solidaridad de la gente la sentí en carne propia cuando una camioneta nos llevó a mí y a un grupo de gente hasta la estación ‘La bombilla’. Su trayecto fue sobre Insurgentes sur que lucía abandonada, impensable para una vía de tal importancia. Desde ese momento comprendí la magnitud del suceso ante el panorama desolador que reflejaba la avenida. Pocas personas se veían en las banquetas, en las calles. La conmoción era evidente.

Tomé una bicicleta a la altura de Churubusco y pasé por algunas de las zonas derruidas por el sismo, pero como había observado, todo estaba solo, apocalíptico.

Las primeras señalas de movimiento las noté cuando llegué a Obrero Mundial. La gente era una sola: mujeres, jóvenes, adultos, millares, topos, rescatistas, paramédicos, por un momento olvidaron todo para manifestar la nacionalidad de su acta de nacimiento y ayudar al que estaba atrapado bajo los escombros de edificios que alguna vez vi, e incluso, entré.

La desarticulación, provocada por la ausencia de entrenamiento, se armonizaba con un solo movimiento, un brazo extendido con el puño cerrado que se volvió el estandarte de nuestra fuerza.


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Seguí mi curso, pues aunque para entonces ya tenía conocimiento de que mis seres queridos se encontraban a salvo, necesitaba palparlo por mí mismo. En mi trayecto me encontré con decenas de calles cerradas, una de ellas fue Morelia esquina con Tabasco, zona donde transito diario para pasear con mi perro.

Mi corazón se aceleró de tal manera que estuve a segundos de llorar. No podía creer que un edificio en el que soñaba vivir estuviera inclinado, con las puertas dobladas y su pared fuera parte de la acera. Sus inquilinos y dueños sólo lo veían como quien observa a un ser querido en su lecho de muerte, un pequeño coloso cuyos huesos de fierro estaban rotos y su piel de cemento ahora se encontraba descarnada.

Eran las 10:35 cuando llegué a casa. Abracé a mi familia como pocas veces lo hago y me percaté al fin de lo afortunado que era, por fin estaba seguro de que habíamos resistido el 19 de septiembre más largo del que tengo memoria; deseaba que llegara el mañana para ser parte de aquellos que se levantarían de cara al futuro, tal vez más claro que nunca para aquellos que que dudábamos tenerlo.

Viaje a Tijuana

E y CH viajan a Tijuana. Los esperan en La Paz. Son los últimos días de diciembre y ellos quieren llegar a su destino antes de fin de año. Merodean algunos días por Ensenada y Valle de Guadalupe. Se empedan, compran un par de cajas de vino y se largan. Toman un camión a Guerrero Negro. Llegan al pueblo a las 7 am y CH tiene la impresión de que está vacío. 5 horas después se da cuenta que no está vacío, pero casi. Esas 5 horas han sido un lastre porque el autobús perdió la maleta de E.

Están varados a mitad de una mañana gris y borrosa. Pero E y CH son jóvenes, tienen el hígado sonriente y el ímpetu de un rinoceronte furioso. Así que deciden hospedarse en un hostal, buscar a las ballenas y tomarse las botellas de tinto para aplacar la sed.

Pasan los días. No hay ballenas y la maleta de E no llega a la pequeña central de autobuses, que es más bien un cuartito despachador de boletos. Están varados a mitad de una semana de fin de año. Se acabaron una caja de botellas y tienen diarrea por el “Callo Mano de León” que se tragaron en ceviche.


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En un extraño giro de las circunstancias, que, por sí mismo es materia de un relato, consiguen una camioneta y la vida vuelve a hacerles cosquillas. Hay tiempo de sobra para llegar con los amigos a festejar la noche vieja. Pueblean y beben vino. La camioneta se descompone apenas entran en Santa Rosalía. Es de madrugada pero consiguen un tipo lo suficientemente necesitado de piedra, para acceder arreglarles el armatoste a cambio de pagar por adelantado una parte.

E y CH saben que existe el riesgo de que don Mecánico fume y luego le valga madre. Pero no hay de otra. Le dan el varo por adelantado y el tipo se larga a comprar su material. Y regresa. Trabaja durante toda la madrugada mientras ellos duermen dentro del vehículo.

Con el primer guiño del amanecer, don Mecánico avisa que ha terminado y pide las llaves para probarlo. E y CH se achican en el asiento y lo dejan maniobrar. La camioneta enciende, jala, entra en carretera, don Mecánico le exige unos cuantos movimientos innecesarios, incluso un derrapón. El cacharro se oye mejor que antes, dice mientras extiende la mano para cobrar el complemento.

E y CH pagan. Tienen el tiempo exacto para llegar a La paz. Se acomodan en el vehículo y se alistan. Antes, don Mecánico los llama. Trae en sus manos una cubeta. Tengan, aquí están las piezas que me sobraron, ya no supe dónde iban, dice.

 

 

Cuaderno de viaje II

Nota de la autora: Los siguientes poemas fueron escritos mientras viví en Veracruz como parte de un intercambio académico en la Universidad Veracruzana. Pertenecen a un poemario inédito titulado “Cuaderno de viaje” que se compone de poemas breves y sin título.


Aquella ciudad fue un pedazo de lluvia
el perfume del jugo fresco de la mandarina
y la arquitectura mítica de la niebla.
Fue el murmullo de un dios.
Aquella ciudad que fue un caleidoscopio,
una nube derruida,
el olor a tierra durante la lluvia,
la pata de un chapulín entre mis dientes,
el divorcio de la luz y la piedra,
seguirá siendo sólo en mi memoria.

Cuaderno de viaje I

Nota de la autora: Los siguientes poemas fueron escritos mientras viví en Veracruz como parte de un intercambio académico en la Universidad Veracruzana. Pertenecen a un poemario inédito titulado “Cuaderno de viaje” que se compone de poemas breves y sin título.


No ha habido luna en esta tierra de extravíos
la lluvia parte con providencia de verdor
la tibieza de un sol lastimado.
Agradezco las mentiras
esta afirmación que hacen del vacío.
Aquí vienes a esparcir tu cuerpo
a besarme con el blanco de tus ojos,
en esta tierra donde un dios de piel oscura suspira.
Me quedo en una esquina del mundo
siguiendo la luz que se oculta en mis heridas.
Como un ciego o un hambriento
me mantengo a la orilla de las personas:
soy eso que los otros
no saben que han olvidado.
Y no es el tiempo, menos cierto que la niebla,
es la secreta noción de ruptura en aquel café
o el verde del bambú y el lago.
Es saber que sólo habitamos la memoria.

Un poema con la palabra albañil

Hay veces que la ansiedad ancla
en la garganta y uno calla,
porque hablar es ponerla de frente
decirle: existes
y me llevas los ojos por las muñecas,
los ojos afilados como una hoz blanca.

El cenit hiere los dorsos con su ceguera.
Un albañil cuenta las monedas, los billetes,
duplicados en el reflejo inacabable
del deseo y recuenta en murmullos:
los niños, el gas, la luz, el agua,
unos calzones nuevos para su mujer.
Se mira los zapatos cansados de cemento,
la sombra sangrada bajos sus pies
luego se queda quieto,
viendo al vacío como si lo entendiera.


Revive: La eternidad (Adriana Dorantes); La ciudad fabulada (Ulises Paniagua).


 

Nos vemos en el infierno (alias el Metro de la Ciudad de México)

Pocas relaciones son tan tormentosas como la que mantiene todo mortal con el Metro de la Ciudad de México. También, pocos sitios muestran tanto lo anormal y surrealista que es nuestra ciudad, con una serie de eventos que son tan cotidianos que el chilango promedio ya cree “naturales”.

Al viajar en el Metro de la CDMX, los extranjeros se asombran de la increíble oferta de productos inservibles que se venden en él; de las paletas de hielo, chocolates y chicles que se pueden adquirir a precios de oportunidad en su vagones; de la división por género de los pasajeros por (al más viejo estilo de ganado) por la falta de valores de los hombres para respetar a las mujeres; de la cantidad de vagos, drogadictos e indigentes que siempre mendigan.

Nada de eso pasa en los metros de Londres, París, Madrid, Tokio o Buenos Aires. Ni siquiera, en las ciudades de Guadalajara o Monterrey, las otras dos grandes urbes del país, que cuentan con un sistema de transporte similar; lo que hace que hasta los foráneos queden anonadados al conocer este sitio.

De todas las singularidades citadas, la que más me sorprende, y me da una anécdota para contar, es la física de su espacio al transportar pasajeros. Ni los más capacitados expertos en moléculas podrían explicar, a través de las teorías de los quarks, neutrinos, o alguna otra partícula elemental, la siguiente pregunta: ¿cómo es posible transportar tanta gente?


Revive: Un año en la CdMx: Metro chilango.


Al hacer este razonamiento, de la nada, rememoro uno de los viajes más arduos de mi vida. El vagón iba lleno, a tal grado, que los camiones que transportan gallinas lo hacen en mejores condiciones. Con tan sólo abrirse las puertas, la presión de cuerpos humanos al interior amenazaba con expulsarte del vagón. Y en cada estación, todo pasajero vivía una lucha individual por no salir del tren.

Pronto, en cada nueva estación, la gente en los andenes veía con resignación el vagón y estoicamente esperaban al siguiente. Y, por unos minutos, sentimos paz quienes íbamos adentro. No obstante, esta paz se interrumpió en Pino Suárez cuando un señor de una panza digna de un cetáceo intentó subir. Con todo su peso comenzó a aventar su cuerpo para abrirse espacio, sin embargo, éste ya no existía. Con dolor, desde adentro del vagón le gritamos “¡No cabes!”. Pero el tipo hizo caso omiso a nuestras plegarias. Cada impacto de su volumen nos llegaba a todos, y los ánimos empezaron a subir a palabras altisonantes “¡No cabes cabrón! ¡Deja de empujar, pendejo!”.

Ante los insultos, el tipo nos vio directamente a la cara y nos gritó:

-Si vamos a caber en el infierno…

La frase despertó una furia interna en todos. Tan sólo escuchar los sonidos que indicaban el cierre del tren, todos los pasajeros, en un acto de solidaridad, usamos nuestra fuerza para empujar afuera al panzón, quien casi va a estrellarse contra el piso. A pesar de nuestro deseo, el equilibrio de sus pies evitó la caída.

Poco antes de que las puertas del vagón se cerraran, el hombre de la panza de cetáceo nos lanzó una mirada de odio. Todos sonreímos felices al interior y una voz le gritó:

  • ¡Nos vemos en el infierno!

Con seguridad, considero, el infierno debe ser un lugar más cómodo que ese día en el metro.

La ciudad fabulada

Esta es la ciudad del amor, Atentos, Desde las paredes, Entre muros, En besos de tezontle y cantera, Entre perros de ladridos y llamados de gas, Los cuerpos se afianzan, Aferran, Se reconocen en un braille de perfumes, Es la aldea del amor, Las avenidas son brazos en desnudez, Piernas, Corazones que buscan despojarse de sus ropas, Las caricias se propagan en onda, Hace calor en lo vivo, Todos se derrumban sobre sí, Sobre otros, Encima y debajo y en medio de otras, Entre lagartonas, machos mínimos, nocturnos, entre libres, diversos, ñoños o hippies o hipsters, metaleros o amantes del blues, entre podadoras de misterios, misóginos intelectuales y feminazis, Entre los que se refugian del aullido, Los que  muerden con ansia, Los que se extrañan, transparentes, En jardines ahuhuetados y floridos espinajosos, Para ellos las ventanas, Las plazas y sus gemidos, Los bares y los dulces insultos, Los anhelos, Los abrazos. El beso y la frecuencia modulada de caricias. Para ellos. Para todos. Esta ciudad. La ciudad del amor.

Desde el anonimato de Sarahah

Hace un par de semanas, por cuestiones medianamente ajenas a mí, comencé a colaborar en la escritura de un libro sobre la  equidad y violencia de género, un tema que me apasiona, pero en el que no soy especialista ni mucho menos, así que me dediqué a investigar, leer y documentarme lo mejor posible dentro del margen que me permitía el tiempo.

Leí acerca de aquello que en la universidad leí, pero a lo que nunca está de más volver: los tipos de violencia, cómo se dan las agresiones hacia las mujeres, el acoso, el mal uso del lenguaje y lo agresivo que éste puede llegar a ser, entre otras cuestiones.


De luto.


Irónicamente, por esos días había instalado Sarahah, esa app para recibir mensajes anónimos; el hecho me tenía muy divertida, ya que recibía comentarios acerca de mis cuentos, de gente a la que, supongo, le gusta cómo escribo, en fin, de temas relacionados con mi oficio.

Luego las cosas se torcieron…

Comenzaron a enviar mensajes explícitamente sexuales y violentos, los cuales cometí el error de publicar, en primera instancia para “exponer” a quien lo hubiera hecho y en segunda para que supiera que no me intimidaba.

Luego vinieron otros más, y aunque no todos los publiqué, sí cometí el error de hacerlo con algunos, esperando que el susodicho sintiera un poco de vergüenza al leer el bullying público, pues es obvio que el agresor de Sarahah está entre mis “amigos” de Facebook.

Evidentemente, mi estrategia para evidenciar al atacante fue fallida, él debió estarse agarrando la panza de la risa. Desde la perspectiva que se le vea, yo estaba en una posición desfavorable: el sujeto actuó desde el anonimato, yo desde las vísceras.

Incluso me escribieron, también desde el anonimato que brinda Sarahah, que “sólo estaba buscando llamar la atención”, así que yo misma me cuestioné si ése era el caso. “No —pensé— tengo mejores herramientas para llamar la atención: mi trabajo”.

También sucedió que algunos creyeron que el asunto me daba gracia, lo cierto es que no; al contrario, me generó indignación. Y ésta era contra el o los insolentes que escribieron tales insinuaciones, pero también hacia quienes hacía años no me hablaban ni comentaban absolutamente ningún post y, de pronto, se hicieron presentes, o quienes nunca se interesan por mi trabajo -lo que de verdad genero yo-, en lo que me esfuerzo, lo que represento realmente. Pero también hacía mí, porque mi curiosidad e impertinencia estaba generando más cosas negativas que positivas.

Como saldo de Sarahah, me quedan los regaños de algunos amigos, quienes con toda razón me hicieron ver (o llevar a la práctica lo que estoy leyendo para mi libro de género) que la violencia es violencia y no se debe tolerar, -frase que escribí y escribí durante las últimas semanas-. También me queda la lección de lo dañino que puede ser un momento de ocio en el que uno decide “jugar” a ver qué te quieren decir los demás y aceptar que, al igual que todos, me equivoco feo.

Fiestas patrias

Respiraba fascinación y tenía la mirada iluminada por los fuegos artificiales que copaban el cielo. Su sonrisa sólo se entendía por el descubrimiento de la alegría de la vida. Aquella noche la guardaría en la memoria, como el inicio de su gusto por esa fecha: 15 de septiembre, el inicio de las fiestas patrias.

El recuerdo le vino mientras el tiempo era una sopa. La lluvia no paraba. El color gris del cielo le revelaba que no sería un buen día. “Aún hay tiempo para que pare de llover”, pensó con un deseo que a la postre se volvería súplica.

En la estufa, la vaporera chillaba, el calor del interior de su casa contrastaba con el frío que trajo consigo la lluvia. Su mamá salió de la cocina para ver en qué andaba metido Aldo. Lo vio frente al espejo, pintándose dos rayas tricolores en las mejillas. Una descarga de ternura la inundó al grado de querer correr a abrazarlo, se contuvo al ver la determinación del hijo que rondaba los 10 años.

Tras terminar su faena, Aldo se cambió el uniforme escolar. Se dirigió al buró y abrió uno de los cajones para extraer la camiseta verde de México. Se enfundó en ella. Hasta ese momento, no había notado la mirada que su madre le dirigía desde el umbral de la cocina. Giró y se encontró con los ojos de mujer. Ella lo escrutó para descubrir la incertidumbre que envolvía el cuerpo del niño.

-¿Hijo, qué pasa?-, preguntó la mamá

-Está lloviendo y temo que no se quite-, contestó el muchacho agachando la cabeza.

-¿Y qué pasa si no se quita?-, inquirió la mamá.

-Que si no se quita, no iremos al grito-, dijo el niño.

En ese momento, la mamá entendió la preocupación de su hijo. Su mente viajó a la primera vez que lo llevaron a presenciar un grito de 15 septiembre. Estaba fascinado, perdido en el mosaico tricolor que iluminaba el cielo.

-La lluvia se quitará, hijo, no te preocupes-, murmuró la mamá –mejor ayúdame a cortar los rábanos y la lechuga que el pozole ya casi está y tus abuelos están por llegar.

Aldo caminó hacia la cocina. Buscó la tabla de madera, el cuchillo de mango café y la honda bandeja verde. Tomó el respaldo de la silla de madera y la jaló hacia su persona. Se sentó y extendió la mano para coger un ramillete de rábanos. Los despojó del hilo que los unía y se alistó para cortarlos en rodajas, como le había enseñado su papá.

El sonido del cuchillo sobre la tabla inundó la cocina. Su mamá levantó la olla de la vaporera e introdujo una cuchara de mango largo para tentar la carne. El aroma del pozole se desplegó por toda la habitación. Aldo respiró hondo como queriendo apropiarse del olor a hierbas, chile, maíz y pollo.

Por un momento, la incertidumbre que le generaba la persistente lluvia se marchó y su mente se llenó de su imagen embadurnando una tostada con crema e introduciendo la cuchara en el cajete del pozole. En la mesa de su imaginación estaban todos: sus abuelos, sus papás, sus tíos y primos.

-Sino tienes cuidado, te vas a cortar-, le advirtió su mamá.

La voz lo sacó de sus pensamientos y continuó con su labor.

El tiempo se diluyó cual vela. El timbre sonó y Aldo tuvo que salir a abrir la puerta. Con la sombrilla encima de él, se encaminó a la reja blanca. Su abuela descendía del taxi, mientras el abuelo esperaba la llegada del nieto. Sobre la camisa blanca de mangas arremangadas llevaba una diminuta bandera tricolor. La anciana portada un listón, de tintes patrios, que cohesionaba la larga trenza blanca de su cabellera.

Al poco rato, su papá entró a la casa, seguido de dos de sus tíos y tres de sus primos. La familia estaba lo más completa posible y lista para disfrutar de aquella tradición familiar.

La comida transcurrió entre risas y comentarios de halago a la mamá de Aldo. El niño disfrutaba de estas reuniones familiares porque significaban la antesala del espectáculo que habría de ocurrir por la noche. Afuera, la lluvia había cedido, pero una enorme nube gris amenazaba con volver a ensopar la tarde.

Eran las 8 de la noche cuando su papá le preguntó si quería ir a la plaza del pueblo. Los ojos se le iluminaron y respondió que sí.

-Ve por un suéter, hijo –dijo el papá- hace un poco de frío y si no te tapas tu mamá nos va a regañar.

Aldo corrió a su cama para coger una chamarra. Volvió a mirarse en el espejo y tomó la barrita tricolor que le habían comprado un día antes. La destapó y la pasó por sus mejillas. Dudó si cargar con el sombrero de palma, su papá le dijo que se lo llevara por si llovía; lo tomó y corrió hacia donde su familia ya lo esperaba.

La plaza los recibió vestida de manto tricolor. Por los aires colgaban unas tiras de campanas y moños tricolores, mientras sobre el borde abundaban los puestos de comida, cohetes, banderas y demás artilugios. En el centro, el kiosco se levantaba con la inmensidad de su antigüedad, en las escaleras descansaban tres parejas con trajes de mariachi y china poblana, a la espera de recibir la orden para subir y comenzar su acto.

Frente al kiosco, un templete anunciaba la celebración, mientras el palacio municipal era franqueado por dos tiras tricolores. Sobre el balcón lucía la bandera mexicana, aquel lienzo en el que Aldo concentró su atención, recordando la primera vez en que sus ojos quedaron maravillados por su ondear y la iluminación del cielo por los juegos artificiales.

A medida que el tiempo avanzaba, el barullo aumentaba. Aldo miraba fascinado la escena del kiosco. El reloj estaba por marcar las 11 de la noche y la banda de guerra de su escuela comenzó a instalarse a un lado del templete. Se acercaba la hora. En dicho momento cayó en cuenta del olvido: sobre la cama había quedado la bandera que pretendía ondear aquella noche.

-Papá –dijo el niño- olvidé la bandera en mi cama.

-¡Ay, hijo! –, respondió el padre- siempre te debe pasar algo así, te pareces a tu abuelo.

El niño se miró las manos, apenado.

-Corre, ve a comprar una –la voz del papá sonó a salvación.

Aldo corrió hacia el puesto más cercano. Compró una bandera que le llegaba al pecho y regresó a donde su familia se había parapetado para ver el acto.

Una corneta pidió silenció. Frente a la banda de guerra, la escolta escolar se preparaba para tomar la bandera y llevarla hasta el templete. La plaza se llenó de silencio. El taconeó de los zapatos escolares y el dobleteo de los tambores hicieron aumentar la expectativa de la gente.

Frente al templete, la escolta se detuvo. De las bocinas emergieron las primeras notas del himno nacional. Las voces se volvieron una. Por alguna extraña sensación, la piel de Aldo se crispó.

La bandera llegó a las manos del presidente municipal. La tomó pegándola a su pecho. Mientras la expectativa iba en aumento, siguió su andar hasta colocarse frente al micrófono. Con la mirada podía dominar el espacio. Todo era algarabía.

Aldo tomó su bandera, los recuerdos de su primera niñez volvieron a su mente. Los gritos, el ondear de las banderas, la sonrisa de la gente, el retumbar de los cohetes y sus ojos repletos de dicha. Estaba por volver a experimentar esa alegría, aunque un picoteo en el corazón le sugirió que algo no andaría bien.

-Mexicanos… ¡Vivan los héroes que nos dieron patria y libertad!-, dijo el alcalde.

-¡Vivan! –contestó la gente.

-¡Viva Hidalgo!-

-¡Viva!

Las banderas ondeaban.

-¡Viva Allende!-

-¡Viva!

-¡Viva la Corregidora, Josefa Ortiz de Domínguez!

-¡Viva!

-¡Viva México!-

-¡Viva!, respondía la gente y ondeaban las banderas.

-¡Viva México!- repitió el alcalde al borde de quedarse sin voz.

-¡Viva!- gritaba Aldo, mientras posaba su mirada en el cielo a la espera de que éste se iluminara con los juegos artificiales.

El tronido invadió la plaza. El cielo se iluminó de verde, blanco y rojo. Los gritos iban en aumento, primero de dicha y felicidad, después de miedo y desesperación.

La explosión revolvió todo. La confusión se convirtió en la reina de la plaza, todos corrían, Aldo también. Miró hacia atrás y vio a gente tirada, sufriendo, con la cara ensangrentada y adolorida. Estaba perdido, ausente a la realidad, pensando que todo era una pesadilla, acaso un sueño de terror. ¿Quién se había atrevido?, ¿a quién se le ocurrió manchar ese día?

El templete estaba reducido a cenizas, por la plaza abundaban personas tiradas. Aldo corría, deseaba huir, escapar de aquel infierno y buscar a sus papás.

Entonces, volteó; miró y quedó con una expresión de horror: la bandera, su bandera, se consumía en el fuego, el fuego generado por aquella bomba…


Entrada publicada en nuestro blog, puedes verlo aquí: Fiestas Patrias.


 

Un día después

Apenas se ve un cúmulo de gente en el zócalo. No usan adornos, disfraces o banderas.

El pequeño escuadron vino a trabajar y no a festejar. No hay motivo para hacerlo, aseguran. Sus uniformes naranja y escobas, dan fe de su labor.

—Qué vamos andar festejando, si lo que queremos es que nos rinda el dinero. De por sí ni tenemos y como para tirarlo en porquerías de ésas, como que no— reprochaba el barrendero con más años en el oficio.

—No se enoje Don Mario, pa’ qué hace bilis. Total, encabronándose ni gana nada— contestó el más joven.

—Tú deberías estar más molesto. Al menos yo estoy viejo y sin perro que me ladre, ¿pero tú?, tienes dos chamacos y la gallina echada. No sé cómo te gusta jugarle al pendejo recogiendo la basura de esta gente cabrona. Hubieras seguido vendiendo discos o estudiando de perdida.

—Eso tampoco deja mucho, jefe. Sácaba mis 400 varos en el metro pero sin seguro, y cuando Rita se embarazó, tuve que meterme aquí para asegurarla.

—Pues yo no sé. Esta gente me cae muy gorda. Bien patriotas en estos días y el resto del año les vale madre el país. Llenos de deudas pero con su teléfono bien caro. Ayer los hubieras visto. Con sus sombreros, llenos de espuma en la cara y gritando como si no pasara nada. Llevamos varios años sobreviviendo con migajas, pero en esta época, las carencias serán mayores. No hay trabajo para ustedes, mucho menos para los que estudian. Les preocupa más la tele que si se convierte el zócalo en estacionamiento para paleros. Hoy cuesta uno y la mitad del otro sacar pa’ un taco. Ya no digamos la luz, la renta o el gas. Cada vez más se convierte la gasolina en un lujo y no en una posibilidad.

Esta gente no tiene remedio y, encima de todo, condenan a los que protestan o están en contra de su gobierno. Los mocosos son cada vez más burros, pero nunca es culpa de los poderosos, sino de los maestros.

Jaja quién diría que el peor enemigo del mexicano es él mismo. Como sea, mejor ponte a trabajar que tienes varias bocas por alimentar.

El joven barrendero tomó un periódico para recoger la basura de las fiestas, en la vieja plana decía “En pobreza 53.3 millones de mexicanos, informa el Coneval”.

 

Beat del resentido

Resentido, dice madre. Masca vidrios de recuerdos. Muerde rabia. Gimotea. Y me arranca el alma otra vez desde su vientre.

Padre ruge: resentido. Lanza bilis en su honra. Y le estalla (dura infancia. Es cal pura (esa lengua que taladra (que se pudre.

Mis hermanas. Profesores. Mis amigos y mis nuevos enemigos. Los que odian. Los que aguardan. Se rebelan ante tercos mis dolores.

Yo los tengo (hasta el tope (con mis quejas (con mis modos delirantes.

No se angustien. Sobrevivo. No dibujo mis abismos con su sangre. Sólo espero. Sólo espero. A que el mundo vire lleno a su contrario.

Donde la puerca tuerce el rabo, el oficio del editor

Soy una editora en formación, así que por ahora soy como los bebés que comienzan a interactuar con el lenguaje: todo lo aprenden. Me siento orgullosa de estarme curtiendo en este oficio que también considero un arte, pues se trata de una labor casi filológica y hermenéutica.

En alguna entrevista me preguntaron qué es lo más difícil de este oficio y no supe qué responder al instante, pero después de reflexionarlo un par de semanas, no me cabe duda de cuál es la parte más engorrosa de esta bonita manera de ganarse la vida.

Uno puede interpretar qué quiso decir el autor, esforzarse buscando las palabras que se adecuen mejor a sus necesidades comunicativas, proponer ideas, hacer revisiones orto-tipográficas, disponer cuadros, gráficas e ilustraciones de la mejor manera, ser muchas personas a la vez, y una larga lista de etcéteras, pero la puerca tuerce el rabo cuando llega el momento de tratar con los autores, porque claro, cual padres orgullosos, están seguros de que su obra es perfecta tal como ellos la confeccionaron y ¿por qué alguien habría de modificarle algo?


Lee: Los ex, una realidad alterna.


Es todo un tema, sin embargo, de eso va precisamente el oficio del editor, quien debe tener la capacidad y los conocimientos, pero también la intuición necesaria para saber qué partes de ese cuerpo, futuro libro, se pueden trastocar y cuáles merecen permanecer intactas. De eso va el oficio del editor, de respetar, siempre respetar, tanto los criterios con que se forma una obra como del mismo texto ajeno al que se enfrenta.

Pero, ¿qué pasa cuando el autor no respeta el oficio del editor, que en innumerables ocasiones desempeña también el papel de corrector de estilo? Como toda relación en la que el respeto sobra, está destinada al fracaso, sin embargo, sucede lo mismo que en aquellos matrimonios que permanecen juntos por los hijos, en este caso por los hijos-libros.

Eso me sucedió, cuando en medio de correcciones. -presión por los tiempos de entrega, cotejos y reclamos por parte de los autores, quienes pedían que se respetaran los textos originales-, recibí un correo de ellos mismos, quienes me enviaron la presentación del libro en un correo (ni siquiera en un Word) y me dejaron una hermosa nota:

Valga decir que se trataba de un libro de texto para secundaria y que recibí el correo a las dos y cuarto de la tarde, por lo que asumo que mientras yo me enfrentaba a un cierre de edición, a plena luz del sol, mi autora se disponía a ser poseída por Morfeo.

No cabe duda, esto no es obra de Bretón… pero de estas anécdotas hay más, así que pronto volveré con alguna de ellas.

Fernanda Melchor y su Temporada de huracanes parte II

ÓA. Regresando a Temporada de huracanes, me llama mucho la atención que comienza con el descubrimiento de un cadáver por un grupo de chicos, ¿qué ocurre con la niñez y la muerte? Quizá esos dos conceptos no están tan relacionados cotidianamente, pero hay personas que señalan que encontrarse con un cadáver por primera vez es cuando se acaba tu infancia.

FM. ¡Órale! No lo había pensado así. Quería que la novela empezara con una escena fuerte. Es una escena en donde unos niños están jugando y de repente se topan con un cadáver y además les sonríe. Creo que era un poco jugar con eso: marcar el final de la inocencia empezando la novela.

Ser descubierto por niños es algo inocente. Hay una especie de rito. Hay algo que sucede al inicio. No sé ni cómo surgió. Es de las primeras cosas que aparecieron en la novela. Siempre había unos niños descubriendo. Al principio no era el cadáver de la Bruja, era otro personaje, creo que era Luismi durmiendo la mona en un coche abandonado. Pero quería que empezara con esa imagen de los niños. Fue como una intuición. De esas cosas que tú decides hacer que son calculado y que sientes que es lo correcto.

Si te fijas la novela tiene una especie de simetría. Generalmente en cualquier novela negra o policíaca, si hay un descubrimiento de un cuerpo, sabes que se trata de descubrir quién lo mató, quién es el culpable. En Temporada… las pistas están desde el principio. Tampoco importan mucho. Te dicen cómo fue. Lo que importa es de qué manera el entorno propicia todo esto. Si te fijas, todo el pueblo es quien la mató: la misma dinámica, las fuerzas y los afectos que hay en este pueblo –encarnados en los personajes– son los que ocasionan el asesinato.

Como yo sabía que no era una novela que iba a ir del punto A al punto B, quería que fuera una novela que fuese hacia adentro de los motivos del crimen, profundizando. Si te fijas cada capítulo es una especie de vuelta, de espiral que se va concentrando hasta volver a salir. Finalmente los últimos capítulos son generales. Tenían que existir porque los primeros van entrando y tenía que salir. Pude quedarme adentro.


Fernanda Melchor y su Temporada de Huracanes, primera parte.


ÓA. Esto me emociona porque como lector agradeces que sea transmitido, entras en sintonía. Me da la impresión de que Temporada de Huracanes sí es una espiral, te invade, es un ritmo que te revuelca en una espiral. Daniel Sada lo llega a hacer en algún momento

FM. ¡Claro!, él era una maestrazo. Lo hacía métricamente. No soy gran lectora de Sada, por ahí tengo Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, y alguna vez lo empecé a leer. Leí Una de dos, tengo Albedrío, y quiero empezar con los libros chiquitos. Alguna vez leí un cuento de Sada en una revista Replicante que hablaba de dos familias que vivían en un multifamiliar y de cómo se escuchaba todo. Lo que contaba estaba padre, la manera intrusiva en la que se metía me parecía padrísimo, pero las palabras que usaba para contarlo eran de “wey, a ver, esto está en rima… sí… pero no…”, Sada logra hablarte con un ritmo, sabes que hay algo ahí que está súper medido, como una canción, con una cadencia particular. En Porque parece mentira… está medido el endecasílabo pero en este cuento, no. Y sin embargo la forma de contar, las palabras que eligió, los personajes, me marcaron muchísimo.

No soy la gran lectora de Sada, te lo voy a confesar. Soy más lectora de Rulfo, y es más fácil ser lectora de Rulfo, por la brevedad de su obra es más fácil estudiarla. Tú puedes leer de una sentada Pedro Páramo, y ver las cosas que hizo. Pero Rulfo tiene unos párrafos divinos. Unos párrafos en donde dice la palabra “piedra” y el siguiente dice “piedra” también y no te das cuenta. En cambio, si tú lo estuvieras haciendo dirías “no lo voy a escribir así para que no se repita” y Rulfo lo hace y le queda precioso. Es increíble.

Esta cualidad fenomenológica me encanta. Alguna vez en la maestría leyendo a Jean Mitry, tiene un libro sobre el cine en donde su teoría es que el cine es la mejor de las artes porque pone una subjetividad en movimiento, como la misma realidad en imágenes, tiene una duración y un tiempo, por eso el cine es la mejor de las artes porque logras experimentar la duración de la existencia –se supone–. Y en este caso la literatura sería inferior porque no la estás viendo y además puedes detener el libro y dejar de leerlo. La literatura esculpe al tiempo de manera distinta al cine. Mitry tiene una parte –y supongo que Rulfo y Sada lo lograron y no sé si yo lo he logrado pero lo aspiro– que señala que no es la dimensión nada más de lo que significan las cosas ni la imagen que producen, como en el caso de la poesía cuando hablas del “tigre” como este animal que arde en el bosque de la noche –que esa es  una imagen– sino además la cadencia de las palabras deben de tener un significado.

Pienso en Lorca en “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, hay una parte en donde está el torero agonizando y lo meten, la gente está afuera esperando: “la heridas quemaban como soles/a las cinco de la tarde,/y el gentío rompía la ventanas”, la forma en la que se escucha… Lorca tenía esta dimensión, los poetas la tienen en donde no nada más ves la imagen, no nada más la entiendes sino además la sientes, con ese poder de las palabras.

Yo soy más modesta. A mí me gusta más hablar con lo coloquial. A mí me gusta que cuando un personaje piense en su mundo, lo piense en sus palabras, que no piense “y en ese momento sintió que la iba a amar toda su vida”. No. Yo quiero que piense “y en ese momento se enculó” porque el lenguaje popular es sabio y dentro de sus vulgaridades y sus leperadas hay cosas muy padres. Finalmente es nuestro idioma.

En esta novela en particular, sentí que un narrador que pensara demasiado por los personajes iba a ser un narrador que quería estar por encima de ellos. Quería un narrador que pudiera estar entre ellos, que de repente hablara con sus voces. Que al narrador no le diera pena. Muchas veces, en grandes obras literarias, las del siglo XIX, pienso en Balzac, Flaubert, Dostoievsky, Tolstoi, los personajes que son de muy baja extracción hablan como el narrador o el narrador piensa por ellos y dicen cosas que quizá ellos no sentirían. Con esta novela no quería un narrador omnisciente.

A veces me preocupa hablar de personajes marginales porque desde mi lugar como mujer, clasemediera, universitaria, veracruzana, criollona, no me identifico como indígena, me identifico como mestiza, no me identifico como jarocha, mulata. No. Entonces, ¿cómo hablar de estas personas desde tu lugar de enunciación? Tampoco quería un narrador que fuera despectivo o que se burlara de ellos, o moralmente superior.

La novela sí tiene su moral, finalmente con el epígrafe lo que quiero decir es “wey, no hay nada bonito en matar a alguien, por mucho que tú pienses que matar a alguien es un acto heroico para salvar tu vida y liberarte…” porque finalmente es lo que hace Brando, se quiere liberar de su madre, se quiere liberar de las cadenas de la religión y de su propia represión pero mata a alguien y no hay nada bello en ello y es un acto de cobardes finalmente. Nunca hablo a favor de las cosas que suceden en la novela: describo lo que sucede. Si hubiera tenido a un narrador omnisciente hubieses parecido que veía las cosas desde arriba como si yo fuera mejor o como si yo nunca hubiera tenido esas actitudes.

Quería estar entre ellos, empaparme de esas emociones y estar cerca y no engañarme. Siento que cuando uno escribe su segunda novela –y eso ya me lo habían dicho– te entran nervios porque no quieres repetir la primera y al mismo tiempo tienes las mismas obsesiones: están los chavos, me gusta hablar del negarse a la adultez, el limbo que significa la adolescencia. Y la adolescencia a todas las edades: si te fijas está el Munra que tiene 33 años y sigue siendo un chavorruco. Son temas que todavía tengo, que me gustan, sentía que todavía tenía algo que decir. El amor prohibido. Es un tema muy novelesco. Quería alejarme de los lugares comunes, que no fuera el amor de la pobrecita que se enamora del millonario, quería el amor del chavo machín que está secretamente enamorado de su amigo y el efecto dramático que eso tiene. O el amor prohibido de Norma por su padrastro con todos los bemoles y el pedo edípico y la relación con la mamá.

ÓA. ¿La homosexualidad es un tema que te llama la atención? Aparece en Falsa Liebre y aparece aquí.

FM. Nunca me ha interesado hablar de la homosexualidad. Todos somos gay en parte. Todos somos bisexuales para poder sentir afecto por todos, y de alguna manera nuestro desarrollo nos encamina hacia una o varias de las aristas que existen de la sexualidad.

Creo que a veces la homosexualidad es una metáfora de lo prohibido de una sociedad. Si los personajes no vivieran en una sociedad que sanciona lo gay, muy probablemente tendrían otra transgresión. Lo manejo así porque hablo del amor prohibido en general. Si yo tuviera otro escenario, si hubiese escrito una novela de amor en los campos cañeros del siglo XVII seguramente hubiera pensado en el amor entre una hacendada que se enamora de un esclavo negro. El tema del amor prohibido me parece muy padre porque manejas las cosas entre la atracción irresistible y la contención de la moral. Es padrísimo jugar con esas tensiones porque al final de cuentas una novela es eso: una tensión que tiene que resolverse.

ÓA. La primera vez que te entrevisté te habían seleccionado recientemente para estar incluida en la Antología México 20, y ahora El País te menciona en la lista de narradoras consolidadas, ya no pensaría como narradoras emergentes. Más allá de la selección, ¿te da miedo estar incluida?

FM. Es muy raro. En el artículo ni me mencionan. Al final aparecen unos recuadros. Creo que entrevistaron a Claudio López Lamadrid, de Random House en España y yo creo que él dijo que me van a publicar en septiembre allá, creo que lo estaba anunciando. Y no sé si la segunda parte, la de los libros, salió porque dijeron “a ver, tenemos este concepto del Boom latinoamericano que son chicas, a ver qué libro salió”. El primer Boom también fue un pedo comercial. Estos autores ya estaban consolidadones, estaba Fuentes, que no era un jovencito, Vargas Llosa que ya tenía una trayectoria, García Márquez, Donoso… fue un descubrimiento mercantil en España.

Me dan nervios porque siempre es raro salir de tu área de confort. Tengo a mis lectores que son mexicanos, y sé que me hay gente que me ha leído en Estados Unidos o en Centroamérica porque se llevaron Falsa Liebre, porque además mis libros nunca se han vendido en Kindle, sólo Temporada de Huracanes está en electrónico. Escribí este libro pensando en Veracruz, pero no me limité pensando en que no me iban a entender. Un escritor siempre trata de escribir pensando en un público universal: me gusta el lenguaje popular pero no pongo la grabadora sino sería incomprensible hasta para los poblanos… o para los chilangos… entender el caló de Veracruz es algo realmente difícil, pero al mismo tiempo, cuando me empiezan a leer fuera, me da miedo y digo “no me van a entender, no van a entender de qué va la novela o les va a parecer raro o extraño, o hay elementos demasiado locales” ese es siempre el miedo. Y pensar si te va bien allá, qué es lo siguiente que voy a escribir. ¿En qué lector voy a pensar?

Va a salir en España, en Francia, en Italia, Inglaterra, Estados Unidos, Holanda. Qué tal que lo siguiente que escriba no lo quieren, ¿va a ser un fracaso? Pero ya deberían de ser cosas que no deberían importarte. Te vuelves loco. No escribirías jamás nada. Te pasaría como a Rulfo. No puedes pensar en eso. Por ese lado da nervio. Pero por otro, sabes que es una estrategia comercial: ni siquiera es mi libro, si no fuese yo, sería otra.

El hecho de que me traduzcan es lana, y me puedo dedicar a escribir otra novela. No tengo que dedicarme a hacer reseñas, ni dictámenes en chinga para tener pa’ tragar. Puedo darme el lujo de tener otro año para dedicarme a escribir otra novela. Eso aprendí al escribir una segunda novela: tratar de aprender cómo escribes. Necesito tener un chingo de concentración. A lo mejor no me tardé mucho en escribirla pero los meses que la escribí, me aislé por completo de todo, fue muy complicado, incluso a nivel familiar. Me exigió muchísimo.

Falsa Liebre tenía un objetivo muy particular: quería hacer un minuto a minuto, si te fijas es un solo día y acompañamos a los personajes y se van rotando, no lo vemos completamente durante el día, lo vemos en ciertos momentos. El chiste era elegir los momentos claves, y al mismo tiempo quería hablar de lo aburrido y lo monótono y lo descorazonante y desesperante que es vivir en el Veracruz en donde no pasa nada. Puedes pasarte los días fumando mota y cagüameando, viendo a los chavos jugar en el parque porque de verdad es una ciudad inactiva y apática. Sobre todo para esta gente que no tiene chamba ni nada. Quería hacer una novela diferente, no quería ese tipo de narrador. Y sin embargo siempre tienes miedo porque dices cómo le voy a hacer para no escribir Falsa Liebre 2, si me siguen interesando el tema de los chavos, la homosexualidad como trasgresión.

ÓA. El trabajo periodístico que realizaste con Juan Eduardo Flores Mateos, resulta desgarrador, ¿hay un arranque de novela, hay algo que estás trabajando?

FM. Quiero escribir un libro de crónicas sobre este periodo. Estoy revisando Aquí no es Miami, que ya va a salir con Random, sale en enero o febrero, estamos revisando el libro. Estuve a punto de incluir esa crónica en Aquí no es Miami, pero cuando lees el libro queda súper discordante. “¿Qué más le puedes hacer a un muerto si ya lo mataste?” es seis años después de la última crónica. Y seis años después en Veracruz es un chingo de tiempo. “Veracruz se escribe con Z” será la última crónica del libro –tiene un nuevo orden– y se publicó un año antes de los 35 muertos, que aparecieron en la vía pública, en el paso a desnivel. A partir de eso fue otro rollo. Empezaron las balaceras, las desapariciones, los cuerpos mutilados, muchísimo más fuerte. Poner esa crónica y luego dar el salto a esta otra, hay un abismo de “Ok, encontraron 250 fosas” pero no quisiera terminar contando eso. Preferiría empezar otro libro que hable de estos años que faltan, que es algo a lo que Juan se dedicó.

Yo salí en 2012 de Veracruz, Juan está chavo, se quedó y empezó a escribir crónica. Él tiene sus crónicas, de 2011 al 2015… Es otro libro distinto, es otro Veracruz. Es Duarte. Es la decadencia completa, éstas son otras cosas. Esto más bien va de finales de los ’90 en adelante, tratando de entender cómo entraron los Z. De 2011 para adelante es cómo llegaron a la cúspide de su poder y luego cómo fueron expulsados. Y todo tiene que ver con el cambio de gobierno.


Consulta la entrevista original aquí: Entrevista a Fernanda Melchor.


Fernanda Melchor y su “Temporada de huracanes”

“Temporada de Huracanes” es uno de los libros del año. La segunda novela de Fernanda Melchor (Veracruz, 1982), ha sido aclamada por los lectores y causado revuelo entre la crítica.

Al grito de “¡Por Fin!”, el escritor Antonio Ortuño, uno de los más respetados y apreciados autores de México, externó su admiración por esta  novela, en la que la veracruzana nos deslumbra con un estilo ágil, conciso y sucio (en el mejor sentido de las palabra), que ha traído aires refrescantes a la literatura nacional.

Óscar Alarcón entrevistó a la autora y comparte con El Tecolote, esta entrevista sobre su obra y su nuevo libro.


Consulta la entrevista original aquí: Entrevista a Fernanda Melchor.


Óscar Alarcón. En una entrevista anterior, recuerdo que me comentaste que la crónica “La Casa del Estero” de Aquí no es Miami, te estaba dando para escribir una novela. ¿Era Temporada de Huracanes?

Fernanda Melchor. No. Con ese ambiente, tenía pensando hacer un libro con cuatro novelas, a la manera de Different Seasons de Stephen King. Sacó otro libro hace poco que se titula Full dark, no stars, que también son cuatro historias muy oscuras pero no tienen relación una con otra. Yo quería hacer algo así y que la relación estuviera en que ocurrieron en el mismo lugar.

Esta historia empezó como una de esas historias pero creció hasta ser una novela por sí misma. Ya no me vi haciéndola cortita y metiendo otras. Creció a su manera y se convirtió en esto.

ÓA. Como lector transitamos por Temporada de Huracanes y se nota que es una polifonía, es la voz popular, ¿qué tanto nos nutrimos de estas voces?

FM. Bueno, ya sabes que Rulfo es un referente. Para llegar al narrador de esa novela pienso en Se está haciendo tarde de José Agustín, que me gustó muchísimo. Que tiene este narrador que anda viendo todo pero al mismo tiempo entra en cada personaje, en unos más que en otros. Ahora que releí esa novela –la releí antes de escribir Temporada de Huracanes– siempre tuve la impresión de que el personaje protagonista es Rafael, que es el que lee las cartas y el que tiene todo el malviaje, pero si te pones a ver en realidad el narrador –que es omnisciente– es el que pasa más tiempo con él en sus momentos interiores. Pero la novela empieza contando la historia de Virgilio; si te fijas, el protagonista es Virgilio; incluso a Gladys, a Paulhan y a Francine, la gringa loca, de alguna manera se les mete. A mí me gusta mucho esa forma de trabajar.

Pienso también en Armando Ramírez, en Noche de Califas, las crónicas de Tepito, que también están contadas como un chisme. De hecho, Chin Chin el teporocho es una confesión: es este chavo que encuentra al teporocho y le empieza a contar su historia. Y Noche de Califas es la historia de un chavo que se vuelve periodista pero antes se juntaba mucho con unos chichifos, con unos padrotes, y es la historia que él cuenta. Está contándotela. Siempre son tonos muy confesionales. Y creo que la literatura mexicana abreva muchísimo.

ÓA. Ahora que mencionas a Armando Ramírez, recuerdo mucho Violación en Polanco…

FM. Esa novela es un poco más extraña porque es lo que ocurre en el cine, lo que ocurre en el camión y siempre hay alguien viéndolos, que es el cuate que es Armando Ramírez o un escritor que vuelve con ellos y recuerda lo que pasaba en el cine. Siempre hay una especie de diálogo.

Me interesaba sobre todo jugar con esa forma, ver cuáles son las estrategias que usa el chisme para mantener el interés de los lectores y emplearlo de una forma distinta. Obviamente no es lo mismo. La novela es algo que se alarga por muchísimas páginas. Y un chisme sería imposible de contar.

ÓA. No quise utilizar la palabra “chisme” porque generalmente se usa en tono despectivo, no podría decir “tu novela es un chisme” pero tu novela se vale del recurso del chisme.

FM. Sí, se vale de estos recursos. Digamos que las formas verbales de conversación también lo utilizan. Son variadas. Se trata de involucrar al lector a través de la emoción y de la dosificación de la tensión para crear en él la sensación de que te lo están contando. Tú te involucras emocionalmente, aunque no te ocurre a ti, te involucras por la forma en la que te lo cuentan por la tensión.

Creo que una novela que está bien escrita, tiene esta forma. Igual y aquí el uso del habla popular es la que lo acentúa más.

ÓA. Y en la escritura no puede tener fallas de estructura, que en el chisme sí se pueden cambiar.

FM. Son distintos. Cuando tú platicas algo es distinto: tienes cacofonías, interrumpes la narración, haces digresiones, haces flash backs para contar antecedentes. Es usar esas estrategias pero de una forma menos espontánea, como el chisme. Aunque si te pones a pensar, el chisme no es para nada espontáneo. Quien sabe contar una buena historia, ya la contó muchas veces y ya sabe en dónde detenerse, qué puntos explotar, ya sabe qué debe de contar con un estilo de diálogo indirecto.

Por ejemplo, mi ex marido, Jorge Guevara, sale mucho en mi libro Aquí no es Miami, porque él me contó muchas de estas historias. Y lo cuento en “La Casa del Estero”, él tenía una manera muy peculiar de contar sus cosas: era muy literario a pesar de su realidad. Todo era muy intuitivo. Creo que le aprendí mucho a él en ese sentido.

En el caso de “La Casa del Estero” aprovechaba los elementos de la literatura de terror. Si de por sí toda novela debe de tener una tensión, la novela de terror, la novela de intrigas y la novela de suspenso, exacerban estas sensaciones. Te da hasta ansiedad: quieres saber qué va a pasar… o no quieres saber qué va a pasar. Juega con esa misma tensión.

ÓA. Te preguntaba al inicio por “La Casa del Estero” porque en Temporada de Huracanes aparece la casa de la Bruja, que se convierte en una especie de recinto mágico, un recinto secreto, prácticamente inviolable, ¿qué sucede con estos lugares que se vuelven lugares de memoria, qué tanto te interesa conocer este tipo de lugares?

FM. Yo juego con la imagen y con los elementos estéticos de este tipo de casas. Por ejemplo, la casa de la Bruja era una casa en obra negra. La Casa del Diablo también estaba en obra negra. Era una casa incompleta. ¿Cuántas veces hemos pasado por una casa que lleva años en construcción y que pensamos que es algo tenebroso?

Aunque en realidad nunca me interesó hablar de lugares verdaderos. Lo que quería era jugar con el carácter impenetrable de la casa, con lo maldito, con lo misterioso. Lo que sucede al interior de la casa es sórdido pero al final es banal, no hay brujería. A lo mejor estoy espoileando la historia pero en realidad no importa. Yo quería generar esta tensión de qué chingados pasa en esa casa, las orgías deben de ser la cosa más impactante y satánica del mundo… y al final lo que sucede en la casa es que son pedas y karaoke. Finalmente es hasta la parte de Brando cuando se empieza a rebelar todo esto.

La Bruja Chica ni siquiera es bruja, es alguien que le tocó tener ese destino, tener ese papel. Forma parte de su identidad hacia afuera. Dudo mucho de que en realidad se sienta con esos poderes. Más bien creo que es algo de lo que se aprovecha. Es un juego de las apariencias. Comienza hablando de los mitos que representa la bruja, de lo que ocurre alrededor de ella para ir desenmascarando lo que significa para muchas personas: lo que la Bruja representa para las primas de Luismi, lo que significa para Norma, lo que significa para el Munra. Desmitificarla. Hasta que resulta que es una pobre persona que le tocó una vida desgraciada.

ÓA. ¿Por qué es importante contar una novela como Temporada de Huracanes cuando ya nos dijiste que no se trata de una novela de misterio sino de la vida cotidiana?

FM. Yo quería jugar. Había leído muchos cuentos de hadas, y quería jugar con las estrategias de los cuentos de hadas. En el fondo quería reflexionar en el feminicidio y en cómo muchas veces este tipo de crímenes se recubren, y se dice “¿por qué la mataron? Ah porque andaba sola, vestida de tal manera, porque tomaba, estaba loca, le gustaba la mala vida”, entonces al final de cuentas son mitologías que la gente se inventa pero no sabemos qué es lo que desencadena un crimen.

En este caso quería reflexionar sobre qué hay más allá del “la mató porque le estaba haciendo brujería”. Y si sí, qué significa para las personas. Pero no estoy muy segura de que cuando pienso en escribir una novela diga: “ah esta novela va a reflexionar sobre este tema”, en realidad pienso en términos de personajes. Antes de pensar en “voy a hacer una historia de un feminicidio”, pienso en “ah quiero hacer una historia que matan… ¿por qué? Se irá descubriendo poco a poco”.

Su anterior novela, “Aquí no es Miami”.

ÓA. ¿Por qué matan a las mujeres en México?

FM. Hay muchos factores: la violencia machista en general. La gente piensa en el término “feminicidio” y conozco mucha gente que ha dicho “ese término está mal y no debería existir porque cada vez que maten a una mujer es un feminicidio”. La cuestión del feminicidio es cuando te matan por el hecho de ser mujer, cuando te matan porque creen que eres propiedad de alguien. O que alguien piense que matarte no va a tener gran consecuencia. Que es lo que sucede en el estudio del acoso sexual en el Metro: 90% de las personas tienen trabajo, tienen pareja y lo hacen conscientemente –no estaban ni borrachos ni drogados– porque saben que no les va a pasar nada.

Todo el tiempo hay momentos de misoginia. Las mismas mujeres a veces no están contentas de ser mujeres. Sienten que hay una condición de inferioridad por el hecho de ser mujeres. Muchas lo sienten y deben de rebelarse. Viven una vida al margen de la sociedad porque no empatan con el estereotipo de ser mujeres. Era algo que me interesaba hablar en la novela. No me interesaba tanto reflejar una realidad sino ponerlo en escena, dramáticamente, qué sale de eso.

ÓA. Y en Temporada de Huracanes se mencionan los asesinatos de los travestis, que si bien los feminicidios a veces se ocultan, los asesinatos de los travestis son más oscuros.

FM. Creo que todavía es peor. Los transexuales femeninos son mujeres porque lo eligen. Es peor. Creo que un macho bruto dice “son mujeres, son inferiores. Los hombres somos los chingones pero el transexual es peor: porque lo elige, quiere ser mujer, debe de haber algo peor en él”, quizá por eso mucha gente piense que por eso merece un trato peor incluso que las mujeres.

Creo que toda fobia es una especie de filia oculta. Las personas que son intensamente homofóbicas es porque le temen a sus propios impulsos sexuales, y les angustian tanto que la única manera de resolverlos es siendo violentos con las personas homosexuales.

ÓA. ¿Es parte de la cultura del centro o está en todo el país? ¿Qué pasa con los muxes en Oaxaca que son respetados?

FM. Está en todo el país… Y en el caso de los muxes es contradictorio porque tienes que asumir el rol como mujer. Naces hombre y el género que desempeñas es mujer pero no tienes la libertad de casarte siendo muxe. No puedes casarte porque tu función es la de quedarte a cuidar a tus papás y organizar fiestas. Siendo muxe no puedes vestirte de hombre, “¡eres muxe y te vistes de vieja!” y sufren una serie de represiones por ser mujeres.

No domino del todo el tema pero tengo la impresión de que la cultura es igual de machista porque además hay una partición de los roles: porque tú eres muxe, tú te quedas a cuidar a los papás y porque tú eres muxe, tú eres el que peina, el que arregla y dedicarte a estas cosas. Porque aunque naciste varón, eres mujer. Y perteneces al género femenino. La división rígida del género se reproduce: estás obligado a vestirte de mujer y a tener todos los patrones de comportamiento femenino.

Tengo que estudiar más del tema. Supongo que debe tener muchos beneficios siendo muxe, como no estar obligado a casarte debe ser interesante. No veo muchas libertades. Ser Queer por ejemplo. Dejarte la barba y vestirte de mujer. O que a las mujeres se les permita eso siendo hombres.

En Alvarado, Veracruz, cerca de octubre hacen una fiesta que se llama “el encierro de burros”, y todos los hombres del pueblo se visten de mujeres y salen a desfilar en burros. Es una cosa que viene de la Colonia: los mulatos se burlaban de los españoles, hacían sus cabalgatas con burros, vestidos de mujeres. Se visten de mujeres pero a la gente gay no se le permite, vestirse de mujer sólo es para hombres. Y las mujeres no pueden vestirse de hombres ese día. Es una mofa. No se visten de mujer para liberar algo dentro, del todo. Si te portas muy joto hay un castigo social: “no, compadre, se está pasando de joto” y a las mujeres no se les permite hacerlo.

Pueden ser rasgos culturales trasgresores pero en el fondo no lo son. En el fondo asumen las diferencias de los sexos como las diferencias de los géneros.


Consulta la entrevista original aquí: Entrevista a Fernanda Melchor.


 

La ansiedad, los otros, mi cabeza

(La persiana rota (La ansiedad del sillón (La yerba (Las pastillas que no desayuné (Joyce (Blake (Ginsberg (La mala armonía (El resentimiento (Kafka en tribulaciones (Cervantes en vuelo (Las traiciones de los que restallan lágrimas (Misloz (Huidobro (Di Giorgio (Mis placas dentales (La envidia que respira fuera (La melodía a solas (Lo muy agrio (Plath (Pizarnik (Agustini (Espectros de antiguas novias (Sonrisas grises (Esta jaula podrida de mi esqueleto (La tristeza entre perfumes ciegos (El dolor que no cesa (Este caer desde el silencio (Los disparos desde el vientre de mi madre (Los Libros (El vino como profeta (La muerte que no abordé (Lo que invento y sueño a través del tacto (Lo que soy (Lo que he sido (La bruma de mi corazón cuesta arriba (Cuántos instantes de soledad y muchedumbre ( Cuánto tiempo para odiar ( Para recoger mis despojos con ojos llorosos de rabia

(A pesar de todos y de mí mismo.

 

Al acecho

Hasta hace algunos años, incluso durante mi infancia, los crímenes de la nota roja me parecían ajenos; algo que aunque existía y sabía que estaba en alguna parte, permanecía suspendido, apartado de la realidad. Era como si existiera un universo alterno que únicamente se había creado para darle vida a esa sección de algunos periódicos o que incluso era como una simulación, una puesta en escena para alimentar el morbo de aquellos vampiros citadinos, ávidos de sangre.

Sin embargo, de un tiempo a la fecha es como si esa sangre hubiera cobrado color y textura, como si su sabor tocara nuestros paladares para provocarnos el escalofrío de la cercanía de la muerte.

Hace poco más de un mes me dirigía al gimnasio y al llegar, encontré a la recepcionista consternada. Me dijo que hace unas horas habían asesinado a una joven enfrente del lugar, yo no pregunté más. La sensación fue extraña, aunque no tanto como cuando me enteré que el padre de la joven es compañero de trabajo de un tío. Se trata del asesinato de Fernanda, de 18 años, quien salió a comprar una pizza en la colonia CTM y fue baleada por dos tipos, uno de 17 y otro de 15 años, quienes fueron capturados esa misma tarde.

La historia más reciente es la de Mariana Joselin, también de 18 años, quien hace un par de semanas fue encontrada sin vida en una carnicería de la unidad Las Américas, en Ecatepec, Estado de México. Ni falta hace decir que ese municipio es uno de los lugares más violentos del país, es algo que todos sabemos e incluso podría volverse un cliché mencionar que ocurrió un asesinato más en el Estado de México, desafortunadamente también hubo un lazo con el hecho: el dueño de la carnicería es amigo de mi padre, quien estuvo presente en el momento en que el comerciante descubrió el cadáver de la joven. En este caso, el asesino no fue detenido, sin embargo, existe la certeza de quién fue.


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Me oprime una sensación de acecho, pues la delincuencia se ha convertido en una plaga que se extiende veloz y nos alcanza. Hechos como los anteriores nos obligan a reflexionar en lo cerca que está el crimen de nosotros, en que quizá estar en el momento equivocado o un mal tino en el tiempo, nos pueden hacer dejar de existir en segundos. Nos llevan a pensar en que, como en el caso de mi padre, se ha estado conviviendo con el asesino. En que tengo una hermana pequeña viviendo en esa zona. En qué hacía yo a los 18 años. En las ganas de vivir que se tiene a esa edad. En la volatilidad de la vida.

Retratos

A Diane Arbus

En mis zapatillas

notarás que los cordones

hacen saltar la gordura de mis tobillos.

Soy obesa.

Me alegra pintarme el rostro porque el labial se asienta igual

en flacas o en gordas.

Los trajecitos de bailarina, esos sí,

los confecciono a mi medida.

Y salgo a lucirme apretada dentro la ropa

que me gusta pero me hace ver ridícula.

 

Los hermanos idiotas viven en la casa de enfrente.

Circo de fenómenos.

También son gordos

pero una falla genética los hace lentos y no perciben como yo los propios defectos.

En verano salen de paseo,

muestran sus grotescas enfermedades sin miedo

esbozan una sonrisa que parece auténtica

mas entre los hoyuelos, aunque no requieran la máscara del maquillaje,

se escabulle la tristeza.

 

Recuerdo a las pequeñas gemelas que viven al final de la calle.

Son delgadas y su cerebro parece funcionar con normalidad

pero su perfección no me engaña: sufren.

Viven atrapadas en uniformes lúgubres

arregladas idénticas:

producción en serie.

No necesitan ideas propias.

Parecen sombras perfectas que se inclinan con gracia al tomar sus verduras

fantasmas infantiles que siguen reglas.

Nunca se mueven el moño de la cabeza

Rían a tiempo, niñas, no importa que no lo sientan.

 

Hay un recién nacido que salió de las entrañas de mi hermana,

querubín enojado con el mundo.

Cuando duerme parece que ignora las adversidades de la vida,

llora porque sabe la pudrición a la que fue arrojado.

El pequeño será consolado unos años

y después sabrá que el llanto es el pan de cada día.

 

Y qué más da si me observas y te ríes.

También eres parte de la misma obscena existencia

Un fenómeno con más o menos deformidades.

Somos errores arrojados a una tierra incomprensible.

Obligados a abrir los ojos,

sobrevivimos en el fango de cimientos engañosos

y bellezas falsas de absurdas exigencias.

El jardín

No quería el jardín para vivir

sino para contemplar la belleza de sus seres.

Quería la sombra de sus árboles y la calma de yacer sin pensar.

 

Quedarme quieta como esos frutos listos para devorarse,

esperar como aquellos

rebosantes de vida sin vivirse,

descansar en aguardo del destino,

de una mano que los tome,

una vida que los necesite.

 

Porque también soy un fruto maduro

que la tierra expulsa y debe cumplir su función:

esperar

nutrir

servir.

 

Pero no todos los frutos sirven.

 

El jardín escondía retazos oscuros: frutos secos.

El jardín que yo buscaba no era el de la luz y el color

sino el de la putrefacción.

 

Supe entonces que mi existir entre la espera

formaba parte de otro destino.

 

Yo no estaba hecha para saciar;

mi ser era como el de aquellos de olor rancio y piel seca

yo debía yacer inerte hasta la pudrición.

 

Entonces corrijo:

 

Sí quería el jardín para vivir.

Yo era parte de esa especie en abandono hecha menos.

 

Porque vivir es también esperar y no lograr

esperar y no servir,

esperar y marchitarse.

 

Vivir también es esto: pudrirse.

Y volver, volver

No es la primera ocasión en la que escribo acerca de volver. Se puede volver a ser el de antes, a tropezar con las mismas piedras, a los lugares donde uno fue feliz, a donde amó, a donde odió y a donde sufrió, pero quizá mejor que nada sea volver a donde uno aprendió y creció.

Y es que creo que para mí no hay ejemplo más emblemático que el de la UNAM, pues es donde me formé como profesionista y como persona, y sí, también donde experimenté las más intensas sensaciones.

Hace un par de semanas volví, tras más de un año de haber dejado por completo las aulas, tanto como alumna como profesora adjunta, y sentí la nostalgia universitaria quemándome la piel. Fue al mismo tiempo una herida abierta y el ungüento.

Y es que volver a subir la rampa de la facultad es recordar las cálidas tardes en las que obligaba a mis piernas a ir más rápido para llegar a tiempo.

Foto: Diana Ramírez.

Pasar por el kiosco es volver a sentir el despertar del apetito cuando llegaba a la facultad después de una sesión de entrenamiento.

Recorrer el jardín digital es sentir la emoción de ver las mejoras de la facultad y sentarme a organizar trabajos en equipo o a comer con alguna amiga, a platicarnos nuestros planes que aún parecían tan lejanos.

Mirar las bancas de piedra es recordar viejos amores que se han ido y que pensé, durarían para siempre.

Caminar por los pasillos es evocar a aquella adolescente de nuevo ingreso cuyo temor más grande era elegir un camino errado.

Foto: Diana Ramírez.

Ir a la Ciudad Universitaria en viernes, por su parte, fue un resueno de la importancia del tiempo, una advertencia de que no vuelve y de lo veloz que corre.

Volver a las islas es quizá el recordatorio más grande de lo que se siente no traer dinero en la bolsa y tener mucha, mucha hambre de mundo, de vida, de todo.

Mi visita a la universidad fue corta, sin embargo, no hubo segundo en el que dejará de reflexionar acerca de lo que soy y lo que fui, de lo que quiero ser y de lo inmensa que es mi UNAM en todos los sentidos. Me sentí abrumada en más de una ocasión, pero al final del día llegué a la única conclusión a la que se puede llegar después de un día pletórico de nostalgia y recuerdos: es preciso volver, volver, volver.

Destruir el sol

El a está hecho ceniza y brotan cuerpos de un suelo desgastado.

Las manos sangran de vacío,

el tiempo sufre sus propios pasos.

 

Palpé mi vida en la herida abierta al espesor del mundo.

 

Dejé a la deriva los recuerdos:

volvieron con las plumas de pájaros famélicos

bañados de una luz que ciega.

 

Conocí un fuego que ya no abrasa,

me quedé en pausa con los brazos abiertos

y la mirada atenta a la maquinaria del caos.

 

El futuro se desliza entre las fauces de la nada.

 

¿Cómo no encaminarme a mi muerte y no regar lamentos por esta tierra egoísta?

¿Qué hago para que la memoria ilumine más que restos dolientes?

 

Ni las larvas del olvido saben de fallecimiento.

Crecen.

Brillan a través de un halo de sangre disecada.

Domestican la muerte.

 

Destruir el sol no es suficiente.

Crónica sobre un hombre que abraza un árbol y encuentra la paz

Hoy vi a un hombre abrazar a un árbol.

No entendí por qué lo hacía, pero tampoco me acerqué a preguntarle, sólo me quedé parado a mitad del Parque España, observándolo.

Lo primero que pensé fue este compa está pirata, pero en su gesto se detectaba una determinación que dejaba fuera la locura. Abrazaba un tronco ancho que sus brazos no alcanzaban a abarcar, así que estaba parado ahí, con los brazos extendidos alrededor del tronco, mientras que con las palmas de las manos le hacía caricias circulares a la madera. En su cara estaba dibujada una sonrisa. No socarrona. No propiamente de felicidad. Era una sonrisa llena de ternura, de la clase que le dedicas a la pareja o a un amigo íntimo cuando te está contando sus penas.

Luego noté que, a un lado del hombre, sentada en el cemento, viéndolo, estaba una señora con el cabello lleno de canas, lentes gruesos y una chamarra deportiva negra.

La mujer contemplaba al hombre con fascinación, no sonreía, pero dejaba ver que el vínculo entre los dos, era igual de fuerte que el que se había establecido entre el hombre y el árbol que no dejaba de abrazar.

Unos instantes después el hombre abrió los ojos, se separó del árbol sin miramientos, se volteó hacia la mujer, extendió las manos hacia ella, la ayudó a ponerse de pie y luego atravesaron el parque caminando abrazados, el con su brazo derecho rodeando los hombros de ella, ella con el brazo izquierdo alrededor de la cintura de él.

Me dirijo a una banca para tratar de encontrarle un significado a la escena que acabo de presenciar. Pongo a Bowie en los audífonos como para que me guíe con la melodía de Starman. Después estreno una libreta nueva con una pluma vieja y comienzo a escribir este texto.

Observo que a los cuidadores de perros le saca platica a unas morras guapas que paseaban por aquí, ellos aprovechan la ocasión y logran sacarles sus números o su Facebook, que sé yo, no alcanzo a escuchar, pero supongo que lo de usar a tu perro como imán para morras guapas funciona, aunque el perro no sea propiamente tuyo – consíguete un perro a la de ya – ¿Te gustan los tríos? ¿Qué? ¿Te gustan los tríos? La morra que me pregunta no está nada mal, pero la que la viene acompañando no es para nada mi tipo, pero pues…

Miro para todos lados buscando una cámara oculta tratando que me ayude a discernir cual debe ser mi respuesta, pero no logro distinguir nada, aun así, mejor pregunto con precaución. ¿De qué hablas? De los tríos de botana que estamos ofreciendo amigo, somos estudiantes de química de la UNAM y andamos vendiendo estas paletas de chocolate, estas bolsas de palomitas y estas ricas papas enchiladas para juntar el dinero que nos permita ir a un congreso, ¿qué dices amigo, nos ayudas?

Lo único que puedo pensar es qué técnica de marketing tan pinche andan usando y que pura madre les voy a comprar nada.

Ándale amigo, todo es orgánico, envasado al vacío, y lo que manejamos son productos de la más alta calidad. Quisiera, pero ahorita no traigo feria, para la otra será. ¿Y a la otra nos compras las tres? Ajá, a la otra les compro las tres. Bueno amigo, que tengas bonita tarde, adiós. Adiós.

Se acercan a una pareja que estaba abrazada y besándose en una banca a unos pasos más allá de donde estoy yo y los interrumpen, obligándolos a romper el abrazo y separar los labios, para darles un discurso que no les importa sobre productos que no les interesa comprar.

Es ahí cuando me doy cuenta.

Creo lograr comprender al hombre.

Y es que siempre que he abrazado a alguien, lo hago sabiendo que en un momento nos vamos a soltar y dejar ir. Que tal vez dejaremos de ser amigos, pareja o alguno de los dos muera en un punto determinado y no volvamos a estar así jamás. Que nunca voy a tener la certeza de que los brazos que me reconfortan ese instante lo vuelvan a hacer, o inclusive si yo volveré a desear estar entre esos brazos.

Pero el hombre sonreía así porque sabía que ese abrazo con el árbol, si bien no podía ser eterno, iba a estar a su disposición siempre que quisiera, solo tiene que ir al Parque Espala o a cualquier lugar que tenga un árbol y abrazarlo, con la seguridad de que él no se moverá. No le dirá este abrazo ha durado demasiado tiempo ya, que se está volviendo incómodo. Suéltame que tengo que regresar a la oficina. Disculpa, pero se me hace tarde y quedé con Erick para comer. No puedo estar más en una relación a distancia. Esto es algo casual. Te quiero mucho, pero como amigo y nada más. No creo en las relaciones. No estoy buscando nada en este momento. Creo que debemos darnos un tiempo. Necesito estar solo. No eres tú, soy yo.

No.

Abrazar un árbol es un acto seguro, no implica riesgos más allá de ser atacado por una ardilla, tu corazón no está en juego, es ganar-ganar, no conoce de pérdidas o despedidas.

Por eso el acto de abrazar un árbol puede provocar esas sonrisas tan puras y un estado de tranquilidad y paz.

Pero también, es por eso mismo, que tan poca gente lo práctica.

La eternidad

Sé que desde niña vivo con un reluciente rechazo a la alegría.

Nunca tuve el tacto para amar las ilusiones,

mutilaba flores porque la soledad de su centro era más bello que sus pétalos.

 

Sé que nací con un miedo antiguo:

una angustia enternecida sudando sobre la piel.

 

Heredera de la devastación,

mis pasos aniquilan seres inocentes a causa de mi propio temor.

 

He vivido con manos de piedra y pupilas huecas que conjuran los más grandes peligros.

El mundo pro ere rechazos apenas mi canto les acaricia los cabellos.

 

Y todo eso no es peor que mi verdadera desgracia:

no poder apresurar mi muerte.

 

El fracaso constante a la renuncia es el único fruto que crece sin tregua a cada intento

y que, a costa de mi voluntad, me alimenta.

La primera rama del nido

El nido es un lugar donde se gesta la vida. En el nido, las aves crían a sus polluelos, pero además, es un sitio que construyen por sí mismas, con la dedicación, el amor y el oficio de quien sabe que ésa es una de sus misiones en la vida: proteger y resguardar aquello que ama.

Es por eso que este Tecolote ha comenzado a construir un nuevo nido, un Nido de Poesía que será alojo para las palabras que apenas cobran vida y un punto de encuentro para aquellos poetas que comienzan a volar con sus propias alas.

¿Por qué apostar a la poesía?

En El Tecolote siempre hemos estado abiertos a la diversidad de propuestas, no sólo escritas sino visuales, vamos desde las notas deportivas hasta los cuentos, pasando por los fotorreportajes y las imágenes, en algunos casos excesivamente crudas, de la semana, pues esa fue la semilla de este proyecto: el periodismo narrativo.

Sin embargo, con el tiempo hemos comprobado que en ocasiones el lenguaje narrativo no nos basta y que la propia realidad no alcanza, de manera que consideramos imperiosa la necesidad de nutrirnos de una realidad distinta a la periodística, de la fusión de imágenes con palabras que sólo nos brinda la poesía.

Dice Johannes Pfeiffer en su libro La poesía que “la metáfora poética logra fundir en unidad convincente imágenes que en la experiencia están separadas, y hasta son incompatibles. […] Aquello que para nuestra experiencia está y permanecerá siempre rígidamente separado se une y se mezcla en virtud del hechizo poético”.  

Por ello, creemos que las certezas que ofrece la poesía y esa otra forma de lenguaje son motivo suficiente para abrir este nuevo espacio en el que converjan estilos e ideas, porque es éste el género en el que “todas las dudas desaparecen ante la conciencia de que [algo] es realmente así, de que así y no de otro modo es…”.

Así que en ese intento por conjugar aquello que pareciera inconcebible unir y por dar un respiro estético a nuestros lectores, decidimos poner todo nuestro  esfuerzo en echar a andar este Nido de Poesía.

Porque “basta que se escuchen estas palabras, para que en el mismo instante ocurra una transformación en toda la Existencia”, El Tecolote coloca esta primera rama con toda la confianza y la calidez necesaria para que cada una de las plumas que aquí lleguen en busca de abrigo, lo hagan crecer con sus letras e ideas y, con el tiempo, seguir fortaleciendo esta gran familia de jóvenes y no tan jóvenes que no dejamos de creer que las palabras siempre serán el camino.

Enhorabuena y gracias a todos los poetas que ya forman parte de este proyecto. La redacción les da la bienvenida y los invita a sentirse parte de esta, que ya es su casa.

Un año en la CDMX: Metro Chilango

Como alguien que viene de fuera a quedarse a vivir en esta megalópolis, el Metro se convierte en un reto a superar para ganarse el derecho de poder ser parte, los mitos que se escuchan fuera de la CDMX invitan a todo menos a usarlo, pero tienes que atreverte a comprobar las leyendas y ver si en verdad es como lo pintan, una vez que lo haces, si tienes dos dedos en la frente, te das cuenta de que son ciertas, pero que esconde mucho más entre sus vagones, andenes y estaciones.

Descubres que está lleno de vida, de historias y de almas, algunas con prisa de llegar a algún lado en particular, otras solo vagan esperando encontrar lo que no saben que necesitan; lograr una venta, obtener un beso, encontrar el contacto humano que no se obtiene en otra parte. El metro es un lugar donde la intimidad se crea a pesar de que nadie la quiere y todos se esfuerzan por evitarla, pero fracasan, todos fracasan, y lo seguirán haciendo porque entre el pequeño espacio entre pared de metal y pared de metal, entre asientos de fibra de vidrio y tubos de aluminio, los cuerpos se encuentran, las pieles se rozan y los aromas se mezclan ya que eso es parte inherente de ser habitante de esta ciudad, y lo aprendes a aceptar, a pagar el coste, un peaje diario, un ritual que se repite varias veces al día y no se exenta los fines de semana.

Foto: JM. Mariscal.

El Metro chilango son risas, platicas privadas que se vuelven comunitarias, quejas, ventas, gritos, llantos, compilaciones de música pirata estallando en bocinas colgadas a las espaldas, son suspiros, son besos, son bienvenidas, son rupturas, es amor y odio, son peleas y abrazos, enemigos de un viaje, amistades que se pueden volver eternas, es la ciudad subterránea, a la que accedes con cinco pesos, con sus propias reglas y autoridad, son los túneles que se llenan de oscuridad y claustrofobia, los rieles que chirrean al pasar, las puertas que se niegan a cerrarse bien, el calor contenido y los grafitis que nadie más que el que rayó recuerda.

El Metro chilango lo es todo, y a la vez es nada, es algo físico, pero es mucho más que eso, tiene un componente emocional intangible, es un ente con alma y vida propia, que respira, que se alimenta de todos los que lo operan y lo usan, se nutre de las esperanzas y el tiempo, que tarda más cuando das señales de llevar prisa y recorre las vías a sus anchas cuando no le pones atención al reloj, y que no avanza cuando llueve porque prefiere chapotear en las albercas que se van formando en sus estaciones, en unas gota a gota, en muchas otras a cantaros.

Foto: JM Mariscal.

El Metro lo domina todo y acepta su condición sin reclamo.

Recibe y rara vez expulsa. Puedes ingresar con sueños y penas. Acepta lluvia y calor asfixiante. Asesinos y suicidas son bienvenidos. Ladrones y santos no pueden faltar. El Metro Chilango. Rey subterráneo. Ni bueno ni malo. No juzga ni sesga. La honestidad es su filosofía de vida. Te abre las puertas. Invita a conocer su reino. No promete belleza. Solo invita a la aventura. A que encuentres lo que hay en las profundidades y te encuentres a ti mismo en el proceso.

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Para Siempre (Parte V)

En ese momento, mientras recórdaba, me di cuenta de que había sellado mi alma para siempre a esa bestia demoniaca. Me quedaría atrapada para siempre, en la mancha de donde salió ese monstruo, a su servicio, sin que mis padres, mi hermano ni mi abuela, pudieran ayudarme.

Recé porque ellos pudieran dejar este lugar, incluso, le pedí al monstruo que los dejara libres.

–Siempre y cuando te quedes aquí– dijo el amorfo ser.

–Sí, pero déjalos ir– le dije.

Mi familia cambió la expresión de su cara por completo. Ya no tenían esa expresión de dolor, ni sangre en su cuerpo. Sus ojos se volvieron normales y aprovecharon para tocarme la mejilla. Mi madre se veía preciosa, como nunca. Ellos se fueron tras la pared y yo me quedé con el monstruo a servirle por la eternidad.

Ahora espero a que lleguen otros inquilinos, que aunque ya han pasado varios años y han venido muchas personas, tendré que seguir cobrando suficientes almas para pagar mi deuda y poder reunirme algún día con los míos, con mi familia y en especial, con mi abuela.

Para Siempre (Parte IV)

A la mañana siguiente empacó sus cosas. Mientras le ayudaba a guardar su ropa, me pidió que si tenía alguna otra pesadilla le marcara para que no me sintiera sola, pero como no me vio convencida, me regaló un rosario y una estampita con el arcángel San Gabriel. Yo no quería que fuera, incluso le pedí irme con ella, pero se negó, al argumentar que yo tenía que estar en casa para cuidarlos a todos.

Mi papá la llevó a la central de camiones con mi hermano y volví a sentirme acechada, esta vez con más fuerza. Mamá notó mi aterrador semblante que demostraban mis ojeras y me preguntó que si quería ir al doctor. Me negué por completo, mi problema no era médico, tenía que ver con la casa, le dije, a lo que mi mamá volvió a replicar que esos eran cuentos de chamacos imberbes y que dejara de pensar tonterías.

Ese día estuve esperando toda la tarde la llamada de mi abuelita. Mis papás me invitaron con ellos y mi hermano para pasear en la plaza Reforma 222, pero no quise ir, tenía que hablar con mi abuelita. Al fin sonó el teléfono, era ella pero con un tono de voz diferente.

–¿Qué tienes, abue?

–Sal, sal de ahí ahora– me decía con mucho esfuerzo.

–No te entiendo, abue, qué pasa, me estás asustando.

–Sal, sal…

La llamada se cortó y quise devolvérsela cuanto antes pero estaba fuera de servicio. Marqué muchas veces pero nunca entró. Mis papás llegaron a los pocos minutos, mi mamá llorando y mi hermano tratando de abrazarla entraron corriendo hasta su cuarto.

–¿Qué pasa papá?– pregunté alarmada.

–Tu abuelita tuvo un accidente hace tres horas en la carretera hacia Querétaro. El camión se salió del camino y chocó contra un tráiler. Todos murieron. Ya tus tíos fueron a reconocer el cuerpo, aunque todo indica que era su transporte el que se estrelló.

Me quedé en shock. No podía creerlo, sobre todo porque acababa de hablar con ella. Traté de explicarle a mi papá las palabras que habíamos cruzado hacía unos cuantos minutos pero no me creyó, me pidió que me calmara y que estuviera al pendiete para cuando nos fuéramos al velorio. Me fui corriendo a mi cuarto y me quedé llorando toda la tarde hasta quedarme dormida.

Desperté en medio de la oscuridad. Los focos no encendían y en la casa no se oían ruidos, ni siquiera el llanto de mi mamá que era más fuerte que el mío. En la calle se escuchaba aullar a una jauría de perros, como si me alertaran de algo.

Grité por mi papá, por mi mamá y por mi hermano, pero nadie me respondió. Me paré para buscarlos, pensé por un momento que se habían ido al velorio. Toda la casa estaba oscura, apenas y podía ver con la luz de mi teléfono.

Busqué en las recámaras pero no encontré a nadie. Bajé a la sala y no estaban, así que volví a subir por mis llaves y salir a la calle pero ahí la vi de nuevo, era mi madre, parada de nuevo en frente de nuestra fotografía.

–Ya nos vamos. Todos tenemos que irnos, nadie debe faltar– dijo mi mamá con voz áspera.

Volví la mirada hacia mi cuarto y ahí estaban mi papá y mi hermano, tenían los ojos completamente blancos, la cara pálida y de sus cabezas y cuerpo escurría sangre. De un momento a otro mi madre ya estaba con ellos, justo a su lado.

De pronto, la mancha de la sala comenzó a crecer más y de ahí salió la misma criatura de mis pesadillas. Destrozó la pared como si se tratará de unicel y cuando se puso de pie comenzó a subir las escaleras hasta donde estábamos los cuatro. Despedía un olor pestilente, como a orines y a perro muerto. Era un aroma nauseabundo que me obligaba a tapar mi nariz y boca, aunque sin ningún resultado. La bestía se colocó justo entre mi familia, tocándolos a cada uno con su lengua.

–¡¿Quién eres y qué quieres?!– le grité al monstruo. Con sus garras señaló la misma fotografía que tanto veía mi madre y poco a poco se iba adhiriendo a ella. Su cara y su cuello se deformaron y empezó a hablar en un idioma que no conocía, aunque cambió poco a poco a un español no muy entendible.

–Recuerda, recuerda la navidad– dijo mi madre.

–Recordar qué. No entiendo– respondí.

Sin embargo, cuando vi la fotografía empecé a hacer memoria. Los momentos de ese 24 de diciembre. La tristeza que tuve por completo en esa fecha al enterarnos de que mi abuela había muerto camino hacia la Ciudad de México durante un accidente en la carretera.

Era la primer navidad que estábamos sin ella y no pude superarlo durante todo el año, no quería que llegara otro diciembre, pero llegó. No lo soportaría, no sin ella. Así que busqué hacer contacto para hablarle, aunque fuese sólo una vez. Le pedí a una amiga de la escuela, quien se dedicaba a leer cartas que me ayudara. Ella me llevó a una misa negra donde me dieron una tabla para invocarla en casa, y así lo hice.

Llegué y comencé. Le hablé una y otra vez pero no pude hacer que me respondiera, sólo una esfera en el árbol de navidad se movía, lo hacía como péndulo. Era normal para mí, a través de esa esfera me comunicaba con ella y pasaba horas. Así estuve varios días hasta que mis padres se preocuparon mucho, además, mi hermano veía cosas en la casa y decía que había siluetas blancas que confundía con la abuela.

Las cosas empeoraron y me llevaron a un hospital. Decían que hablaba en otros idiomas y que apestaba como si algo se estuviera descomponiendo dentro de mí, a pesar de que me bañaran diario, a veces hasta en dos ocasiones. Los medicamentos no me hacían mejorar, por el contrario, me ponían más violenta al grado de golpear a mis padres y lastimarlos. De hecho, fue en la última recaída cuando me tuvieron que llevar a urgencias. No respiraba y me estaba ahogando con mi saliva.

Mi familia completa iba en el carro tratando de ayudarme a no morir, un 24 de diciembre. Desafortunadamente no pudieron hacer nada, mi condición me hacía perder la cabeza y me volvía una amenaza por momentos, así fue que los hice chocar y todos murieron, incluyéndome.

Para Siempre (Parte III)

Durante los siguientes días todo empeoró. Las cosas cambiaban de lugar y en el techo de mi cuarto se escuchaba el sonido de canicas y martillos cayendo. A veces, entre los cuartos se escuchaban pisadas como si hubiera un ejército de niños corriendo por toda la casa y en ocasiones algunas siluetas blacas cruzaban entre los cuartos a plena luz del día. Llegué a confundirla con mi mamá pero cuando iba a la recámara de mis padres donde se metía, no había nada, sólo una atmósfera fría.

Procuraba pasar la menor cantidad de tiempo en casa, le inventaba cualquier pretexto a mi mamá para llegar tarde, incluso le decía que tenía que hacer tarea pese a estar ya de vacaciones, sobre todo porque cada vez era más perturbador el hecho de que nadie lo notara. Mi mamá incluso negó haberse parado en aquella noche y lo atribuyó a mi pesadilla, por lo que me recomendó que me portara bien sino quería seguir soñando con eso.


Para siempre Parte I

Tanto a mi papá como a mi hermano les preguntaba seguido si escuchaban lo mismo que yo, pero no, me tachaban de loca y decían que inventaba cosas sólo para asustarlos. Tanto me lo dijeron que hasta les creí.

Llegó el 24 de diciembre y con ello la visita de mi abuelita. Estuve esperándola desde que supe que su camión salía a las 7:00 horas. Ella me creería, no me tildaría de loca y trataría de ayudarme a entender lo que estaba pasando con los ruidos, la sensación de miradas que me perseguían por toda la casa, así como la extraña cosquilla que sentía en mi cabeza y mis hombros cada vez que estaba en la mancha de la sala.

Cuando vi a mi abuelita bajar del taxi corrí para saludarla, sin embargo, en cuanto abrí la puerta ella se quedó parada, petrificada, como si algo le impidiera pasar. Ni siquiera volteó a verme para abrazarme, sus ojos recorrían el marco de la puerta y después los cuartos de la primer planta hasta que se detuvo en la sala, en la mancha.

–Tenemos que irnos de aquí cuanto antes– dijo sin bajar sus cosas.

–¿Qué dices, abue?– respondí sin entender nada.

–Vámonos, ahorita que todavía no está tan fuerte– replicó con susto.

Una mano tocó mi hombro y con sorpresa me di cuenta de que era mi mamá. Ella convenció a mi abuelita de pasar. La tranquilizó un poco, a final de cuentas, sabía cómo tratar a su propia madre a pesar de ser tan diferentes. Mi abuelita, por ejemplo, era fiel creyente de los santos, la religión y el más allá; en cambio mi madre era escéptica por completo y se había reforzado más, según mi propia abuela, cuando estudió piscología en la Universidad de Guanajuato, aunque nunca ejerció debido a que se casó con mi papá en el último semestre.

Nunca había visto a mi abuelita tan nerviosa. La pierna derecha le temblaba tanto que hacía saltar su bolsa de mano. Trataba de tranquilizarse con el té que mi mamá le sirvió, pero era inútil.

–¿Por qué Eduardo te trajo a esta casa, Dulce?– cuestionó mi abuelita.

–Porque no le queda muy lejos del trabajo. Es céntrica esta zona y me da tiempo para tomar natación en la delegación Cuauhtémoc, además estuvo más barata que otras casas, incluso que varios departamentos de por aquí– dijo mi mamá sin ninguna preocupación.

–No debieron venirse para la Ciudad, mucho menos a esta casa. Hay algo que no me gusta de este lugar. Tiene una vibra muy pesada.

–¡Ya vas a empezar, mamá! Tú y tus cosas. Ya te he dicho que no existe eso y ahora hasta Victoria lo cree. Anda inventando historias de que se mueven las cosas, que cambian de lugar y que hasta se pasean personas adentro– replicó mi mamá.


Para siempre II

Mi abuelita sabía quién era su hija. No quiso discutir más y le dijo a mi mamá que quería ir a comprar fruta. Ella se ofreció a acompañarla al Mercado de San Cosme pero mi abuelita prefirió que fuera yo y así lo hicimos. En el camino, me preguntó sobre lo que veía y escuchaba. Puso atención a cada palabra que le conté sin interrumpirme ni una sola vez. Le hablé de cómo se prendían las televisiones a distintas horas y cómo se cerraban las puertas, sobre todo en la noche.

Ya en el mercado, mi abuela fue con una hierbera. Le pidió una botellita de un líquido rosa y unas plantas secas que escondió entre la fruta para que no se diera cuenta mi mamá. De regreso me dijo que fuera fuerte porque yo era más susceptible de ver ese tipo de cosas. Me contó de que, como a mí, a ella nadie le creía cuando hablaba de las sombras que se asomaban entre las criptas del Templo Expiatorio, ni de las personas que veía en los nichos del panteón, muchas veces con los ojos en blanco y la boca seca.

–Me tenía que voltear y sólo así desaparecían. Aunque a veces eso no funcionaba y aunque ya no estuvieran ahí, se ponían justo a mi lado o en frente. Era algo que nunca pude controlar y que a veces todavía veo.

–¿Y cómo le hago para ya no ver?– respondí.

–Ahorita llegando vamos echar esta agüita que sirve para sacar a los malos espíritus, y estas ramitas son para tu cama, las pones abajo y te van a dejar de molestar esos ruidos.

Sus consejos me calmaron y en un momento que mi mamá salió a comprar unas viandas, mi abuelita aprovechó para echar el agua rosa y rezar un “Padre Nuestro” y un “Ave María”.

Esa noche la pasamos muy bien, disfrutamos de la cena y los juegos que hacíamos como cuando estábamos en León. Los siguientes tres días que ella estuvo en la casa también estuvieron normales, como al principio. Mi abuelita dormía conmigo y no sentí más miradas hasta la última noche que ella estuvo.

Eran poco después de la 1 de la mañana cuando me desperté. Vi mi reloj del buró y me alarmó el sentir una presión en el pecho. Voltée a ver a mi abuela y ella seguía dormida. A lo lejos, unos rechinidos se escuchaban, venían de la sala. Lo que hice fue acostarme y taparme con las cobijas, me abracé fuerte a mi abuelita pero cuando la tomé, me di cuenta de que estaba muerta, más que muerta, estaba momificada. Me levanté gritando de inmediato pero just  detrás de mí estaba esa criatura, la misma de mi sueño. El tremendo animal producía unos gemidos extraños y sentía su saliva en mi hombro. Apreté muy fuerte mis ojos pero sentía unas pequeñas hormigas entre mis parpados que me obligaban a verlo, ahí estaba, justo delante de mí.

Sus horribles brazos me acechaban y perfecto vi que en las astas de su cabeza estaban los cráneos de mi familia. Grité desesperadamente y traté de ponerme de pie para salir cuanto antes del cuarto y de la casa, sin embargo, en cuanto crucé la puerta me di cuenta que todo el lugar estaba cubierto de sangre, con los cuerpos de todos mis seres queridos tirados en el suelo. La bestía me tomó de la pierna y volví a ver sus ojos rojos, brillantes, puestos al costado de su hocico como de caballo que lo dislocaba cada vez que lo abría.

–Hija, despierta. Tranquila, aquí estoy– me dijo mi abuelita con la cara angustiada –fue un sueño, Vicky, no pasa nada, aquí estoy.

Para Siempre (Parte II)

Esa noche apenas pude dormir. Entre sueños veía una bestia que cambiaba de forma cada vez que volteaba. Era un perro sin pelo con cola de gato en un momento, y en otro, era un pájaro de dos cabezas cuya mirada roja me dejaba inmóvil.

Recuerdo que trataba de salir de un lugar muy parecido a la casa, pero sólo encontraba muros en vez de puertas. La bestía volvía a cambiar mientras me perseguía. Producía sonidos de puercos en matadero, y en momentos, sonaban risas de niños que retumbaban como eco en las paredes.

Por un momento, el engendro desapareció de mi vista. Aproveché para salir tan rápido como daban mis piernas pero antes de llegar a la puerta, me tropezaba con un hoyo en el piso. El ambiente se ponía denso y lo único que se veía claro era la esquina de la sala de donde la bestía mutante salía desesperadamente, sus brazos, ahora como de simio con enormes garras de lobo, trozaban el muro. Me levantaba rápidamente pero al abrir la puerta, ahí estaba. Un error de la naturaleza con forma humanoide que me tomaba de la cara y abría su hocico para devorarme. Entre sus fauces, había pequeñas cabezas ensangrentadas que rezaban mi nombre.

Me desperté mucho antes de lo habitual. Salí corriendo de mi recámara para tomar un poco de agua y eliminar la pesadilla. Crucé el pasillo que dividía los cuartos de mis padres y mi hermano, cuando antes de llegar a mi recamara vi a mi mamá. Estaba parada frente a un muro viendo una foto de nosotros. Me quedé tiesa por unos instantes.

–¿Mamá?– pregunté sin recibir respuesta.

–¡Mamá!– grité de nuevo.

–Ahí están todos– susurraba mi madre.

Mi reacción fue voltear a la imagen. Era una foto que nos tomaron a los cuatro afuera del Expiatorio, unos minutos antes de ir rumbo a la capital. Cuando mi mirada volvió hacia ella, su cuerpo había desaparecido. Caminé rápidamente hacia su cuarto y ahí estaba, dormida, roncando como si nunca se hubiera levantando.


Para siempre parte I.

 

Para siempre (Parte I)

Todo empezó por una esfera:

Llegamos a la casa el 15 de noviembre. Mi papá estuvo buscando dónde vivir desde antes que le avisaran en el trabajo que debía mudarse a la Ciudad de México. Era gerente general de la empresa para la que laboraba desde hacía 15 años. Se dedicaban al ensamble de computadoras para una marca que ya dejó de existir. Nosotros éramos de León. Vivimos durante toda mi infancia y parte de mi adolescencia en la calle Juan Valle, justo a una cuadra antes de llegar al Templo Expiatorio.

Debo decir que nunca antes nos pasó nada parecido en nuestra tierra, pese a que se contaban infinidad de historias sobre las criptas y nichos que había en esa iglesia. Ni siquiera nos llegó a ocurrir algo parecido a lo que una reportera chilanga de nombre Diana Ramírez Luna escribió cuando visitó el panteón San Nicolás.

La nueva casa donde llegamos estaba en la calle de Ignacio Manuel Altamirano, en la colonia San Rafael. Una morada muy normal de dos plantas, fachada azul, ventanas sencillas, piso de lozeta rosa con algunas raspaduras y varias recámaras. Nada salía de lo común. Algunos detalles en las paredes y una mancha con varios tonos de gris y negro en la esquina de la sala, quizá por alguna filtración de agua.

Mi papá buscó una casa donde mi hermano y yo tuviéramos independencia de cuartos; él apenas iba a entrar a la adolescencia y yo ya tenía 17. Definitivamente se cumplieron la mayoría de las cosas que mi mamá pidió. Una cocina grande, dos baños y hasta un balcón donde puso un par de macetas.

En principio no estábamos muy seguros de vivir en la capital. Mi hermano iba a entrar en una secundaria cerca de casa y yo iría a Prepa 4. Hablábamos con acento y sabíamos que no sería del todo fácil pasar desapercibidos entre los nuevos compañeros, sin embargo, por un tiempo todo pareció de lo más cotidiano. Mi mamá hacía las labores de la casa y mi papá siempre llegaba a cenar a las ocho. Teníamos la costumbre de dormirnos temprano; por lo general antes de las 11 ya estábamos en la cama.

Durante tres semanas esa fue nuestra rutina. Hasta nos empezaba a gustar la ciudad pese al trafico, la contaminación y los pelafustanes que me decían cosas obscenas, sola o acompañada por mi mamá, cada vez que me ponía un vestido, un short o simplemente cuando salía a algún mandado.

Llegó la época decembrina. Mi familia tenía todas las tradiciones de las fechas: adornar un árbol, poner nacimiento, arrullar al niño y organizar las posadas cuando vivíamos en Guanajuato. Extrañábamos a mi abuela porque ella nos ayudaba a montar las posadas; añorábamos hacer piñatas y repartir fruta. Con excepción de eso, fueron días normales hasta aquel jueves.

Una vecina invitada por mi mamá estaba sentada junto al árbol. La había pasado a tomar un café y no eran siquiera las siete cuando mi mamá se paró a servirle otro poco. A doña Lety le gustaba ver el nacimiento cada vez que iba y en esa ocasión no fue la excepción. Mientras mi mamá estaba en la cocina, doña Lety veía los detalles de nuestros adornos. Siempre se admiraba, pero aquel día, la sorpresa fue diferente.

–Dulce, esa esfera se mueve– dijo doña Lety con cierta incredulidad.

–¿Cómo que se mueve?– contestó mi mamá.

–Sí, mírala– volvió a decir con cierto susto.

Mi mamá revisó el árbol para creer lo dicho por la señora Leticia. Por un momento creyó que había una corriente de aire pero las ventanas más cerca estaban cerradas. La esfera, en forma de gota, se movía como péndulo de reloj con la misma cadencia como si tuviera energía propia. Mi madre tomó la esfera y la puso en la mesa.

–Mira Dulce, ¡ahora se mueve la otra!– gritó Leticia.

Mi mamá volteó rápidamente para comprobarlo. Su sorpresa aumentó cuando después de quitarla, la esfera contigua también empezaba a moverse. Leticia se puso de pie, histérica ante tal cosa. Mi mamá por su parte se hincó para rezarle al adorno y preguntar si le hacía falta algo.

–Descansa, te pondré una veladora, pero ya no estés entre los vivos– le dijo mi mamá sin quitarla. En automático dejó de moverse, parecía que habían apagado un interruptor. La reunión acabó tan rápido que hasta doña Leticia abandonó su monedero. Y aunque al poco tiempo se acordó, prefirió mandar a su hijo mayor para que lo recogiera.

Durante la cena, el tema de conversación fue el acontecimiento. Mi mamá nos contaba cómo de un momento a otro la palidez en el rostro de doña Leticia se hizo presente. Cuando terminó de contarnos, la puerta del baño de la planta baja se azotó.

Vengador anónimo

“Vámonos Luisa, ya empezó a llover y el tráfico va a estar de a peso”, le dijeron sus compañeros a la empleada de gobierno.

La robusta joven apresuró el paso. Guardó los cosméticos y un chocolate mordido. Alcanzó a sus amigas en la entrada del edificio y se cubrieron con el paraguas de una de ellas.

Sentadas en la parte trasera del autobús, dos de ellas platicaban los chismes y trivialidades de la oficina: desde la nueva amante del jefe hasta la vestimenta de las agraciadas y las no tanto.

Luisa aprovechaba las pausas para probar su golosina empezada y con una discreta mirada alcanzó a notar a un hombre de traje sentado en el asiento derecho del transporte.

A causa de la fuerte granizada, el avance de los coches era más lento de lo normal. La morena oficinista ya no seguía poniendo atención a la plática. Le llamaba más la barba cerrada del otro pasajero y prefería mirarlo. Siempre le gustaron los hombres barbados. Aunque estaba cómoda con ver al tipo, el sueño atrasado de días anteriores cobraban la factura y un cabeceo repentino traicionaba su equilibrio.

Conforme el autobús avanzaba, perdía pasajeros pero no los suficientes para que todos fuesen sentados. En un semáforo a pocas cuadras de la estación de metro donde las tres compañeras bajaban, dos tipos subieron y un grito histérico adelantó lo que ya se esperaba:

—A ver jijos de su puta madre, aflojen los teléfonos y carteras o se los va a cargar la chingada—, gritaba el sujeto armado mientras el acompañante despojaba de las pertenencias a todos.

—Tú sigue manejando culero, y cuidado y te pases de pendejo porque te carga la verga—, amenazaba al chofer sin dejar de apuntar a los demás.

El sueño de Luisa salió corriendo y ella también quiso hacer lo mismo pero no podía. El pánico era igual de intenso que el de sus amigas.

—Cálmate Vero, ahorita se bajan— trataba de consolar a su compañera que tenía un tremendo ataque de pánico.

Mientras la calmaba, veía cómo la pierna del joven sentado a su izquierda temblaba de forma incontrolable.

—A ver cabrón, dale baje a esa pinche gorda culera y a la pendeja que ladra como perro. El cómplice, bañado en sudor, atendió enseguida la orden y fue hacia el asiento.

De pronto un estallido estremeció el camión y Luisa ya no pudo contener los gritos. El tipo encapuchado cayó justo frente a ella, inundó con sangre sus botas y el terror la dejó petrificada.

Tres disparos se volvieron a escuchar y el primer asaltante ya no pudo bajar. Su cuerpo quedó tendido en los escalones de la puerta de subida. Los gritos enmudecieron la tormenta y una voz madura alcanzó a decir: “Váyase antes de que llegue la policía. Aquí nadie lo va a denunciar”.

El hombre abandonó el camión. Luisa alcanzó a ver su traje negro y cómo caminó en sentido contrario de la calle. El chofer orilló la unidad y pidió a todos no delatar al anónimo. La gente se bajó y poco a poco la calma llegó. “Qué bueno que los mataron. Es la tercera vez en el mes que me roban”, confesaba una señora a otra.

Luisa trataba de no recordar la situación. En cuanto pudo metió en un charco su pie derecho y limpió la sangre del asaltante. Recordaba la cara del sujeto. Era muy joven, casi un adolescente. “Se notaba muy nervioso. A lo mejor era su primera vez”, se decía a sí misma.

Entre las víctimas del robo, alcanzó a ver al hombre de barba. Lo miró con desprecio. Creyó que él sería el salvador pero en vez de eso estaba arrinconado, al borde del llanto.

—Tranquilas chicas. No nos quitaron nada.

—Eres muy valiente Luisa—dijo Verónica.

—Seguido me pasa. Por eso ya sólo traigo un celular barato y lo justo para mi pasaje, escondido entre el brasier para agarrar otro camión. Lo malo de todo esto es que nos tenemos que esperar hasta que llegue la policía y no quiero. Ya estoy muy cansada y mañana tenemos mucho trabajo.

Nostalgias infantiles

Andrés se levantó de la cama, no podía dormir. Miró el reloj que su mamá le había comprado con el personaje de caricatura favorito y trato de adivinar la hora. Aún era pequeño pero sus padres se habían empeñado en darle enseñanzas básicas para su futuro; una de ellas había sido aprender la hora que el aparato digital dictaba.

Se colocó al borde de la cama buscando las pantunflas de oso llegadas el diciembre pasado; las encontró y sintió la calidez del material que le recordaba las veces en que mamá lo abrazaba. Se puso de pie y salió del cuarto para ir a la sala.

Dio unos pasos cuando recordó que en la cama se había quedado el changuito de peluche que sus padres le heredaron cuando cumplió un año de nacido; desde aquel pastel de octubre, de hace cuatro otoños, el peluche lo acompañaba a todos los lados que él exploraba.

En la sala de su casa, sentados en el sillón principal, sus padres platicaban con las manos unidas. El televisor rompía la monotonía del ambiente con un sonido que parecía cuchicheo de oficina. Notaron la presencia de su hijo cuando éste se enfiló a ellos con el peluche colgando de su mano. Lo recibieron con la sonrisa más sincera que tenían y lo abrazaron al unísono como queriendo que ese momento se perpetuara en las paredes y en la memoria de la casa.

El teléfono sonó y la madre se levantó a contestar. Andrés se sentó junto a su padre y le enseñó al changuito que para ese entonces ya tenía el overol colgándole del cuerpo.

Mientras la mujer hablaba, Mario recordaba la tarde en que junto a su ahora esposa habían descubierto su fascinación por las máquinas de peluches. Aquel sábado de un julio ya pasado, caminaban tomados de la mano con la alegría del noviazgo jovial. Entre risas se detuvieron al ver un peluche que pareció hablarles con la mirada.

Se acercaron. El objeto en cuestión era un pequeño cerdo rosado con ojos redondos, enormes, y un rostro cargado de la ternura digna de un bebé. Encantados, pegaron el rostro al cristal de la máquina y escudriñaron el aparato en busca de las instrucciones.

En un costado del aparatejo de color amarillo y cristales en cuatro lados, encontraron las indicaciones, el precio y el tiempo que tenían para lograr la hazaña. Los ojos del peluche parecían decir: los espero, y eso los ánimo al grado de sumergir las manos en los bolsillos del pantalón y la cartera del conejo rosado que ella cargaba en busca de una moneda de cinco pesos.

Justo en ese momento, advirtieron la presencia de un changuito de peluche que tenía la mirada cargada hacia la izquierda y una risa enigmática que parecía tierna y maliciosa a la vez, los encantó, aunque la debilidad de ella por los cerditos los convenció.

La moneda se convirtió en un auténtico tesoro que ambos admiraron como si fuera de oro. Él le pidió a ella que fuera quien moviera la palanca que dirigía la garra para rescatar al peluche. Julia entendió el mensaje del novio que se consideraba un vetado por el azar.

Introdujo la moneda y un estruendo fue seguido de música; después vino el conteo de 15 segundos para situar la garra y soltarla. Sin estrategia clara y guiados más por diversión que por convicción, miraban cómo las manos de ella situaron el espolón sobre el peluche. Apretó el botón justo cuando escuchó la voz del novio que veía como el tiempo se consumía.

El aire fue lo único rescatado por aquella garra que regresó a su sitio de descanso ante la incredulidad de la pareja. Sucumbieron ante la descarga de frustración que sólo halló fin cuando decidieron volver a intentarlo.

Antes de introducir la moneda pensaron el lugar hacia donde dirigirían la garra para reducir el margen de error. Un zarpazo de claridad llegó a sus ojos cuando fijaron las pupilas en el changuito que parecía decirles: soy el indicado. Los sedujo su mirada y esa mezcla de ternura que desbordaba por la sonrisa.

Decididos definieron el camino a seguir. Mario introdujo la moneda y Julia se disponía a mover la palanca.

El estruendo se repitió y la música volvió a llenar el espacio, mientras Mario veía su rostro reflejado en el cristal del aparato. Julia movió con destreza la palanca y la colocó debajo del peluche que parecía expectante.

Un “se acaba el tiempo” se apoderó del ambiente, mientras la mujer apretó el botón rojo que soltaba la garra. Ésta descendió y coqueteó con el brazo del peluche que parecía cooperar con esa extensión de mano mecánica.

Mario no paró de reír ante lo que parecía imposible, pero que el azar o el destino hacían visible. El peluche llegó a la orilla y cayó por la rampa que lo sacaba al exterior del mundo que fue su máquina.

Julia lo tomó y lo abrazó como si de un hijo se tratará. Contagiada por la risa de Mario, se dejó llevar por la carga de felicidad mientras admiraba el peluche que ahora tenía en las manos.

Ambos se abrazaron para contemplarse en el cristal del fondo y por sus mentes se imaginaron la escena con un niño entre sus brazos.

Andrés jaló el brazo de su padre como recordándole que de ese momento ya habían pasado 10 años. Mario miró a su hijo y lo cargó entre sus piernas, mientras la madre se acercaba a ellos.

Sentados y con el hijo en medio de ellos, ella recordó la tarde en que compró el overol para que el changuito no anduviera desnudo por la vida. Andrés no entendía qué les sucedía a sus padres que parecían dormidos sin cerrar los ojos. Sólo ellos sabían que desde el momento en que tuvieron el peluche entre sus manos y lo bautizaron con el nombre de “changuito”, éste habría de ser el primer regalo que le harían a su hijo. El niño que hoy lo abrazaba como si nunca quisiera separarse de él.


Puedes consultar esta entrada en Los ojos del Tecolote: Nostalgias infantiles.

 

El sueño de viejos tiempos

Es el día esperado. Sé que tendré la oportunidad de hacer lo que desde hace tiempo he soñado. Me preparo y reviso por enésima vez las alineaciones del encuentro. Busco en internet cómo pronunciar los nombres croatas y trato de ensayar el grito de gol. Deseo tanto narrar, gritar un gol mexicano, que llevo días soñando con la jugada que le abrirá la puerta de la victoria al Tricolor.

Para muchos puede parecer una exageración lo que estoy diciendo. Para mí es el momento de materializar un sueño que comenzó en mi infancia. Recuerdo que me tendía en el piso y simulaba un partido de futbol protagonizado por mis juguetes. Completaba mi fantasía, narrando el juego y determinando quién ganaba. Bajo mi batuta, México fue campeón del mundo un sin fin de veces.

Hoy puedo transmitir lo que significa, para mí, la pasión del futbol. Seguramente pensarán que estoy enajenado. Les juro que cuando tenga las palabras perfectas para describir la emoción que me significa ver y narrar un partido se las compartiré. Por lo pronto podré decirles que por 90 minutos las 28 personas (si los dos equipos hacen sus tres cambios) hacen del rectángulo verde una metáfora de la vida. No siempre gana quien merece. No siempre gana el que todos esperan. Pero, ¿no es la vida igual, con vueltas, con esperanzas, sueños y desilusiones?

Así que prometo no decepcionarlos. He practicado mucho y hoy que me dan la oportunidad no pienso desperdiciarla.

Llegó la hora. Tomo las hojas de las alineaciones y me dirijo a donde estará el monitor y el micrófono. Saludo a mi amigo Roberto, quien me acompañará en esta aventura, y doy un vistazo hacia abajo para mirar si ya hay gente.

No puedo contener la emoción al ver a mis padres, hermanos, amigos y algunos vecinos sentados en la plazoleta del palacio municipal. Levantó el índice y mi papá me responde de igual manera. Vaya forma de darme confianza y animarme a empezar.

No, no estoy en el estadio brasileño que arde de pasión ni formo parte de una de las grandes cadenas de televisión, pero sé que es mi día. Y no lo voy a desperdiciar.

Los himnos han sonado y no puedo sentir que estoy en el palco destinado a la prensa. Me lleno los oídos con el canto de los mexicanos y siento adrenalina en el cuerpo. El árbitro se prepara para pitar el inicio del partido y yo me alisto para hacer realidad un sueño de viejos tiempos.


Puedes consultar esta entrada en nuestro blog Los ojos del Tecolote: El sueño de viejos tiempos.